Cuando Mujica viajó a la URSS en 1960, participó de una reunión con estudiantes soviéticos. En la biografía novelada El revolucionario Pepe Mujica, Walter Pernas recrea esa escena:
–¿Qué dice? –preguntó Pepe en esa reunión a un muchacho del grupo que dominaba el ruso.
–Dice que te compra la camisa –otro joven, rubio, de unos 25 años, y de la talla de Pepe, le sonreía.
–¿Qué camisa? –preguntó Mujica.
–La que llevás puesta.
–Pero…
–Es una Porex…
–Sí, es de plástico e incómoda como la mierda –espetó Mujica.
–Pero acá no hay. Todos están locos por conseguir una de esas…
La anécdota podría ser intrascendente, pero el joven Mujica sacó una conclusión importante. Se dio cuenta de que la revolución llevaba muchos años y los habitantes de ella estaban “locos” por una mercancía. Advirtió entonces que la revolución había producido un cambio en las condiciones de vida, pero no a nivel cultural. La subjetividad de los jóvenes soviéticos estaba más cerca del mundo occidental y capitalista que de la unión socialista. Desde entonces, para Mujica, la batalla cultural contra los valores del mercado es un aspecto clave de los procesos de transformación de las sociedades.
El predicador
En el discurso de Platense Patín Club (1985), a días de su liberación, Mujica sostuvo: “Seguimos siendo primero que nada hombres de acción. Hay acción con la azada, hay acción con el trabajo, hay acción con la humildad, hay acción con la prédica”. El ritual de la prédica es realizado por un orador con autoridad, cuyo discurso persigue un fin persuasivo y didáctico. La palabra del predicador es próxima al oyente, ya que el objetivo es que este identifique con claridad el mensaje revelador de un camino, un comportamiento o una verdad. La oralidad es el canal privilegiado de esta escenografía ritual.
En Mujica, el debate público, las entrevistas con la prensa, las conversaciones y declaraciones espontáneas y cotidianas, los discursos como funcionario y las columnas en los programas de radio son los géneros orales que sirvieron de marco a la escenografía de la prédica. El expresidente no tuvo intención de plasmar por escrito su pensamiento político. En todo caso, él habló y escribieron otros. En la última reunión como presidente del Mercosur dijo, entre risas, que no iba a ser “un veterano que se dedica a escribir las memorias”: “No tengo paciencia para eso. Hay muchos que escriben libros a costilla mío. Está bien, que se rebusque” (2014). Varias publicaciones sobre él se estructuran sobre la base del diálogo, fijan su pensamiento a partir de “conversaciones” o “coloquios”, pero no hay ninguna memoria, autobiografía ni ensayo político propio.

En la biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica se distancia del político nacionalista Benito Nardone –”una de las figuras más negativas de nuestra política”, afirma–, aunque destaca su capacidad “formidable” como comunicador social, ya que “supo utilizar la radio como ningún otro en este país”. Desde la década de 1990, Mujica tuvo columnas de radio en CX 36 y en M24, esta última la más relevante y sostenida en el tiempo, titulada “Hablando al sur” –renombrada durante su mandato ejecutivo “Habla el presidente”–. La palabra radial fue medular para comunicar y difundir su pensamiento político.
El predicador puede recurrir al aforismo para expresar ideas de forma breve y de fácil memorización, que sean repetibles en otros cotextos y contextos. Mujica utiliza frases cristalizadas que provienen del saber popular y funcionan muy bien para lograr un discurso cercano al oyente, atractivo y persuasivo. Por ejemplo, “meter el dedo en el ventilador”, “estoy lejos de tragarme la pastilla de que el capitalismo puede ser más tierno”, “vos tenés que separar la paja del trigo”, “los medios en manos de la derecha siempre te van a poner el palo en la rueda”, “competencia (de mercado) es una cosa, chuparse el dedo es otra” o “la gente no masca vidrio”.
Así, la reiteración de la frase transforma a la persona que la dice en aforizador. El complemento político clave del aforizador está en que las expresiones creadas sean recordadas, se instalen en el sentido común, pero no se desliguen de la persona, es decir, no se transformen en frases hechas de actores anónimos, del saber popular, sino en identificables con su manera de pensar. Ejemplos de Mujica son “La única cosa que no se puede comprar es la vida” o “Cuando yo compro algo o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata”; esta última, replicada con variaciones, expresa la crítica a la sociedad de hiperconsumo.
La batalla cultural
En el expresidente uruguayo, la batalla cultural tiene como objetivo discutir el modelo de civilización actual. Para Mujica, no solo es necesario el cambio en las condiciones materiales de vida –en la economía–, sino que es fundamental que este se dé en el plano cultural. La cuestión es promover una escala de valores, basada en una ética de la condición humana, diferente a los principios dominantes del mercado, para construir una subjetividad coherente con un modelo de sociedad equitativo y solidario.
El punto de partida de esta ética es el valor supremo del “milagro de la vida”: “Hay que influir en este mundo a favor de defender la vida. Y defender la vida significa poder dejar por el camino estas aristas de despilfarro, de contaminación, de pérdida de energía, de esclavización del tiempo humano” (Celac, 2014). De la “esclavización del tiempo humano” se deduce otro principio: la necesidad de disponer de tiempo libre para que el ser humano pueda ser feliz. Sostiene Mujica: “Creo que el hombre tiene que luchar por la felicidad concreta y eso es tener tiempo para vivir. Para ser libre hay que tener tiempo, un poco de tiempo, para vivir, para poder cultivar las tres, cuatro, cinco cosas inapelables unidas a la vida. Y después de eso, lo demás es bulla” (Celac, 2014). En la posibilidad de elegir se juega la construcción del sentido de la vida, para que esta no se vaya en un afán de acumular mercancías. Como dijo en la Unasur (2014): “Denle contenido a la existencia, porque si no lo hacen conscientemente, el contenido va a hacer la cuota que tienen que pagar cada fin de mes por el nuevo cacharro que tienen que comprar y así sucesivamente o crónicamente hasta el fin de vuestros días”.
Los valores rectores de la ética están destinados a cuestionar la sociedad de mercado actual, que impone valores individualistas, estimula el beneficio material, y cuya lógica consecuencia es la indiferencia y la reproducción de la desigualdad social. La civilización actual va “contra la libertad que supone tener tiempo para vivir las relaciones humanas, lo único trascendente: amor, amistad, aventura, solidaridad, familia. Civilización contra el tiempo libre que no paga, que no se compra y que nos permite contemplar y escudriñar el escenario de la naturaleza” (Asamblea de Naciones Unidas, 2013). Al individualismo se le opone la solidaridad, la empatía, la necesidad de los vínculos como vertebradores sociales, además de una relación no utilitaria con la naturaleza. Es fundamental comprender que los valores involucrados en las relaciones humanas son desinteresados, al igual que el tiempo libre es tiempo “que no paga”; ambos se miden por el grado de realización humana, no por rentabilidad económica.
La crítica cultural apunta contra el consumo obsceno de las sociedades y personas ricas, pero también contra el modesto pero obsesivo deseo de compra de los “compañeros trabajadores” que “lucharon mucho por las ocho horas de trabajo. Y ahora están consiguiendo las seis horas. Pero el que tiene seis horas, se consigue dos trabajos; por lo tanto, trabaja más que antes. ¿Por qué? Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la moto, el auto, y pague cuotas y cuotas y cuando se quiere acordar, es un viejo reumático –como yo– al que se le fue la vida” (Cumbre de Río, 2012). Mujica elude las condiciones laborales –el salario bajo que impide que el ingreso de las seis horas permita comprar lo que se quiera– para focalizar en cómo la persona pierde la vida detrás de lo material, sin hacerse preguntas sobre su necesidad o incluso acerca de intereses propios que involucren relaciones humanas en lugar de mercantiles.
El deseo de consumo parte de una idea de pobreza equivocada. Por eso, la batalla cultural se centra en el significado de esa palabra: “Los viejos pensadores –Epicúreo, Séneca o incluso los aimaras– definían: pobre no es el que tiene poco sino el que necesita infinitamente mucho, y desea más y más. Esta es una clave de carácter cultural” (Cumbre de Río, 2012). Mujica aclaró que no se trata de un elogio de la “pobreza”, sino de austeridad y sobriedad, de vivir con lo que se precisa.
La ética de la condición humana radica en el fortalecimiento de los vínculos desinteresados, en darle un sentido trascendente a la vida más allá de lo mercantil y en adquirir solo lo que se necesita, en lugar de perseguir el infinito deseo del fetiche de la mercancía, es decir, consiste en evitar caer en el círculo vicioso del despilfarro que reside en comprar, tirar y volver a comprar. Sobre estos valores elementales debería crearse una subjetividad, columna vertebral de una sociedad equitativa y solidaria.
El predicador Mujica no es adepto a alguna religión. Sin embargo, tiene un gran respeto por ellas y en particular por el cristianismo, porque, de acuerdo a su visión, fue revolucionario. El expresidente aclara que “una revolución no es llegar al poder como pensábamos en determinado momento: desmantelar un Estado, crear nuevas relaciones de propiedad, gritar con los letreros”. Para Mujica, como dijo en la Unasur, en 2012, es “un larguísimo proceso que, si no desemboca en un cambio de valores, en la conducta masiva de millones de hombres, no es revolución. Porque la revolución que no se instaura adentro de nuestra forma de ser no ha terminado jamás”.
