Esteban Baglietto y Juan Román Riquelme tienen en común nada y todo. Nada: uno nació en el siglo XIX, respiró lejos de cualquier resonancia y jamás se bañó en la ovación de la multitud por sus energías de arquero o de back; al otro lo parieron en el siglo XX, ocupó el centro de la escena desde que pisó una pelota, delante de una cámara, como eje ofensivo y jamás dejó ese lugar. Todo: los dos jugaron en la Primera de un club que se hace amar y los dos ejercieron la presidencia de ese club. Todo: Boca.
Baglietto fue, con solo 17 almanaques, el primer presidente de esa patria azul y oro y Riquelme, por ahora, es el último. Los enlaza integrar la lista corta de jugadores que sudaron la camiseta y llegaron a la cumbre de la dirigencia. Cuando el planeta desconocía que unos muchachos estaban poniendo los cimientos de la institución, esa duplicidad resultaba posible: el uruguayo Luis Cerezo (1905-1906) y Santiago Sana (1914-1915 y 1918) fungieron ambos roles. Más llamativa es la aparición en la cúspide de Alfredo López, half de Primera en el fin de la década del 10 y billarista, que condujo la entidad en 1947.
Ninguno de esos nombres se arrima en gravitación política al único titular boquense que llegó a jefe del Estado nacional. Mauricio Macri ganó los comicios de diciembre de 1995 y lideró un ciclo que, con una breve interrupción, se propagó hasta 2008. Con Boca encadenando muchísimas alegrías futboleras, entretejió lazos que lo llevaron en 2015 a la Casa Rosada para empezar una tarea en la que incluyó como cuadros de gobierno a compañeros de gestión deportiva. En el lenguaje de Antonio Gramsci, que no forma parte de su diccionario ideológico, Macri edificó una hegemonía que se extendió durante las presidencias de sus adláteres Pedro Pompilio y Daniel Angelici. Su devenir avaló la teoría de que el fútbol puede constituir un trampolín hacia otras aguas de poder. Como contraparte, permitió pensar que retornar de esas aguas no es sencillo: en 2023, Macri se presentó como candidato a vice de Boca detrás de su exministro Andrés Ibarra y, aunque recibió el sufragio del flamante presidente Javier Milei, perdió con Riquelme, quien le aportó a la politología esta sentencia: “Poder es que te quieran”.
PASIÓN Y POLÍTICA
No es mensurable cuánto quiso la gente de Boca al empresario automotor Alberto J. Armando, comandante de las naves de la Ribera más tiempo que ningún ser humano si se suman una fugacidad
sonriente entre 1954 y 1955 que, según su relato, se complicó por sus nexos con el peronismo, y una continuidad mayúscula de 1960 a 1980, cuando Martín Nöel, otro empresario, lo derrotó en las urnas. Armando fue Boca y Boca fue Armando en todos esos años de recurrentes éxitos en las canchas, más allá de intentos opositores y, también, más allá de ciertas mutaciones en las alianzas, ya que trabó relación con el último de los autócratas de la penúltima dictadura argentina, Alejandro Lanusse, a quien honró nominándolo presidente honorario del club en 1972. Eso sucedió bajo el argumento de que el ocupante de facto de la Casa de Gobierno respaldaba la construcción de un nuevo estadio en la Costanera Sur. Junto con Lanusse, unos cuantos funcionarios ilegítimos fueron distinguidos como socios honorarios, entre ellos Emilio Massera, en ascendente recorrido hacia ser genocida. Recién en 2021, durante la presidencia de Jorge Ameal (también empresario), Boca les quitó esos rangos a esos tipos.
Socio honorario de Boca se volvió Agustín P. Justo, emblema de la Década Infame, mandamás de la Argentina entre 1932 y 1938 y súbito adepto del fútbol detrás de fervores que le eran esquivos por otras vías. Firmó, en 1936, el decreto que le posibilitó a Boca –del que se asumió hincha– el préstamo de fondos públicos para completar la financiación de un estadio moderno. Cuando dejó la primera magistratura, su siguiente cargo consistió en encabezar la comisión recaudadora para erigir ese estadio, que se inauguró en mayo de 1940. Y más: para asegurar la polea Estado-clubes (River fue el otro beneficiario de esa determinación oficial), impulsó a la presidencia de la AFA a Eduardo Sánchez Terrero, su yerno, quien viajó de un trono a otro porque presidió Boca hasta 1946.
Los clubes ostentan lógicas políticas propias y no necesariamente expresan traslaciones de lo que ocurre en el país. Igual, hay sincronías. Daniel Gil, dirigente máximo de Boca entre 1948 y 1953, fue la voz que sonó en la AFA para despedir a Evita en 1952. “Aquí, señores, habla el fútbol. Musita su plegaria, su ardorosa oración por Evita”, soltó. En cambio, Manlio Anastasi, referencial presidente de 1922 a 1926, tenía un hermano al que el voto transformó en diputado por el radicalismo. De todos modos, en ninguna etapa el radicalismo pesó tanto en Boca como en los días de Raúl Alfonsín. Primero porque en 1984 intervino Federico Polak, de lazo estrecho con el presidente de la Nación, para ordenar un club que se desbarrancaba en casi todos los aspectos. Y, luego, porque triunfó en las elecciones Antonio Alegre, otro hombre de empresas, que había sido el primer elector de Alfonsín cuando, en el regreso a la democracia, se conformaba el Colegio Electoral. Un decenio en la Boca de Alegre con su vice Carlos Heller, formado en el comunismo, se cortó con Macri, paradójicamente sostenido por el entramado de acuerdos que labró Enrique Nosiglia, exministro del Interior de Alfonsín.
Los bordados de Boca y la política exceden las convergencias o las distancias con gobiernos o con partidos políticos. “La política es todo lo que tiene que ver con el poder”, abrevió el historiador francés François Furet. Boca es identidad, pasión, memoria, futuro, emoción, goles, una soga a la que aferrarse a la existencia en la fiesta y en la tristeza, la industria del espectáculo, el mundo desconfiable de los negocios, el mundo imponente de la representación popular. Y poder. Boca también es poder.
