En plena era de la música urbana –que demasiado a menudo parece una pasarela de tics consumistas, alardeos sexuales y/o feminismo de mercado–, los Winona Riders resuenan como la nueva resistencia de la cultura rock. Del oeste del Conurbano, pero salteando el agite por el agite mismo y los mandamientos básicos de la feligresía stone, el quinteto se destaca –también– por su gran ética de trabajo y compromiso con sus ideas. En el 2023 sacaron dos discos de estudio que sacudieron la escena –Esto es lo que obtenés cuando te cansás de lo que obtuviste y El sonido del éxtasis–, telonearon a sus amados The Brian Jonestown Massacre, y ya con No hagas que me arrepienta se dieron el gusto de ser tapa de la revista Rolling Stone y en pocos días llegarán a Obras. Este subidón que hacía tanto no se veía en la escena de rock local no implica una revolución. Los Winona Riders estrictamente no inventaron nada –tampoco tienen ninguna obligación de hacerlo–, sus influencias son reconocibles y hasta podría decirse que sus canciones resultan familiares incluso antes de serlo. Sin embargo, despliegan su música con una convicción cautivadora y el instinto necesario para acertar donde tantos fallan.
Para quienes nunca los escucharon, el quinteto ofrece un cóctel de krautrock, noise y post-punk. O, si queremos ser más específicos, recuerda a Brian Jonestown Massacre, Jesus and Mary Chain y The Dandy Warhols, entre otros. Pero con un espíritu personal, aires cada vez más psicodélicos y –acaso– con una renuncia consciente a esa quimera que tantos bautizaron como la búsqueda de la canción perfecta. El quinteto se desentiende de esa utopía implificadora en favor de climas, libertad y por momentos mantras que transforman la experiencia de escucharlos en un viaje mucho más que en un destino.
En este tercer trabajo resuenan todavía más asertivos: desde las composiciones a la producción, pasando por la mayor presencia de teclados, la percu- sión y hasta la aparición ocasional de algunos saxos que –contrariamente a lo que suele suceder en este tipo de música– no entorpecen ni incomodan. Sí, puede decirse que Primal Scream y los Stone Roses se hacen más notorios como influencias, pero a esta altura ya nadie duda de que lo que suena son los Winona Riders.
En ese marco se destacan el himno anti-macho “Penetrame” –entre unos Stone de luto y Sonic Youth–, el groove casi bailable y las guitarras masivas de “680/680”, el tono más tribal de “Separados al nacer”, la fuerza abrasiva de “Riders” y la gira mágica y misteriosa de más de 11 minutos que le da nombre al disco. Pero acaso el símbolo del álbum sea “VW” y su letra: “Yo te vi la bombachita con esvásticas / Te la dio tu papi / Yo lo vi / También lo vi a Cozzani y Etchecolatz”. El cabo Norberto Cozzani fue un aliado incondicional del genocida Miguel Etchecolatz, director de Investigaciones de la policía bonaerense durante la última dictadura cívico-militar. La actual vicepresidenta Victoria Villarruel tuvo lazos directos con Etchecolatz y reivindica su accionar, al igual que gran parte del Gobierno nacional. No puede decirse que la letra de “VW” oficie de denuncia o que tenga la potencia de los poemas antifranquistas de Miguel Hernández. Pero saludablemente sienta posición en una época de represión cotidiana, hambre creciente y demasiados silencios.
Ariel Mirabal Nigrelli (voz y guitarra), Ricardo “Ricky” Morales (voz y guitarra), Gabriel Torres Carabajal (percusión), Santiago Vidiri (bajo) y Francisco Cirillo (batería) siguen creciendo, van por más y nadie se anima a pronosticar hasta dónde podrán llegar.
