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Caras y Caretas

           

Neurosis renace de sus propias cenizas y lleva el post-metal a otra dimensión

Tras su crisis interna y la incorporación de Aaron Turner, el grupo vuelve a la vida y evita la nostalgia con An Undying Love for a Burning World. Un disco incandescente, adictivo y abrumador, que no deja espacios para la redención.

Hay regresos –todavía– que nada tienen que ver con contratos millonarios, marketing, abogados u hologramas. El de Neurosis responde a una necesidad vital y artística –¿acaso no son algo muy parecido?– y se hizo visible de la noche a la mañana, cuando casi nadie era capaz siquiera de imaginarlo. Repasemos: el último disco de estudio de la banda había sido Fires Within Fires y fue editado hace una década. Casi cuatro años más tarde, el grupo de Oakland (EE.UU.) decidió despedir ni más ni menos que a Scott Kelly –cofundador, voz central y figura estética del grupo– luego de que se enteraran de “actos severos de abuso familiar”.

Así las cosas, Neurosis parecía haber aceptado que las cartas estaban echadas y el proyecto, finalmente, había colapsado. Pero luego de un largo período de duelo, en silencio, sin anuncios ni campañas publicitarias, comenzaron a trabajar con el cantante y guitarrista Aaron Turner (Isis, Sumac, Old Man Gloom). No se trata de un reemplazo, de un clon o de una caricatura exótica intentando llenar un vacío con histrionismo estrafalario. Turner ya había demostrado su creatividad en diversos proyectos, construyó estéticas propias y, al mismo tiempo, la influencia de Neurosis en él es comprobable. Desde afuera parecía una elección acertada. ¿Pero cómo funcionarían todos juntos?

La mejor respuesta la da el propio An Undying Love for a Burning World. Los nuevos Neurosis, entonces, no se copian a sí mismos, suenan distintos, pero jamás pierden identidad. Turner no imita ni replica. Su presencia reorganiza la arquitectura vocal y sonora del disco como un catalizador que empuja a Neurosis a una nueva dimensión. Desde su gruñido grave de “Mirror Deep” hasta la interacción coral con Steve Von Till en “Blind” y el cierre expansivo de “Last Light”. Turner dialoga con la banda y juntos reescriben su destino desde adentro.

En ese sentido, el disco suena menos a continuidad de una tradición que a un laboratorio que todavía recuerda su lengua original. Neurosis siempre fue eso: una máquina en constante cambio, pero con una personalidad lo suficientemente fuerte como para sonar reconocibles al instante. Arquitectos emocionales capaces de transformar sludge, post-metal y ambient casi en estados de consciencia alterados. Aquí ese método sigue intacto, pero desplazado hacia otra sensibilidad. Hay más espacio, más respiración, incluso cuando el peso de los riffs sigue siendo demoledor. “In the Waiting Hours” y “Last Light” ocupan casi la mitad del álbum y funcionan como polos de gravedad: piezas largas, fragmentarias, que avanzan por acumulación más que por desarrollo lineal. Olviden el formato canción y déjense llevar por la experiencia.

En lo lírico, el disco develops una poética de colapso y conciencia. La breve introducción “We Are Torn Wide Open” funciona como manifiesto: aislamiento, olvido y sufrimiento como estado estructural. Pero el tono no es el de una revelación sino el de una constatación cansada. No hay naturaleza recuperable ni pureza perdida, sino sistemas de daño que se repiten con distintas máscaras. En ese punto, Neurosis no ofrece respuestas sino observación, reflexión y densidad.

Musicalmente, el equilibrio entre lo valvular y lo electrónico desarrolla una alquimia casi perfecta. Los sintetizadores de Noah Landis no decoran: erosionan. Las guitarras de Von Till siguen siendo metal fundido, pero ahora dialogan con capas electrónicas que expanden el espacio en lugar de saturarlo. “Seething and Scattered” y “Untethered” condensan esa lógica: tensión, fragmentación y estallido sin resolución. ¿La vida misma?

El cierre con “Last Light” es probablemente la declaración más elocuente del disco. Una pieza extensa que evita el clímax tradicional para sostener la idea de movimiento continuo. No hay redención ni caída definitiva, sino persistencia. En ese gesto, Neurosis parece más cercano a su etapa de Times of Grace (1999) o The Eye of Every Storm (2004) que a su fase más brutal.

El contexto extramusical –la expulsion de Kelly, el silencio posterior, la reaparición sorpresiva– inevitablemente modifica la escucha. Pero el disco se sostiene por su propio peso. En tiempos donde el post-metal muchas veces se volvió predecible, Neurosis todavía opera como anomalía: una banda que no evoluciona en línea recta y siempre tiene algo para decir. An Undying Love for a Burning World no es un regreso triunfal ni un ejercicio de supervivencia. Es algo más profundo: la prueba de que incluso después del colapso, la banda todavía es capaz de darse otra vida artística sin apelar a la nostalgia ni a las fórmulas.

Escrito por
Sebastián Feijoo
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