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Caras y Caretas

           

Convide rutero

Con Hija de ruta, su segundo disco solista, Lucy Patané confirma la riqueza de su singular talento, esta vez en un plano más rockero, bailable, intimista y juguetón. Sí, todo eso en un mismo disco.

Patané –Lucy, no confundir con su hermana mayor Ana– es desde hace más de dos décadas una animadora prolífica y consecuente del under porteño. Sobre todo con las bandas La Cosa Mostra, El Tronador y Las Taradas, pero también por su intensa carrera como ingeniera y productora, que le permitió trabajar con Los Rusos Hijos de Puta, Gastón Massenzio, Las Grasas Trans, Marina Fages, Jazmín Esquivel, Maca Mona Mu y Mariana Michi, entre muchos otros proyectos.

Pero resulta que un día Lucy se animó a editar su primer álbum solista y las cosas cambiaron drásticamente. Lucy Patané (2019) es un enjambre compositivo que reúne pasajes acústicos barrocos, arreglos de vientos, percusiones irregulares y bastante más. Ella lo llama su “disco King Crimson”. Más allá de las definiciones, se parece poco y nada a lo que suena hoy por hoy y su complejidad no parecía convocar un tsunami de fervientes seguidores. Para más datos, Lucy grabó todos los instrumentos, todas las voces y es la responsable de todas las composiciones. Ni un featuring metió como para negociar con las leyes de la industria musical del siglo XXI. Lo curioso es que el disco ganó el Premio Gardel a Mejor Álbum de Rock Alternativo, la atención se multiplicó e impuso que Lucy deje de lado cierta timidez y se ponga al frente de su propia carrera.

Hija de ruta implicaba enfrentar la presión del disco que le sigue a un gran álbum debut. ¿Entonces? Con los miedos lógicos y después de la entendible sensación de vacío que implica escribir un álbum desde cero, Hija de ruta es un inequívoco disco de Lucy Patané (39 años), marcado por su fervor creativo y sus cautivantes digresiones de géneros y estilos. Pero suena y late de manera muy diferente. Se presenta, ante todo, mucho más urgente, eléctrico y lúdico. Por momentos se deja llevar por un pulso rockero, pero recalcula para el lado de la música electrónica, los segmentos acústicos, cierto fervor punk y hasta segmentos casi bailables.

En ese marco resulta difícil pasar por alto el beat procaz y embriagante de “Glitter negro”; el instrumental “Bukakke” –que en las plataformas exhibe la notable cucarda de ser acusado de contener letras explícitas–; la balada acústica “Restos fósiles”; el glam rock de “Lo caro”; el deseo galopante de “Vecindario”; el candombe-electro-telúrico posapocalíptico de “Un domingo”; y el drama casi existencial afro-far west de coros casi zappescos de “Las dudas y las deudas”, entre otros.

Más allá de modas y tendencias, Lucy reafirma su creatividad, humor, musicalidad y capacidad de sorpresa. Todas cosas cada vez más difíciles de encontrar en la vida y en la música. ¿Te las vas a perder?

Escrito por
Sebastián Feijoo
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