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Caras y Caretas

           

La banda más extraña del momento también hace bailar

Angine de Poitrine edita Vol. II, donde el math rock y el prog se cruzan con un pulso corporal. Técnica sin solemnidad y fenómeno instantáneo de redes.

Hay bandas que crecen con el tiempo y otras que aparecen como si alguien hubiera apretado un botón. ¿O acomodado un algoritmo? Angine de Poitrine pertenece a la segunda categoría: en cuestión de meses pasó de tocar en relativo anonimato por Quebec a convertirse en una obsesión global, con un salto que no responde a ninguna lógica de la industria tradicional y sorprende todavía más por lo singular de su propuesta.

El punto de inflexión fue una sesión para KEXP grabada en un festival europeo. Aquella performance alcanzó para que el dúo –dos figuras enmascaradas, con nombres tan improbables como Klek y Khn de Poitrine– empezara a circular como un secreto compartido a los gritos. En un ecosistema saturado de fórmulas previsibles, su propuesta tiene algo que parece improbable de programar: desconcierta y, al mismo tiempo, engancha.

Parte del atractivo está en la puesta. Máscaras de papel maché, vestuario monocromático, una estética que mezcla ciencia ficción barata con teatro experimental. Pero sería un error pensar que se trata solo de imagen. Angine de Poitrine funciona como una máquina de precisión: dos músicos que lo hacen todo en vivo, apoyados en loops y en una coordinación que roza lo telepático.

En escena, el reparto es tan simple como engañoso: Klek se encarga de la batería y los loops, construyendo una base que parece estable hasta que empieza a correrse, mientras Khn alterna entre una guitarra microtonal y el bajo, estirando las melodías hacia lugares incómodos. Lo que empieza como un patrón reconocible se deforma sin perder nunca el pulso, como si las canciones –instrumentales, más allá de alguna voz mínima y delirante– estuvieran siempre a punto de desarmarse pero eligieran seguir adelante.

Lo que tocan es más difícil de encasillar. Hay una base de math rock y prog retorcido, pero también una veta funk que vuelve todo inesperadamente físico. Las guitarras trabajan con microtonos, las estructuras se sostienen en métricas irregulares, y sin embargo nada suena frío ni académico. Al contrario: hay pulso, hay groove, hay algo que empuja el cuerpo incluso cuando la cabeza todavía está tratando de entender qué está pasando.

Las referencias son muchas y no siempre cómodas. En su ADN conviven Magma y King Crimson, el funk desviado de Primus, la precisión rítmica de Meshuggah y el caos controlado de Lightning Bolt. También aparecen ecos de la psicodelia más excéntrica y de cierto underground performático de los 2000. Pero lo notable no es la suma de influencias, sino la forma en que todo eso se vuelve reconocible como un lenguaje propio.

En Vol. II, ese equilibrio alcanza su punto más claro. Las seis canciones se extienden, giran sobre sí mismas, construyen climas hipnóticos y después los rompen sin aviso. En “Fabienk”, la banda instala un pulso que parece firme pero se va torciendo desde adentro, como si cada vuelta llegara apenas corrida de lugar. En “Sarniezz”, el juego es más evidente: la melodía tarda en encajar sobre la base, se desplaza, se desacomoda, y cuando finalmente coincide con la batería el efecto es casi físico, como un golpe que cae donde no se lo esperaba.

En “Yor Zarad”, en cambio, aparece uno de los movimientos más efectivos del disco: el dúo baja la intensidad, ordena el pulso y, justo cuando parece que todo se acomoda, vuelve a tensarlo hasta convertirlo en otra cosa. En “UTZP”, Khn muestra otra cara del proyecto, pasando de una fanfarria casi balcánica a un estallido de guitarras superpuestas, como si varias bandas convivieran en una sola canción. Y en los pasajes más extensos, cuando deciden sostener una idea hasta el límite, aparece su costado más hipnótico: no hay acumulación, hay insistencia, y en esa repetición torcida es donde la música termina de volverse física.

Ese juego entre control y desborde es el que sostiene el disco. Angine de Poitrine trabaja sobre una idea simple pero difícil de ejecutar: complejidad que no cancela el cuerpo. Lo raro no está en las estructuras, sino en cómo esas estructuras terminan siendo bailables. Ahí está –quizás– el secreto y, también, la razón de su circulación masiva.

El éxito, por ahora, parece jugar a su favor. Fechas agotadas en minutos, videos que circulan sin descanso, un público que crece a la misma velocidad que la curiosidad. Pero ese mismo impulso puede contener su propia trampa. Porque lo que hoy se celebra como rareza y descubrimiento puede convertirse rápidamente en objeto de rechazo cuando el entusiasmo se masifica.

Más allá de todo esto, Angine de Poitrine es cosa seria –a pesar de que parecen reírse de ellos mismos– y tiene todo para sostenerse: ideas, técnica y una identidad difícil de imitar. Vaya a saber si por el posicionamiento de los astros, porque la Tercera Guerra Mundial parece a la vuelta de la esquina o por nuestro Señor Algoritmo, la música audaz y compleja también puede transformarse en un fenómeno global. Blessed be.

Escrito por
Sebastián Feijoo
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