No hay que hacer ningún esfuerzo, la memoria vendrá sola intrigada por el sabor. Cada cual tiene su preferido, un roce inaugural que se siente en la boca apenas se lo nombra. Es el sabor de la comida favorita, esa fiesta humeante que anticipa la alegría. Cocinando política sin que se queme, el libro que Hebe de Bonafini escribió “con pasión desenfrenada por la cocina” y publicó en Ediciones Madres de Plaza de Mayo en 2010 con un breve y poético prólogo de Diego Capusotto, va tras ese roce inaugural y perpetuo. Un recetario político que recupera el fuego de los pueblos originarios: “Los que se alimentaban con nuestras semillas y nuestras frutas” y el fervor por la olla que se comparte y por la mesa de bienvenida.
El libro tiene su punto de partida en las clases de cocina que Hebe dio entre 2008 y 2009 en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi), en la ex ESMA: “Donde se enseñó a violar; a matar; a torturar; a robar niños, trajimos la vida pura para dignificar a nuestros hijos” y en las lecturas que hizo antes de darlas. Con una cocina vieja con dos hornallas, un horno que muy bien no andaba y una garrafa, el taller de cocina encendió fuegos callejeros y constantes uniendo frases de Eduardo Galeano con reflexiones sobre los usos y abusos del capitalismo: “A veces nos alteramos porque viene la Cuarta Flota de los Estados Unidos a rastrear nuestros ríos, pero ignoramos cuando se meten en nuestras cocinas. El capitalismo es muy peligroso, envenena de a poco”. A Hebe le encantaba cocinar, decía que le parecía la mejor manera de dar, que era algo muy profundo y que por eso lo atacaban: “No es que te cambian la forma de comer, te cambian la forma de pensar”.
El recuerdo de ver cocinar a su mamá, doña Pepa, y a su abuela, doña Mariquita: “Desde ellas, desde sus vidas podemos ver toda la historia de violencia contra las mujeres”, el amaranto, las recetas de Juana Manuela Gorriti y su Cocina ecléctica, un guiso de cebada perlada, el borí borí, el almacén al que se dejó de ir cuando aparecieron los supermercados, la quinoa, los tallarines que se amasaban a mano con un buen tuco y el pan en ese tuco son algunos de los ingredientes con los que Hebe cocina la comida de la memoria.
LA COCINA COMO TRINCHERA
El libro es definitivamente mucho más que un recetario, es un manifiesto creado con sazones y delantales que la cocinera usaba con la cara de Evita, con la del Che y con la de su mamá.
La cocina es la trinchera ideal desde donde Hebe lanza sus mejores insultos, sus verdades, el amor y sus sentencias a punto frente a los malentendidos que orbitan odiosos y tristes.
“Cocinar y hacer política son una misma cosa. La cocina se hace con muchos ingredientes, con los que uno tiene al alcance y la política también”, escribe Hebe antes de decirles a sus alumnas y alumnos que ese espacio que comparten tenía que ser “un espacio alegre, donde podamos reírnos, donde podamos disfrutar de lo que hacemos, que sea irónico y que todos aportemos recetas, ideas y ganas de crear. Desde aquí, lograr juntos hacer un espacio transformador. Yo no estoy hablando de comer, estoy hablando de comida”.
En las clases de Hebe, mientras se debatían textos políticos y el agua y la harina se mezclaban entre los dedos de los alumnos y entre los de la maestra, se decidía cómo crear una huerta orgánica. Un rato después la lista con lo que cada uno podía traer para hacer realidad esa huerta estaba junto a la lista de ingredientes que había que llevar para la próxima clase. Era una lista que guardaba el olor de cocina de todos, un olor, como decía Hebe, “de la casa de uno, de cualquiera de nuestras cocinas. El lugar es de todos porque las Madres nos dimos cuenta de que pedir por el propio hijo no resuelve nada; la lucha solitaria se agota en sí misma. Y al cocinar queda evidente porque para hacerlo precisás la olla que alguien hizo, la cuchara que también alguien hizo, y el trigo cosechado, y las carnes criadas”.
Cada compra que se podía hacer, cada ingrediente que faltaba y la invención frente a esa ausencia, era y es parte de la lucha diaria, porque de eso se trataba la receta, la preparación, los iris relampagueantes, el fulgor del paladar y la mordida gustosa: de la lucha. Hebe la ofreció como el plato más sabroso y también enseñó cómo se hacía: “A las Madres nos interesa que entiendan nuestra lucha, no nuestro dolor. Porque el dolor es fácil de entender. Lo difícil es que entiendan la lucha”.
