¿Qué hace que un puñado de adolescentes de Crawley (Inglaterra) sean sombríos, melancólicos, darks? ¿Historias personales y/o familiares, una sensibilidad constitutiva, la dificultad y/o la necesidad de encajar en el mundo, la falta de un futuro claro? La tecnología avanza en forma exponencial al punto de amenazar con volvernos obsoletos a la vuelta de la esquina, y poco y nada sabemos de nuestras verdaderas motivaciones. ¿Hacemos las cosas como resultado de construcciones racionales y después nos gustan o edificamos grandes explicaciones supuestamente racionales para justificar lo que nos imponen nuestros instintos? Lo que sí es seguro es que a medida que pasan los años las tragedias personales, familiares y/o sociales se hacen inexorablemente mucho más concretas y cercanas. La adolescencia queda muy lejos, casi nadie se siente capaz de todo y el tiempo se nos escurre frente a nuestra mirada impotente. Las fatalidades nos golpean inevitablemente –muerte de amigos, familiares, colapso de relaciones, proyectos– y nuestros cuerpos nos amenazan no solo con el cese total de actividades: también con hacerlo de una manera paulatina, dolorosa y desprovista de casi toda dignidad.
A los 65 años, Robert Smith está más dark que nunca y nadie podría culparlo. “Cuando sos joven romantizás la muerte sin darte cuenta. Pero cuando comienza a sucederle a tu familia inmediata y amigos, todo se vuelve muy diferente”, confesó el cantante, guitarrista y compositor a una publicación británica. Songs of a Lost World es el resultado de todo ese proceso lógico y devastador. Vivir, envejecer, ver morir a gente cercana e incluso ni siquiera poder acompañarla en su partida –como le pasó con su hermano Richard–. El álbum incluye ocho canciones y ningún hit. Casi todas de medio tiempo, brumosas, sostenidas en largos acordes de teclados que a veces se superponen, guiados por las melodías y palabras de Smith. Las composiciones casi no contrastan entre sí. Parecen tejer una historia común que, lejos de aburrir, atrapa todavía más. “Alone” abre el disco con su belleza despiadada. “Algo perverso viene así / a robarse la vida de mi hermano”, canta y conmueve Smith. El piano de “And Nothing Is Forever” también envuelve, al igual que el etéreo solo de guitarra de Reeves Gabrels. “I Can Never Say Goodbye” adopta un formato todavía más angustiante y dramático, y los más de 10 minutos de “Endsong” –el cierre del disco, como no podía ser de otra manera– proponen un viaje casi tribal –pero siempre asfixiante– que solo sobre el final encuentra palabras: “Estoy afuera en la oscuridad / Mirando la luna roja sangre / Recordando las esperanzas y los sueños que tenía / Y todo lo que tenía que hacer / Preguntándome qué fue de ese chico / Y el mundo que llamó suyo / Estoy afuera en la oscuridad / Preguntándome cómo me hice tan viejo”. ¿Hace falta agregar algo más?
