El Tigre de Los Llanos, como lo llamaban amigos y adversarios, jugó un papel importante en la vida política de la Argentina. En el año 1814 contrajo matrimonio con María de los Dolores Fernández y Sánchez, también oriunda de La Rioja, con quien mantenía algún parentesco. Se dice de Dolores que era una mujer muy hermosa; ella pertenecía a la alcurnia de su provincia mientras que él provenía de un origen social más bien humilde. Sin embargo, apenas después de casarse, Quiroga se enlistó durante un tiempo corto en el Regimiento de Granaderos a Caballo, en Buenos Aires. Con Dolores tuvo cinco hijos: María del Corazón de Jesús, José Norberto, Juan Ramón, Mercedes y Juan Facundo. Este último fue el menor de sus hijos varones, nació en 1819, y así como su padre también se dedicó a la carrera militar: pasó a la historia como uno de los héroes de La Vuelta de Obligado. Debido a sus tareas en la milicia, la vida del caudillo transcurría en muchos períodos alejado de su familia. A inicios de este siglo, encontraron en una heladera vieja en La Rioja, en el barrio El Cardenal, una cantidad de documentos y cartas de la familia Quiroga. El historiador Miguel Bravo Tedín tuvo acceso y revisó esos documentos donde confirma que entre otras cosas, recibos y cartas, hay unas treinta misivas que le envió a su esposa Dolores. “Podemos ver su firma vacilante en las cartas”, confirmó. Según trascendidos, Quiroga, que habría sido un don juan en sus tiempos de soltería, le habría sido bastante fiel a Doña Dolores, y ella, solo habría sido celosa de su caballo Moro. A este compañero de aventuras lo habría encontrado en Los Llanos, una extensión rocosa y desértica al sur de la provincia de La Rioja. Apenas había dejado de ser un potro cuando pasó a ser el confidente de Facundo, sin embargo, la relación entre el caudillo y su corcel duró hasta 1831, cuando lo pierde en un pleito con el caudillo santafesino Estanislao López. Al parecer, el conflicto por el Moro escaló y tuvo que intervenir Juan Manuel de Rosas en la contienda, pidiéndole a López que devuelva el caballo, sin éxito. Ante el triste resultado, le pide en una carta que deje de lado el asunto y que no lo vuelva un problema de Estado ya que podía perturbar la paz del territorio y, a cambio, le ofrece dinero. Completamente furioso, Quiroga le responde con otra misiva: “Estoy seguro de que pasarán muchos siglos antes que salga en la República otro caballo igual (…) Me hallo disgustado más allá de lo posible”. Sin embargo, más allá del idilio con el Moro y además de Dolores, otra mujer habría cautivado a Quiroga. En el Facundo, quizás la obra más famosa de su enemigo Sarmiento, figura la siguiente leyenda sobre el caudillo riojano y Severa Villafañe: “La Severa ha tenido la desgracia de excitar la concupiscencia del tirano, y no hay quien la valga para librarse de sus feroces halagos. No es solo virtud lo que la hace resistir a la seducción: es repugnancia invencible, instintos bellos de mujer delicada, que detesta los tipos de la fuerza brutal, porque teme que ajen su belleza. Una mujer bella trocará muchas veces un poco de deshonor propio, por un poco de la gloria que rodea a un hombre célebre; pero de esa gloria noble y alta que para descollar sobre los hombres, no necesita de encorvarlos ni envilecerlos, a fin de que, en medio de tanto matorral rastrero, pueda alcanzarse a ver el arbusto espinoso y descolorido”. Severa nació en 1810 en La Rioja junto a su hermana gemela, Máxima. Su madre muere en el parto y su padre cuando tenían tres años. De modo que quedan al cuidado de familiares y eventualmente, pasan un tiempo en un convento. La muchacha vivió solamente 23 años; sobre la relación con el caudillo hay diferentes versiones. En la revista Todo es Historia, Gloria de Villafañe y Tomás Javier Villa de Villafañe –parientes lejanos de Severa– relatan las leyendas que su familia les fue acercando: todas desembocan en que una obsesión enfermiza de parte de Facundo culmina con la vida de Severa, que muere joven y enferma luego de un episodio en el que el caudillo fue a buscarla y frente a la negativa de la muchacha a irse con él, recibió una fuerte golpiza.
QUERIDO FACUNDO
Lo cierto es que entre ellos había algún tipo de relación, no necesariamente amorosa, aunque una carta que le envía ella en 1828 –a sus 17 años de edad– deja en claro que el afecto existía. “Señor don Juan Facundo Quiroga, Mi caro señor y distinguido entre todos: el seis de éste llegamos a ésta y al otro día puso en nuestras manos mi ñaña José una encomienda que Ud. se ha servido hacernos gracia que agradezco en el alma. También tuve la felicidad de recibir una carta suya la cual mantengo en mi pecho y tengo con ella algún consuelo a pesar que me ha hallado con el noble disgusto por haber sabido que Ud. no nos honra con su venida y que mi esperanza de verlo son remotas. ¡Ay qué mal congenian esas noticias con mis ansias! Así es pero espero de su bondad me haga la justicia de venir porque su presencia llenará el vacío de mi corazón. ¡Qué bien vendría, señor general su encomienda si Ud. estuviese aquí! ¡Con cuánto gusto haría uso del todo, todo en unanimidad formaría si el cónclave de mi gusto y mi alegría! Pero de lo contrario prometo a Ud. con toda la firmeza de mi palabra no me pondré no, esas composturas. También se preparan comedias, las cuales me serán tristes si Ud. no viene. En fin, nada más digo, porque si fuese a decir todo lo que deseo, no habría papel suficiente. Sólo le suplico que su visita no se prolongue y que se agite lo más pronto que pueda. La que suscribe es su más fiel y grata, que besa su mano, Severa de Villafañe. Pd: Póngame a los pies de su señora esposa. Vale”. El 16 de febrero de 1835, Facundo Quiroga muere asesinado en Córdoba, en Barranca Yaco. Sus restos fueron trasladados al Cementerio de Recoleta, a la bóveda familiar, por pedido de su esposa. Ella murió de anciana, en 1870.
