“Ante el tribunal de la historia solo cuentan los hechos”, sostuvo Facundo Quiroga con una prepotencia tan asombrosa que pone un poco de claridad en estos días de odio de la Argentina toda. Y de sentido común en medio de la sucesión de hechos controvertidos que hacen que la grieta entre hermanos que habitan el mismo suelo se convierta, por decisión de algunos, en un abismo negro y profundo. Irreconciliable. Las antinomias de la historia argentina siempre se basaron, tratándose de lucha de poder, en dos grandes ideas: lo popular y el odio de clase por los pobres. Los cabecitas negras despreciados sin límites y marginados de cualquier intento de educación y salud para todos. La condena perpetua a la ignorancia ya había sido declamada por el Tigre de Los Llanos. Como dice el historiador Pacho O’Donnell, entrevistado para esta edición: “Facundo Quiroga integra el grupo de caudillos del interior, mediterráneos, con Bustos, Güemes, Ibarra, Heredia, Heredia, a diferencia de los litoraleños Rosas, Artigas, López, Ramírez. La lucha de aquellos era por la supervivencia, por el respeto a sus precarias industrias, por sus derechos a las rentas de la aduana, por la justicia social para su paisanaje empobrecido, mientras estos bregaban, además, por que se les permitieran los mismos privilegios que Buenos Aires, con la que compartían la riqueza de sus campos y los puertos fluviales con acceso al mar”.
O’Donnell explica, siguiendo a Alberto González Arzac: que Quiroga quería que todas las ideas fundamentales quedasen sancionadas “en la letra del ‘cuadernito’ (como gauchescamente llamaba a la Constitución) y pueden sintetizarse así: 1) régimen republicano, rechazo a las monarquías; 2) sistema federal, rechazo al unitarismo; 3) regionalismo, rechazo a la desintegración; 4) sufragio universal, rechazo al voto calificado”. Facundo Quiroga fue un caudillo carismático. Logró gran conexión con su pueblo y pudo liderar políticamente un período crucial y sangriento de nuestro país. Su lenguaje, hábitos y vestimenta lo acercaban a la gente común. Su lealtad y habilidad estratégica inspiraron confianza en sus seguidores en un contexto de desorden ideológico. No se podía esperar otro final, como sucede una y otra vez en los tiempos donde reina la sinrazón. El 16 de febrero de 1835, en Barraca Yaco, provincia de Córdoba, fue asesinado a traición, como lo hacen los cobardes. Justo viajaba a Buenos Aires para intentar mediar entre las provincias de Córdoba y Salta que estaban en conflicto. Su intervención fortalecería el federalismo, y fue la manera de dar por terminada la controversia: eliminar al líder era el objetivo de tantísimos que respiraban aires de unitarismo y aplaudieron al entender que esa muerte sería ejemplificadora para todos aquellos que intentaran que la gente común, la de la tierra profunda, pudiera tener alguna participación en el diseño de la Argentina moderna. Un líder asesinado. Un país divido. Y los argentinos de bien, que jamás temerán a la hora de reclamar sus derechos. Esos que son propios por principio y dignidad. Este es el legado más importante del Tigre de Los Llanos. Dar la vida para que tengan voz y derechos las mayorías mudas y hambreadas.
