Acaso sea difícil encontrar a un adulto de las grandes urbes iberoamericanas que no haya leído, aunque más no sea una vez en su vida, alguno de los millones de comics impresos en los más de 55 títulos que editó durante el siglo pasado la Editorial Novaro, entre los que se contaban Batman, Superman, Tarzán, Fantomas y Mickey. Tan difícil como encontrar a un niño o joven actual que sepa de su existencia, si se tiene en cuenta que pese a su pasado glorioso, hoy se encuentra reducida a una única y sencilla publicación, Motor y Volante, de baja circulación y sin sitio de internet. Incluso, el documental que narra la biografía de su fundador, Novaro, el coloso mexicano, subido a YouTube desde 2017, tiene apenas 2.300 visitas, es decir, cerca del diez por ciento de la cantidad de ejemplares que semanalmente vendía tan solo Superman.
Lo cierto es que, muy probablemente, ni el boom editorial que significó en todo el continente, España y el mercado hispano de Estados Unidos entre los años 50 y 80 del siglo pasado, ni el actual presente sin gloria, fueron imaginados por Luis Novaro Novaro, un descendiente de italianos nacido en México a fines del siglo XIX, quien desde muy joven trabajó como periodista hasta llegar a conducir la cooperativa del diario mexicano La Prensa. Para 1943, Novaro creó paralelamente SEA (Sociedad Editora América), con el fin de traducir al español las historietas de Disney, con lo que obtuvo tanta repercusión que buscó, desde la misma cooperativa, incluir la edición de otros títulos de historietas infantiles. Sin embargo, los demás integrantes del diario, al igual que la clase media mexicana, veían en esas publicaciones un elemento popular, chabacano y vergonzoso que desafiaba a la literatura, por lo que rechazaron su propuesta.

Una supereditorial
Fue así que Novaro eligió marcharse en 1951 para fundar, junto a su hermano Octavio Novaro Fiora, Novaro Editores-Impresores, donde a través del sello Ediciones Recreativas (ER) editaron en diciembre de ese año la traducción de la historieta Tarzán, para al año siguiente hacer lo propio con Superman, que fue en rigor la traducción del número 73 de la saga estadounidense, “Superman conoce a Sansón Fierro”.
Resulta una incógnita si el sociólogo chileno Ariel Dorfman se inspiró en estas revistas para su célebre trabajo Cómo leer al Pato Donald, donde denunciaba una suerte de infiltración cultural estadounidense en América latina, pero lo cierto es que las producciones de Novaro fueron mucho más allá que las réplicas de las originales. Por un lado, se modificaban sus guiones bajo la supervisión de la Comisión Calificadora de Revistas y Publicaciones Ilustradas de la Secretaría de Educación Pública de México, de modo que se evitaran nombres y referencias culturales angloparlantes, y es por eso que aquí conocemos a Bruce Wayne como Bruno Díaz, a Dick Grayson como Ricardo Tapia, al Joker como el Guasón y a Goofy como Tribilín, entre otros. Pero además de replicar cuarenta títulos extranjeros, entre los que resaltaban además de los mencionados Tom y Jerry, El Pájaro Loco, Archie, La Pequeña Lulú, Capitán Marvel, El Zorro, Roy Rogers, Gasparín, el fantasma amistoso y Riqui Ricón, el pobre niño rico, creó a partir de los años 60 quince títulos propios para difundir obras clásicas, biografías y acontecimientos históricos de Europa y Latinoamérica, así como también temáticas cristianas. Entre todos ellos se cuentan Vidas Ejemplares, Vidas Ilustres, Estrellas del Deporte, Leyendas de América, Epopeya, Aventuras de la Vida Real, Grandes Viajes e Historia del Cristianismo, bajo los sellos EMSA (Ediciones Modernas SA) y Alegría, espacios desde los cuales pudo también dar trabajo a decenas de dibujantes, escritores, y poetas de toda Latinoamérica.
La presencia de Novaro en la Argentina
Todos esos títulos, entre los que se incluyeron las biografías de José de San Martín, Domingo Sarmiento y Horacio Quiroga, tuvieron un alto impacto en las urbes argentinas y modificaron los escaparates de los miles de kioskos de diarios que poblaban nuestras principales ciudades: inspiraron y acompañaron a miles de chicos en sus recreos escolares, tardes y vacaciones, y castellanizaron los nombres de los superhéroes estadounidenses.

Pero el vínculo con nuestro país incluyó también otras historias no tan conocidas, como la acusación a Quino de copiar uno de los personajes editados por Novaro, Periquita, para crear Mafalda, algo que Quino respondió desde una de las viñetas de su propia tira. Como así también el capítulo 201 de Fantomas, “La inteligencia en llamas”, que incluía a Julio Cortázar en su argumento e inspiró una de sus obras. Y es que en una clase dictada en la Universidad de Berkeley, Cortázar haría referencia a esa historieta y explicaría que Fantomas era un personaje francés que los mexicanos colonizaron y convirtieron en un Superman vernáculo, y que luego de sorprenderse al verse incluido en la tira, decidió escribir una obra con el mismo argumento de la historieta, pero otro final. Así, el mismo Cortázar y otros escritores ayudaban a Fantomas a lograr el objetivo de capturar a un hombre que incendiaba las principales bibliotecas del mundo para destruir la cultura, pero cuando Fantomas afirmaba haber logrado triunfar, ellos le objetaban: “Crees que has destruido al monstruo, pero no hay solamente un monstruo. Mira las conclusiones del Tribunal Bertrand Russell sobre el genocidio cultural en América latina, lee todo lo que se está haciendo para destruir la cultura de un continente y crearles falsos valores sin necesidad de quemar la Biblioteca del Congreso”, a lo que el Fantomas de Cortázar respondía que desde ese momento dedicaría toda su fuerza “a luchar contra las empresas multinacionales y contra todas las formas negativas del imperialismo”.
También fue argentino uno de los principales editores de Novaro, el ensayista y escritor Luis Guillermo Piazza, quien fue clave en los lanzamientos propios de la editorial que ayudaron a acrecentar la demanda en toda Latinoamérica, con lo que Novaro creó sociedades locales en Perú, Colombia y la Argentina mediante ACME Agency, que contaban con guionistas, dibujantes y plantas de impresión locales.
Una alianza multimillonaria
Para 1963, Luis Novaro selló una alianza con el mayor grupo impresor estadounidense, Western Publishing Company, y con el inversionista mexicano Bruno Pagliari, agrupando todos sus sellos –SEA, ER, EMSA y Alegría– bajo la denominación Organización Editorial Novaro, luego rebautizada con su nombre más célebre: Editorial Novaro.
La alianza dio un nuevo impulso a la editorial, que la llevó a contar con dos mil empleados, vender mensualmente 12 millones de revistas, superando en cantidad a las originales de Disney, y 700 mil libros infantiles, junto a álbumes de figuritas, libros para colorear, juegos y diccionarios, para lo cual se inauguró en Panamá la mayor planta de impresión en offset de todo el continente, con la cual pudo también crear el sello Fiesta de Colores, que exhibía una gama de colores nunca antes vistos, y abastecer también de tres millones de textos escolares a las escuelas mexicanas. Su facturación para entonces llegaba a los 170 millones de dólares anuales, el uno por ciento del PBI mexicano.
Tan solo un año después, Novaro se desprendería de su paquete accionario, que vendió a Miguel Alemán Velasco, seguidor de sus historietas e hijo del expresidente mexicano Miguel Alemán Valdés, para embarcarse en el proyecto de la Editorial Cultural Educativa, que dirigió hasta su fallecimiento en 1969, a los 70 años.
La Editorial Novaro, por su parte, comenzó a abastecer el fuerte mercado español, que con la caída de Francisco Franco en 1973 dio paso a un “destape” que incluyó la posibilidad de importar las historietas producidas por esta editorial, antes censuradas, restringidas y solo ubicables en el mercado negro.
Eso es todo amigos
Sin embargo, el auge neoliberal que experimentó toda América latina desde mediados de esa década pareció significar el principio del fin. Y es que a partir de aquellos años, se buscó reducir los costos del precio de venta disminuyendo la calidad del papel, mientras que se creó el tamaño “avestruz” para mantener los mismos formatos, pero también el tamaño “águila”, de media carta, y el “colibrí” o “de bolsillo”, de un cuarto de carta, que fue rechazado por el público debido al diminuto tamaño de sus letras y dibujos. Asimismo, buscó ampliar ventas incluyendo figuritas recortables detrás de la portada, con promociones como “Pega Ganando-Gana Pegando”, “Desfile de Equipos”, “Festival del Mundo de la Historieta” y “Súper Triángulos”, lo cual resultó confuso para muchos lectores que no deseaban cortar a revista, pero tampoco perderse los premios.
Para inicios de los 80, Novaro ya debía competir también con Novedades Editores, otra empresa que había lanzado historietas en un formato más moderno y con nuevos títulos de Marvel Comics, así como con la masificación de la televisión a color y el auge de los locales de videojuegos. En ese contexto, se inició un vaciamiento por parte de algunos gerentes, mientras la deuda con los proveedores, cercana a 20 millones de dólares, le impedía renovar las licencias de los personajes estadounidenses, lo que llevó a la cancelación de una gran cantidad de títulos, con los únicos lanzamientos de Conan y El Increíble Hulk en 1982. Así comenzó un período de reducción del personal, al que se indemnizaba mediante dos toneladas de las revistas sin vender que se guardaban en los depósitos. Esta situación generó un nuevo perjuicio a Novaro, pues la sobreoferta de revistas llevó a una drástica caída en el precio de las historietas, y muchos optaron por comprar varias revistas atrasadas en lugar de los nuevos lanzamientos.
Para el comienzo de 1985, solo sobrevivían Superman y Batman, por lo que el extendido mito de que fue el gran terremoto de México de septiembre de ese año el que dio punto final a esta extraordinaria historia no cuenta que para marzo se habían publicado los dos últimos números, Batman 1301 y Superman 1537. Esta última terminaba como las demás ediciones con la frase “esta aventura continuará próximamente, ¡no se la pierdan!”, dejando en las semanas posteriores a muchos niños y adolescentes de todo el continente asombrados y angustiados, ya que no hubo un solo comunicado de la editorial, que tampoco respondió las miles de cartas que se enviaron a la editorial para obtener alguna respuesta.
O, tal vez, aquella frase de Superman haya sido el íntimo deseo de que, en algún momento, la aventura de Novaro continuara.
