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Caras y Caretas

           

Bariloche y la crisis habitacional

Desde finales de la pandemia, los propietarios priorizan el alquiler turístico. Aumentos desproporcionados y desalojos llevaron a cientos de familias a tomar terrenos.

Los despidos –un rumor que recorría los pasillos del organismo público donde trabajaba mi pareja en 2018– comenzaron a sucederse al mismo tiempo que nosotros, con dos hijos pequeños, terminábamos de acomodarnos en Bariloche, 1.600 kilómetros al sur de la familia, sin ahorros, sin más que nuestros empleos, por lo que la posibilidad de perder uno de los dos ingresos económicos nos empujó a buscar otros. Así fue que me puse en contacto con productores de nueces de Mendoza, y empecé a traerlas y a ofrecerlas en dietéticas a un precio competitivo y por un aceptable margen de ganancia. Alguien entonces me habló de Mariana, una mujer que producía budines. La llamé, le vendí nueces y quedé en entregarlas en su casa.

Mariana vivía en un barrio residencial de Bariloche, boscoso, envuelto de silencio. Apenas llegué toqué timbre, abrió el portón y un perro grande y cuidado me acompañó torpemente hasta la entrada de la casa amplia de ventanales grandes. Pocas semanas antes había llegado de Buenos Aires con su hija Kyara, de 11 años.

–Vivir en Bariloche fue el sueño de mis últimos 24 años –dice Mariana Mannelli, con 54.

La realización de esa fantasía se precipitó por un hecho indeseado. Con el rumor de la venta del banco Citibank, donde trabajaba, contrajo un cuadro de ansiedad que desembocó en una licencia psiquiátrica. Entonces la empresa le sugirió –casi invitándola– firmar el retiro voluntario. Mariana no quiso trabajar más en relación de dependencia.

Para fines de la pandemia, en 2021, yo no vendía nueces y dedicaba el tiempo libre al armado de Al Margen, una revista de actualidad en la que empecé a indagar sobre un fenómeno incipiente. Se trataba de los dueños de viviendas que pedían a los inquilinos aumentos desproporcionados de renta, mientras se multiplicaban los desalojos, la oferta de casas se reducía dramáticamente y muchas personas abandonaban la ciudad. Todo se volcaba al alquiler turístico. La ONG Fundación Bariloche reveló dos años después que el 10 por ciento de los hogares –unos 5.300– estaban deshabitados. Y el Centro de Estudios Metropolitanos informó que entre octubre de 2021 y febrero de 2023, las unidades en alquiler turístico en plataformas creció un 220 por ciento. Dimos con vecinos organizados en grupos de Whatsapp, que alentaban concentraciones públicas para mostrar esta realidad nueva y encontrar soluciones. Entre ellos, estaba Mariana. Hablamos. Me contó que había tenido que desocupar la casa del bosque donde vivía, que consiguió otra pero a 20 kilómetros del centro de la ciudad y a tres kilómetros de una parada de colectivo. Su hija había cambiado de escuela.

–¿Y cómo hacés con la distribución de budines? –pregunté.

–Camino, camino todo el día, Pablo –dijo.

Semanas atrás llegó al teléfono de la revista un informe. Da cuenta de que unas doscientas familias de barrios que nacieron como tomas de tierra pidieron a la empresa eléctrica CEB una conexión regular de luz, pero la empresa puso tantas condiciones que resulta imposible. Mientras tanto los vecinos se las arreglan como pueden. Los autores del informe enviaron algunos contactos para entrevistas. Uno de ellos era el de Mariana. La llamé. Me contó que debió desocupar la casa alejada del centro, luego no pudo conseguir algo accesible y entonces el año pasado ocupó un terreno en el sur de la ciudad, en una zona denominada El Alto, con vista a las pistas de esquí del cerro Catedral y donde vive la mayoría de los trabajadores de la industria turística. Ahí el viento sopla fuerte, arremolina tierra y la nieve se acumula como en ningún otro lugar. Vive con su hija y su pareja. En cuatro meses levantó una casa sencilla, a la que todos los meses le suma algo. Tiene luz porque está conectada clandestinamente a un transformador de media tensión a doscientos metros de la casa. Los cables pasan bajo tierra, pero a veces emergen con las lluvias. Hace dos años hubo un incendio y una muerte, hace unas semanas ardió otra casa, en invierno un transformador sobrecargado voló por el aire y Mariana estuvo 45 días sin luz, sin calefacción eléctrica, solo a leña porque no tiene gas de red y la garrafa es muy cara. Le pregunté cómo andaba su hija, me dijo que bien, finalizando el último año de la escuela secundaria. Me hablaba desde la feria donde vende los budines, en un puesto que alterna con otros feriantes. Le pregunté dónde cocinaba, si en la casa no tenía gas. Me dijo que en una cocina comunitaria de Cáritas, habilitada para emprendedores y personas sin recursos.

Escrito por
Pablo Bassi
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