Nacido en Buenos Aires al despuntar el siglo, de ascendencia vasca, Cesáreo Juan Onzari cumple con todos los requisitos para identificarlo con el “fútbol de antes”. Bohemio y romántico, vistió una sola camiseta en todo su derrotero más o menos profesional –el profesionalismo se instauró oficialmente recién en 1931–, la de su querido Huracán, con el que ganó cuatro ligas.
Formado en instituciones hoy extintas, como Sportivo Boedo y Mitre, Onzari llegó al club de Parque Patricios en 1921 y no se fue más, hasta su retiro, doce años después. Su ubicación en la cancha es tan anacrónica como sus ocasionales rodilleras: se desempeñaba de wing izquierdo, esa categoría que aportó inolvidables estrellas al ámbito local (desde Enrique “Chueco” García en Racing a Oscar “Pinino” Más en River), desplazada por esquemas tácticos crecientemente mezquinos.
Su estilo de juego, habilidoso y audaz, gambeteador nato, le sumó innumerables golpes y faltas en aquel fútbol sin tarjetas ni imposturas. Cada vez que era víctima de un foul violento que lo hacía aterrizar en el verde césped, simplemente se reincorporaba y continuaba jugando y gambeteando.
Fue su compañero de ataque otro nombre emblemático de aquellos años: Guillermo Stábile, goleador del primer Mundial (1930), a quien no en vano apodaban el “Filtrador”.
Una portada de la influyente revista El Gráfico, de esas que se producían artesanalmente entre semana en los estudios fotográficos de la editorial, los refleja de cuerpo entero, manteniendo una conversación que simula ser casual.
“Los dos populares forwards de Huracán, el team que hasta hoy cuenta con más posibilidades de adjudicarse el campeonato de 1928”, apunta el epígrafe, con visos de profecía.
En efecto, Huracán coronó ese año una formidable campaña en el certamen más largo de la historia (participaron 36 equipos y concluyó en abril de 1929), superando a Boca, y obteniendo el último lauro de la era amateur. “El ballet blanco”, lo apodaban.
Onzari fue tapa del semanario en más de una ocasión, y en ese reconocimiento a sus méritos también cotizaba su franca amistad con el célebre periodista Ricardo Lorenzo, “Borocotó”, autor de “Apiladas”, una de las secciones más leídas.
Su gran antagonista en el andarivel y en el favor de los seleccionadores para integrar la Albiceleste, fue Raimundo “Mumo” Orsi, ídolo de Independiente, quien emigró posteriormente para ser campeón del mundo con Italia (1934).
“Cesáreo Onzari. El gran winger de Huracán que reaparece mañana en un partido amistoso, compite con Orsi la supremacía en su puesto en el fútbol argentino”, enuncia otra tapa de El Gráfico.
Las anécdotas sobre Onzari tienen el patrón del gol inolvidable. ¿Pateó al arco en vez de buscar la cabeza goleadora? ¿Fue casualidad, técnica o intuición?
“Salió porque tenía que salir. No hubo otra cosa. Nunca más pude hacer un gol igual”, relativizó, aunque quizás lo siguió buscando en cada córner, multiplicando la expectativa en otros tantos públicos por ver en vivo y en directo “un gol como el Onzari a los olímpicos”, toda una marca registrada.
Si las repercusiones históricas han sido suficientemente subrayadas, una intimidad familiar nos permite reconstruir un delicioso cuadro de época.
“A mi abuela Sara, que estaba noviando con Cesáreo, le tocó trabajar el día del partido contra los olímpicos. Era telefonista de la Unión Telefónica –reseña su nieto Marcelo, ligado al fútbol y a Huracán por herencia genética–. No había forma de tener noticias frescas del partido, ya que la radiofonía recién estaba comenzando a dar sus primeros pasos. De hecho, creo que el partido contra los olímpicos fue la primera transmisión radial de un partido de fútbol. Entonces, mi abuela apelaba a pinchar los llamados y prenderse a escuchar las novedades del partido. Así se enteró del gol de córner, convertido por su novio Cesáreo”. Digno de un paso de comedia.
CON OTROS COLORES
Además de vestir eventualmente la camiseta de Capital en los clásicos amistosos contra Provincia que se jugaban a estadio lleno, Onzari también se puso la camiseta de Boca. Fue para integrar como refuerzo el plantel de la recordada gira de 1925 que paseó por primera vez a un equipo argentino por Europa, enfrentando al Real Madrid, Atlético Madrid, Espanyol de Barcelona y Bayern Munich, entre otros.
Las estadísticas son elocuentes de su protagonismo en el team xeneise. De los 19 partidos que se disputaron, Onzari fue titular en 17 y marcó tres goles. Ahí formó dupla con otro recién llegado: Juan Manuel Seoane, proveniente de El Porvenir.
De esa acotada pero exitosa experiencia perduran las fotos en sepia y otra cálida anécdota familiar: “Eran habituales las disputas domingueras por la existencia de dos cuadros en el comedor de la casa de mis abuelos. En uno, Cesáreo vestía la casaca de Boca Juniors y en el otro, la de Huracán –revela Marcelo–. Mi hermano y yo, quemeros desde la cuna, objetábamos la permanencia del cuadro del abuelo con la camiseta de Boca, ante lo cual Doña Sara nos reprendía diciéndonos ‘su abuelo quería mucho a Boca, así que cuidadito con querer sacar el cuadro’. En la actualidad, el de Boca lo tengo yo, y el de Huracán lo tiene Gustavo, mi hermano”.
Retirado del fútbol por una terca lesión en la rodilla (dejó un saldo de 212 partidos jugados y 63 goles anotados), estuvo vinculado a las inferiores de Huracán, pero ante todo disfrutó del impacto imperecedero de aquel gol que desafió la lógica y casi la física. En ese marco lo convocaban como una especie de “relacionista público” en los emprendimientos comerciales que compartió, como la tradicional pizzería El Globito, en pleno corazón de Parque Patricios.
Cuenta también su nieto que el gobierno peronista quiso reconocerlo con un automóvil Mercedes Benz de importación, a cambio de la dedicatoria del gol célebre, pero Onzari, peronisa de alma, rechazó el pedido.
Falleció tempranamente en 1964, cuando tenía 60 años, tras una penosa enfermedad. Un sector de “la Miravé”, tribuna quemera por excelencia, cobija su nombre y acuna legado.
