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Caras y Caretas

           

Ascenso meteórico e implosión

Ilustración: Josefina Madariaga

El recorrido de la banda comandada por Patricio Fontanet de los suburbios al centro de la escena de rock local fue vertiginoso y se amparó en el trabajo del grupo y el boca en boca popular. Las 194 muertes del 30 de diciembre de 2004 determinaron condenas legales para varios miembros de la agrupación y el naufragio definitivo del proyecto.

Algo pasó en el suburbio oeste de Buenos Aires a finales de los 90. Mientras el Plan de Convertibilidad impuesto por Domingo Cavallo, ministro de Economía del entonces presidente Carlos Menem, alimentaba el índice de desocupados y crecía el desencanto popular por las instituciones políticas, en un radio geográfico que no superaba los cinco kilómetros de distancia aparecían una serie de bandas que iban a marcar la historia del rock argentino con una lírica barrial e impronta directa: La Renga, Viejas Locas, Los Gardelitos y, un poco después, Jóvenes Pordioseros comenzaban a dar sus primeros pasos en la escena musical.

Del otro lado de la avenida General Paz y la autopista Pablo Ricchieri, a un par de cuadras del Mercado Central de Buenos Aires y la ribera del río Matanza-Riachuelo, en 1996 una banda de rock formada en Villa Celina por integrantes que promediaban los 18 años dejaba atrás el nombre de Río Verde –tomado de una canción de Creedence– para llamarse –simplemente– Callejeros.

Una habitación vacía ubicada en el fondo de la casa del bajista Christian Torrejón, en la calle Chilavert, que también sería escenario de los primeros shows, se convirtió en poco tiempo en sala de ensayo. La peluquería Eskrúpulos, a unos pocos metros de distancia y propiedad de uno de los primeros fans del grupo, se transformó en punto de encuentro de los músicos de Callejeros y amigos que podían conseguir allí también las entradas anticipadas para los recitales.

Después de algunos cambios de músicos y un par de demos vendidos de mano en mano, en 2001 Callejeros llegó a su formación definitiva: Rogelio Patricio Santos Fontanet en voz, Maxi Djerfy y Elio Delgado en guitarras, Christian Torrejón en bajo, Eduardo Vázquez en batería y Juancho Carbone, que venía de grabar un par de discos con Viejas Locas y aportaba una cuota de profesionalismo, en saxo y producción musical. Diego Argañaraz, conocido del barrio sin ningún tipo de experiencia en el mundo artístico, pero audaz a la hora de armar estrategias para dar a conocer a la banda, ocupó el rol de mánager y Daniel Cardell, otro amigo del oeste, se hizo cargo del diseño de arte de la banda.

“En los primeros años, con Christian habremos repartido a la salida de los shows una cifra no menor a los dos millones de volantes”, contó en una entrevista Fontanet, en 2018. La cifra puede parecer exagerada, pero es real y surge de una proyección que por esos días hacía el cantante de Callejeros. “Les pedíamos a algunos de los chicos si podían vender entradas. Y con esos tickets que vendíamos invitábamos a otros para que pudieran entrar gratis. Era muy loco, porque tocábamos en el Marquee y yo conocía a todos los que habían venido”.

EL CAMINO INDEPENDIENTE

Callejeros aprendió a dar sus primeros pasos bajo los consejos de sus vecinos de La Renga, que, a su vez, habían recibido de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota una pequeña guía acerca de las ventajas que ofrecía la autogestión e independencia. Jorge Leggio, histórico sonidista del trío de Mataderos, terminó de amoldar el sonido en vivo de un grupo que, con Fontanet como un líder carismático siempre cercano a su público, comenzaba a hacer ruido en el under porteño sin tener un disco oficial en las calles.

Mientras el descontento popular por la situación económica y política de la Argentina crecía al ritmo del “¡que se vayan todos!”, Callejeros presentaba su álbum debut, Sed (2001) en Museo Rock, a metros de un cacerolazo espontáneo de vecinos reunidos en San Telmo.

Dos años después, editado primero de forma independiente, el segundo disco, Presión, marcaría un punto de quiebre en la historia de la banda. “Que decir aborto suene a legal y que no sea un pecado mortal / Que no se quede mi pueblo dormido / Que ya no me engañen más ni jueguen conmigo. / Por fin el gobierno va a ser de una mujer / Y no habrá juicio por fumar sin joder / Y va a haber jueces cumpliendo la ley”, cantaba Fontanet en la letra de “Imposible” cuando aquello parecía una utopía. Pero fue “Una nueva noche fría” la canción que, contrato con el incipiente sello Pelo Music mediante, los puso a rotar en los primeros puestos de los rankings de radios que nunca antes habían sonado.

“Al principio todos los que venían a vernos eran conocidos”, recordaba Fontanet. “Por eso ellos también vivieron el logro de Callejeros como propio. No fue solo un crecimiento interno del grupo. Hicimos todo un laburo y el público acompañó. Toda la primera época fue fundamental”.

Puertas adentro, los integrantes de Callejeros entendieron que una banda de rock debía funcionar como un proyecto colectivo en el que todos debían respetar los roles de sus compañeros y, en caso de que comenzaran a producir algunas ganancias, el reparto debía ser en partes iguales. Si bien Fontanet era siempre el principal compositor en el que recaía la responsabilidad de las letras y música de Callejeros, a la hora de registrar las canciones en SADAIC, el cantante cedió de forma equitativa los créditos de sus canciones como autor entre todos los miembros del grupo, incluidos mánager y escenógrafo.

Con un promedio de edad que no superaba los 23 años, el sueño de dedicarse por completo a Callejeros y vivir de lo que generaba el grupo se hizo posible en base a una convocatoria, que comenzó a multiplicarse en cada show, y el contrato firmado con Pelo Music. De tocar en el Club de Arte pasaron a El Marquee, de allí a Cemento, al Microestadio de Atlanta, y dos estadios Obras agotados con apenas dos discos en la calle. “Creo que fuimos la primera banda en lograr eso”, decía Fontanet por aquellos días. “Sin embargo, ningún medio habló de nosotros. Había como una negación de los medios más poderosos de ese momento, de todo lo que viniera del lado de los Redondos, La Renga o nosotros. No encajábamos en lo que para ellos era negocio”.

GENUINO E IMBATIBLE

El ascenso fue tan genuino como vertiginoso. La aparición de un disco imbatible, Rocanroles sin destino, en 2004, los expulsó definitivamente del under. Para muchos jóvenes de los barrios del conurbano, las letras de Fontanet lo posicionaron como referente de los olvidados, una antiestrella de rock que no necesitaba de vestuarios o brillos para subir al escenario, la voz de los invisibles y la figura de los desangelados. Fue el mismo cantante también el primero en dejar su puesto como técnico en esterilización en el Cemic para dedicarse por completo a Callejeros, y lo mismo fue pasando con el resto de los integrantes. El mánager abandonó su trabajo en una pinturería y el escenógrafo renunció a su puesto de repositor en Easy.

En diciembre, más de doce mil personas estuvieron presentes en lo que fue la presentación del álbum en el estadio de Excursionistas. La despedida del año consagratorio fue programada con tres nuevas fechas –28, 29 y 30 de diciembre– en Cromañón, con entradas a precios populares, una forma de agradecer también a Omar Chabán la confianza depositada en el grupo cuando ni siquiera la exitosa FM Rock & Pop los incluía en su programación.

Si bien Callejeros dejaría de existir con ese nombre en 2010, la noche del 30 de diciembre de 2004 en la que murieron 194 personas marcó el lento final de una banda que se vio condicionada a preparar su defensa judicial y mediática de lo que sería la segunda causa más importante de la historia de nuestro país, después del Juicio a las Juntas. “El incendio de Cromañón, además de revelar la muy problemática relación de los argentinos con las leyes, es la oportunidad de una venganza de clase”, escribió el investigador del Conicet Pablo Semán. Hubo un regreso, sí, el 21 de septiembre de 2006 en Córdoba, después de reiteradas censuras y amenazas de un grupo menor de padres que exigía en los medios de comunicación la prohibición de por vida de la banda. Hubo absoluciones para los músicos, apelaciones, cumplimientos de condenas y encarcelaciones inconstitucionales (el escenógrafo cumplió la pena en prisión sin el doble conforme judicial) y otro regreso a los escenarios. Pero el final ya estaba decretado.

Escrito por
Bruno Larocca
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