Cuando pensamos en Gustavo Adrián Cerati, en su prodigiosa imaginación creadora, suele invadirnos una pregunta dedicada a pocos artistas que nos han dejado: ¿qué estaría haciendo hoy en día, en este contexto? Más allá de lo naif del interrogante, la expectativa de pensar a Cerati en presente no es del todo vana. Tiene que ver, claro está, con lo que singulariza su figura hasta el extremo de haber modelado la percepción musical de varias generaciones en nuestro país y en toda América Latina. Pero, sobre todo, se dirige a su visión de la época, del tiempo, del porvenir, exacta a la hora de tramar una obra por demás innovadora. El pulso estético de Cerati supo anticiparse a todo porque fue único a la hora de proyectar su mirada sensible, orgánica, hacia el arte del sonido preciso y deseado.
Quizá el vínculo sea de lo más parecido a un sueño, pero la estatura de nuestra felicidad podría medirse con múltiples pasajes de sus canciones. Cuestión reservada a quienes nos conocieron sin conocernos, a los artistas y genios que han sido capaces de oler, degustar e intuir los claroscuros de la historia y el inconsciente colectivo. Ahí la pregunta por su música cobra un matiz insospechado, dirigiéndose, en Gustavo, al devenir de una intimidad profunda, compleja, libre, transgresora (hay que decirlo: el colectivismo tecnocrático actual odia esa subjetividad): la musa de Cerati no fue otra que el degradé vital que presta oídos a todos los espectros interiores y exteriores a los que se pueda escuchar y con los que se pueda discutir a la hora de la creación.
Corazón delator
Podríamos enumerar aquí un sinfín de melodías, letras, títulos brillantes, armonías, riffs y silencios urdidos con maestría; o constatar que para muchos habitantes de nuestra lengua Gustavo Cerati fue una lumbrera, acaso un mito inspirador y creativo. Su capacidad para penetrar en sí mismo, en su corazón delator, era mucho más que un gesto egótico. Su fibra experimental descubrió detrás del corazón esos mundos concéntricos, sumergidos, de los que somos parte, y que son parte de todos. En esa zona pura nos sugirió una elegancia difícil. El regocijo de un espacio-tiempo propio, porteño, argentino, tan nuestro en su alborear humano.

Antes de Soda Stereo, cuando andaba metido en múltiples proyectos musicales, a veces antagónicos, su curiosidad infinita ya le permitía aunar lenguajes sin esfuerzo. Virtud del experimentador sónico en que se estaba convirtiendo. El sonido del deseo se abría paso desde esa misteriosa lealtad que lo unió a Spinetta, a Charly, a Federico Moura a Melero o a Vox Dei con su memorable versión de “Génesis”, y a todos los músicos que lo quisieron y secundaron en su búsqueda. Si algo marcó esos lazos, además de un fuerte apego a nuestra música popular, fue la noción del progreso estético, intelectual, espiritual por sobre cualquier otro modo de afrontar la vida. Su arrojo total a la vocación artística, al desarrollo de las potencialidades de la vida, confirmó las utopías que pudo leer en Borges, en Pizarnik o en Horacio Quiroga, tres de sus autores predilectos a los que brinda un agradecimiento especial en los créditos de Bocanada.
Jugar otro juego
Las obras maestras forjan las membranas de nuestra vida, de nuestros sentidos. Y no solo eso: amplían, hacen crecer o enriquecen el horizonte en el que existimos y sentimos lo que hemos llegado a ser. Nos dan otras cartas con que jugar a otro juego. ¿Habrá una definición mejor para la música de Gustavo Cerati? Desde que irrumpió a la vida pública, y hasta que se fue de este mundo, su anhelo mayor fue ese: devolverle a la vida, a través de la obra de su imaginación, un calor diferente, una explosión vanguardista del vacío de la abstracción y la falta de sentido. Desde su constante estado de celebración y deleite hasta su mirada frágil, y sufrida, sobre la belleza, supo ofrendarnos un continuo y entrañable resignificar el mundo. Gustavo: tu verbo vive en nuestra carne.
