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Caras y Caretas

           

El movimiento se demuestra andando

Practicante entusiasta y multidisciplinario, desde la presidencia masificó como nunca el acceso a la faceta social y apoyó con decisión el de alto rendimiento, que tuvo grandes resultados a nivel internacional.

El 3 de julio de 1974, dos días después de la muerte de Juan Domingo Perón, la Selección debía jugar ante Alemania Democrática en el Mundial de Alemania Federal. Ya eliminada, era el último partido de la segunda fase, en Gelsenkirchen, a 12 mil kilómetros de Buenos Aires. La delegación había improvisado un altar en el hotel con la imagen de Perón. Y había acudido a la iglesia San Lambertusa a una misa en su honor. Los futbolistas querían que se pospusiera el partido, porque “es imposible jugar mientras el país vela al Presidente”.

Vladislao Cap, uno de los entrenadores, había sido el mediocampista central de Arsenal de Llavallol, primer campeón de los Juegos Evita. Y había recibido la medalla de las manos de Perón y Eva Duarte. La FIFA amenazó a la AFA con la quita de la sede del Mundial 78. Y, entonces, la Selección salió a la cancha con brazalete negro y mayoría de suplentes (debutó en el arco el Pato Ubaldo Fillol). A los 11 minutos se paró el partido. El minuto de silencio duró menos de 60 segundos. Lo mismo ocurrió en Brasil-Holanda, Suecia-Yugoslavia y Polonia-Alemania Federal. La Selección empató 1-1 con Alemania Democrática. Gol de René Houseman, quien un año antes había firmado una solicitada junto a otros futbolistas por la vuelta de Perón a la Argentina. Nunca antes se había hecho un minuto de silencio por la muerte de un presidente durante un partido de Mundial. Nunca más se hizo. Había muerto Perón.

DESDE SU INFANCIA

Presidente argentino durante tres períodos, de 1946/51 a 1955 y de 1973 hasta su muerte, Perón practicó deportes desde su infancia. Fútbol, básquet, boxeo, equitación, tiro, esgrima, yachting. Fue atleta, jinete, polista, andinista, remero, esquiador. En el marco del aprendizaje y la enseñanza militar y en la vida civil, fomentando la práctica y la fundación de clubes, incluso antes de que fuera electo presidente. Perón fue seleccionado para el equipo olímpico de esgrima de los Juegos Olímpicos de París 1924, pero el entonces ministro de Guerra, Agustín P. Justo, no lo autorizó. El enojo le duró toda la vida. Otra versión indica que Perón, en verdad, no había aceptado que la capitanía del equipo recayera en Pedro Nazar Anchorena, un aristócrata muy cercano al presidente Marcelo T. de Alvear.

La política deportiva de los gobiernos de Perón expandió el deporte social –lo popularizó, masificó el acceso– y apoyó el de alto rendimiento. Si la práctica era “un derecho del pueblo”, el Estado fomentaba el crecimiento de los más destacados, porque eran “embajadores” de Argentina y contribuían a la “identidad nacional”. El de- porte como política de Estado. Uso y, a veces, abuso, pie para acusaciones de “demagogia” y “nacionalismo”.

El básquet campeón del mundo en el Mundial de Argentina 1950. Los Sudamericanos de fútbol de 1946 y 1947 (en 1953, el gol “imposible” de Ernesto Grillo en el 3-1 ante Inglaterra en River “nacionalizó”, como a los trenes, al fútbol argentino). El oro de Delfo Cabrera en maratón en los Juegos Olímpicos de Londres 1948. El triunfo de Domingo Marimón en la carrera de América del Sur, que unió Buenos Aires con Caracas. Los títulos de 1951, 1954 y 1955 de Juan Manuel Fangio en la Fórmula Uno. La tenista Mary Terán de Weiss, primera top 10 argentina. La organización de los Juegos Panamericanos de Buenos Aires 1951 (Argentina lideró el podio, superando a Estados Unidos, como solo volvió a suceder en La Habana 1991). El oro de los remeros Tranquilo Cappozzo y Eduardo Guerrero en los Juegos de Helsinki 1952. El boxeador José María Gatica, campeón del pueblo, y Pascual Pérez, primer campeón del mundo argentino en 1954, en peso mosca. La creación de los Juegos Evita, mayor experiencia de deporte social en América (Ramón Carrillo, primer ministro de Salud, decía que “el objeto del deporte es perfeccionar la salud, no formar campeones”). El repaso es injusto. Pocos lo recuerdan, pero Argentina estuvo a un voto de ser sede de los Juegos de 1956: perdió 21-20 con Melbourne. El voto decisivo fue de un dirigente latinoamericano que prefería viajar a la desconocida Australia que a la cercana Buenos Aires.

MÁXIMO APOYO

    “Para un pueblo de deportistas como el argentino, sería una insensatez afirmar que el auge del deporte comenzó con el advenimiento del justicialismo. Lo que sí es verificable es que, en el marco de dignificación que experimentó Argentina entre junio de 1943 y septiembre de 1955, muchísimos más argentinos ejercieron el derecho al deporte y los más calificados exponentes encontraron decidido apoyo para maximizar sus talentos”, sostiene Víctor Lupo, ex subsecretario de Deportes de la Nación, autor de Historia política del deporte argentino (2004). Entre 1946 y 1955, la Argentina tenía cinco millones de personas activamente en el deporte en un país de 16 millones de habitantes. Hay un punto en el que no hay acuerdo: si Perón era hincha de Racing –su estadio de Avellaneda, que ayudó a construir con créditos estatales, lleva su nombre– o de Boca.

    Estamos en 2024. El gobierno de Javier Milei quiere pulverizar a los Juegos Evita, borrarles incluso el nombre. Con el desfinanciamiento de los Evita, se ataca al deporte social. Con la quita de subsidios a los clubes, al federado. Con el congelamiento de becas, al alto rendimiento. Milei representa el deporte de las sociedades anónimas deportivas, el privatizador. En 1972, cerca del final del exilio en Madrid, Perón recordó: “Nosotros no tuvimos delincuencia infantil. ¿Por qué? Porque en Buenos Aires más de 50 mil muchachos tenían su club. Se crearon 90 clubes de barrio, donde tenían, en lo posible, cancha de fútbol, de básquet, boxeo, gimnasia, en fin, todas las actividades deportivas. Esos clubes los hacía el Estado y se los entregaba a los vecinos, que los administraban y los llevaban adelante”. Al año siguiente, en 1973, en una reunión con la juventud, le dijo, adelantado a los tiempos de negociados que sobrevendrían en la Argentina: “¡Vayan a defender a los clubes!”.

    Escrito por
    Roberto Parrottino
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