Después del golpe militar que lo derrocara, Juan Perón comenzó su periplo de proscripción y exilio que duró 17 años. Luego de un paso por Paraguay, Panamá, Nicaragua, Venezuela y República Dominicana, llegó a Madrid, España, el 2 de enero de 1960. Allí se instaló en un departamento en el barrio residencial de El Viso en donde tuvo de vecina a Ava Gardner y llegó a tener algunas discusiones por los ruidos molestos generados por la actriz. Pero también generó un malestar con el mismísimo dictador Francisco Franco por algunas aseveraciones políticas del líder justicialista.
Fue entonces cuando se mudó a las afueras de la ciudad, en una quinta del aristocrático barrio Puerta de Hierro, a la que bautizó como 17 de Octubre. El lugar se fue convirtiendo en una especie de Meca para los dirigentes peronistas. Vicente Solano Lima, Sebastián Borro, Carlos Menem, Andrés Framini, Jorge Taiana, Lorenzo Pepe, Augusto Vandor, Rodolfo Puiggrós, Armando y Dardo Cabo, Arturo Frondizi, Jorge Antonio, Antonio Cafiero, Oscar Alende, Rodolfo Galimberti, Juan Manuel Abal Medina, Héctor Cámpora, Lorenzo Miguel, Jorge Paladino fueron algunos de los nombres que pasaron por allí. También artistas e intelectuales como Ricardo Carpani, Hugo del Carril, Mariano Grondona, Félix Luna, Bernardo Neustadt, entre tantos. Fernando Solanas y Octavio Getino filmaron allí el documental Actualización política y doctrinaria para la toma del poder. Perón tenía otra costumbre, le encantaba pasear con sus caniches por los jardines de la quinta. Para aquellos dirigentes con los que tenía diferencias empleaba un gesto muy sutil, los llevaba hasta la lápida de su perra Canela (que había fallecido en 1966), que rezaba: “A mi más querida y fiel compañera”.
Por esos días de 1970 un joven como tantos otros, que estaba viajando por Europa en busca de aventuras, llegó ilusionado hasta Puerta de Hierro en busca del General. Le dijeron que no estaba. Cuando se iba, desde un Volkswagen que salía de la quinta le gritaron: “Mucho gusto, soy Juan Perón”. “Mucho gusto, soy Mario Rotundo”, le respondió el muchacho. Desde entonces comenzaron a frecuentarse por un tiempo y se originó una amistad. En diciembre, Rotundo regresó a la Argentina antes de saludar a su nuevo amigo y a su esposa Isabel.
Perón grababa mensajes en su geloso y escribía cartas a diversos dirigentes peronistas, no importaba que fueran de derecha o de izquierda. A todos alentaba. Pero lo cierto es que Perón iba perdiendo margen de maniobra en la política argentina a tantos miles de kilómetros de distancia. Y en eso llegó Alejandro Lanusse.
Mediante un golpe palaciego, el 26 de marzo de 1971, Lanusse asumió la presidencia. El general entendía que los años de antiperonismo y proscripciones habían terminado. Entendía que era necesario buscar la pacificación y que eso sin Perón era imposible. Tenía que democratizar el poder pero sin entregarle el gobierno a Perón. El proyecto fue el Gran Acuerdo Nacional (GAN). Mientras, Perón seguía alentando a las “formaciones especiales” para que la dictadura tuviera que negociar con él.
Así comenzaron las negociaciones y el primer gesto de Lanusse fue entregar el cadáver de Evita que había sido secuestrado cuando estaba en la sede de la CGT. El 21 de abril, el coronel Francisco Cornicelli viajó hasta Puerta de Hierro para negociar mano a mano con Perón. La entrega se concretó el 3 de septiembre.
A partir de allí Perón y Lanusse jugaron su juego. Lanusse convocó a elecciones para el 25 de marzo de 1973 a la vez que afirmaba que a Perón no le daba el cuero para volver, ante una cláusula proscriptiva de Lanusse que obligaba a Perón a volver al país en una determinada fecha. “Perón vuelve cuando se le cantan las pelotas”, fue la réplica. La jugada final ocurrió el 15 de junio de 1972 cuando Perón dio a conocer las grabaciones de las negociaciones con Cornicelli. Además echó a José Paladino como su delegado personal y puso a un hombre más combativo como Héctor Cámpora. El 15 de agosto, Cámpora anunció que Perón regresaría el día 17 de noviembre. Finalmente asumiría la presidencia el 25 de mayo de 1973 y dejaría Puerta de Hierro para siempre.
LA HERENCIA
El 20 de abril de 1990, se presentaron ante una escribanía madrileña, Isabel Perón y Mario Rotundo. En el acta notarial, la última esposa de Perón le donó a aquel joven que había conocido en Puerta de Hierro en 1970, todos los bienes “españoles” del General. Poco tiempo después, Isabel se arrepintió y entraron en un largo proceso judicial. En junio de 1997, Rotundo me convocó como periodista a su piso en Avenida Libertador para contarme esta historia y aseguró que los bienes de Perón en Puerta de Hierro estaban ahora en el quincho de una propiedad que le había prestado en la localidad de Boulogne. A los pocos días, me encontré ante uno de los tesoros históricos más importantes de la Argentina. La idea de Rotundo era que lo ayudara a catalogar los objetos y los difundiera en el medio en el que entonces trabajaba para que él pudiera subastarlos. Entre los objetos estaba la mortaja que cubrió los restos de Evita cuando le fueron entregados en Puerta de Hierro. El famoso gabán de cuadrillé blanco y negro que utilizó en su última aparición pública el 12 de junio de Una biblioteca personal de miles de ejemplares que incluía muchos autografiados por personajes de la época como Gabriel García Márquez, Arturo Jauretche, Bernardo Verbitsky, Antonio Cafiero, Eduardo Luis Duhalde, Juan José Hernández Arregui, y tantos otros. Lo mismo sucedió con la colección privada de discos. Había retratos de la primera esposa y la madre de Perón. El geloso en que grabó sus mensajes. La lápida de Canela. Y una orden que mostró, por primera vez, la relación de Perón con la masonería y su grado de Gran Comendatore. Finalmente Rotundo logró su objetivo y, en marzo de 2004, los bienes fueron subastados en la afamada casa Christie’s de Roma. Los tres velos celestes y blancos de la mortaja fueron adquiridos por el entonces propietario de Aerolíneas Argentinas, Antonio Mata, por 130 mil euros y luego recomprados por el empresario Francisco de Narváez. La biblioteca se vendió por 120 mil euros a un comprador anónimo. La lucha por uno de sus uniformes fue encarnizada entre dos compradores que se manejaban por teléfono y terminó en 75 mil euros. El archivo fotográfico de Perón se vendió en 4.200 euros, algunos muebles de la residencia de Gaspar Campos en Buenos Aires en 1.100 euros y una cigarrera de plata en 1.800 euros. Muchos de los bienes quedaron sin venderse. Rotundo armó una web para tratar de venderlos.
