Representar la vida del cura Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe (1930-1974) en el cine o el teatro supone un desafío mayúsculo. El reto anida en el hecho de que su propia vida constituye por sí sola una obra de arte. En efecto, su biografía parece extraída de un relato de ficción o de un libro de santoral cristiana: nacido en la cuna de oro de una familia de sectores privilegiados en una época de severa crisis económica, primero sueña con ser futbolista, como muchos niños varones de la Argentina. Es un adolescente rebelde hasta que, alrededor de los veinte años, tras una visita a Roma siente el llamado de Dios para el sacerdocio. Cuando su procedencia social hacía prever una carrera religiosa conservadora, una nueva epifanía (un encuentro con obreros hacheros explotados) lo hace elegir una corriente eclesial hija del Concilio Vaticano II que implica una opción por los pobres y los desfavorecidos: la teología de la liberación. Entonces, cual san Francisco radicalizado, cual Camilo Torres en versión argenta, deviene cura villero y peronista, y lucha para que los humildes de las villas miserias tengan derecho a una vida digna. Como todos los poetas rebeldes y solitarios, su figura se vuelve incómoda para la derecha a la que denuncia y para la izquierda a la que le enrostra que está dispuesto a morir, pero no a matar. Y, finalmente, una muerte prematura en la plenitud de su fuerza y hermosura, como la de los héroes griegos, termina de consagrarlo como mito y figura prodigiosa.
“¿Por qué un hombre cualquiera no puede hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué una determinada lámpara o una casa pueden ser obras de arte y no puede serlo mi vida?”, se preguntaba Michel Foucault en su última entrevista. La vida breve, excepcional y plena de belleza del cura Mugica ejemplifica lo que el filósofo francés o Nietzsche hubieran conceptualizado como estética de la existencia. Y a su vez parece modélica de cierto protagonista histórico de los años sesenta y setenta en la Argentina: un mártir dispuesto a sacrificar su vida por el pueblo.
EL SÉPTIMO ARTE
Quizás estos planteos explican que, aunque han pasado cincuenta años desde su cruel asesinato, el cura Mugica no haya sido llevado al cine o al teatro en la medida que lo merecería la grandeza de su figura. Padre Mugica (Mariotto y Gordillo, 1999) constituye el primer intento de llevar aspectos de la vida del cura villero al séptimo arte. Gabriel Mariotto y Gustavo Gordillo optan por un documental tradicional que superpone datos biográficos, fotografías de distintos momentos de la vida del sacerdote de los pobres (niño, adolescente, joven en Roma, con Perón, ya cura en la Villa 31) y relatos en off a cargo de Rubén Stella. Uno de los méritos de esta película pionera es la cantidad de testimonios de testigos de época y allegados: su hermano y hermanas Alejandro, Carmen, Inés y María Marta Mugica, su amigo Ricardo Capelli, su compañero de seminario Alejandro Mayol, el dirigente villero José Valenzuela, el historiador Fermín Chaves, su amiga militante Helena Goñi, Mario Firmenich, Graciela Daleo, Antonio Cafiero y Marilina Ross, entre otros. A su vez, el documental compagina eficientemente fragmentos de una entrevista televisiva para el programa El pueblo quiere saber donde el padre Mugica hace afirmaciones tales como: “Yo pienso que los únicos que han cambiado el mundo han sido son los idealistas. El más grande de todos los idealistas ha sido Jesucristo, quien soñó que un día todos los hombres íbamos a dejar de ser pecadores y dio la vida por ellos. El que no es idealista es un cadáver viviente” o “Pienso que las palabras ‘patrón’ y ‘opresor’ significan lo mismo”. El documental tiene el valor histórico de contener escenas de la homilía de Mugica durante el entierro del guerrillero Fernando Abal Medina.
Con una estructura similar, uno de los episodios del documental Los malditos caminos (Luis Barone, 2002) está dedicado al sacerdote de los pobres. Para el film, Nicolás Posse y Beto Asurey componen una canción interpretada por Adriana Varela: “Ese curita rubio/ El de la polera negra/ El que en los ojos lleva/ Pedacitos de cielo/ El que trajo a París/ Sus gastadas suelas/ La tierra de las villas/ Y los barrios obreros/ Es el que se planta firme/ Frente a los poderosos/ El que a nada le teme/ Porque Dios no da miedo”. También opta por el documental la reciente A la hora de la luz (2024) de Nicolás Cuiñas y Walter Peña. A su vez, hay un proyecto con el mismo nombre en donde el cura estaría interpretado por Gastón Pauls.
SOBRE LAS TABLAS
En materia teatral, el podio se lo lleva Padre Carlos, el rey pescador (2019), que se materializa a partir de una sobria escenografía de pocos muebles que simulan un púlpito donde el actor Pablo Razuk parece transfigurarse en el cura argentino y por momentos se confunde entre el público para celebrar una misa. El monólogo escrito por Cristina Escofet conmueve al dar cuenta del humano de carne y hueso (carismático, magnético, ambiguo, contradictorio, débil y fuerte) detrás del mito (“Soy sacerdote, pero también soy hombre”). El espectáculo con dirección de José María Paolantonio y música en vivo de Miguel Gomiz (violoncello) y Sol Ajuria (voz) recorrió el mundo y llego a representarse en el Vaticano ante el papa Francisco. Con un final poético, la obra da cuenta de que los héroes nunca se sacrifican en vano, de que hay una semilla (¿la de la revolución que compensa las penas de los humanos?) que perdura.
Finalmente, una de las mejores evocaciones a la figura de Mugica la constituye Elefante blanco (Pablo Trapero, 2012) a través de la historia ficcional de dos curas que dedican su vida a los pobres de las villas: el padre Julián (Ricardo Darín) y el padre belga Nicolás (Jérémie Renier). El film no solo está dedicado “A la memoria del padre Mugica, asesinado el 11 de mayo de 1974”, sino que la omnipresencia del célebre religioso es constante a través de alusiones, frases y símbolos. Pero, sobre todo, lo que hace de Elefante blanco la ficción cinematográfica paradigmática sobre el sacerdote es cumplir literalmente el sueño del cura Mugica: el padre Julián muere en la villa asesinado por la policía por salvar a un joven villero. A su vez, el padre Nicolás (que se parece físicamente a Mugica) continúa su obra dando cuenta de que los mártires nunca mueren. Así, Elefante blanco termina de concretar la idea de la vida de Mugica como obra de arte.
