A Carlos Mugica lo asesinaron antes de que se subiese a su auto, un Renault 4 azul, que había estacionado en la puerta de la parroquia San Francisco Solano, en la calle Zelada al 4771, en Villa Luro. Dentro del “4L” (“cuatro latas”), cerca de las 20.15 del 11 de mayo de 1974, había una raqueta de metal con la que jugaba al tenis. Ese día, antes del mediodía, Mugica había jugado al fútbol en el club Atalaya de San Isidro con sus amigos de la aristocracia. Su equipo se llamaba La Bomba. Él era un muy buen wing izquierdo, calentón, puteador, atlético porque había practicado natación y boxeo, y morfón porque prefería la gambeta antes que el pase. Lo apodaban “la Bestia”. Ya sacerdote, cuando jugaba a algún deporte, Mugica evitaba hablar de religión: podía haber personas con otros credos, pensaba, y había que respetarlas. También se mordía los labios para no charlar de política. Apenas cedía, era Carlos Mugica, el padre tercermundista, el que había elegido “la opción por los pobres”, por los trabajadores, por el peronismo, y por Racing.
Mugica, acribillado aquella noche de sábado de hace 50 años por un comando de la Alianza Anticomunista Argentina (la Triple A), era un fanático del fútbol y de la Academia. No alteraba por nada el partido de los jueves que jugaba en el seminario de Villa Devoto, los picados después de la misa de los domingos en la parroquia Cristo Obrero, que había fundado en la Villa 31 de Retiro, y ver a Racing. “Hicimos un seleccionado del seminario, y él trajo para hacer un partido al equipo de Racing. Era, se diría hoy, el asesor espiritual del equipo. Tenía ese rasgo muy popular del tipo de la cancha, que iba y gritaba, y se volvía loco por el fútbol”, le dijo el sacerdote Domingo Bresci, quien estudió con Mugica, a la periodista María Sucarrat, autora de El inocente (2010), una biografía del cura villero. La relación con los futbolistas lo llevó a entablar una amistad con Oreste Osmar Corbatta, uno de los mejores wings derechos de la historia del fútbol. Corbatta, ídolo de Racing, era analfabeto. Mugica quiso enseñarle a leer y escribir. Le pidió el favor a su amiga íntima Lucía Cullen, estudiante de Trabajo Social que lo ayudaba con las tareas en la Villa 31. “Llegó a darle algunas clases a Corbatta en un bar, pero el Loco se escapaba. Creo que, al final, Lucía hasta se hizo hincha de Racing por Carlos”, le dijo Fernando Galmarini, dirigente peronista y amigo de Mugica, a Alejandro Wall, autor de la biografía Corbatta. El wing (2016). Cullen sería secuestrada y desaparecida el 22 de junio de 1976.
TODOS IGUALES
En una entrevista publicada en el primer número de la revista Cuestionario, en mayo de 1973, el padre Mugica contó su historia. Y no obvió al fútbol. “Yo soy hincha fanático de Racing, me gustaba mucho ir a la cancha. A mi padre no le sobraba la plata: éramos siete hermanos. Entonces a mí me daba un peso por semana; la popular en ese tiempo valía 50 centavos… Yo iba a la popular con Nico, el hijo de la cocinera. En la cancha, durante el viaje de ida y al regreso, Nico y yo compartíamos las mismas cosas; además éramos iguales, bueno… Éramos todos iguales: era la alegría simple del pueblo, y Nico y yo estábamos allí. El mundo de la burguesía, en cambio, es el mundo de las diferencias; está la puerta de servicio y la entrada de la gente; una comida para el personal de servicio y una comida para los patrones. Con el fútbol me agarraba unas ronqueras bárbaras, pero, además, tenía problemas de conciencia. Yo era muy piadoso y, en mis oraciones, le pedía siempre a Dios que ganara Racing el domingo; mi hermano Alejandro era de River, y él le pedía a Dios que ganara River… Yo pensaba: ‘Ahora no sé cómo se va arreglar Dios, y bueno, entonces habrá empate…’”. Ir a la cancha a ver a Racing, apuntó Mugica, había sido determinante en su futuro, porque “era mi otra gran experiencia de ese mundo, el mundo de los humildes del cual yo había vivido siempre distante”.
Mugica solía entrar al vestuario de Racing para darles la bendición a los futbolistas antes de los partidos. Había acompañado a su equipo en el estadio Hampden Park de Glasgow en la final de ida de la Copa Intercontinental 1967 ante el Celtic. En 2021, en un acto de reparación histórica, Racing le restituyó su carnet de socio, a él y a 45 hinchas detenidos-desaparecidos durante la dictadura.
TORNEO HOMENAJE
El torneo de fútbol “Padre Mugica” es una tradición en la Villa 31 de Retiro, donde viven cerca de 45 mil personas. Todos los barrios (Güemes, YPF, Chino, Cristo Obrero, Inmigrantes, Autopista, Comunicaciones, Bichito de Luz y Playón) presentan año tras año sus equipos. Lo que las disputas territoriales dividen, el deporte enmienda. Las canchas de fútbol son inexpugnables. Ahí, donde no se edifica ni se avanza, no hay erradicación de la villa, contra la que luchó Mugica: hay urbanización, lo que reclamó Mugica. La cancha es el espacio público por excelencia. “El fútbol ocupa un lugar enorme en nuestra vidas, es el deporte de los pueblos. Su práctica es un camino de libertad, y el derecho a jugar es un derecho humano. El fútbol nos enseñó a ser mejores, a entender que las transformaciones son colectivas y a construir una forma de grupalidad que en el barrio es fundamental”, dice Mónica Santino, entrenadora en el equipo La Nuestra de la Villa 31 desde hace 17 años. Santino insta a bajar a tierra la imagen de Mugica: a que las nuevas generaciones, más comprometidas, tiendan puentes para difundirla en la villa. En 2022, el Gobierno nacional inauguró el Polideportivo “Lucía Cullen-Padre Múgica” en la Ahí, donde también un club lo homenajea: el Padre Mugica Racing de Güemes.
