Medio mundo dice que Cortázar es boxeo en “Torito”. Y que la literatura es boxeo en “Torito” y en Cortázar. Y que la prueba de que el boxeo y la literatura pueden ser socios para contar la vida y el tiempo y el cielo y el suelo y hasta la humanidad son Cortázar y “Torito”. Y todo eso que dice medio mundo es cierto. Y es cierto porque ahí germinan los climas y las fascinaciones que, mucho antes de sentarse a darle forma a ese cuento en un cuartito de París en 1952, habían vuelto a Cortázar un palpitador de los rings, un pibito primero y un pibe después que auscultaba peleas por las radios, capturaba crónicas en los diarios y, levemente más grande, aplaudía técnicas y nocauts en algún costado del Luna Park. Y es cierto, además, porque solo alguien a quien le importa de verdad el boxeo puede concebir todo lo que cabe en “Torito”.
COSAS MÁS CIERTAS
“Torito” brilla inspirado en Justo Suárez, el Torito de Mataderos, el que sigue teniendo su busto en la esquina de Alberdi y Murguiondo, acaso el primer gran ídolo popular del deporte argentino, el campeón que venció temprano a la pobreza y perdió también temprano contra la tuberculosis. Pero, a pesar del sitio central que ocupa en los lazos entre literatura y boxeo, no se constituye allí el tramo de la obra de Cortázar donde más se verifica al escritor que conoce de uppercuts y de jabs. Mucho más expuesta resalta esa erudición, por ejemplo, en “El noble arte”, un relato incluido en 1967 dentro de La vuelta al día en ochenta mundos. Qué homenajón. Dedicado a los combates con gloria y a los tipos que pusieron el cuerpo en tamaños combates, muchos de los cuales aparecen con nombre y con apellido porque son estrellas a los que ese escritor admira: Ray Sugar Robinson, Gene Tunney, Archie Moore. “Un buen match de box puede ser tan hermoso como la metáfora más noble”, le contestó una tarde Cortázar a Antonio Trilla. “Yo era el joven esteta y estetizante que termina de leer Rilke y va a ver boxeo como otro espectáculo estético”, se sinceró frente a Osvaldo Soriano.
“Torito” no suena en esa cuerda. Lo confesó Cortázar delante de Laure Guille-Bataillon: “En ese cuento, el verdadero personaje es el lenguaje y solo el lenguaje. La historia del boxeador está lejos de ser interesante, es siempre la crónica vulgar del pobre tipo al que ponen por las nubes para precipitarlo en la ruina”. Seguro: “Torito” fluye en primera persona, con los modos expresivos del Torito inolvidable y no del Cortázar cotidiano. Pero sí en “Torito” andan párrafo a párrafo las memorias, los hábitos, la significación social del box en muchas edades argentinas. Esa inspiración vuelta recuerdo reluce en “El noble arte”. “Fue como oler otra vez la trementina de los linimentos, oír los anuncios rituales, todo desde tan lejos y yo mismo tan lejos en las últimas gradas del recuerdo. Entonces, entre mate y mate, escribí ‘Torito’”.
El hombre que concibió “Torito” fue ese hombre después de ser un niño de nueve años al que, en 1923, la más mítica pelea que involucró a su patria lo castigó con un piñazo. Tan fuerte el piñazo que no pudo soslayarlo en “Circe”, un cuento de Bestiario (1951) donde perdura la bronca: “Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial”. Claro, Luis Ángel Firpo, El Toro Salvaje de las Pampas, había sacado afuera del cuadrilátero del Polo Grounds de Nueva York al rey Jack Dempsey, pero unos cuantos socorros vulneraron el reglamento de manera suficiente como para joder a Firpo, a la argentinidad y al chiquito Cortázar, que hervía de indignación en Banfield, su “pueblo de infancia”, como lo definió. Con semejante acontecimiento fundacional, el boxeo se le coló, en general con pequeñas menciones, en mucha obra. Se ve que en su caso, como en el de tantos y de tantas, escritura y existencia no se ubicaron a excesiva distancia.
El boxeo no es pequeña mención y sí escenario determinante en el cuento que más evidencia que el tipo entendía de la materia. Se trata de “La noche de Mantequilla”, enmarcado en el choque de 1974 entre el argentino Carlos Monzón y el cubano-mexicano José Ángel “Mantequilla” Nápoles. Sin soltar ni en media línea la dirección de una historia que no es boxística, pintó de manera exacta tanto el estilo demoledor del argentino y su estratégica frialdad como los vanos intentos de su rival por contrarrestarlo. Doble mérito: Cortázar narró como Cortázar y, a la vez, ejerció de cronista experto. Así, esparció metáforas boxísticas entre las que “Satchmo con más trucos que un boxeador viejo”, en Rayuela, quizá sea la más célebre, ya que ata, a través del seudónimo de Louis Armstrong, su pasión por los guantes con su pasión por el jazz. También cita a pugilistas reales aunque ninguno despierta emociones tan altas como el Ciclón Molina, uno de ficción, protagonista de “Segundo viaje”, que brota entre los cuentos de Deshoras.
LA REVANCHA
De todos modos, ni dudar que si le hubieran dado a elegir su momento cumbre como escribidor de golpes y golpeados se habría parado en el 7 de abril de 1973. Acababa de retornar a un país en el que la otra retornada era la democracia y, desde luego, marchó al Luna Park acompañado por el escritor Alberto Perrone, con jóvenes periodistas como Ernesto Cherquis Bialo u Horacio Pagani mirándolo de cerca. El argentino Miguel Ángel Castellini, con sueños de llegar a la cúspide, se impuso al estadounidense Doc Holliday. Tres días más tarde, estrenaba su firma como analista de boxeo en la revista El Gráfico, que, en su página 3, rotulaba como un “honor” tenerlo fugazmente entre los suyos.
Ese honor lo dejó contento. Puede que fuera una especie de revancha para aquel pequeño que sufrió por Firpo o un premio al crack que alumbró “Torito”. Cortázar amaba el boxeo. Eso sí que es muy cierto. Y merece saberlo medio mundo.
