Flavia Broffoni es politóloga, especialista en relaciones internacionales, política ambiental y desarrollo regenerativo. Entre 2014 y 2015 fue directora de Estrategias Ambientales de la ciudad de Buenos Aires y terminó de entender que dentro del sistema “no existía margen para comprender la enormidad de los cambios que había que generar”. De allí se incorporó al activismo en el capítulo argentino del movimiento ciudadano Rebelión o Extinción y a interesarse en la estrategia de la desobediencia civil.
–Si 2023 es el año más cálido de los medidos desde 1850, ¿fracasaron las alertas sucesivas desde Río 92, la primera Cumbre de la Tierra?
–Mi lectura de estos treinta años es absolutamente pesimista en relación con el rol de los organismos de gobernanza globales en el ámbito de las Naciones Unidas. Fracaso de la diplomacia y del objetivo de llegar a consensos alrededor de un diagnóstico compartido. Dicho esto, rescataría a los organismos científico-técnicos de cooperación internacional, que hacen inmensos esfuerzos por llegar a diagnósticos compartidos. Durante el Acuerdo de París en 2015, la mirada de la ciencia fue “hacer todo lo posible por mantenernos por debajo de 1,5 grados”. La política no logró acompañar el diagnóstico empírico.
–¿Es posible revertir el cambio climático?
–La atmósfera ya tiene un nivel de concentración de gases de efecto invernadero que duplica los niveles preindustriales e implica cambios irreversibles en la conformación de la vida sobre la Tierra. El futuro es incierto pero podemos ver cómo era la Tierra cuando la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera era similar a la actual. Esa foto la tenemos, fue el Plioceno óptimo, que comenzó hace 5,33 millones de años y terminó hace 2,59 millones de años. La Tierra tenía niveles del mar muchísimo más altos que los actuales, en los polos había bosques. Podemos esperar un desenvolvimiento de los acontecimientos hacia ese escenario. Entonces, por más medidas de mitigación que se desarrollen para reducir las emisiones, lo que está acumulado está acumulado y va a desencadenar procesos de calentamiento irreversibles que nos llevan también a la irreversibilidad de la transformación de algunos ecosistemas, como los polos, el permafrost e incluso la Amazonía. No hay forma de recongelar la Antártida y el Ártico: son procesos que están desencadenados y son irreversibles.
–¿Entonces tiene sentido la agenda de mitigación?
–Sí, porque cada tonelada de dióxido de carbono emitido a la atmósfera empeora la situación. Pero el foco no tendría que estar en la transición energética sino en la transición hacia un escenario ecosistémico muy diferente. Hay zonas de la Tierra que van a ser inhabitables, que no podrán producir alimentos ni disponer de agua. Tendríamos que poner más énfasis en planificar el decrecimiento del volumen total de la economía y la garantía de alimentos y agua para la población mundial en contexto de escasez.
–¿Quiénes podrían tomar esas decisiones?
–La cumbre en los Emiratos Árabes Unidos muestra el nivel de paradoja: preside la Conferencia de las Partes un jeque petrolero cuyos intereses son desplegar aún más la frontera fósil. Estos espacios generan la ilusión de que alguien se está ocupando del problema cuando no hacen sino empeorarlo. Si miramos la historia no necesitamos medidas reformistas sino fenómenos sociales. Hablo de grandes movimientos de resistencia ciudadana que les exijan a los gobernantes que inauguren un período de planificación de la transición. Podría funcionar una rebelión que tense la conversación política al punto de paralizarles el sistema de funcionamiento institucional hasta tanto no se habiliten mecanismos de profundización democrática.
–¿Cómo lo imaginás?
–Puede revestir el formato de asambleas ciudadanas, con la mejor información científica. En esas asambleas, la ciudadanía de manera directa y vinculante podría decidir cuáles son las políticas públicas prioritarias. Por ejemplo, si es invertir en plataformas offshore sobre el mar Argentino, profundizando los niveles de degradación ecosistémica, o comenzar un proceso de regeneración territorial en las áreas degradadas y desertificadas para producir alimentos. Procesos sociales de resistencia civil masivos y no violentos han funcionado para generar cambios radicales como el que necesitamos.
–¿Es inviable un “capitalismo verde”?
–Sí. La economía capitalista está completamente disociada de las posibilidades geofísicas de la Tierra. Si lo que rige el éxito o fracaso es el crecimiento infinito, esto no resiste ninguna racionalidad termodinámica. Cada año se sobrepasa el llamado overshoot day, el día del año en que ya consumimos todos los recursos disponibles para garantizar la disponibilidad del año siguiente. En 2023 fue en junio. Las teorías de colapso civilizatorio se anclan en estos números, que no son opiniones. Todas las estrategias que dentro de la lógica capitalista buscaron desacoplar crecimiento de consumo de recursos fallaron.
–¿Entonces?
–Cuando hablamos de poscapitalismo hablamos de la posibilidad de habilitar múltiples formas de organización política y económica que no necesariamente sean homogéneas en todo el mundo. Imponer una sola forma de hacer las cosas en todo el planeta es algo que solo hemos podido hacer a pulso de opresión sobre cuerpos y territorios.
–La Argentina acumula rankings mundiales en deforestación, uso del glifosato, destrucción de humedales. Sin embargo, da la impresión de que las comunidades originarias enfrentan en soledad esas políticas.
–Se viene dando un proceso bastante engañoso desde gobiernos cuya narrativa habla de una agenda comprometida con el cuidado de la naturaleza, pero en la práctica eso no se condice con algunas políticas públicas. Hay dos grandes resistencias territoriales que son las que con mayor ahínco hay que acompañar. Por un lado, las comunidades indígenas, verdaderas guardianas que están cuidando las fronteras de lo poco que queda. Por otro, los movimientos de familias campesinas, que tienen múltiples expresiones como el Mocase, la Vía Campesina, la Unión de Trabajadores de la Tierra, la Unión de Trabajadores de la Economía Popular en su versión rural, las asambleas de pueblos fumigados. Quienes habitan el territorio y ven el avance del extractivismo están dando resistencia frente a la profundización de la acumulación por despojo. El valor de los activismos anclados en las ciudades está en los guardianes de los territorios. Porque además son perseguidos. El año pasado vimos el encarcelamiento de madres mapuche, la criminalización de la protesta social en las asambleas ambientales. Es un patrón de represión institucional que está en vista de profundizarse.
–Javier Milei afirma que “las políticas que culpan al ser humano del cambio climático son falsas”. ¿Qué implicancias puede tener?
–Es la pregunta que más me hicieron en estos días. Me preocupa menos un negacionista climático que las consecuencias que se desprenden de esa creencia. Hablo del fortalecimiento de las estructuras de represión institucional del Estado. Cuando se define a un colectivo como terrorista amparándose en evidencia parcial, se liberan los mecanismos estatales para oprimir y perseguir a quienes integran esos colectivos. Cuando Patricia Bullrich define como terroristas a las comunidades mapuche presentando evidencia parcial, nunca comprobada, de sus accionares, se está buscando no solo estigmatizar sino enmarcar legalmente a un colectivo que viene haciendo una reivindicación justificada. Puede ser consensuada o no, dependiendo de cada territorio, pero no está fuera del marco de la ley ni mucho menos es ilegítima. Eso me preocupa mucho más que el derrotero discursivo de un presidente negacionista.
