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Caras y Caretas

           

Ecofilosofía en el antropoceno

En la era posindustrial, donde la intervención del hombre en la naturaleza ha sido tan extrema que amenaza la propia posibilidad de vida en el planeta, la autora propone un antropocentrismo de impacto débil: más responsable en sus actos para promover un espacio seguro para la humanidad.

Entre otros objetivos, la filosofía ambiental, o ecofilosofía, enfatiza el cuestionamiento de creencias, valores y metas insustentables de la civilización industrial. Distintas variantes de la ecofilosofía promueven la racionalidad moral-práctica, orientada a valores, como la justicia ambiental con las generaciones futuras, con atención especial a una racionalidad estético-expresiva que integre el factor emocional y espiritual de personas y culturas diferentes. La riqueza y diversidad de culturas emerge como un gran ideal (ArneNaess). Entre alguna de tales tradiciones es posible encontrar sofisticadas prácticas de técnicas ecológicas y estilos de vida beneficiosos.

En los años 70, todavía se proyectaba la imagen del peligro bélico sobre la nueva problemática ambiental. Al reconocido riesgo de una bomba nuclear se agregó el de una bomba ecológica; su expresión principal sería el cambio climático global (Bill McKibben). Nuevas metáforas, no bélicas, refuerzan la idea de nuestra especie como variable geo-físico-biológica en el sistema geo-físico-biológico de la biosfera. En lo global, somos capaces de producir efectos tan potentes como ciertos procesos del planeta. El “ser-en-el-mundo” distintivo del existente humano (Martin Heidegger) es ya un “ser-equipotente-al-mundo” (Michel Serres).

Hoy enfrentamos la hipótesis del Holoceno-Antropoceno, lo cual nos ubica frente a un ámbito de contundentes límites. Se considera que las condiciones geofísicas y biosféricas propias del Holoceno (los últimos 11 mil años, aproximadamente) –aun con sus fluctuaciones, que no fueron excesivamente dramáticas– han visto florecer y expandirse a nuestra especie, y podrían sernos favorables aún por unos miles de años más. Frente a los cambios impredecibles que introduce el Antropoceno (especialmente a partir de la Revolución Industrial) podría ser más saludable y seguro retrotraernos a algunas condiciones del Holoceno.

La realidad del Antropoceno abre la posibilidad de superar dicotomías tradicionales como naturaleza-cultura y redefinir la relación entre ambiente y sociedad como ámbitos inextricablemente entrelazados.

La ecofilosofía internaliza la ontología relacional que nos brindan las ciencias ambientales y nociones clave como biodiversidad, simbiosis y biosfera. Desde la perspectiva biosférica, la humanidad no puede quedar afuera, ya que es parte integrante –y protagonista cada vez más relevante– en los cambios que se producen en ella. Por su parte, la pérdida de biodiversidad se considera un factor más alarmante de riesgo para la supervivencia de la vida que el cambio climático (Sandra Díaz).

A modo de giro copernicano, la cuestión ahora no es solo “la vida” sino el mantenimiento de las “condiciones de posibilidad de sustentación de la vida”. El rol esencial de los procesos biosféricos lleva a no considerarlos solo como meros “hechos”, sino como realidades cargadas de valoración positiva. Términos como “biosfera”, “evolución” o “biodiversidad” resultan inseparablemente descriptivos y prescriptivos. Funcionan ya al modo de “conceptos éticos densos” (Hilary Putnam).

POR UN ANTROPOCENTRISMO DÉBIL

La ecofilosofía acompaña con nuevas conceptualizaciones ajustadas al estado de la cuestión, como la distinción entre antropocentrismo débil y fuerte (Bryan Norton). La vulnerabilidad de los procesos biosféricos a causa del accionar antrópico torna al antropocentrismo fuerte, aun dominante, conflictivo e insostenible para la vida humana y no humana. Un preferible antropocentrismo débil se perfila como más responsable de sus actos, en tanto tendría en cuenta las condiciones globales de la vida, en perspectiva a largo plazo. Debe entendérselo como débil de impacto, aunque muy fuerte en responsabilidad para promover y mantener un espacio seguro y justo para la humanidad.

Gran parte de la población mundial vive en una tecnosfera y en un contexto habitual de vida urbana que facilita mantenerse indiferentes hacia el resto de la naturaleza. En los últimos setenta años –el período de la Gran Aceleración– se viene produciendo un descomunal avance acelerado de las actividades comerciales globales y una expansión de las fronteras antropizadas sobre numerosos hábitats menos modificados, para usufructo casi exclusivo de nuestra especie. Continúa imponiéndose un ideal de vida estilo “clase media”, sujeto al estándar de vida como valor central (Manfred Max Neef).

Nuestra especie humana se ha caracterizado por una negación constante y obstinada del fenómeno de la finitud, de la muerte. No estamos programados para reciclarnos, podríamos seguir ingiriendo más y más antioxidantes… Si en 1950 sumábamos 2.500 millones de personas, hoy superamos los 8.000 millones. Y, además, por incremento de la esperanza de vida, vivimos –en lo global– más del doble.

Estamos ante un complejo problema de acción colectiva y se requieren acciones de coordinación entre muchos actores: gobiernos, sector privado, sociedad civil y comunidad internacional. Esto implicaría, entre otros esfuerzos, redefinir el concepto de prosperidad, correrse de la cultura del estándar de vida y el ecocidio, desear una cultura de la calidad de vida, del bienestar.

Pero, ¿hasta dónde pueden llegar nuestras facultades para asumir esta complejidad?

Estamos viviendo en situación de translimitación ecosistémica al menos en tres parámetros, como los ciclos del nitrógeno y del fósforo, pérdida de diversidad biológica y cambio climático.

Vuelven a resonar las preguntas kantianas de la antropología filosófica: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre?

Respecto de la primera, hemos llegado a conocer mucho sobre nuestra situación terrenal, aunque ya no se trata solo de mi finitud sino de mi participación real en la potencialidad del ser.

En relación con la segunda, como humanos, es obvio que podemos experimentar el deber y encontrar el camino de un nuevo hacer, pero, ¿tendremos las habilidades para el desafío actual y futuro? ¿Tenemos suficiente deseo de ello? Porque los deseos cuentan (Baruch Spinoza).

Sobre la tercera, hay algo que cabe esperar: mi vida tiene sentido, me es permitido esperarlo, buscarlo, aunque ahora el sentido de mi vida depende de mi conducta hacia la vida en totalidad y con la vida otra-que-humana.

Ante propuestas tecnooptimistas del transhumanismo: “podemos y deberíamos estar mejor”, se delinean los criterios cautelosos (¿y utópicos?) de una antropología ecofilosófica: “deberíamos no estar peor”.

Escrito por
Alicia Irene Bugallo
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