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Caras y Caretas

           

El grupo de los pingüinos

Nació como una agrupación de apoyo a Eduardo Duhalde para llegar a la presidencia. Pero en medio de las tribulaciones del año 2000, terminó siendo el think tank que acompañó a Kirchner en su gestión nacional.

Como la mayoría de los gobernadores, Néstor Kirchner también fantaseaba con llegar un día a ser presidente de la Nación. La lejanía de su provincia respecto a Buenos Aires y su nombre, casi desconocido para la gran mayoría de votantes, no lo ayudaban. Tampoco parecía sumarle mucho haber tenido una muy buena gestión en Santa Cruz y haber logrado que (junto con San Luis) fuera una de las dos provincias sin déficit fiscal en medio de la tremenda crisis de 2001. Pero, paradójicamente, ese momento dramático de la economía argentina terminó influyendo en su destino político. La extendida consigna popular pidiendo “que se vayan todos” implicaba el rotundo rechazo a las figuras conocidas. Sus chances de ser presidente en 2003 emergieron en ese contexto. Y un dato que andaba arrumbado solo en los rincones políticos pasó a cobrar relevancia: había sido el único gobernador peronista anti-menemista. Pero para llegar a ese 25 de mayo de 2003 tuvo que esquivar muchos obstáculos, y la historia de ese viaje debe ser contada desde cinco años antes y desde un lugar: El Calafate.
En 1998, Eduardo Duhalde se preparaba para competir con Fernando de la Rúa al año siguiente en las elecciones presidenciales. El presidente Carlos Menem, que no pudo concretar su aspiración a una re-reelección, boicoteaba la campaña de su compañero. Los gobernadores, alineados con Menem, tampoco lo apoyaban. Kirchner se mostraba claramente como opositor a Menem desde 1993, cuando comenzó a reclamar una salida de la convertibilidad, a la que veía como un plan antiinflacionario de coyuntura y no como un programa cambiario de largo plazo. La pelea se profundizó en 1994, durante el Congreso Constituyente de Santa Fe, y fue definitiva en el Congreso del PJ de 1996, que se realizó en Parque Norte. Allí, Kirchner hizo un discurso muy duro contra las políticas económicas de libre mercado de Menem.
Por esos antecedentes, Duhalde se acercó a él. El 18 de marzo de 1998 tuvieron una primera charla en El Calafate, donde barajaron la posibilidad de forzar elecciones internas contra Menem por la presidencia del PJ. Siguieron en contacto los meses siguientes y en septiembre volvieron a reunirse para redactar el documento fundacional de lo que iban a llamar Grupo Calafate, que además sería la base del programa de gobierno de Duhalde para las elecciones de 1999. Por esos días, el diario Clarín definía a Kirchner como “el más duro de los anti-menemistas con peso territorial propio”.
El Grupo Calafate se reunió por primera vez el 2 y 3 de octubre en esa ciudad de Santa Cruz. Kirchner y Duhalde armaron la lista de invitados. Todos se habían ido del PJ o se habían quedado resistiendo a Menem dentro del partido. Los convocados fueron Alberto Fernández, Oscar Parrilli, Carlos Tomada, Jorge Argüello, Héctor Recalde, Jorge Coscia, José Octavio Bordón, Esteban Righi, Eduardo Valdés, Miguel Talento, Ana Jaramillo, Ernesto Villanueva, Norberto Ivancich, Mario Cámpora, Juan Pablo Lolhé, Carlos Mundt, Aníbal Franco, Heriberto Muraro, Norberto Liwsky, Graciela Maturo, Carlos Cruz, Antonio López Crespo y representantes de la cultura, como Alejandro Dolina y Juan Carlos Cernadas Lamadrid. En esa ocasión, cuando le tocó hablar, Kirchner propuso distintas medidas económicas de redistribución de la riqueza y llamó a recuperar el espíritu transgresor del peronismo.
El 28 de agosto de 1999 se realizó el llamado Calafate II, en el complejo del Banco de la Provincia de Buenos Aires en Tanti, Córdoba, pero para ese entonces la relación entre Duhalde y Kirchner se había debilitado por desacuerdos varios. Kirchner no avalaba que Julio César Aráoz fuera jefe de campaña y no confiaba en el brasileño Duda Mendonça para la comunicación. El duhaldismo acusa ba a Kirchner de plantear “discusiones ideológicas”.
“Yo acompaño a Duhalde, pero también le digo lo que está bien y lo que está mal. Yo no soy empleado de nadie”, declaro Kirchner en aquel momento. Fue ahí que se desintegró el Grupo Calafate. Los caminos de Duhalde y Kirchner volverían a cruzarse en circunstancias muy distintas.
Con un fuerte respaldo de los medios más poderosos para De la Rúa y con Menem desde la Presidencia poniéndole piedras en el camino, Duhalde perdió las presidenciales el 24 de octubre de 1999. Pero el derrumbe de De la Rúa llegó pronto. Sin salir de la convertibilidad que había impuesto Domingo Cavallo en el gobierno de Menem, millones de trabajadores vieron cómo se reducían drásticamente sus ingresos al ser incorporados por el ministro José Luis Machinea al pago del Impuesto a las Ganancias; la ministra Patricia Bullrich les bajó el 13 por ciento a los ya miserables haberes de los jubilados; el ministro Ricardo López Murphy duró 15 días al fracasar su intento de un fuerte recorte al presupuesto para educación, y al final volvió Cavallo, impuso el corralito y todo terminó en caos y muertes.

UN ATAJO A LA ROSADA

Allí emergió Duhalde como presidente de la Nación interino para afrontar la peor crisis de la historia. Cuando debió llamar a elecciones en 2003 no tenía candidatos con chances. Su preferido, Carlos Reutemann, no quiso competir. Y el candidato alternativo, José Manuel de la Sota, medía poco en las encuestas. Solo le quedaba Kirchner para poder enfrentar a Menem. El 7 de enero de 2003, Duhalde formalizó su apoyo a la candidatura presidencial de Kirchner.

Ese respaldo de Duhalde al frente del peronismo bonaerense, el hecho de haber sido el único gobernador peronista que priorizó el ideario justicialista en los años menemistas y que una parte de la sociedad lo viera como lo nuevo, desligado de la vieja política, confluyeron para que Kirchner consiguiera los votos suficientes para entrar en el balotaje.

Todas las encuestas indicaban que quien entrara segundo detrás de Menem le ganaba 70 a 30 en la segunda vuelta.
El 27 de abril, Menem cosechó el 24,45 por ciento y Kirchner el 22,24. Pero sabiéndose perdedor en el balotaje, previsto para el 18 de mayo, reservadamente Menem puso condiciones para presentarse. Bajándose condicionaba a Kirchner a asumir la presidencia con solo un 22 por ciento de apoyo popular en vez de un hipotético 70 por ciento. Pero para Kirchner era inaceptable que Menem le pusiera condiciones y, así, cuatro días antes de la segunda vuelta, el dirigente riojano anunció que no se presentaría.

Kirchner quedó automáticamente consagrado presidente, y el 25 de mayo, Duhalde le traspasó la banda presidencial, una situación inimaginable para ambos cinco años atrás, cuando se juntaron por primera vez en El Calafate.
Allí, en el Congreso, en un discurso de 60 carillas que leyó en 48 minutos, dejó planteados los ejes de gestión que permanecieron casi inalterables en su mandato y en los dos de Cristina Fernández de Kirchner. O por falta de atención o por desconfianza en que habría de cumplir lo que estaba prometiendo ese día, muchos se sorprendieron por las medidas que fue poniendo en práctica a lo largo de su gobierno. Pero todo estaba escrito ahí, en ese discurso.

Del Congreso a la Casa Rosada por Avenida de Mayo solo se veían banderas argentinas flameando entre caras de alegría y esperanza. Al llegar a Plaza de Mayo, en vez de subir por la alfombra roja extendida en la explanada de la avenida Rivadavia, repentinamente Kirchner encaró hacia la plaza, atravesó las vallas y se sumergió en la multitud. Salió lleno de abrazos y besos,
con el traje y la corbata fuera de orden y una herida en la frente. El primer lugar que conoció de la Casa Rosada fue la enfermería. Un rato más tarde, ya en el despacho presidencial, cubriendo periodísticamente el día de su asunción, pude preguntarle por qué se fue a abrazar con la gente. Me respondió: “Porque yo soy uno de ellos”.

Después de tomarles juramento a los ministros, Kirchner, acompañado por Cristina y su hija Florencia, salió al balcón de la Casa Rosada a saludar a la multitud. A cada uno que le preguntaba por su herida en la frente le decía que no era nada. Cierto. Un costo ínfimo frente a otros costos gigantescos que tendría que pagar por gobernar a favor de esa multitud.

Escrito por
Daniel Miguez
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