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El Cuchi en su laberinto

Ilustración: Ricardo Ajler
Ilustración: Ricardo Ajler

Su contacto con la música ocurrió en su más tierna niñez, gracias a un regalo de su padre. Admiró a los más grandes, pero se formó como abogado. Ejerció el derecho durante treinta años, hasta que decidió dedicarse exclusivamente a su carrera de compositor, alentada por su esposa Emma y celebrada desde el folklore hasta el rock.

Gran parte de las más bellas letras que integran el cancionero del folklore argentino pertenecen al poeta y compositor salteño Gustavo Leguizamón, el Cuchi. Muchos de esos poemas se transformaron en canciones, chacareras y vidalas que no perdieron vigencia y fueron interpretadas por grandes artistas, como Mercedes Sosa.

Algunos cuentan que el apodo de “Cuchi” se lo debe a su madre. En quechua, “cuchi” significa “chancho”, y no tiene una connotación peyorativa. Cuando tenía apenas meses de vida, a su madre le preocupaba la delgadez de Gustavo. En esa época le ofrecieron unos chanchos, por si le interesaba comprarlos, pero al verlos muy delgados, exclamó: “¡Están flacos como este cuchi!”. Otra historia refiere que fue su abuelo materno quien decía que parecía un lechoncito. Como sea, el “Cuchi” se transformó en una marca registrada.

De todos los géneros musicales, su mayor devoción fue por la baguala. “Toda gran zamba encierra una baguala dormida: la baguala es un centro musical geopolítico de mi obra”, decía. Por fuera del folklore, el Cuchi admiraba a Bach, Mahler, Ravel, Stravinski y Beethoven, por mencionar a algunos. También disfrutaba del jazz, con artistas de la talla de Billie Holiday, Duke Ellington, Enrique “el Mono” Villegas y los poetas brasileños Antônio Carlos Jobim, Chico Buarque, Milton Nascimento y Vinícius de Moraes.

La cantidad de temas que Leguizamón compuso no es precisa. “En Sadaic hay registrados ochenta y pico, pero siempre están apareciendo cosas inéditas. Yo diría que son un poco más de cien”, afirma Santiago Giordano, periodista y crítico musical. Por otro lado, algunos estudios recientes realizados por alumnos de universidades nacionales y populares hablan de 143. Todavía se sigue investigando sobre su copiosa obra para recuperar todo rastro de las composiciones que falta conocer.

“Lloraré”, “Zamba del carnaval”, “Zamba de Balderrama”, “La pomeña”, “Zamba de Lozano”, “Maturana”, “La arenosa”, “Si llega a ser tucumana” y “Zamba del laurel” son solo algunas de las canciones más populares.

Al dúo con su amigo el poeta salteño Manuel J. Castilla, con quien compuso muchas de sus obras, hay que sumar a otros poetas, como Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Jaime Dávalos, Raúl Aráoz Anzoátegui y Armando Tejada Gómez.

DESDE LA CUNA

Su primer contacto con la música fue a los dos años, cuando tuvo que quedarse encerrado por causa del sarampión. Su padre, entonces, le regaló una quena, con la que a los pocos días ya tocaba “El barbero de Sevilla” casi íntegro. Luego probó con el bombo y la guitarra y, finalmente, con el piano.

A los veinte años se mudó a la ciudad de La Plata, ingresó en la universidad y cinco años después se recibió de abogado, profesión que ejerció durante treinta años. También fue profesor de Historia y de Literatura en el Colegio Nacional de Salta y, durante el gobierno de Arturo Illia, incursionó en la política como diputado provincial por el Movimiento Popular Salteño (1965-66).

Pero el arte arrasó con ese mundo de legalidad y el Cuchi finalmente se entregó a lo que ya estaba decretado para su vida: la música y la poesía.

En 1967, creó y fue el director del Dúo Salteño, agrupación integrada por Néstor Echenique y Patricio Jiménez. El dúo resultó único. Con una formación básica: dos voces, una guitarra y un bombo, y armonías vocales simples. Para la música popular argentina fue una novedad absoluta en términos armónicos. Patricio Jiménez y Chacho Echenique difundieron la poesía de Manuel J. Castilla, canciones de Atahualpa Yupanqui, Sixto Ríos y de quien se convirtiera en su padre artístico, el Cuchi Leguizamón.

Cuentan sus amigos que su musa inspiradora fue su esposa, Emma Palermo, con la que se casó en 1955 y con quien tuvo cuatro hijos varones: Juan Martín, José María, Delfín Galo y Luis Gonzalo. “Las mujeres del artista tienen que ser santas de la vida, es decir, grandes aristócratas o maravillosas mujeres del pueblo”, decía el Cuchi sobre su experiencia matrimonial.

Miguel Ángel Pérez, poeta y coautor de varias zambas con el Cuchi, contaba que paralelamente a una cirugía a la que se sometió para corregir su problema de estrabismo, se enteró de que el noviazgo de Leguizamón con Emma Palermo marchaba hacia el casamiento, entonces le envió un telegrama que decía: “Cásate y verás…”.

Emma Palermo murió en Buenos Aires en 2017 y en Salta la recordaron como a “una persona de gran afabilidad y educación”.

Como buen salteño, Leguizamón disfrutaba de tomarse unos vinos en las peñas y el encuentro con los amigos. Aunque no le gustaba que lo reconocieran.

Con su obra vanguardista se convirtió en uno de los folkloristas más apreciados en el ambiente del rock. En 1984, fue el invitado de honor del Festival de La Falda organizado por Mario Luna, un ex alumno suyo en el Nacional de Salta. Su aparición fue celebrada por Fito Páez y Luis Alberto Spinetta, quien lo calificó de “maestro”.

Este encuentro sirvió para que Leguizamón comenzara una larga amistad con Litto Nebbia, con quien tocó “La pomeña”. En su sello Melopea, Nebbia editó un registro en vivo de Leguizamón y la banda de sonido de la película La redada, del di rector salteño Rolando Pardo, cuya música era del Cuchi y en la que interpretó el papel de gendarme.

El Cuchi partió en Salta, un día antes de cumplir 83 años. Había estado gran parte del año internado por su enfermedad pulmonar. Sus restos (no podía ser de otra manera) fueron despedidos con un coro que interpretó algunas de sus zambas, entre ellas, “La arenosa” y “La pomeña”. Fue inhumado en el panteón familiar del cementerio de la Santa Cruz, en su provincia natal. Luego de depositar el féretro, espontáneamente los presentes comenzaron a entonar las canciones más reconocidas del artista. Los homenajes continuaron durante varios días en distintas peñas y especialmente en la pulpería Balderrama, famosa por la zamba del autor.

Escrito por
Laura Santos
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