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El barbudo del pueblo

Ilustración: Ricardo Ajler
Ilustración: Ricardo Ajler

Manuel J. Castilla fue una de las voces más notables de la lírica argentina y latinoamericana. Con la sencillez y la precisión que el oficio periodístico le dio, incluyó a personajes del cotidiano en sus coplas. Fue un gran amigo de sus amigos, y artísticamente hizo famosa dupla con el Cuchi Leguizamón.

Personaje fundamental de la poesía popular argentina, Manuel J. Castilla fue poeta, titiritero y escritor. Su raíz folklórica está impresa en toda su obra. Una poesía que habla del hombre, su tierra natal y la naturaleza. Fue uno de los escritores fundadores del grupo La Carpa, que reunió durante los años 40 a grandes poetas del noroeste argentino, como María Adela Agudo, Raúl Galán, Julio Ardiles Gray, María Elvira Juárez y Sara San Martín de Dávalos, entre otros.

Nació en la casa ferroviaria de la estación de Cerrillos, en Salta, el 14 de agosto de 1918. Terminó sus estudios primarios, pero abandonó el secundario (repitió tres veces el primer año) y a los 18 comenzó a trabajar en el diario El Intransigente. Al principio pasaba las listas de farmacias de turno y los resultados de las divisiones inferiores de fútbol, pero con el tiempo llegó a ser uno de los más refinados columnistas.

Se casó con María Catalina Raspa, con quien tuvo dos hijos, Leopoldo (Teuco) y Gabriel (Guaira).

Castilla escribió la letra de muchas obras musicalizadas por el Cuchi Leguizamón, que fue su amigo entrañable. Hoy son clásicos, pero en su momento contribuyeron a la renovación del folklore argentino. La de Castilla es considerada una de las voces más importantes de la poesía argentina y latinoamericana.

El Barbudo, como le decían, escribió también las glosas para el programa El corazón de tierra de la guitarra, que Eduardo Falú tenía en Radio El Mundo, y junto a César Perdiguero, las de la película El canto cuenta su historia, con Los Fronterizos. En colaboración con Falú escribió, además, “La volvedora” y “No te puedo olvidar”, y con Rolando “Chivo” Valladares, “Canción de las cantinas”, “Bajo el sauce solo” y “Zamba del romero”, entre otras.

“Con el Barba Castilla nos habremos visto cinco o seis veces, podría contar las veces a través del número de canciones que hicimos juntos (…) Él me decía: ‘Vamos al mercado a encontrarnos con la gente’. Era amigo del lechero, del panadero, del que vendía pescado, de ahí sacaba las cosas, de la comunicación diaria con el pueblo. El Barbudo era una continuidad con su poesía”, lo recuerda Valladares en la edición de su cancionero, transcripto por Leopoldo Deza y editado en 2006 por la Universidad Nacional de Tucumán.

En algunas canciones, Castilla popularizó ciertas tradiciones a través de personas que convirtió en personajes. Muchas veces esas canciones fueron dedicatorias o agradecimientos. En “Zamba de Lozano” menciona a la “niña” Yolanda (Pérez). En “Zamba de Juan panadero” habla de Juan Riera, que por las noches dejaba abierta la puerta de su panadería para que la gente pobre pudiera llevarse un poco de pan. “Cómo le iban a robar,/ ni queriendo, a don Juan Riera,/ si a los pobres les dejaba/ de noche la puerta abierta.”

Otro personaje hecho canción fue Eulogia Tapia. Castilla había ido a visitar a un primo a La Poma y paró en un boliche llamado La Flor del Pago. Ese día entró la coplera Eulogia Tapia y se armó un contrapunto de coplas. Castilla perdió el duelo con la joven cantora, y Eulogia quedó inmortalizada en “La pomeña”. “Eulogia Tapia, en La Poma/ Al aire da su ternura/ Si pasa sobre la arena/ Y va pisando la luna.”

LA OBRA Y LA PERSONA

En agosto de 2018 se dio a conocer una crónica bibliográfica que publicaron el Fondo Editorial salteño junto con Eudeba, para el centenario del nacimiento del poeta. El trabajo estuvo a cargo de su hijo Leopoldo, la poeta Marta Schwarz y el periodista Antonio Requeni. La tarea fue intensa y aún quedan cosas por evaluar. “Fue un trabajo muy arduo, mucho más de lo que nos esperábamos. Tuvimos que hacerlo con mi hermano Gabriel, Guaira, como si fueran dos caminos paralelos entre la vida y una cronología de las publicaciones de todos los libros de mi padre para, de esa manera, ir viendo cómo se reflejaba la una en la otra, con una fidelidad muy reconocible”, contó Leopoldo Castilla en una nota para Página/12. “Después –agregó–, quedaron alrededor de 42 cajas en el archivo de mi padre, con datos y documentación muy importante, de otros escritores y originales de él que quedan ahí para, en algún momento, poner a disposición de los investigadores de alguna manera. Ya se verá.”

En esa nota, Teuco recuerda a su padre por fuera de la prestigiosa carrera: “Me he criado en una casa donde existía una gran alegría. Había una especie de lema invisible que me ha acompañado toda la vida y toda mi infancia: la vida es hermosa. Mi madre también era una mujer con un espíritu muy delicado, muy refinado, y realmente la poesía era permanente en la casa. Aparte de esto, mi padre tenía una enorme bondad para con la gente. Un hombre generoso, muy generoso, a veces en secreto, porque tenía esa delicadeza que se debe tener, lo mismo que mi madre. No podía haber sido más hermoso el pago donde comencé a arder la poesía”.

Por sus creaciones, Manuel J. Castilla recibió diversas distinciones, entre ellas, el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, el Primer Premio Nacional de Poesía y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Salta.

El poeta murió en Salta el 19 de julio de 1980. Sus restos recibieron sepultura al día siguiente en el cementerio salteño de la Santa Cruz, en donde fue despedido por amigos, poetas, escritores y folkloristas. “Qué lindo cuando muera y vengan mis amigos a mirarme los ojos. Estaré ya lejos… tal vez dentro de esa agua vayan viendo las cosas que yo he visto y amado.”

Escrito por
Laura Santos
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