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Un ensayo de terrorismo de Estado

Todo había sido meticulosamente planeado. Todo salvo que tres de los baleados sobrevivieran para contárselo a la “Justicia” de la llamada Revolución Argentina, que en ese entonces comandaba Alejandro Agustín Lanusse, pero sobre todo para contárselo para siempre a Francisco “Paco” Urondo, que convertiría aquellos testimonios publicados parcialmente en el periódico El Descamisado en el libro La patria fusilada. Allí, María Antonia Berger, Alberto Camps y René Haidar cumplían con su compromiso de brindar, en términos de Urondo, “la palabra justa”. Los tres sobrevivientes –asesinados luego por la dictadura cívico-militar de 1976-1983, al igual que Urondo– recordaban las voces del capitán Sosa y el teniente Bravo sonando metálicamente sobre las paredes de las celdas de la base Almirante Zar de Trelew a las tres y media de la madrugada de aquel gélido 22 de agosto de 1972, mientras los obligaban junto a 16 compañeros a salir de sus celdas y formar dos filas: “Ya van a ver lo que es meterse con la Marina”, “Ahora van a ver lo que es el terror antiguerrillero”. Casi inmediatamente comenzaron los disparos y cayeron acribillados a balazos, todos fueron rematados con el famoso tiro de gracia. Los fusilados eran 19. Habían fugado junto a otros seis de sus compañeros hacía exactamente una semana del penal de Rawson, donde cumplían condenas por pertenecer a distintas organizaciones político-militares. La fuga, de la que participaron 110 presos políticos, había sido planeada en todos sus detalles. Tomaron la cárcel y lograron los diferentes objetivos. Por una desinteligencia con el equipo de apoyo, solo pudieron fugarse efectivamente los dos primeros grupos. El primer contingente, integrado por la conducción de las organizaciones guerrilleras, logró llegar a tiempo al aeropuerto de Trelew, donde los esperaba un avión de Austral que había sido secuestrado por otro comando guerrillero como parte del operativo. Esperaron todo lo que pudieron al resto hasta que decidieron volar hacia el Chile socialista de Salvador Allende. Pocos minutos después, llegó el segundo grupo, que tomó el aeropuerto a la espera de un avión que estaba por aterrizar, pero que advertido a tiempo tomó otro rumbo. A los pocos minutos la terminal aérea fue rodeada por fuerzas de seguridad. Los guerrilleros convocaron a los medios presentes y dieron una improvisada conferencia de prensa. El primero en hablar fue Rubén Bonet, militante del ERP. Casi premonitoriamente, sus primeras palabras fueron de recuerdo para con los obreros fusilados hacía 51 años en Santa Cruz: “Aquí, en la Patagonia, concebimos esta lucha, esta acción, como la continuación de la lucha que libraron los obreros rurales que en el año 21 fueron asesinados por el Ejército”. Mariano Pujadas, de Montoneros, fue el encargado de anunciar que, tras haber recibido la garantía por parte del juez Godoy y del capitán Luis Emilio Sosa, de que sería respetada la integridad física de todo el grupo, se entregarían al terminar el diálogo con los periodistas. Por orden del presidente Lanusse, los detenidos fueron conducidos a la base Almirante Zar y no al penal de Rawson, como habían acordado en el momento de la rendición. A poco de llegar a la base, comenzaron los interrogatorios y los maltratos a los detenidos, en los que se destacaba por su crueldad el teniente Roberto Guillermo Bravo. El 21 de agosto por la noche, hubo una reunión decisiva en la Casa Rosada. Lanusse y sus comandantes hervían de solo pensar que los máximos líderes de la guerrilla argentina habían logrado fugar de la cárcel más segura del país. Aquella noche se decidió la suerte de los 19 detenidos. Le cupo al almirante Mayorga, entonces jefe de la aviación naval y futuro amo y señor de la ESMA durante la dictadura inaugurada en 1976, ponerle el broche de oro a la masacre diciendo: “Se hizo lo que se tenía que hacer. No hay que disculparse porque no hay culpa. No caben los complejos que otros tratan de crear. La Armada no asesina. No lo hizo jamás, no lo hará nunca”.

Escrito por
Felipe Pigna
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