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La sangre derramada

Ilustración: Martín Fleischer
Ilustración: Martín Fleischer

Dieciséis cuerpos acribillados, tres sobrevivientes, decenas de balas asesinas. Detrás de cada uno de los guerrilleros masacrados en Trelew hay historias de militancia y sueños que quedaron truncos.

“Dice la prensa burguesa/ que fue un intento de fuga/

Dice la prensa burguesa/ que fue un intento de fuga/

Pero nosotros sabemos/ que allá en Trelew fusilaron/ a 16 compañeros./

Pero nosotros sabemos/ que allá en Trelew fusilaron/ a 16 compañeros”

(Estrofa agregada a la canción “Que la tortilla se vuelva”).

Mariano Pujadas sabe que él es el blanco preferido de los verdugos. Lo sabe porque ya tuvo que barrer todo el lugar en bolas, a la madrugada, cuando el frío del invierno patagónico hace perder el sentido del tiempo. Quizás en ese momento pensó en sus años como estudiante de Agronomía o sus inicios como militante montonero. Quizá también, mientras le piden a los gritos que ponga la barbilla contra el pecho, se le vino a la mente la imagen de los ríos de su Córdoba natal. Nadie lo sabe.

–¡Vamos! Doblen los colchones y las mantas. ¡Todos afuera! ¡Formados! ¡Dos filas!

Mariano es uno de los que forma junto a los otros 18 militantes de las organizaciones FAR, ERP y Montoneros que habían logrado fugarse de la cárcel de máxima seguridad de Rawson. Están parados frente a sus celdas, en dos filas enfrentadas. A Eduardo Capello se le podría haber ocurrido pensar en que, días atrás, así formados, fueron tomados por las cámaras de televisión cuando se entregaron en el aeropuerto de Rawson. Los 19 con cierto aire de victoria porque sus compañeros de las distintas conducciones ya volaban rumbo al Chile de Allende. Pero nadie sabe lo que pensó Eduardo en ese momento, porque no pudo hablar con ninguno de los sobrevivientes. A pesar de sus 24 años, la experiencia en operativos con unidades del ERP le da la sabiduría necesaria como para prever lo que les toca. –Ahora van a ver lo que es el terror antiguerrilla. ¡Putos!

SOBREVIVIENTES

Ricardo Haidar, monto de ley, con 28 años y sus estudios en Química, sabe de explosiones, entonces solo le basta escuchar el inicio de la metralla para tirarse dentro de una celda. Repta. Se esconde debajo de la cama de cemento. Otro compañero está tirado ahí. Cree que es Alfredo Kohon, militante de las FAR, estudiante de Ingeniería en la Universidad de Córdoba, proletarizado en una metalúrgica. Las balas rebotan afuera. Se escuchan gritos, llantos, dolor. Ricardo cree reconocer los gemidos de Susana Graciela Lesgart, 22 años, montonera de primera línea, miembro de la conducción nacional; compañera de uno de los comandantes: Fernando Vaca Narvaja. Las botas de uno de los marinos se acercan. Ricardo está inmóvil. Se hace el muerto. Pero respira agitado y lo descubren. Las balas lo dejan tendido sobre la cama. Pero el destino le dará otra chance.

María Antonia Berger también escucha la muerte de los otros. Le arde el brazo izquierdo. También el glúteo. Pero lo que le duele es el estómago. De los cuatro disparos que la alcanzaron, ese es el peor. Igual que Ricardo y Alfredo, se esconde en una celda. Ni siquiera sabe si es la suya. María Angélica Sabelli, militante de las FAR, amante de las matemáticas y el latín, parada en ese lugar perdido de la Patagonia, fue incapaz de calcular lo que estaban viviendo. Como puede sigue a María Antonia. También está herida. María Antonia la escucha respirar difícil hasta que deja de moverse. La que tampoco se mueve es la Sayo. Ana María Villarreal de Santucho se toca el vientre con las manos manchadas de rojo. No es témpera ni acrílico de alguna de sus pinturas en aquellas épocas de artista plástica. Es la sangre que la metralla le arranca de su cuerpo. Quizá como un gesto de camaradería le echó una mirada a Clarisa Lea Place y quizá también pensó en la doble desgracia del Roby, su compañero.

María Antonia escucha algo que le hace recordar al quejido de dos perros. Cree que son Alberto Camps y Humberto Toschi. No son de la misma organización. Pero los dos son marxistas. El primero con cariño por el peronismo; el segundo, un soldado de Santucho. La voz de Bravo retumba: –¡Declaren! ¡Qué es lo que vieron!

Ninguno de los dos habla. Entonces el sufrimiento se apaga con cada estampido. Alberto queda vivo. No sabe cómo. Tiene un tiro de 45 en el estómago. Bravo le había tirado casi sin apuntar apenas escuchó que no iba a declarar nada de lo que le pedían.

LA SUERTE QUE ES GRELA

Carlos Astudillo tiene 28 y su militancia en las FAR la arrastra desde 1970. Estudiante de Medicina, ese mismo año fue detenido mientras era parte del comando que asaltó el banco Provincia de Córdoba. Carlos ya está muerto cuando los marinos avanzan rematando a los que todavía resisten. Nadie sabe si Rubén Pedro Bonnet, en ese momento, todavía respira. Pero a la larga será uno más de los asesinados. El Indio tiene 30 años. Es uno de los más grandes del grupo. También de los de más experiencia en la militancia revolucionaria. Casado. Dos hijos. De origen proletario. Llevaba preso más de un año.

El ERP es la organización que más cuadros pierde en este calvario. Mario Emilio Delfino, preso desde 1968 luego del copamiento de la comisaría 20 de Rosario, es uno; Carlos Alberto del Rey, 23 años, detenido el 27 de abril de 1971 acusado de participar en el asalto al frigorífico Nelson de Santa Fe, otro; igual que José Ricardo Mena, tucumano, obrero de la construcción, detenido a los dos meses de haber ingresado a la organización, después del asalto al banco Comercial del Norte. Miguel Ángel Polti, combatiente experimentado que intervino en las operaciones más importantes del ERP, se suma a la cuenta. Su hermano José cayó bajo las balas enemigas poco tiempo antes. Alejandro Ulla, miembro del PRT desde 1967, maestro proletarizado en una metalúrgica, formó parte de los asaltos a los bancos de Escobar y Comercial del Norte. En este último fue herido y detenido, y aunque fue rescatado del hospital por un comando del ERP, volvió a caer en 1971 y ahora es otro de los muertos; igual que Humberto Suárez, de origen campesino, cañero, obsesionado con su formación política.

Los carceleros sienten la excitación del deber cumplido. María Antonia sigue inmóvil. Sabe que los están rematando. Por eso casi ni respira y entrecierra los ojos. Entonces lo ve. Está parado en la puerta de la celda. No mide más de uno ochenta. El cabello castaño, escaso. Es flaco y en sus hombros lleva insignias de oficial. El tipo entra y le apunta con su pistola a la cabeza. Y escucha su tiro de gracia: la bala le da en la barbilla, le rompe el maxilar y se aloja atrás de la oreja. El marino se va sin verificar el resultado de su trabajo. María Antonia se sabe viva. El dolor la desmaya de a ratos. Como de lejos escucha a un enfermero contar el número de muertos. También hay un marino de alto rango. Ella teme morir sin dar testimonio. Entonces con los dedos manchados de sangre escribe en la pared. Quiere poner “Sosa”, “Bravo”… pero le sale otra cosa: LOMJE (Libres o Muertos, Jamás Esclavos).

Escrito por
Juan Carrá
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