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La vida de las mujeres en la Gran Aldea: ni tan silenciosas ni tan sumisas

En la época de la colonia, las mujeres vivían bajo mandato de padres o esposos, a menos que fueran trabajadoras o esclavas, mientras que las insumisas eran enviadas a conventos. Pero las hubo también rebeldes, soñadoras y guerreras.

Se ven en los grabados de época. Los rizos negros, la tez blanquísima, o levemente aceitunada, plácidas, cerca de un clavecín o del piano, en una sala de pocos muebles pero donde relucen las maderas lustradas, los manteles primorosos, los mates, probablemente de plata, labrados. Eran las hijas de las familias “decentes”, el sector de la elite, que a fines del siglo XVIII en la ciudad de Buenos Aires no superaban el 10 por ciento de la población.

El lugar en el mundo de esas mujeres era su casa, y más precisamente la sala de la casa. Se esperaba que salieran solo para ir a misa o a algún evento social, nunca solas, siempre acompañadas por los padres o maridos, familiares o sirvientes. Las calles y las plazas de la Gran Aldea eran para los hombres y para las mujeres de las clases plebeyas que salían a ganarse el pan. Claro, también estaban los conventos, pero según los registros de la época no muchas se inclinaron por esa devoción.

Ellas también están en los grabados, pero en segundo plano. Con delantales y pañoletas, el pelo firmemente trenzado, sosteniendo las bandejas, o a las velas, o simplemente haciendo compañía a la niña o a la señora de la casa. Muchas, “chinitas” traídas del interior, mitad criollas, mitad aindiadas. La piel del color de la tierra o de las aguas del Río de la Plata. También las hubo de tez marrón oscuro, los labios anchos, las caderas generosas: son las esclavas arrancadas de la cuna africana. El pelo, en unas, chuza; en las otras, mota.

Una presencia diferente, por la libertad con la que se movían, era la de las lavanderas negras. Llegaban cada mañana a la orilla del río, con las enormes canastas sobre las cabezas. Pasaban horas sobre las rocas, fregando la ropa ajena. Dicharacheras, de carcajada pronta y manos cuarteadas por el agua fría y los elementos.

La conquista de América, claro, fue tarea masculina. Pero hacia fines del siglo XVIII, los hombres eran apenas más que las mujeres (53 a 47 por ciento). El censo de 1778 contó, entre la Gran Aldea y la Campaña, unas 24.205 personas.

La vida cotidiana y los deberes de alcoba

En los albores de la Independencia, el plano de la capital del Virreinato se extendía de este a oeste diez manzanas, y de norte a sur, veinte. Pero solo unas quince tenían más de trescientos habitantes. Las calles eran de tierra y las veredas, angostas, estaban empedradas, lo que no impedía que la lluvia las convirtiera en un barrizal. Por las noches, solo las calles principales estaban alumbradas por una vela de grasa encerrada en un farol de vidrio.

Las casas eran bajas, de paredes gruesas pintadas a la cal, con ventanas protegidas por rejas de hierro. Tenían muchas habitaciones que daban a un gran patio arbolado. Unas pocas tenían planta baja y primer piso, era las casas de las familias principales, que se levantaban en torno a la Plaza Mayor. Se denominaban “altos” y llevaban el nombre de los propietarios: los altos de Riglos o los altos de los Escalada. Entre casa y casa, abundaban los patios y los baldíos, y entre ellos los huertos con árboles frutales.

A semejanza de lo que ocurría en la metrópoli, de las mujeres de la colonia se pretendía que fueran castas, abnegadas, dispuestas al sacrificio y, sobre todo, de una obediencia sin fisuras al padre y al marido (y por extensión a las autoridades). Pertenecieran a la clase que pertenecieran, su función social primordial era tener hijos y cuidar de la familia, cuanto más numerosa mejor. Las mujeres –es un decir– podían casarse desde los 12 años y los hombres desde los 14. El promedio por familia era de ocho hijos nacidos vivos.

El recogimiento conventual no parece haber entusiasmado a las porteñas: “El primer convento de Buenos Aires, el de Santa Catalina de Siena, se creó recién hacia 1745. Desde su creación hasta el fin de ese siglo, solo se registraron 97 mujeres, y el convento de las capuchinas, creado en 1749 junto a la Iglesia de San Nicolás, también al finalizar el siglo XVIII, solo contaba con 27 monjas”.

Porque no todo era sumisión, aunque las rebeldías fueran severamente castigadas. Si el padre o el marido consideraba que la mujer era desobediente o no tenía conducta apropiada, podía llevarla a que la “corrigieran” y “castigaran” a una casa de corrección. Como la Casa de Ejercicios Espirituales, que aún está en la esquina de las avenidas Independencia y 9 de Julio, un lugar del que la maldispuesta tendría problemas en salir. Por ejemplo, María de los Dolores Acosta, a quien su esposo encerró en Casa de Ejercicios por “inclinarse a la libertad sin quererse arreglar a una vida regular”.

También era posible anular el matrimonio por diferentes causas: la diferencia de culto, la consanguineidad, la impotencia para procrear, el adulterio y el rapto. Si bien la anulación era un suceso absolutamente excepcional, en ese caso ambos cónyuges recuperaban la aptitud nupcial.

Rebeldes, soñadoras y guerreras

A la colonia se trasladaron las leyes que regían en España. En 1776, Carlos III modificó completamente la legislación matrimonial, desplazando la autoridad de la Iglesia a los padres. En lo sucesivo, decía la Real Pragmática, los “hijos e hijas de blancos” menores de 25 años debían contar con la aprobación paterna para casarse.

La norma tenía una trampa: dado que era habitual que las jóvenes se casasen entre los 14 y los 22 años, para ellas era obligatorio el permiso paterno. Para los muchachos no porque solían esperar a después de los 27. Eran frecuentes los matrimonios entre hombres mayores de 30 años y niñas de 15.

Dentro de los sectores privilegiados, la familia de la novia entregaba al novio una dote, que debía estar vinculada a la fortuna del candidato. Habitualmente estaba conformada por dinero, tierras y esclavos. “La dote constituía el valor de la mujer en el mercado matrimonial, el prestigio y la cuantía de su familia”, explica Dora Barrancos. Aunque esos bienes eran administrados por el marido, seguían siendo patrimonio de la esposa y a ella volvían en caso de viudez, junto con una parte de los bienes patrimoniales.

Las mujeres de la elite estaban obligadas a formar una familia “de linaje puro”: blanca y católica. La desigualdad étnica y la desigualdad social eran las dos razones más frecuentes para impedir un matrimonio. Los novios tenían derecho a apelar el veto paterno, sin embargo, “la desigualdad entre los novios pasó a ser considerada como el argumento de mayor peso para el éxito del disenso de los padres. Si, no habiendo obtenido el consentimiento de sus padres, uno de los novios decidiera iniciar acciones legales en contra de aquellos, el progenitor necesitaba solamente probar la desigualdad entre los pretendientes para impedir el matrimonio”, afirma la historiadora estadounidense Susan Migden Socolow, una especialista en la historia de las mujeres de la época colonial.

En América, advertía la Pragmática, el permiso paterno no corría para “los mulatos, los negros, los mestizos y demás razas mezcladas, que públicamente son conocidas y denominadas como tales”.

Uno de los juicios de disenso más resonantes de Buenos Aires tuvo lugar en 1800. Fue el de Mariquita Sánchez que, a sus 14 años, enamorada de su primo Martín Thompson, se plantó ante sus padres, que deseaban casar a su hija única, a la que habían educado con máximo esmero, con un comerciante rico. Luego de trece días de un juicio que tuvo en vilo a la aristocracia porteña, Mariquita finalmente logró su matrimonio.

Las mujeres de las clases populares tenían otros problemas: muchas veces vivían en concubinato o se convertían en las mancebas de sus patrones. El adulterio se medía con distinta vara. Para la mujer podía significar la internación de por vida en un convento. En los varones solo se consideraba delito cuando se probaba la permanencia del vínculo extramatrimonial.

Debajo de la apacible vida colonial, sin embargo, latía con fuerza el pulso del cambio de época que había inaugurado la Revolución Francesa. Las Invasiones Inglesas fueron una prueba de la potencia y el coraje de las silenciosas porteñas. Tanto en la Reconquista de 1806 como en la Defensa de 1807 las mujeres no se limitaron a echar agua y grasa hirviendo desde las azoteas, sino que algunas colaboraron en los enfrentamientos militares.

La más conocida guerrera de la Reconquista, Manuela Pedraza, “la tucumanesa”, vestida de hombre combatió en la calle e incluso logró desarmar, en lucha cuerpo a cuerpo, a un soldado inglés.

Santiago de Liniers, comandante de las fuerzas de la Reconquista, la declaró heroína distinguida con el grado de alférez e intercedió antes las autoridades españolas para que se le fijara un sueldo: “No debe omitirse el nombre de la mujer de un cabo de Asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa, que combatiendo al lado de su marido con sublime entereza mató un inglés del que me presentó el fusil”.

En agosto de 1806, el Cabildo les rindió un rotundo homenaje: “En las jornadas bélicas ocurrió una metamorfosis prodigiosa en la que el sexo débil sustituyó al dulce poder insinuante de Venus el furor terrible de Marte”.

Poco después, las jornadas de Mayo abrirían la compuerta a otras mujeres que le pondrían impronta femenina a las guerra de la Independencia.

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Olga Viglieca
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