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“Mi dios usa gomina y no tiene barba ni pelo largo”

Ilustración: Jung!
Ilustración: Jung!

Ariel Ardit es el cantor de tango más emblemático de la actualidad. Fanático de Gardel, lo considera parte de la religión.

La cita es un escenario gardeliano: el bar tradicional La Farmacia, en la esquina de Directorio y Rivera Indarte. Allí, Ariel Ardit es habitué y los mozos saben de su fama. Solo los de paso pueden no conocer a este cordobés multipremiado que representa a la Argentina llevando el tango (“ese faro que nos identifica en el mundo”) a diversos teatros del planeta: el Metropolitano de Medellín, el Real de Madrid, el Solís de Montevideo, por mencionar solo algunos.

La pasión de Ardit por el género empieza a partir de un “encuentro” casi místico con Carlos Gardel, y alcanzó su cúspide en 2015, con un concierto en el Aeropuerto Olaya Herrera en conmemoración del 80° aniversario del trágico accidente aéreo. Esa presentación luego se transformó en el álbum Gardel sinfónico.

–¿Cuándo surge tu devoción por Carlos Gardel?

–Es una de esas pocas sensaciones en la vida que uno recuerda fielmente, de manera corpórea. Otras cosas se recuerdan de manera intelectual, esta es una escena retenida en el cuerpo. Tenía 21 años, estaba en Buenos Aires, en la casa de mi abuela, y los viernes jugábamos al truco tres generaciones: mis abuelos, mis tíos, mi hermano y yo. Eran veladas de truco que duraban hasta muy tarde. Yo en esa época ya había comenzado a estudiar canto lírico. Vengo de una familia de folkloristas y mis tíos eran actores cómicos. Mientras se jugaba a las cartas se escuchaba de todo, sobre todo folklore, pero también Freddie Mercury, Serrat, Sandro, Roberto Carlos, Nino Bravo, un variado de muchas cosas. Un día estábamos jugando a las cartas y pusieron un tema de Gardel. Por supuesto, yo había escuchado y sabía quién era Gardel, pero en ese momento fue como una epifanía. Me acuerdo de abstraerme un minuto de los naipes y dejarme llevar por el placer de sentir que lo que escuchaba entraba en relación y comunión con lo que yo estaba intentando aprender en mis clases de canto lírico. Fue tildarme con la grabación y pensar: “¡Qué bueno lo que está pasando acá! Por acá va la cosa y lo que yo quiero expresar con el arte”. La colocación, los resonadores, la sonrisa blanda que permite que la voz surja desde arriba y no pese abajo. Todos los elementos técnicos que me estaban enseñando yo los reconocí en Gardel y tuve una sensación de placer en el cuerpo. A partir de ahí, dije “es Gardel”.

–¿Cuándo cantaste tangos por primera vez y cómo te acompañó Gardel en ese proceso?

–Terminé de jugar a las cartas y pedí el casete. Me parecía muy importante el descubrimiento de alguien que contaba cosas nuestras. Un par de años después pasé azarosamente por El Boliche de Roberto, en Almagro, y entré porque me había llamado la atención alguien que cantaba fuerte. Estaban cinco personas arrimadas al mostrador y un conocido mío que les dice: “Él canta”. Yo tenía mucha vergüenza, no quería decir que estudié canto lírico porque estaba en un bodegón. Entonces me apretaron: “¿Qué, no te sabés un tango?”. Entonces me animé y canté un tango de Gardel. Así empecé a cantar tangos en El Boliche de Roberto todos los jueves. Yo trabajaba en una casa de fotografía y aprendía en el trabajo las letras de memoria.

–¿Cuándo comenzás a homenajear a Gardel?

–No soy un homenajeador de Gardel. Un homenaje a Gardel lo puede hacer cualquiera, pero manifestarlo en una carrera artística y tener la comprensión real de lo que es como ser es mucho más que eso. Yo me quedo con todo lo otro. Las asociaciones que puede haber en la gente entre Gardel y yo son por la referencia que es él en mi vida. Gardel es ese espejismo que uno quiere abrazar, la búsqueda de la máxima superación a la cual es imposible llegar. Es una referencia constante. Cuando me subí a un escenario por primera vez no fue para homenajear a Gardel, sino para cantar tangos. Lo que pasa es que empecé a cantar en El Boliche de Roberto temas de Gardel y me llamaban Gardelito. Pero yo recién grabé y le hice un homenaje a Gardel en 2015, en Medellín, al cumplirse ochenta años de su muerte.

–¿Cómo surge y se gesta esa idea?

–Eso fue la consecuencia de años de tener a Gardel como norte. Después de Buenos Aires –hablar de tango es hablar de Buenos Aires–, Colombia es la segunda capital del tango, con Medellín y Bogotá. Eso tiene que ver con la importancia histórica de la llegada de Gardel a Colombia. Fui a Medellín en 2013 a conocer el aeropuerto y su directora me hizo un recorrido. Habiendo leído exhaustivamente la vida de Gardel, yo sabía que el aeropuerto no existía cuando murió. Es paradójico: al aeropuerto, como al obelisco –imagen con la que se lo asocia en cierta iconografía–, Gardel nunca lo vio, porque se inaugura un año después de su muerte. Yo quería ver el lugar del accidente y ella me mostraba un pájaro en un vitreaux. Entonces, en el medio de ese entredicho ideológico, me dice: “No está señalizado el impacto de los aviones porque es una pista que se usa. Es ahí”. Le dije: “Hay que hacerle un homenaje para darle un simbolismo diferente”. Ya estando en Buenos Aires, llamé a productores colombianos y el nombre Gardel abrió todas las puertas. Le conté la idea a Tristán Bauer, que decidió televisarlo, y a Teresa Parodi, que me ayudó para que pudiera llegar todo el equipo. Andrés Linetzky hizo los arreglos y ensayamos con la orquesta del Teatro Roma de Avellaneda. Allá fuimos con la orquesta sinfónica y la filarmónica de Medellín.

–¿Por qué decidiste que fuera con orquesta sinfónica?

–Lo más popular es el Gardel de las películas, que tenía en los arreglos un modo más orquestal porque había que competir con las figuras de la Paramount, como Bing Crosby. Entonces me jugué y dije “con orquesta sinfónica”. Es retomar el espíritu transgresor de Gardel, que es el primer cantor de tango en ir más allá del género al incorporar shimmy, pasodoble, jota, foxtrot. Cantó en napolitano, en inglés, en francés. Hoy si hacés algo de eso te cuelgan en Plaza de Mayo. El estilo se cerró tanto después que parecería raro hacer algo así, pero él fue pionero, ¡y en los años veinte!

–¿Qué decisiones estéticas tomaste a la hora de evocarlo en Medellín?

–Ninguna, siempre tuve el respeto de no repetir ningún estereotipo porque es fácil caer en la caricatura. Lo que pasa es que tengo una sonrisa amplia y uso gomina. Pero le tengo demasiada veneración como para imitarlo o usar ciertos artilugios. En realidad, yo uso gomina desde joven porque me gustó Jean-Claude Van Damme en Retroceder nunca, rendirse jamás (risas). La gente me ve parecido a Gardel, pero creo que lo que pasa es que en mi amor por él hay algo que se manifiesta en mi aspecto, en algo de su espíritu que logro captar. Tiene que ver con un camino de admiración al artista, a la creación, a lo que fue Gardel como compositor y como productor.

–Describí tus sentimientos al interpretar a Gardel donde murió.

–Miré el cielo y dije: “Este fue el último cielo que miró Gardel”. Fue cerrar una etapa de agradecimiento eterno, devolver algo de lo que él me había dado. Terminamos repitiendo el espectáculo en el Teatro Real en Madrid y en el Colón, y saldé otra deuda con justicia poética porque Gardel nunca se había presentado en el Colón. Una vez lo invitaron a un festival y cuenta la crónica que tuvo una indisposición vocal y no pudo cantar. Yo me hice la idea romántica de que Gardel quería el Colón para él solo. Yo hubiese hecho lo mismo y de hecho lo hice (risas), y conseguí cantar en el Colón el repertorio de Gardel.

–Elegí una canción que te conmueva particularmente.

–El tango “Soledad”, porque la primera vez que lo escuché estaba con mi mamá en uno de esos casones de Almagro con techos altos de reminiscencias gardelianas.

–¿Qué otros lugares te remiten inmediatamente a Gardel?

–Todos. Yo canto tangos gracias a que descubrí a Gardel. Si él hubiera cantado flamenco, yo cantaría flamenco. Voy a Chacarita, aunque no los 24 de junio porque va todo el mundo. Yo soy católico, pero con el tiempo Gardel se convirtió en una manifestación de fe. Mi dios usa gomina y no tiene barba ni pelo largo. Si yo creo en alguien o si tengo que pedir algo que tenga que ver con lo energético, lo hago a la figura de Gardel.

Escrito por
Adrián Melo
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