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El bronce que sonríe

Nací en 1959, el año de la Revolución cubana, de un Kennedy en ascenso, de De Gaulle y la entrada a los 60. Mis padres compraron para celebrar mi nacimiento en Mercedes, una localidad de la provincia de Buenos Aires, una moderna radio portátil a pilas y un portentoso televisor blanco y negro Philips.

Mi madre trabajaba y le daba cierta culpa que me quedara solo con la niñera, por lo que me dejaba como compañía la radio portátil colgada en la cabecera de la cuna sintonizada en una emisora con gente que hablaba, Radio Rivadavia, con mucho diálogo y tangos. Así me hice tanguero de nacimiento y a los dos años cantaba algunos de un tal Gardel. Mi papá me dijo un día que era una pena que no hubiese conocido a su padre, mi abuelo Felipe, y pronunció las palabras mágicas: “Él conoció a Gardel y un día lo llevó a mi casa a comer un asado”. Me quedé muy impresionado; no me parecía posible que alguien cercano conociera a quien era para mí un personaje absolutamente literario, de ficción.

Así comenzó mi relación desigual con Carlitos, muy alimentada por mi abuelo materno, Isidro, que no lo conoció pero sí lo vio cantar en vivo. Era fanático del Mudo y me llevó al cine a ver varias de sus películas, que me aburrían un poco salvo cuando Carlitos cantaba.

La competencia con los Beatles y los Rolling era desleal por motivos generacionales, y fallándoles a mis abuelos y, por qué no, a mi padre, me olvidé un poco del Mago, aunque nunca del todo.

Tenía 17 años cuando aquella mañana del golpe de Estado de marzo de 1976 subí al colectivo, al mismo interno de todos los días, y noté que el chofer había quitado prudentemente los íconos que lo acompañaban desde el espejo: Perón, Evita, pero también Gardel. “Por las dudas”, habrá pensado el hombre, intuyendo el odio por todo lo realmente popular de los golpistas y sus ideólogos civiles. Aquel episodio me hizo quererlo más a Carlitos, más todavía.

Vinieron años oscuros, dictatoriales, y Carlitos volvió, como lo preanunciaba su maravilloso tango. A los funcionales censores se les había ocurrido prohibirlo, no se podían escuchar sus versiones de “Yira yira”, “Acquaforte”, “Pan” ni “Al pie de la Santa Cruz”. Hasta los medios cómplices pusieron el grito en el cielo y los milicos tuvieron que dar marcha atrás con la censura gardeliana. Volví a escucharlo y sonaba distinto, cantaba mejor.

Carlitos me acompañó durante toda mi carrera, desde la radio y los tocadiscos. Lo encontraba en la historia, en los intersticios, cuando investigaba sobre los años 20 y 30, ahí estaba el Mago.

Los grandes “misterios” de su vida no son tales. Como bien dice Edmundo Eichelbaum en su trabajo “El discurso gardeliano”, “en lo que se refiere a su personalidad y a su arte, muchos de los presuntos ‘misterios’ no son otra cosa que la deliberada explotación de algunas incógnitas –que un análisis sereno permite dilucidar–; o producto de la maldad o la envidia, para oscurecer su figura (…). Porque, terminados los ‘misterios’, se terminan también los macaneos generalizados o la especulación constante con el manejo público de su figura”.

Resulta más interesante hablar del hombre que cambió la historia del tango, del que fue, como bien él decía, su primer “intérprete”, es decir, el primero en entenderlo plenamente, en traducir claramente lo que cada poeta quiso decir, viviéndolo intensamente. El primer argentino del siglo XX en trascender a niveles poco comunes en España, Francia, los Estados Unidos y casi toda Latinoamérica.

Gardel es nuestro primer mito popular y esto se vio claramente en la psicosis que provocó su muerte, que incluyó intentos de suicidio y una amargura general que se palpaba en las calles aquel frío y lluvioso lunes 24 de junio de 1935 y se replicó en aquellos calurosos días de febrero del 36, cuando llegó finalmente su cuerpo a su Buenos Aires querido. El uso de su muerte, el increíble periplo de su cadáver por la selva colombiana y su velatorio en Nueva York hablan de la importancia de Gardel. Su velorio en el Luna Park fue multitudinario e incluyó horas de tangos con las mejores orquestas, bailarines y cantantes, interminables discursos, centenares de desmayos y decenas de personas hospitalizadas por descompensaciones a lo largo de las largas horas que duró el funeral. Siguiendo su célebre tango “Soledad”, “una caravana interminable” lo acompañó al Cementerio de la Chacarita. Vaya este número de Caras y Caretas en honor al único bronce que sonríe.

Escrito por
Felipe Pigna
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