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Chorro

Ilustración: Juan José Olivieri
Ilustración: Juan José Olivieri

Antes de convertirse en un famoso cantante de tangos, Gardel solía ganarse la vida con artilugios non sanctos. Sus contactos políticos le permitieron borrar su prontuario.

Fue el 25 de septiembre de 1930 cuando Carlos Gardel grababa en el estudio principal del sello Odeon el tango “¡Viva la patria!”. Con voz muy diáfana soltó la primera estrofa: “La niebla gris rasgó veloz/ El vuelo de un avión/ Y fue el triunfal amanecer/ De la Revolución”.

En la sala de control, una veintena de espectadores se apretujaba junto al operador. Al concluir el canto del Zorzal, ese cubículo quedó en silencio, la clase de silencio que solamente puede causar el asombro; recién después de unos segundos, los presentes estallaron en un prolongado aplauso.

Dicha canción había sido compuesta a las apuradas por Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta con una finalidad celebratoria: apenas 19 días antes, Hipólito Yrigoyen había sido derrocado por el general José Félix Uriburu. Fue el primer golpe de Estado del siglo XX.

Cabe resaltar el entusiasmo casi delirante del ciudadano medio ante el advenimiento de los militares al poder. Hasta Alfonsina Storni creyó necesario expresar su beneplácito al respecto, al igual que Gardel.

Este ahora retribuía la ovación con una sonrisa ladeada.

Entre quienes lo vivaban se destacaba el caudillo conservador –y eterno intendente de Avellaneda– don Alberto Abel Barceló. Lo secundaba su matón predilecto y mano derecha, Nicolás Ruggiero (a) “Ruggierito”. El cantor, por cierto, les debía un gran favor.

En 1922 le pidió a Ruggierito –su compinche de juergas– que intercediese ante su jefe por una delicada gestión: destruir su prontuario. A este último solo le bastó con acudir al entonces presidente, Marcelo Torcuato de Alvear, quien dispuso que la Policía de la Capital se deshiciera de tan embarazoso legajo. Y así Gardel quedó limpio.

EL CUENTERO QUE SONRÍE

En este punto es necesario retroceder a fines de 1909, cuando en el cafetín La Esperanza, situado junto a la terminal ferroviaria de Constitución, transcurría un diálogo entre un hombre acodado ante una grapa en un extremo de la barra y un muchacho que, minutos antes, había ingresado al salón.

El primero era un cuarentón de aspecto patibulario; su interlocutor, un veinteañero cuyo rostro irradiaba inocencia, pero también cierto desasosiego. La conversación entre ellos había comenzado de modo aparentemente casual. Y tras un par de frases, este último le soltó el motivo que lo preocupaba. Para ello, extendió unos papeles sobre el estaño: era la documentación de que había recibido la herencia de un familiar que acababa de morir en la ciudad de Salta.

Eso concitó la atención de otros parroquianos; entre ellos, un sujeto con pinta de chacarero próspero, recién llegado a Buenos Aires.

–No tengo dinero para viajar a Salta. Ni para el hotel. Y menos aún para un abogado –se lamentaba el presunto heredero.

–Yo tengo la solución –respondió su interlocutor. Entonces, le propuso firmar un acuerdo por el cual él recibiría parte de la herencia a cambio de solventar tales gastos. Y declamó una cifra.

–Piénselo –fue su remate, antes de dirigirse al baño.

El chacarero, a quien ya le brillaban los ojos, aprovechó la ausencia del posible financista del asunto para proponerle al joven una suma mayor (unos cien mil pesos actuales). El “negocio” fue cerrado antes de que el otro volviera del baño. Y ya con el dinero en el bolsillo, el muchacho se hizo humo. Luego, no sin fingida ofuscación, el aportante desplazado también se retiró del lugar. Ambos volvieron a encontrarse a unas cuadras de allí.

Carlos Gardel sonreía de oreja a oreja, y su cómplice, Andrés Cepeda, exultante, reía a carcajadas. La estafa se había consumado con éxito.

CADA DÍA NACE UN OTARIO

Lo cierto es que, desde temprana edad, quien sería el máximo ídolo del tango supo acceder a bienes ajenos mediante una herramienta a la cual muy pocos se resistían: la interacción verbal. Al despuntar el siglo pasado, Buenos Aires era tierra fértil para “estafetas” y simuladores de toda laya. Claro que su proeza consistía en potenciar la ambición del damnificado con alguna quimera de tipo argumental que resultara verosímil. Y el “cuento del tío” –el truco con el cual fue timado aquel chacarero en el cafetín La Esperanza– fue la nave insignia de la modalidad. “Cada día nace un otario; solamente es cuestión de encontrarlo”, era el lema de los cuenteros.

Gardel y Cepeda eran maestros en la materia.

Hubo hasta quienes le compraron a Gardel falsas impresoras de billetes. Sus fabulaciones eran imaginativas e ilimitadas, según los archivos policiales de la época, puesto que tales quehaceres lo condujeron más de una vez tras las rejas, pero solo por días, puesto que los suyos eran delitos excarcelables. En el “ambiente” se lo conocía como “el Pibe Carlitos”. Y Cepeda fue su cómplice de cabecera. Bien vale reparar en él.

A diferencia de su joven discípulo, este había estado preso gran parte de sus 41 años. Por tal motivo, su apodo era “el Divino Poeta de la Prisión”.

De hecho, fue un gran ofensor de los Edictos Policiales por un sinfín de motivos: robos, estafas, riñas, portación de armas y ebriedades reiteradas. Los agentes del orden le tenían particular inquina por su condición de anarquista y homosexual. Asimismo, fue uno de los primeros letristas del tango. Casi toda su obra fue escrita estando preso. En 1912, Gardel grabó algunos temas de su autoría, a saber: “Me dejaste”, “La mariposa”, “El almohadón”, “El sueño”, “Pobre madre” y “Yo sé hacer”. Lola Membrives inmortalizó la letra de “Sobre el pingo del amor”, una de sus composiciones más recordadas.

Cepeda fue herido de muerte el 30 de marzo de 1910, durante un duelo a “naife” en un tugurio del Bajo.

Ya se sabe que Gardel murió con sus músicos el 24 de junio de 1935, al estrellarse su avión con otro cuando estaban partiendo del aeropuerto de Medellín.

Un facsímil del prontuario de Gardel fue conservado en el archivo de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Aquel documento, que se salvó de la destrucción ordenada por Alvear, había sido enviado a La Plata por la Policía de la Capital. El cantor lo recuperó, atesorándolo como recuerdo. Finalmente, fue hallado dentro de un mueble en su casa del Abasto.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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