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Inestabilidad, la marca indeleble del panorama regional

Venezuela, Colombia, Perú y Ecuador atraviesan diversos conflictos de poder que amenazan su institucionalidad. Chile está expectante frente a los primeros pasos del gobierno de Boric, y las elecciones en Brasil podrían marcar un nuevo rumbo para la región.

La inestabilidad política se volvió la marca –por ahora– de la tercera década del siglo XXI en América del Sur. No es una novedad en la historia de la región. Sin embargo, durante los primeros diez años del nuevo milenio hubo una relativa estabilidad. Se la podría explicar por una confluencia de factores económicos, políticos, ideológicos. Fueron años que ahora parecen de una época remota, excepcional.

La actual inestabilidad se expresa de diferentes maneras en cada país. Tiene diversas intensidades y se metaboliza según cada cultura política. Antes de hacer un sobrevuelo por la situación, hay que imaginar el mapa para empezar el viaje.

El Caribe y el Pacífico

Venezuela fue, desde finales de 2015, el epicentro de una crisis superlativa. Se conjugaron el bloqueo económico criminal impulsado por Estados Unidos, la permanente apuesta golpista de la derecha antichavista y el giro autoritario del chavismo. El combo desembocó en una crisis humanitaria de dimensiones bíblicas. Hiperinflación, millones de desplazados, familias quebradas. El chavismo, que tiene al Ejército como parte orgánica del Partido Socialista Unido de Venezuela, resistió, con una fuerte dosis de autoritarismo, y ahora la situación comenzó a mejorar en todos los frentes. El diálogo político entre oficialismo y oposición, que tiene a México como anfitrión, se ha retomado. La hiperinflación va cediendo. Y, como suele suceder tantas veces en la historia, un hecho inesperado terminó de torcer el rumbo de los acontecimientos. La guerra en el Este de Europa aumentó los precios del petróleo. Estados Unidos volvió a poner a Rusia, como durante la Guerra Fría, como enemigo principal. El crudo venezolano resulta estratégico y el imperio alivió las sanciones.

Candidato presidencia de Colombia, Gustavo Petro. Foto: AFP

La vecina Colombia es uno de los países más injustos de Sudamérica. Tiene un índice de Gini de 0,583. Es solamente superado por el de Haití. Todos los medios regionales, con el guion de la embajada estadounidense, remarcan la situación política de Venezuela, la violencia narco de México, pero los centenares de asesinatos políticos que se producen en Colombia quedan en el lado oscuro de la luna mediática. El país de Gabriel García Márquez está cerca de poder tener por primera vez en décadas un gobierno de corte progresista. El actual alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, que fue parte de la guerrilla del M19 cuando tenía 18 años, lidera las encuestas. Las clases dominantes colombianas están acostumbradas a tener el control total del gobierno. Es un misterio cómo reaccionarán si hay un cambio. Lo que sí es claro es que los estallidos sociales de los últimos dos años movieron los cimientos y todavía no se conoce el desenlace.

En Perú la situación no es novedosa, aunque sea grave. Ninguno de los últimos cuatro presidentes, antes de Pedro Castillo, logró completar su mandato. El sistema institucional peruano, que incorporó en su Constitución varios elementos del sistema parlamentario, tiene una inestabilidad estructural, a la que se suma la cultura política. Castillo, un fenómeno populista de manual, venía con el ímpetu de modificar aunque sea un poco el status quo que gobierna Perú desde la llegada de Alberto Fujimori a principios de los años 90 del siglo pasado. La resistencia y el plan de desestabilización del archipiélago de fuerzas que conforman la derecha peruana, más la fractura del propio frente que apoyó a Castillo, tienen al presidente tambaleando desde que inició su mandato.

Guillermo Lasso, presidente de Ecuador. Foto: NA.

Algo similar, no igual, ocurre en Ecuador, solo que con un presidente de derecha. El anticorreísmo se organizó alrededor de Guillermo Lasso para derrotar a Andrés Arauz, candidato de Rafael Correa. Lasso, una suerte de Macri con menos experiencia política, empresario, banquero, sin estructura partidaria, tiene una dependencia total de los partidos que le dieron sustento a su postulación y lo apoyaron en el balotaje. Esa alianza comenzó a resquebrajarse a poco de andar. Sin el eje ordenador del rechazo a Correa, las diferencias programáticas y por disputas de poder emergieron con toda su potencia. Su muestra más importante es la posición del ex alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, histórico caudillo del conservador Partido Social Cristiano y jefe de esa ciudad durante 16 años. Su enfrentamiento con Lasso es abierto y virulento. El presidente ecuatoriano también camina por una cuerda floja, a la que se suma el impacto de la pandemia y el de su política económica.

Chile es por ahora un enigma. El estallido social de octubre de 2019, que arrinconó y barrió con los partidos tradicionales y la Constitución de Augusto Pinochet, terminó con el joven Gabriel Boric en el Palacio de la Moneda. Boric empezó mostrando señales de equilibrio, entre la vocación de transformación y el pragmatismo de quien necesita amplios respaldos para gobernar. Su fuerza política logró solo el 25 por ciento de los votos en la primera vuelta. Y la extrema derecha chilena, encarnada en el derrotado Antonio Katz, mostró que era capaz de sacar más del 40 por ciento en un mano a mano. Entre el equilibrio de la gobernabilidad y el riesgo de la decepción camina el presidente más joven de la historia de Chile.

El Atlántico

Brasil tiene elecciones presidenciales en octubre. Es la gran batalla de toda la región. El presidente Jair Bolsonaro parecía un boxeador contra las cuerdas. El resultado de sus políticas económicas neoliberales fue el mismo que han tenido siempre. Se sumaron los efectos de pandemia y parecía haberle quedado el odio como único elemento de cohesión de una base electoral que no alcanza para ganar una elección. Sin embargo, el ex capitán, que defiende la dictadura y realizó un elogio de los torturadores de la ex presidenta Dilma Rousseff, mostró una gran dosis de pragmatismo. Impulsó un programa muy ambicioso de transferencia de ingresos a los sectores más postergados. Realizó un giro en su política exterior tras la derrota de Donald Trump en Estados Unidos. Fortaleció su relación con Rusia y China, con quienes comparte alianza en el Brics.

Estos cambios de Bolsonaro abrieron un interrogante sobre las elecciones en las que el histórico Lula da Silva aspira a conquistar su tercera presidencia. Las encuestas por ahora muestran a Lula cómodamente a la cabeza. El ex presidente ha comenzado a desplegar un sistema de alianzas similar al que le permitió a PT llegar al poder en 2002, cuando ganó por primera vez, incorporando fuerzas conservadoras en el armado electoral. Qué pasará en Brasil aún es un misterio. Solo puede asegurarse que en esa contienda se define en gran medida el futuro de todos los países de la región. Si Brasil vuelve al sendero que tuvo durante los catorce años del PT, el impacto en la realidad continental será un hecho incontrastable.

Acá en el barrio, la Argentina, la situación es compleja. La pandemia, la herencia macrista y las diferencias dentro del Frente de Todos confluyen y dan como resultado que el actual oficialismo no logra consolidarse ni mostrar un horizonte de mejoría de la vida de la población. Esto ocurre más allá de las cifras de crecimiento económico y de generación de empleo. La inflación galopante carcome los éxitos económicos del gobierno nacional. Sigue retrasando los salarios respecto de los precios de los consumos básicos. ¿Podrá el FdT salir de su propia encrucijada? ¿2023 será una reedición de 2015, con un Brasil con un gobierno progresista y la Argentina volcada nuevamente a la derecha? Son solo algunos de los interrogantes sin respuesta en el mapa regional.

Escrito por
Demián Verduga
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