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“Ata recuperaba aspectos de la Argentina más profunda”

Ilustración: Jung!
Ilustración: Jung!

El historiador Norberto Galasso es un estudioso y admirador de la obra de Yupanqui. En diálogo con Caras y Caretas, reflexiona sobre su vida y huella.

Militante y referente intelectual insoslayable des rescate de la cultura nacional y popular, Norberto Galasso publicó la biografía Atahualpa Yupanqui. El canto de la patria profunda y accedió a una entrevista para homenajear al cantautor como “amoroso tributo a su memoria”.

–¿En qué circunstancias conoció a Atahualpa?

–Lo entrevisté una sola vez, durante cuatro horas, en el departamento de San Benito de Palermo, donde vivió en algún momento después de 1955. Nos presentamos espontáneamente con un compañero, de puro caraduras, en su casa para el periódico Lucha Obrera. Tocamos el timbre, nos atendió y le dijimos que queríamos hablar de cultura latinoamericana. Fue la palabra mágica: “Latinoamérica es un solo poncho, está desflecado, pero tarde o temprano se va a reunificar”, afirmó. Nos hizo pasar mientras decía “no vamos a hablar en seco” y destapaba un vinito riojano. Le pregunté cuándo había nacido. Primer paso en falso. Me retó: “Usted debe ser un periodista novato. Los artistas no tenemos lugar ni fecha de nacimiento, tenemos obra”. “No soy periodista. Tengo militancia con el socialismo y la cultura nacional”, le contesté. Ata me dijo que coincidía: “El socialismo es un viento al que no lo para nada y que tarde o temprano se va a imponer”. Entonces yo cometí el segundo paso en falso: “Creemos que el socialismo tiene que ser nacional y por eso lo vengo a ver a usted y no a Victoria Ocampo”. “Estuve hace unos días con ella”, me dijo, y yo pedía que me tragara la tierra (risas). “Ella trae artistas, escritores, cantantes, gente para que los conozcan en la Argentina. Estaba con un escritor hindú que vestía con una túnica y andaba descalzo.” Entonces Atahualpa agregó con picardía: “Claro, andar descalzo sobre las alfombras de Victoria Ocampo lo hace cualquiera. A mí me hubiera gustado que caminara descalzo en Berisso, en Avellaneda, en Quilmes.” Él ya tenía un desencuentro ideológico con esa izquierda que yo caracterizo de abstracta. Su sentimiento era auténticamente latinoamericano, popular y nacional. Cuando salimos, los vecinos nos comentaron que al atardecer solía salir al balcón y tocar unas canciones.

–¿Cuáles eran los referentes políticos de Atahualpa?

–Él viene de una familia de ferroviarios de la zona de la pampa húmeda. Su padre era de tendencia radical y rechazaba a los patrones británicos del ferrocarril. Atahualpa conservaría ese antibritanismo toda su vida. Quizá se manifiesta incluso en “La hermanita perdida”, sus famosos versos sobre Malvinas donde escribe “Malvinas, tierra cautiva/ de un rubio tiempo pirata”. En todo caso, el posicionamiento político de su padre lo lleva a una militancia intensa. Cuando se produce el golpe militar del 30, él interviene en la llamada insurrección de La Paz de 1932, dispuesto a jugarse contra los usurpadores que derrocaron a Yrigoyen. Allí participaron también, aliados por la causa popular, dos estancieros de la zona de Entre Ríos, los hermanos Kennedy. A Atahualpa no le gustaba hablar de esas cosas, fue muy parco. En una de sus composiciones alude a ese hecho y a su posterior exilio de “payador perseguido” restándole importancia. En efecto, él debió exiliarse cuando la rebelión fue sofocada por el gobierno de Justo.

–¿Cuándo empieza su poesía a inclinarse por los sectores populares?

–Yo creo que en Atahualpa tempranamente se conjuga una gran sensibilidad social y la experiencia militante del padre. Su canto insiste en la defensa de los pobres, en modificar la situación de desamparo que ha visto conviviendo con los peones en la zona de la pampa, con los hacheros de Pergamino o los zafreros de Tucumán. Ata solía decir que había aprendido muchísimo de los peones, en los días de lluvia, cuando no salían al campo y alrededor del fogón contaban su experiencia de gente sufrida que intentaba sobrevivir a los maltratos de los grandes estancieros que se llenaban de guita y no les daban un mango a los trabajadores. Él era un cantor de artes olvidadas, del viento. Recuperaba conversaciones en el tren por Salta o Jujuy o aquello que les quería decir a los pájaros: “No sé de qué te quejás vos, podés volar, cosa que nosotros no podemos hacer”. En definitiva, en su poesía, Ata recuperaba aspectos de la Argentina más profunda que había sido una vez latinoamericana y después se había apartado del resto de América latina. En este sentido, consideraba a Tucumán el pasaje a Latinoamérica y por eso le dedica parte significativa de su obra.

–¿Qué ocurre luego de que es perseguido por el gobierno de Justo?

–En la década del 30, Atahualpa radicaliza sus posiciones y se acerca al Partido Comunista, que le da lugar para que intervenga en festivales y escriba en diarios del partido. Como consecuencia de eso es detenido en la cárcel de Devoto por el régimen del 43. Por esa época escribe algunos poemas bastante malos, no es el auténtico Atahualpa que conocemos. La pasa muy mal el tiempo que dura la detención. Hasta le tiran una máquina de escribir en la mano derecha para que no pueda tocar más la guitarra. Pero se llevan un chasco: cuando sale de la cárcel, sigue dándole a la guitarra porque él era zurdo (risas).

–¿Sigue vinculado al Partido Comunista argentino el resto de su vida?

–No. Él va percibiendo que el Partido está desconectado de las bases, el eterno desencuentro de la izquierda con los sectores populares. El Partido Comunista lo manda a Hungría, donde él descubre que había mucho rigor. No hay lugar para que el payador pueda expresarse libremente. Entonces declara: “A mí no va a venir ningún comisario de soviet a decirme lo que tengo que cantar”. Es entonces cuando se decepciona del régimen y se aparta del Partido, al que considera totalitario. A partir de allí, él se distancia de lo político en sentido partidario. Para él era fundamental cantar sus sentimientos. En Europa conoce a Édith Piaf, quien lo promociona.

–¿Cuál era la posición de Yupanqui con respecto al peronismo?

–Yupanqui nunca llegó a digerir el peronismo ni su importancia. Un poco fue la experiencia de la cárcel, otro poco su afiliación al Partido Comunista. Cuando vuelve a la Argentina, hacia 1953, Perón tuvo una apertura a la gente del espectáculo y alguien lo acerca a Atahualpa. Es raro lo que sucede porque generalmente Perón seducía a la gente. Cuando se encuentran, Perón mira de frente a Ata y le dice: “Pero vos con esa cara no podés ser otra cosa que peronista”. La verdad es que es así (risas). A Yupanqui eso le cae como una ironía, una falta de respeto.

–¿Cuáles fueron los últimos proyectos políticos que apoyó?

–Apoyó fuertemente el triunfo de Salvador Allende en Chile, donde fue a cantar las canciones que le dedicó al Che: “Tuve un amigo querido que murió en Ñancahuazú/ su tumba no la encontraron” o “¿Qué más podría hacer?/ cualquier cosa pregúntele al Che”. Más tarde recibió con mucha alegría el triunfo de Alfonsín. En sus últimos años, dichos tales como “¿Cuándo los argentinos vamos a ser realmente argentinos?” evidencian que había leído a Jauretche. Luego ya vino la muerte, el canto del silencio, pero habrá recordado lo que le dijo en cierta ocasión a un amigo agonizante: “Quedate tranquilo que la muerte es un ratito, nomás”.

Escrito por
Adrián Melo
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