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Lula: el amor vence al odio

Lula da Silva candidato presidencial. Foto: Ricardo Stuckert

El ex mandatario del PT, que terminó su segundo mandato con récord de popularidad, confirmó que será precandidato presidencial para las elecciones del 2 de octubre.

«pueblo despierta del mal sueño/ pueblo de abismo remotos/ pueblo de pesadillas dominantes /pueblo noctámbulo amante del trueno furioso/ mañana estarás muy alto muy dulce muy/ crecido» (Aimé Césaire).

Luis Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil en el período de 2003-2011, confirmó su precandidatura para participar en los comicios generales del próximo 2 de octubre, en donde enfrentará al actual mandatario, el ultraderechista Jair Bolsonaro. Luego de que se revocaran sus condenas judiciales y de haber recuperado sus derechos políticos, el ex líder sindical fue nominado y respaldado el pasado miércoles 13 de abril por la dirección nacional del Partido de los Trabajadores (PT) como candidato a la presidencia. El ex gobernador de San Pablo Geraldo Alckmin lo secundará en la fórmula.

Una nueva encuesta electoral realizada el 25 de abril por el Instituto FSB Pesquisa, encargada por el Banco BTG Pactual, confirma que Lula encabeza las intenciones de voto de cara a las elecciones presidenciales de octubre próximo en Brasil, con un apoyo del 41 por ciento. La brecha para Bolsonaro, sin embargo, ha caído cinco puntos porcentuales desde la encuesta anterior, publicada por el FSB en marzo último

¿Por qué Lula?

Durante sus ocho años de presidencia, Lula logró combinar el crecimiento económico, aumentando el gasto social y dirigiendo las inversiones públicas a los sectores más críticos de la economía. El comercio de las materias primas y las exportaciones a China fueron fundamentales para poder lograr estabilización y distribución equitativa. El descubrimiento de nuevos yacimientos consolidó a Petrobras y colocó a Brasil como una súper potencia energética. La deuda con el pueblo era muy grande, y Lula supo estar presente en las necesidades de los y las brasileñas. El programa Hambre Cero consolidó los derechos básicos con acceso a la alimentación e iniciativas como la Bolsa Familiar, que fue una asignación mensual pagada a quienes sufren de pobreza extrema, y fue diseñado para garantizar a las familias salud, educación, alimentación y asistencia social. Consiguió recuperar de esa condición a 40 millones de brasileños y brasileñas. Aumentó el salario mínimo, y su programa Brasil Alfabetizado enseñó a leer y escribir a 20 millones de personas. Con el establecimiento de cuotas raciales para la admisión en la universidad, logró por primera vez dar acceso a la educación superior a millones de jóvenes negros y mestizos.

Lula da Silva fue obrero, sindicalista, pobre. Sufrió hambre, se curtió en las calles como ningún otro líder político brasileño. Reguló el trabajo de las empleadas domésticas, que recibieron asistencia social y salarios regulares, lo que generó malestar en las élites. Al terminar su segundo mandato, Lula era el presidente más popular del mundo.

Tras la trágica salida de Dilma Rousseff, producida tras un golpe institucional, se activó la maquinaria del impeachment en paralelo a la operación de Lava Jato. No tardaría en llegar la cacería judicial contra Lula da Silva. La destitución de Dilma y la encarcelación de Lula tuvieron como objetivo evitar que el PT volviera al poder. El 7 de abril de 2018, seis meses antes de las elecciones presidenciales, cuando Lula era el favorito, fue encarcelado. Estos dos casos dan cuenta de cómo opera el lawfare contra los gobiernos populares en Latinoamérica.

Jair Bolsonaro. Foto: NA

Fora Bolsonaro

El gobierno de Jair Bolsonaro estuvo marcado, desde el primer día, por la violencia. La influencia militar, sin precedentes desde el regreso de la democracia, marcó un antes y un después en la historia política del vecino país. Con reiteradas amenazas de golpe de Estado, violación a los derechos humanos y un tendal de incidentes de corrupción, el pueblo brasileño pide a gritos un cambio de gobierno. El modelo económico neoliberal ha profundizado la miseria y la muerte. La criminalidad en las favelas arroja números escalofriantes. Las unidades de Policía Pacificadora (UPP) son la forma de implementar un Estado penal en el marco del proyecto neoliberal.

Las víctimas en manos de la policía son hombres (99 %) jóvenes (78 %) negros que se «resisten a la autoridad», que mueren, en su mayoría, por disparos en la nuca. La expectativa de vida de un joven negro en Brasil es de 24 años, once mujeres son asesinadas por día y trece son violadas en el estado de Río de Janeiro. En 2019, la Policía Militar asesinó a 1.800 personas con la aplicación de francotiradores. Cuando recién asumió Bolsonaro, en enero de 2019, había 12,5 millones de familias viviendo bajo el umbral de la pobreza. En treinta meses, la cifra aumentó a 14,7 millones de familias, seis millones más, que hoy viven en la extrema pobreza. A todo este desmadre se suma el pésimo control de la pandemia de covid-19, en la que el mandatario actuó como negacionista, haciendo declaraciones delirantes, lo que provocó un descontento social y gubernamental que podrían llevarlo a juicio político.

Es ahora. Lula es el primer obrero que se instaló en el Palacio de la Alvorada. Sus dos gobiernos llevan la marca, principalmente, de la implementación exitosa de programas de distribución de ingresos para los más empobrecidos. Lula se ha enfrentado a todo y a todos, es un hombre de una fortaleza inigualable que vuelve como el Ave Fénix para darle a su pueblo lo que le ha sido arrebatado. El ex presidente del PT tiene uno de los desafíos más grandes de su carrera política. No solo porque se enfrenta a una elección que pende de amenazas de muerte, fraude y golpe de Estado, sino que tiene un rival siniestro, de esos que prefieren el daño al reparo. Lula no es solo la esperanza de su pueblo, también es la esperanza de un continente que sueña reconstruir la Patria Grande.

Escrito por
Silvina Pachelo
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