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Un femicidio en tiempos de crímenes pasionales

El asesinato de una joven en extrañas circunstancias desató todo tipo de hipótesis hasta que pudo conocerse la verdad de la historia.

La mujer parecía de otra época; vestía un abrigo negro sobre un vestido con falda larga y un sombrero de gran tamaño, acompañado por una pluma de avestruz y con un velo de tul que le ocultaba el rostro. Así subió a una lancha colectivo en la estación fluvial de Tigre. Entonces miró en derredor para cerciorarse de que nadie la seguía. Al zarpar la nave, la enfermera Dora Almaraz, de 27 años, sintió un ramalazo de alivio. Su destino era una isla del río Capitán. Pero eso ninguno de sus allegados lo sabía. Digamos, razones de seguridad.

Tres días antes –el 29 de julio de 1929–había recibido un sobre con el siguiente mensaje: “Cortada en pedacitos, terminarás en diferentes bolsas de basura”. Y al pie de la hoja, dos palabras: “Patria y orden”.

–Son los esbirros de la Legión Cívica –soltó Julieta Lanteri, con los ojos clavados en el papel.

Se refería a un grupo paramilitar de ultraderecha similar a la Liga Patriótica Argentina.

–Debes esconderte por unos días –agregó.

Dora asintió en silencio. La expresión comprensiva de su interlocutora le infundió una efímera serenidad.

Lanteri –quien por esos días tenía 55 años– la había tomado bajo su ala en el Hospital Ramos Mejía. Ella era allí “la única médica del sexo débil” –así es como el diario La Nación calificó tal circunstancia en un reciente artículo de interés general. Y también era la fundadora y líder del Partido Feminista Nacional, del cual la amenazada era una destacada militante.

Esa fue la última vez que se vieron antes de que Dora fuera a refugiarse al Delta de Tigre; específicamente, al hogar de unos tíos. Pero –como ya se dijo– nadie lo sabía, ni siquiera Lanteri. Es que, por consejo de ésta, aquello fue un secreto guardado bajo siete llaves para no correr riesgos. Ninguna de las dos llegó a imaginar que dicha precaución sería un gran error.

LA FLOR AZTECA

El 2 de agosto, un pibe jugaba al fútbol en el parque Tres de Febrero, cerca de uno de los lagos de Palermo, y la pelota se le fue al agua. Acudió en su ayuda un placero que juntaba hojas caídas. El destino quiso que su rastrillo se enganchara con un paquete atado con alambre. En el interior del envoltorio había un torso de mujer.

En otros tres sitios no lejanos fueron encontradas las extremidades, mas no la cabeza ni las manos.

A partir de ese momento empezó a correr sobre el asunto un río de tinta.

Tal hallazgo coincidió en el tiempo con un espectáculo que convocaba multitudes en un teatro de la avenida Corrientes: “La Flor Azteca”. Se trataba de una cabeza decapitada que, en realidad, era de cera, la cual permanecía en una caja de vidrio y simulaba hablar mediante una ilusión visual articulada con un juego de luces y espejos. La cuestión es que el imaginario colectivo empezó a asociarla con los restos humanos encontrados en el lago.

“¡Es el cuerpo de ‘La Flor Azteca’! Si total no le sirve para nada”, solían bromear los porteños.

Lo cierto es que los días transcurrían sin que la investigación policial –a cargo del comisario Eduardo Santiago– arrojara alguna luz sobre el caso, más allá de haberse determinado que las bolsas y los alambres que fueron usados como envoltorio de las partes anatómicas provenían de un corralón situado en Flores. Y tales trozos seccionados –según los forenses– corresponderían a una persona de entre 25 y 30 años con una estatura calculada en 1,75.

Pero se desconocía su identidad. Una incógnita que, como es lógico, se extendía hacia la del descuartizador.

En tanto, la doctora Lanteri masticaba una funesta presunción: ¿acaso se trataba de Dora?

Esa hipótesis la desvelaba. Pero un sexto sentido la disuadía de efectuar la denuncia, ya que el nexo entre algunos policías y la Legión Cívica podría empeorar las cosas, en caso de que la enfermera estuviera sana y salva.

De modo que acudió a su amiga, Salvadora Medina Onrubia, la esposa anarquista del director del diario Crítica, Natalio Botana.

Ella la contactó con Gustavo Germán González, quien allí se encargaba de la sección policial.

El tipo –que firmaba sus artículos “GGG”, casi como una risa– poseía cierta expresión de pesadez. Pero se mostró muy receptivo.

–Vea, señora –le dijo tras digerir el relato vertido por ella–, esta gente hace daño para amedrentar al prójimo. Ocultar la identidad de sus víctimas no tiene para ellos mucho sentido.

Entonces exhaló el humo del toscano que fumaba y remató:

–Pero uno nunca sabe…

La doctora lo escrutó con una pizca de desconcierto. Pero el periodista merecía su confianza, porque entre sus hazañas estaba el hecho de haber rescatado de la injusticia a personas inocentes.

Al respecto, resaltaba la vez que, en 1926, disfrazado de plomero, GGG se coló en la morgue para develar la verdad de un crimen que por aquellos días conmovía al público: el del concejal de la UCR, Carlos Ray, que murió al ser asaltado, aunque los investigadores creían que quizás había sido envenenado, y que después le dispararon un balazo para fraguar la causa de la muerte, en el marco de un drama “pasional” –como se decía por entonces–. Tal hipótesis tuvo a su pareja, María Poey de Canelo, bajo sospecha.

La tarde de la autopsia, Crítica develó el enigma con un explosivo titular: “No hay cianuro”. Esa frase se convirtió en un latiguillo popular y hasta se puso de moda un tango bautizado así.

Lanteri continuaba con los ojos clavados en aquel hombre, que se puso de pie para acompañarla hasta la salida de la redacción.

–Cualquier novedad, le aviso –fue su frase de despedida.

Dos semanas después, Lanteri recibió una llamada telefónica. Desde el otro lado de la línea se oía la inconfundible voz de GGG.

–Vea, señora, le voy a dar una primicia que aún no la tiene ni la policía.

Lanteri enmudeció, mientras GGG proseguía:

–Casi siempre hay una delación en estos casos –dijo muy enigmático.

A continuación amplió el concepto, revelando que había sido visitado por una cuñada del presunto homicida, atormentada por la culpa.

En este punto, Lanteri no pudo más:

– ¡Se trata de Dora! ¡Dígalo de una vez!

El tono de GGG continuó inmutable. Con ese tono le relevó la verdad del caso: la víctima resultó ser Virginia Donatelli, de 27 años (la misma edad que Dora) y su asesino fue Julio Bonini, un amante despechado.

Tras un instante de silencio, GGG oyó que Lanteri le decía:

–O sea, la mató por ser mujer.

A GGG le pareció correcta la idea y le dio la razón.

Así fue conceptualizado lo que bien podría considerarse como el primer femicidio mediático de la historia policial argentina.

El tal Bonini fue arrestado horas después.

A la semana, Dora Almaraz reapareció en los sitios que solía frecuentar.

Ella falleció por causas naturales en 1962.

En cambio, Julieta Lanteri murió el 25 de febrero de 1932, después de ser atropellada por un automóvil.

Dicen que la Legión Cívica no fue ajena a ese “accidente”.

Pero esa ya es otra historia.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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