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El universo por el ojo de la cerradura

El gran artista argentino se expresó sobre su obra, su pensamiento y sus inquietudes en numerosas entrevistas, manuscritos y papeles personales que un libro recopila como testimonio para la posteridad.

La admiración que despierta el genio convierte las vidas privadas de los seres excepcionales en objeto de curiosidad. Antonio Berni responde: “Ser artista no equivale a estar encasillado en una especulación abstracta específica, fuera del mundo natural que nos rodea”. El libro Berni. Escritos y papeles privados (Temas Grupo Editorial, 1999), cuya edición estuvo a cargo del curador Marcelo Pacheco, reúne fotografías, bocetos y manuscritos del artista rosarino, y también su palabra, sus pensamientos, sus reflexiones sobre temas como la familia, el arte, la política, recopilados a partir de entrevistas que dio para distintos medios, de documentos y de cartas personales.

En una oportunidad, invitado al Jockey Club (se conserva un manuscrito de su discurso, sin fechar), Berni contó que nació en 1906 y que cuando cumplió cinco años, en mayo de 1910, “el cometa Halley pasaba por nuestro cielo como presagio de futuros y graves acontecimientos”. Era la época del Centenario, y la Argentina, un país todavía próspero en el conjunto de naciones, pero desigual hacia adentro.

“Concurrí un tiempo corto a una escuela primaria particular del barrio –recordó el artista en esa ocasión– (…) Nuestro maestro tenía un método pedagógico muy personal. Manejaba un puntero elástico y delgado como un mimbre. Parados con los brazos tendidos y en cada mano juntos y en punta todos los dedos, debíamos contestar rápido y sin equivocarnos a sus preguntas; de lo contrario, con una rapidez de rayo, nos castigaba con la vara la punta de los dedos”. Esos dedos, los de Berni, pronto pintarían mil mundos.

El pintor evoca su infancia en una entrevista que la revista Crisis publicó en noviembre de 1986, a cinco años de su muerte, con el título “Berni x Berni”: “El traslado desde la casa de mis padres en la ciudad hasta el campo de mis abuelos, en cuyas manos me dejaban largo tiempo, al principio producía en mi alma cierto desgarramiento (…) En los momentos de mis tétricas crisis infantiles con sus superaciones y caídas bruscas, el abuelo me servía de segura protección y refugio. Me apoyaba llevándome a su lado y, quizá, comprendiendo mi estado por analogía con el suyo, de hombre arrancado por necesidad de su terruño montañés, del cual, creo yo, sentía la nostalgia y la angustia de no poder verlo jamás. En esos momentos lo quería más que a mi padre”.

Es que el mundo es inmenso a los ojos de la niñez: “En la ciudad me distraía jugando o disputando con mis compañeros del barrio, siempre encerrado dentro de las perspectivas de las calles y de las casas. El cansancio físico de haber jugado violentamente, o la inquietud de haber hecho travesuras o haber tramado una conspiración, llenaba mi psiquis infantil no más allá del mundo familiar. En campo abierto me enfrentaba con otra realidad, con otros sueños en la soledad, y en la infinitud del espacio intuía una misteriosa cuarta dimensión”.

Sobre la muerte, la mirada implacable del ateo: “Mi abuelo duerme en el cementerio de Roldán (…) La última vez que visité el lugar, miré además de la placa de mi abuelo, la de mi madre y las de mis tíos allí sepultados. A mi abuelo lo imaginé momificado, mirándome con sus ojos celestes; pero la realidad me dijo que él y los demás ya no eran otra cosa que huesos sueltos entre maderas podridas de los ataúdes, si algún resto de ellos habían dejado los gusanos de la tierra”, publicó la revista Crisis en 1986.

DURANTE EL ARTE

La conexión con el mundo y la observación sagaz son parte fundamental de la sensibilidad artística. Así se lo confió Berni a José Viñals, en una extensa entrevista publicada en 1976: “El artista, el escritor, tienen que estar en la calle y meter la calle en los libros y en los cuadros. Además, en la calle también está la mentira, y algunos no ven más que eso. O no quieren ver más que eso (…) Especialmente la calle medio a Juanito Laguna y a Ramona Montiel. Son personajes urbanos. Por supuesto, están las calles del centro y las calles del suburbio. A mí me han alimentado y me interesan más las calles del suburbio”.

Sobre sus años formativos en el Viejo Continente, agregó: “Mi período de permanencia en Europa no fue de tanta duración como para hacerme olvidar mis vivencias originales, las de la realidad de mi país y de mi tiempo. Por otra parte, aun viviendo en París, yo no me desvinculé nunca de la Argentina y, en general, de los problemas de América latina”.

En un manuscrito titulado “Sustancialmente” y fechado el 13 de septiembre de 1947, Berni apuntó: “No existe arte bueno o malo en sí, pues su valor lo crea directamente el que mira. El arte de una época es el arte de la clase dominante que siempre mira con los ojos de su gusto, de sus intereses espirituales. Ella establece lo lícito e ilícito en el arte (…) El arte lo crea el hombre, y por lo tanto es con relación a él que existe”.

Y cuando le tocó participar como delegado argentino en el Encuentro de Artistas Plásticos del Cono Sur, en Santiago de Chile, el 4 de mayo de 1972, sostuvo, acorde con los tiempos que corrían: “La generosidad revolucionaria de la mano tendida, de los brazos abiertos, cuyo mejor ejemplo es Cuba, ha sufrido, en algunos casos, reveses retumbantes, sea por inadaptación política, ideológica o por simple traición de ciertos intelectuales, de adentro y de fuera, hospedados con todos los honores, con frecuencia inmerecidos. No comprenden estos que los cambios no pueden acelerarse más allá de lo permitido por la máquina estatal conquistada, que no se puede construir de la noche a la mañana la Arcadia cultural falsamente imaginada (…) La Revolución Popular, en sus comienzos, sólo crea las condiciones favorables, antes inexistentes, de un devenir de dimensión humana; de progreso, de moral, de justicia y de cultura”.

También en la entrevista con Viñals se refirió a su propio arte: “Estoy haciendo una pintura inconformista y que cuestiona un mundo, una realidad. Ahora, que yo sea un artista revolucionario no es un juicio que a mí me corresponda hacer. Yo estoy haciendo naturalmente lo que hago, sin detenerme a pensar si soy o no revolucionario. Eso ya lo decidirán otros, la historia misma, en último caso”.

Escrito por
Cecilia Fumagalli
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Escrito por Cecilia Fumagalli
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