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El señor de los dragones

Residente en Barcelona, el argentino Ciruelo Cabral es conocido en el mundo por sus ilustraciones de criaturas extraordinarias y, también, por sus Petropictos, dibujos realizados sobre piedra, en los que despliega las destrezas de su genio creativo.

Desde que en los albores de la década del 90, publicó El gran libro del dragón, un volumen de ilustraciones y textos cortos dedicado a esa criatura legendaria omnipresente en tantas mitologías, el argentino Gustavo “Ciruelo” Cabral se convirtió en referente internacional del Fantasy Art, un género que conjuga la épica bárbara a la Conan, con los universos fantásticos.

Largamente residente en Stiges (Barcelona), contribuyó con su obra a producciones del director de cine George Lucas e ilustró tapas de discos para sus admirados Steve Vai y Luis Alberto Spinetta. Su trabajo también puede apreciarse en cartas coleccionables para juegos de rol y en publicaciones como Heavy Metal y Playboy, además de ingresar a galerías de arte de Europa y Nueva York con los Petropictos, una exclusiva técnica de pintura sobre piedra. 

De todo eso, se extendió en respuestas en su hogar en la montaña con vista al mar, y de mucho, muchísimo más, incluyendo el insólito daltonismo de un mago de la combinación de colores.

–¿Cuáles son tus primeros recuerdos vinculados al dibujo y quiénes fueron tus primeros maestros?

–Dibujo desde que tengo memoria. Habré empezado a garabatear con lápices desde los dos o tres años y nunca paré. En la escuela primaria ya destacaba en la clase de dibujo y ahí tuve mis primeros maestros de arte. Si hablamos de maestros “virtuales” debo citar a los dibujantes de las historietas de Patoruzú y de las revistas Anteojito y Billiken como influencias de mi niñez. Fui un gran lector de revistas y libros desde muy temprana edad y esa era una fuente de inspiración muy fuerte para mí. Hice mi escuela secundaria en el Fernando Fader (CABA), donde me encontré con verdaderos profesores de arte que me prepararon para poder trabajar en cuanto egresé, a los 18 años.

–¿Influencias, referentes, que hayas tomado como modelo?

–En la adolescencia tuve muchos mentores en el arte: Roger Dean, Frank Frazetta, Moebius, Juan Oreste Gatti, Horacio Fontova, etc. Pero la lista de artistas inspiradores incluye también a escultores, directores de cine, escritores y músicos como Luis Alberto Spinetta. Muchos y muy diversos fueron los artistas que encendían mis visiones más profundas.

–¿Cómo descubriste tu daltonismo? ¿Generó alguna reacción incómoda en jefes o potenciales clientes que prejuzgaron tus aptitudes para el rubro visual?

–Fue en el primer año de secundaria que alguien se refirió a mi confusión con los colores como daltonismo. Antes nunca había oído esa palabra. Y sí, esta condición me generó muchos problemas al comienzo de mi carrera cuando trabajaba mucho para agencias de publicidad, donde los colores deben ser muy precisos. Sin embargo, mi pasión era el arte fantástico desde siempre y en ese campo la paleta de colores es menos estricta, así que mi daltonismo representaba otro motivo para buscar dedicarme por completo al arte fantástico. A lo largo de mi profesión desarrollé técnicas propias para componer mis paletas de colores. Al parecer, funcionan, aunque la elección de colores para mí siempre supone un gran esfuerzo.

–¿Cuándo y con qué idea decidiste emigrar a España?

–En 1987 me instalé en España porque estaba decidido a dedicarme por completo al arte fantástico y el mercado en la Argentina era muy chico. Podría haber seguido trabajando para publicidad y haber ganado mucho dinero, pero mi pasión por el arte fantástico era muy fuerte como para desoírla. A través de un agente de artistas de Barcelona trabajé para Alemania, Suecia, Inglaterra, etc., y finalmente entré al mercado de Estados Unidos desde principios de los 90, que por supuesto es el mercado más grande. Hace treinta años que no trabajo para España, pero decidí quedarme a vivir aquí porque me gusta el estilo de vida para mi familia. Lo lógico hubiese sido mudarme a Estados Unidos para estar cerca de las grandes oportunidades, pero preferí la paz del Mediterráneo.

–¿Qué vínculos mantenés con la Argentina?

–Siempre volví a la Argentina al menos una vez al año participando en convenciones, ferias y exposiciones. Me gusta compartir mis experiencias con los artistas argentinos para mostrarles que es posible triunfar en el mundo. Con ese fin suelo dar charlas en escuelas y en toda clase de eventos a los que me invitan. Cierto es que cada vez se hace más difícil organizar cosas en la Argentina, pero seguiré intentando mantener mi presencia allá.

–Los dragones, la épica fantástica, ¿de dónde surge ese mundo?

–Desde siempre me fascinó todo lo mágico y lo fantástico en la literatura, los dibujos y el cine. Era una pasión que me llevaba a intentar labrarme una profesión como artista fantástico. Pero también creo que mi producción tiene que ver con una intensa vida interior, lo que se traduce en tener una gran imaginación o, como me gusta explicarlo, tener la capacidad de visionar otras dimensiones donde habitan infinidad de seres. Entiendo la realidad como una sucesión de dimensiones paralelas y simultáneas, que es como la entendían todas las culturas antiguas, por eso en mi trabajo reflejo la cosmovisión de Tehuelches, Mapuches, Incas, Celtas, etc. En definitiva, creo que la realidad es mucho más rica de lo que nos han contado y estoy dispuesto a explorarla en su totalidad. Con respecto a los dragones, me resulta muy enigmático ver que estén presentes en casi todas las culturas ancestrales de la tierra, en Asia, Mesopotamia, Egipto, Europa y la América precolombina, y la lista sigue por todas las culturas de un modo muy sincrónico y misterioso, y mi curiosidad me empuja a investigar y a representarlo en mi arte.

–En tus Cuadernos (de viaje, de magia) también escribiste los textos.

–Haber leído tanto desde la infancia hizo que la escritura fuera otro medio de expresión para mí, y uno muy complementario con los dibujos. Es muy común que mientras dibujo un personaje o una escena se me ocurran ideas que sólo pueden ser escritas, del mismo modo que hay ciertas ideas que sólo pueden expresarse a través del dibujo o la pintura. Si bien no pude dedicar mucho tiempo a la literatura para depurar la técnica como sí lo hice con el dibujo, pude escribir varios libros para contar las historias que quería contar. Siempre digo que mis mejores planes para el futuro son seguir pintando y escribiendo, aunque el formato de libro físico está condenado a la extinción.

–Tu familia forma un equipo de trabajo, comenzando por tu mujer, ¿no?

–Sí. Mi mujer, Daniela, me acompaña desde hace 37 años y es una ayuda fundamental en mi producción artística ya que se encarga directamente de un montón de cuestiones importantes. Con ella fundamos en 1997 nuestra editorial, DAC Editions, con la cual publicamos libros y láminas con mi material. Mis hijos, que ahora tienen 19 y 23 años, han crecido ya dentro del concepto de “arte en equipo”. Siempre viajamos los cuatro juntos a convenciones y exposiciones donde estamos en contacto con otros artistas que se manejan de la misma manera. Así que fue muy normal para mis hijos desarrollar carreras artísticas en las cuales cuentan con el apoyo familiar. Este era uno de mis principales objetivos de vida ya que la familia y el arte forman una combinación muy importante para mí.

–¿Cuál es el lugar de la música en tu vida?

–La música fue una vía altamente inspiradora para mí. El sonido golpea directamente al cuerpo y al alma y eso dispara el arte más primordial en el ser humano. Desde muy chico toqué la guitarra y a los 16 años armé una banda de rock visualizando un intenso futuro como músico. Pero a los 23 me di cuenta de que mi profesión como artista visual estaba desplazando definitivamente al rockero que había en mí. Desde ese momento sólo toco en mis pocos ratos libres para mí mismo. Tuve la oportunidad de grabar muchas bandas sonoras que suenan en mis exposiciones y durante la cuarentena hicimos unos videoclips con mis hijos donde unificamos varias artes: fotografía, videoarte, danza y música.

Retrato de Steve Vai, tapa de su disco The Seventh Song.

CANTO RODADO

“Siempre fui un apasionado de las piedras –prologa Ciruelo el particular descubrimiento del arte de los Petropictos–. Cuando volvía a mi estudio después de algún paseo por la naturaleza siempre me traía alguna piedra que me gustaba por su forma o su textura y la ponía en algún lugar visible. Un día de 1995 simplemente me puse a pintar una piedra porque había visto una imagen en ella y a partir de ahí pinté miles. Me di cuenta de que siempre había tenido la habilidad de interpretar las formas de las piedras. Para mí, es natural ver formas en los relieves y en las texturas que tienen y lo aprovecho para conseguir una obra tridimensional sólo a través de la pintura. Esto está relacionado con mi daltonismo porque la falta de sensibilidad con el color se compensa con una mayor apreciación de los valores de grises y veo las formas de manera realzada. De algún modo mantengo un diálogo con las piedras y con la memoria que ellas almacenan encontrando así a los personajes que pinto. No había visto nada parecido a esta técnica cuando la descubrí, y después de haber expuesto mis Petropictos en muchos países, muchos artistas se inspiraron y desarrollaron su pintura sobre piedras. Sin embargo, sé que esta era una práctica normal para la mayoría de las culturas del pasado que daban mucha importancia a las formas que veían en su entorno al momento de construir sus poblados. La habilidad de relacionar figuras a las formas aleatorias de los elementos del entorno se llama pareidolia.”

–¿Cómo es el proceso de elaboración de una obra y cuándo sentís que está concluida?

–El proceso de creación de un Petropicto es impredecible. Algunas veces, al mirar una piedra descubro una figura inmediatamente, la pinto en un par de horas logrando un gran resultado visual. Otras veces, miro una piedra durante horas y no le veo nada que valga la pena y termino descartándola. A diferencia de las pinturas sobre tela, donde suelo exagerar poniendo muchas capas de pintura, en los Petropictos intento pintar lo menos posible para respetar al máximo la forma y el color natural de la piedra. Trato de conseguir mucho efecto con pocas pinceladas.

–¿Cuánto cotizan en el mercado y quiénes son sus compradores?

–Algunos Petropictos se vendieron por 200 dólares, otros por 20.000, y tengo algunos en mi estudio que no los vendí ni siquiera ante una oferta de 50.000 dólares. Los compradores son muy variados. Durante un largo período en los 90, vendí muchísimos a través de una galería en Nueva York. También en exposiciones y en convenciones en diferentes países. Varios se vendieron online y muchos a coleccionistas que visitan mi estudio/casa. En general, es gente que aprecia el arte y que se ve sorprendida por la originalidad de la técnica.

–¿Qué características buscás y/o encontrás en una piedra en bruto para trabajar en ella y en qué lugares hacés la recolección?

–Vivo en la cima de una montaña frente al mar y por eso tengo toda la materia prima que necesito. Las piedras de montaña son muy diferentes de las piedras de la orilla del mar, y cada una me ofrece características propias muy interesantes. Cuando voy a buscar piedras simplemente las observo tratando de ver algo y sólo recojo aquellas que ya me mostraron alguna figura. Mucha gente después de ver alguna exposición de Petropictos pone más atención a las piedras y algunos me traen alguna piedra de sus viajes. Eso para mí es una satisfacción extra porque me confirma hasta qué punto el arte puede cambiar la percepción de la gente.

–Finalmente, un poco en broma y otro poco en serio, ¿qué le dirías a un dragón si te lo encontraras a la vuelta de una esquina?

–Le diría que tenga un poco más de paciencia con los humanos porque muchos son conscientes y respetuosos de la naturaleza y van a ayudar a mentalizar a otros para que valoren la vida de las demás especies. Que yo confío en que llegará el momento en que caerá la venda de los ojos de esta civilización y se descubrirá que hay muchísima más vida en el planeta de lo que nos enseñaron, tanto en el plano material como en planos más sutiles.

Escrito por
Oscar Muñoz
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