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Los ojos puestos en Haití

NOTICIAS ARGENTINAS JULIO 7: El presidente de Haití, Jovenel Moïse, fue asesinado este miércoles a tiros por un grupo de hombres armados que irrumpió en su residencia privada en el barrio de Pelerin de Puerto Príncipe. Foto NA: presidencia de Haiti

El magnicidio de Jovenel Moïse puso la atención sobre el país más empobrecido del Caribe y llama a buscar los orígenes de la debilidad institucional que lo caracteriza y sobre los intereses en juego que ejerce la injerencia extranjera sobre territorio.

Nosotros los sobrevivientes,/ ¿A quiénes debemos la sobrevida?/ ¿Quién se murió por mí en la ergástula?/ ¿Quién recibió la bala mía?/ ¿La para mí, en su corazón? Roberto Fernández Retamar

El asesinato del presidente haitiano Jovenel Moïse se enrola en una larga cadena de hechos que implican revisar la historia de uno de los países más empobrecidos del Caribe.

El 1º de enero de 1804, Haití declaró su independencia y Jean-Jacques Dessalines se convirtió en su primer gobernante, primero como gobernador general, y después como el emperador Jacques I de Haití, título que él mismo se asignó.

Lo cierto es que el general Jean-Jacques Dessalines fue el libertador de la República de Haití, primer y único país que logró hacer, el 18 de noviembre de 1803, la revolución social más completa de la historia mundial: una revolución antirracista, antidiscriminatoria y antisegregacionista encabezada por esclavos.

Tras este acontecimiento, los colonialistas se ocuparon de recolonizar nuevamente el territorio de Haití, como bien escribió Jean Louis Vastey, canciller durante el reinado de Henri Christophe.

La historia de intromisión internacional a la pequeña nación caribeña tiene unos cuantos años. Para comprender el presente, es preciso viajar al pasado. En 1825, se le impone a Haití una deuda manu militari por una escuadra francesa bajo el mando de Jean-Pierre Boyer. Este pago bajo extorsión obligó al pueblo haitiano a endeudarse de manera extraordinaria. Los colonizadores se cobrarían en dinero, durante décadas, los valores relativos a cada esclavo manumitido y a cada plantación expropiada y destruida.

La propuesta de Francia no era sólo papel: la potencia europea envió un escuadrón de catorce barcos de guerra, tipo bergatines, cargados con al menos quinientos cañones, bajo el mando del barón de Mackau, quien tomó la costa de Puerto Príncipe a mediados de 1825, con un mensaje claro: la posible restauración de la esclavitud.

En 1838, rebajando la deuda a 90 millones, tras un escandaloso “tratado de amistad”, Haití, ue había luchado durante muchos años para liberarse de la tutela y la esclavitud francesas, pagó la sanción a sus antiguos colonos, condenando a generaciones de haitianos al peso de una deuda ilegítima. Hasta el último centavo. El silencio acompaña a Haití. Un país que ocupa la parte occidental de una isla compartida con la República Dominicana; el país más empobrecido de América. Sólo los vientos, los huracanes o los temblores causados por los terremotos parecen ser capaces de sacudirlo.

Esa injerencia continuó hasta nuestros días, atravesando un proceso de deudas impuestas injustamente desde Francia y los Estados Unidos. Nunca le perdonaron a Haití la única revolución antiesclavista del mundo.

LA MINUSTAH, EL NOMBRE DEL MAL

La Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) desembarcó en 2004, desplegando 6.700 militares de los llamados “Cascos Azules”, además de 1.622 policías de civil para restablecer el orden. Tras el terremoto de 2010, en Haití surgió un brote de cólera, que no se había registrado en el país en más de un siglo, que causó la muerte de más de 10.000 haitianos entre agosto y octubre de ese año.

Este montaje causó estragos en Haití. La Minustah es un laboratorio de supuesta ayuda humanitaria, que sólo quiere controlar, dominar y recolonizar la isla una y otra vez. De hecho, este organismo fue parte de los desajustes electorales en el país.

Poco tiempo después, se conocieron evidencias que apuntaban a que el cólera había sido llevado a Haití por las propias fuerzas de la Minustah, arrojando materia fecal contaminada a las aguas corrientes, que es el agua que la población consume. También hay denuncias por violación de los derechos humanos. Un borrador de un informe de la ONU mostró que en 2015 efectivos uruguayos de Cascos Azules tenían como práctica el intercambio de ayuda humanitaria por sexo en Haití y Liberia.

La Minustah fue remplazada por la Oficina Integrada de las Naciones Unidas en Haití (Binuh). En ese contexto, se viola el capítulo 7 de Naciones Unidas que dice que esas fuerzas se pueden desplegar en caso de amenaza de “paz”. El punto principal es controlar el Caribe: con el crecimiento de la producción industrial en Asia, el Caribe se convirtió en un espacio muy importante de tránsito de mercancías. Además, el mar Caribe es una reserva de recursos biológicos y una de las reservas de mano de obra barata más solicitadas por los Estados Unidos y el resto del mundo. La presencia de paraísos fiscales hace de Haití un país central en el manejo de ilícitos en las relaciones geopolíticas de América Central.

A pesar de la permanente injerencia extranjera y de la crueldad con que se trata al pueblo haitiano, el Caribe es sinónimo de rebeldía, con una fuerte presencia de hombres y mujeres que no están dispuestos a ser de nuevamente esclavizados. Hubo dos revoluciones importantes en el Caribe, la de Haití (1804) y la de Cuba (1959), que demostraron que se puede vivir sin estar bajo el dominio colonial. Como escribe Atilio Boron, la inmensa riqueza producida por el trabajo de muchos hombres y mujeres genera un excedente de capital que, para que no se diluya, requiere de su colocación en los más apartados rincones del planeta. Así comienza un febril proceso de “reparto del mundo”.

RETRATO DE UN CIPAYO

Del magnicidio de Jovenel Moïse, se sabe que participaron 28 sujetos: dos estadounidenses –James Solages y Joseph Vincent– y 26 colombianos, militares retirados de las fuerzas armadas de Colombia, según las versiones del ministro de Defensa de ese país.

¿Quién era Jovenel Moïse? Había llegado a la presidencia de Haití como representante del Partido Haitiano Tèt Kale (PHTK), de centroderecha y liberal, heredero del duvalierismo aún presente entre las clases dominantes haitianas. Una de sus promesas de campaña en 2015 fue la promoción de la agricultura bioecológica como motor económico para el país, cuya población rural está por encima del 50 por ciento. Otro de sus caballitos de batalla fue la idea del éxito personal, basado en su origen rural y en los méritos propios. Tras una campaña complicada, que tuvo el 18 por ciento de participación, lo que reflejó el agotamiento y el descreimiento de la sociedad, Moïse resultó electo. Su contrincante, Jude Célestin –de la Liga Alternativa por el Progreso y Emancipación Haitiana (Lapeh)– lo acusó de fraude y se negó a participar de una segunda vuelta.

Una vez asentado en el poder, Moïse comenzó a ganarse el desprecio de los sectores populares, medios y de alguna parte de la burguesía local.

En julio de 2018, miles de haitianos salieron a las calles para pedir la renuncia del presidente por no investigar las acusaciones de corrupción en torno de Petrocaribe, un programa energético subsidiado por Venezuela. La crisis energética que vivió el país marcó el punto de no retorno para una sociedad harta de la corrupción y el abuso de poder de Moïse. La situación recrudeció cuando el presidente decidió salir de Petrocaribe, por presión de Estados Unidos, que mantiene un bloqueo sobre Venezuela, impidiendo que arribara a puerto haitiano el cargamento de combustible. Recordemos que en 2019, Juan Guaidó se autoproclamó presidente de la República Bolivariana de Venezuela, otro golpe blando en manos de las políticas de guerra de los Estados Unidos.

Las subas del combustible, que por recomendaciones del FMI el gobierno haitiano dejó de subsidiar, la inflación, la devaluación de la moneda, los altos niveles de desempleo y la feroz desestabilización económica generada por el aumento del combustible, sumados a la falta de alimentos y de escolaridad, el funcionamiento interrumpido en los centros de salud y otras irregularidades cometidas por la gestión de Moïse, más ilícitos como el crimen organizado y la presencia de bandas armadas, recrudecieron con los levantamientos populares y los reclamos de destitución. En consecuencia, Moïse se une cada vez más al núcleo duro de Donald Trump y a la OEA.

Tras el asesinato de Jovenel Moïse, las calles están vacías y la población se encuentra a la expectativa de saber qué pasó. El presidente asesinado había cumplido su mandato el 7 de febrero de este año, aunque él alegaba que todavía le quedaba un año de gobierno. En este marco, el vacío institucional es enorme. El estadounidense Joe Biden expresó que está “listo para ir a la ayuda de Haití” y el colombiano Iván Duque pide a la OEA que intervenga en Haití, cuando ya se sabe que la infiltración paramilitar vino desde Colombia y los Estados Unidos. De hecho, los detenidos por el magnicidio son colombianos y estadounidenses. La injerencia de las Naciones Unidas en el territorio haitiano es de una crueldad inusitada, dado que en vez de ayudar terminó perjudicando al país.

Estas injerencias fueron de usurpación y violencia, y no permiten en definitiva que haya un proceso democrático real. En Haití hay espacios de construcción política y hay resistencia. Se trata de un país que tiene en su historia un acontecimiento central: el levantamiento de esclavos en contra de sus amos y una revolución que determinó la independencia del continente americano. Por eso Haití se hace necesaria y urgente, en estos tiempos difíciles, en los que Centroamérica y el Caribe vuelven a estar en el centro de la ofensiva estadounidense.  Estamos ante la presencia de un segundo Plan Cóndor, con paramilitares, infiltrados, narcotraficantes, y se configura una guerra híbrida que en los últimos años se expresó en hechos tales como el golpe de Estado en Honduras, los intentos de derrocamiento de Rafael Correa, el golpe de Estado contra Evo Morales, el asedio a Nicaragua y a Venezuela, el aletargado reconocimiento del triunfo de Pedro Castillo en Perú y el recrudecimiento de las agresiones a Cuba.

El sueño de la Patria Grande debe ser inclaudicable de independencia, de no rendirse ante un proceso permanente de recolonización. Debe ser el abrazo al hermano amado, al hijo más deseado, el amor a la tierra y a los desposeídos.

Escrito por
Silvina Pachelo
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