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NOSTALGIA DE BARRIO Y UN GLOBO EN EL CORAZÓN

Homero Manzi era tan fanático de Huracán que hasta estuvo en la inauguración de su estadio. Pensaba que la identidad de la ciudad estaba en los libros de actas de sus clubes.

Huracán nació en barrio de tango, guapos y poetas.

Pompeya alentó sus primeros pasos, Soldati le fue siempre fiel, pero como un barco amarrado al puerto de sus amores, el Globo está unido al barrio que se convirtió en su lugar en el mundo, Parque de los Patricios.

En una imaginaria confrontación poética, Huracán sería maradoniano. Homero Manzi, Horacio Ferrer y Julián Centeya se convertirían en una línea media difícil de superar. Ferrer definió a Huracán como “una suerte de figurín entrañable de club porteño, bohemio, tanguero, fino y atorrante”, y Manzi le dedicó un texto, en su inigualable prosa poética, que denominó “Treinta años de recuerdos alrededor de un Globo”.

Ese artículo lo publicó el diario Critica en su edición del 8 de septiembre de 1947, un día después de la inauguración del estadio que hoy lleva el nombre de Tomás Adolfo Ducó. Manzi estuvo en ese partido en el que Huracán derrotó a Boca Juniors. Imposible no transcribir el primer párrafo, suerte de partida bautismal de su fe quemera: “Los arqueólogos se empeñan en hacer la cuenta exacta de las ciudades superpuestas a lo largo de sucesivas civilizaciones. Ayer, sentados en las butacas de Huracán, sin querer, hacíamos nuestra arqueología sentimental, superponiendo en el recuerdo las distintas canchas del Club de Parque de los Patricios, que nació bajo el símbolo de aquel globo ausente –que llorará todo Buenos Aires– y que tuvo como presidente honorario a Jorge Newbery, el príncipe de los deportes argentinos, aquel de la sonrisa triste y la muerte gloriosa”.

Manzi nació en Añatuya en 1907. Santiagueño por nacimiento y por amor, como le gustaba decir a él. Su familia llegó a Buenos Aires entre 1911 y 1912 y se instaló en la calle Garay 3251, a pocas cuadras del Parque de los Patricios que había sido diseñado por el paisajista francés Carlos Thays. Concurrió a una escuelita de la calle Humberto 1º y entre sus 13 y 16 años fue al Colegio Luppi, que estaba ubicado entre las calles Esquiu, Tabaré (antes Oeste) y Lanza (actualmente Homero Manzi).

Esos son los tiempos de su romance con el Globo, tiempos en que anida en su corazón el amor por esa camiseta. Tiempos del “amor escondido en un portón”, tiempos sobre los cuales va a volver nostálgicamente en sus más recordados poemas.

Entre los fundadores del Club Huracán, la mayoría eran alumnos del Colegio Luppi, románticos que quisieron ponerle por nombre Verde Esperanza y Nunca Pierde. Fue un librero el que les aconsejó cambiar por un nombre más breve para que fuera más económico el sello que le estaban encargando. Manzi, en el Colegio Luppi, en esa década dorada en que el Globo conquistó siete estrellas, festejó los campeonatos de 1921 y 1922.

En el texto citado, Homero repasa esos treinta años de recuerdos, se instala en sus diez años y en el equipo de Huracán de 1917 –por eso treinta años– y sentidamente recorre el nombre de amigos y jugadores de esa época, como cuando escribe que “ya no corría sobre la línea lateral de la cancha el Ruso Chavín, con el pañuelo colgado del bolsillo trasero de su largo pantalón azul”.

“La historia de los barrios porteños está escrita, sin duda alguna, en los libros de acta de los clubes de barrio”, arremete Homero, y nos deja el mensaje de que “al Globo rojo sobre campo blanco –heráldica suburbana– están adheridas las cosas del barrio, y los cafetines del barrio, y los baldíos del barrio, con melancólicas suturas”.

Con motivo del centenario de su nacimiento, el 1º de noviembre de 2007 publicamos en Huracán un fascículo dedicado a Homero Manzi que tuvo el auspicio de la Secretaría de Cultura de la Nación, el Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires y también del Instituto Histórico de la Ciudad. Se imprimieron 5.000 ejemplares de distribución gratuita. Se repartieron en el acto realizado en la Comuna 4, de Centenera 2906, a metros del Luppi y de la esquina inmortalizada en el tango “Manoblanca”, Centenera y Tabaré, y en el partido nocturno que el 10 de noviembre se llevó a cabo entre Huracán, que hizo de local en el estadio de Argentinos Juniors, y River Plate.

Al acto en la Comuna 4 asistió Acho Manzi, único hijo de Homero, que fue testigo del amor de su padre por el Globo. Reunidos, días después en el negocio de un amigo común, Aldo Caruso, me relató anécdotas y momentos vividos, y me dibujó y firmó un adorno que su padre tenía siempre en un lugar de privilegio: un alambre, sobre una base de madera, sostenía la figura de una pelota, también de alambre, que en el centro tenía una H en rojo. Recordó un viejo carné de socio y me confesó que cuando él tenía sólo cinco años se mudaron a Oro y Avenida del Libertador, por lo que tuvo siempre su corazón futbolero dividido, pero en ese momento sentía que volvía a ser totalmente de Huracán.

Julián Centeya decía: “A esta ciudad no la fundó ni Mendoza ni Garay, a Buenos Aires la fundamos Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y yo”, y es quizás por eso que a los quemeros se nos hace cuento que en el grito de gol que atraviesa el tiempo somos uno con Homero, que hizo, como nosotros, de nuestra camiseta identidad y bandera.

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