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“Todo pasado es un lugar imaginado que sólo puede ser recreado en el presente”

Con una trayectoria que excede las dos décadas, el artista plástico Alejandro Bonzo está trabajando en una historia del arte argentino a través del rescate de obras, anécdotas y otros recortes de los exponentes que más lo cautivan.

Nació en Buenos Aires en 1976. Se formó en el taller de Pablo Suárez y trabajó como su asistente. Expone desde 1999 y su obra fue reconocida con numerosos premios. Hace meses, Alejandro Bonzo está dedicado a un proyecto relacionado con la historia de los artistas argentinos, que próximamente saldrá a la luz.

–¿Cuándo empezaste a pintar?

–Dibujé desde chico y con la pintura empecé a tener contacto a los diez años, pasé brevemente por un taller de barrio, en algún momento de la adolescencia me distraje un par de años con otras cosas, pero a los 18 retomé. Al poco tiempo, una amiga de mi mamá me recomendó ir a un taller en La Cárcova, que daban Tulio de Sagastizábal y Pablo Suárez los sábados. Ahí me dieron cada vez más ganas de dedicar tiempo a pintar, entonces empecé a ir también al taller de Pablo Suárez en Barracas, durante la semana, donde Pablo daba clases a un grupo y de a poco nos fuimos haciendo amigos. Él estaba empezando a preparar una muestra y un día me preguntó cuánto ganaba en mi trabajo de cadete y me ofreció lo mismo por trabajar como su asistente, cosa que acepté sin dudarlo. Así que de pronto estaba todos los días en este galpón en Barracas y el trabajo de asistente dejaba mucho espacio para poder dedicarme a mis cuadros e ir aprendiendo de las charlas con Pablo. Pablo era de una generosidad auténtica, que pocas veces vi, muy desprendido de lo material, siendo un tipo al que no le sobraba, y lo mismo en sus conocimientos e ideas, sugerencias y recomendaciones. En esa época pasaba mucha gente por su taller, sus amigos y diferentes personas del ambiente del arte. Solían almorzar en La Alemana, un bodegón que está en la esquina de California y Vieytes, allí se juntaban artistas del taller de Barracas, de la Fundación Antorchas, entre otros. Se armaban largas charlas, yo escuchaba y trataba de ir entendiendo un poco de qué iba la cosa. Así estuve un par de años.

–¿Cómo llegó la oportunidad de mostrar tu trabajo?

–En un momento dejé el galpón de Barracas y me fui a pintar a mi casa y recién entonces empecé a producir unos cuadros con cierta coherencia de imagen, porque hasta ese momento habían sido más bien ensayos. Ese distanciamiento de Pablo Suárez me sirvió para despegarme un poco de la mirada del maestro, que era muy pesada. Un año después vino Pablo a visitarme y se entusiasmó con lo que estaba haciendo. Me ofreció volver a usar su taller, ya que el mío era muy chico, y fue en ese período que produje lo que sería mi primera muestra en el Espacio Giesso. En esa época, Leo Chiachio y Gabriela Francone curaban la galería y era un lugar donde muchos artistas jóvenes solían hacer sus primeras muestras. Esto fue en 1999 y al año siguiente Laura Batkis, que curaba unas salas en el Centro Cultural San Martín, me invitó a exponer. Más o menos desde entonces vengo haciendo muestras.

–¿Hay una constante en tu obra ? ¿Cuál es?

–Es algo en lo que siempre estoy pensando, porque en principio la constante parecería ser algo positivo, algo buscado, pero no sé si necesariamente es tan así. Al mismo tiempo parecería haber algo que sí está siempre ahí presente, aunque sea de forma inconsciente. Siempre hice una pintura figurativa, pero también podría decir algo más personal, que es la búsqueda de atmósferas, climas que se dan a través del color. Cuando digo clima también se podría pensar en un sentido meteorológico, en muchos de mis cuadros hay tormentas que acechan o que ya pasaron. También prácticamente siempre se repite un planteo del espacio escenográfico y una iluminación medio crepuscular. En general no hay figuras humanas, aunque muchas veces son entornos donde el espectador las podría proyectar y otras está insinuada la presencia. Durante un período, los paisajes se volvieron más espectrales, fantasías mortuorias, lo que quedó después de un asedio.

–¿Cómo es el proyecto sobre artistas argentinos sobre el que estás trabajando?

–El proyecto al que estoy dedicado actualmente, en cambio, está poblado de figuras humanas. Comencé hace poco más de un año y vengo trabajando sobre la pregunta de qué es lo que significó y significa ser artista en la Argentina, a partir de un cuestionamiento que me hago a mí mismo. Pienso en este proceso como una forma de adentrarme en un lugar donde están en juego las categorías, estereotipos y clichés, y cómo esto parecería condicionar y predisponer mi mirada sobre el arte. El rastreo que hago está centrado en la figura de los artistas en la Argentina. Rescato episodios, anécdotas de la historia del arte argentino, tanto de textos teóricos como diarios de artistas, biografías y catálogos, que me resultan cercanos y vigentes, haciendo foco en las vidas de artistas que me llaman la atención. Estas anécdotas suelen ser más bien secundarias, notas al pie de página. No me acerco con un espíritu nostálgico, sino guiado por esa idea de que todo pasado es un lugar imaginado y que sólo puede ser recreado en el presente.

–¿Cómo se vería o plasmaría el resultado de este trabajo que tiene un trasfondo histórico, narrativo o teórico fuerte?

–El resultado es un conjunto de pinturas y dibujos que se nutren de estos textos. Las pinturas recrean y evocan escenas que surgen de las lecturas, y los dibujos reproducen fuentes con las que me fui encontrando: fotografías de retratos, ámbitos, documentos. Hay una clara intención narrativa en toda la obra, especialmente en las pinturas. Con los dibujos la cosa funciona más como base de datos, sin pretender ser un tipo de búsqueda archivística, sino más bien generar citas que funcionen como contexto o marco referencial en relación con las pinturas. Se podría pensar a las pinturas como una memoria literaria dentro del género del diario íntimo, que se permite ser fragmentario y personal, y a los dibujos ligarlos al archivo como el lugar de resguardo de una memoria histórica y colectiva aparentemente abarcadora. Toda la obra tiene un formato estandarizado vertical y una forma de representación ligada a la ilustración, vinculada a ciertos libros, fascículos coleccionables o enciclopedias, lo que lleva a la idea de álbum y el álbum habla de colección, lo que inevitablemente significa un recorte. Sin embargo, a medida que aumenta el número de imágenes y referencias, va a llegar un punto donde se va a ir perdiendo la referencialidad para ir volviéndose una idea más abstracta y simbólica, por lo menos a eso aspiro.

–¿Cuándo calculás que terminarás con este trabajo y dónde planeás mostrarlo?

–Pienso en un espacio que permita tener una visión completa del conjunto, ya que mi intención es que no haya jerarquías entre las imágenes y buscar la forma en que se relacionen de una manera fluida. El esquema de la cuadrícula parecería ser el más eficaz y me gustaría que el conjunto funcionara como una instalación en la cual el espectador las pueda hacer interactuar entre sí. De todas maneras, el trabajo aún está en proceso y puede demorar más de un año para su finalización, por lo que el espacio aún no está definido. También fantaseo con la posibilidad del formato libro como contenedor natural de este conjunto, que entiendo como una misma obra.

Escrito por
Daniela Lozano
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