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“Las redes sociales se están transformando en una nueva forma de dictadura”

La antropóloga e intelectual feminista Rita Segato reflexiona sobre el impacto social de la pandemia, el funcionamiento de las interacciones virtuales y las herramientas adaptativas que exige la nueva normalidad.

Rita Segato es una reconocida antropóloga e intelectual feminista que desde hace casi tres décadas reflexionasobre la violencia machista. Desarrolló su carrera en la Argentina, pero también ha vivido muchos años en los EE.UU., Venezuela y Brasil, país donde se desempeña como investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas, equivalente a nuestro CONICET. Actualmente reparte su vida cotidiana entre Tilcara, Buenos Aires y Brasilia, y dirige las cátedras Pensamiento Incómodo de la Universidad de San Martín-UNSAM y la Aníbal Quijano en el Museo Reina Sofía de Madrid.

En esta entrevista con Caras y Caretas, Segato merodeó sus temas históricos, pero también tomó rumbos inesperados. Se metió de lleno con cuestiones que afloraron a partir de la pandemia y la cuarentena, y han copado su reflexión. ¿Los tópicos? Las curiosas maneras en que estamos experimentando el tiempo, las sensaciones que nos provoca el distanciamiento de otros cuerpos y las tensiones que se dan actualmente entre la vida doméstica y la vida pública, a partir de que el trabajo formal, la escolaridad y otras yerbas se metieron por Zoom en el hogar.

–¿Cómo opera sobre nuestra subjetividad corporal este bombardeo de discursos contrapuestos sobre la salud que recibimos a diario? Por un lado, nos dicen que debemos cuidarnos de un virus mortal y, por otro, que no es para tanto.

–Ambos discursos son antagónicos y parten de cuestiones con sentido. Por un lado, el discurso del Gobierno nos dice que debemos controlarnos y disciplinar nuestro deseo de salir y abrazarnos por una razón sanitaria y solidaria. Nos insta a superar la satisfacción de un deseo egoísta en nombre de la seguridad de los otros y, en particular, de los trabajadores de la salud. Por otro lado, hay otro discurso que tiene que ver con el impulso vital y legítimo de estar físicamente con los otros, con reconocer cuánto nos es necesaria la cocorporalidad, la copresencia: algo que nos lleva a la felicidad, a la euforia de estar simplemente con y en medio a la multitud. Sentimos un intenso deseo de perdernos entre el mar de gente, una pulsión de muchedumbre. El problema es que este discurso está siendo aprovechado maliciosamente por un sector que en nuestro país es antagonista al Gobierno. Hay una apropiación política de esa pulsión humana: se la está revistiendo malintencionadamente con el relato de un “derecho” que se estaría vulnerando.

–En una charla virtual que brindaste hace unos días en el Centro Cultural Recoleta hablabas de la tensión actual entre la mirada productivista del mundo y la necesidad que tenemos de meditar sobre lo que está pasando. ¿Cómo caracterizás este fenómeno?

–La concepción productivista del tiempo nos impide entrar en un tiempo meditativo apropiado para una época en que nos internamos en lo desconocido. Un aluvión de demandas busca impedirnos ese “estar” propio del tiempo en cuarentena. Sentimos así la intensa tensión entre el tiempo cronometrado y el tiempo existencial. Una contradicción que se expresa en nuestro cuerpo: el organismo en un tiempo cronometrado confrontado al organismo en un tiempo propio, que necesitamos para pensar e imaginar, para crear, inclusive para tramitar íntimamente todo esto de lo que hablo, la contradicción en sí misma. Estamos ante una oportunidad única de resistir y contestar el tiempo cronometrado.

–Este aluvión de demandas que mencionás, parece habernos sumergido a las mujeres,una vez más, en la vida intramuros: en la cuarentena estamos haciendo malabares para congeniar el trabajo que hacíamos afuera con lo doméstico, el cuidado de hijxs, la escolaridad en casa… ¿Todo esto supondrá un retroceso para nuestras reivindicaciones?

–Habría que pensarlo más, y a la luz de un tiempo más largo y de una pluralidad de experiencias de pueblos diferentes. Es necesario entender que existe un “casa-adentro”, como lo llaman los afro-ecuatorianos, y un “casa-afuera”. Cada uno con una historia propia de gran profundidad temporal. En ese tiempo largo, el casa-adentro ha sido nuestro espacio vital, donde las mujeres hemos caminado nuestra historia, independientemente de que hoy en día eso se esté levantando, especialmente para algunos sectores sociales en los cuales los hombres han aprendido y hasta disfrutan de sus tareas propias. Quizá lo que hay que hacer es levantar ese patrón de prestigio del “casa-afuera” y tratar de repensar de otra manera el “casa-adentro”, recuperando la conciencia de su politicidad, su capacidad y estilo de gestión, para desde allí, las mujeres hacer lo que estamos de hecho haciendo: tomar la calle. Yo igual me pregunto: ¿Es el espacio público el que está colonizando ahora el espacio doméstico con sus normas burocráticas y sus reglas gestuales y de corporalidad para hablar, vestirnos y comunicarnos? ¿O es al revés? ¿Qué es lo que coloniza qué cuando entra a la casa a través del Zoom la escuela, el trabajo, los congresos y entrevistas públicas? ¿Nos dará este tiempola oportunidad de colonizar el espacio público con maneras domésticas, inmediatas, no burocráticas, no protocolares de comportarnos, y así hacer llegar y circular la palabra de otra forma? Creo que en la pandemia se están dando varias pulseadas de este tipo y nuestra tarea es reconocerlas.

–¿La virtualidad entrometida cada vez más en los vínculos afecta nuestra autopercepción o el registro de los demás?

–Sí, claro. Es una gran pena porque nosotros tenemos varios sentidos, y el momento presente está restringiendo nuestra sensorialidad. La vista, el olfato, el oído y el tacto… En nuestra evolución como especie algunos sentidos fueron tomando prioridad sobre otros y ciertas dimensiones quedaron suprimidas, como los bigotes sensores de los gatos, la movilidad de las orejas hacia el lugar desde donde viene el sonido y el olfato preciso y direccional… Ya nada de eso tenemos. Y el contexto actual reduce aún más nuestra sensorialidad acotándola a lo visual bidimensional, o sea, a lo que es proyectado en un plano. La presencia material del otro quedó cancelada con las formas de comunicación dominantes en tiempo de pandemia. A su vez, lo que recibimos a través de lo visual y lo auditivo está filtrado por una máquina que bidimensionaliza la visión y ecualiza la audición del mensaje. Y en paralelo experimentamos una gran reducción de la palabra, porque mucho de lo que comunicamos es tamizado por el patrón telegráfico del WhatsApp. Esta cuarentena ha revelado masivamente algo que los antropólogos y biólogos ya sabíamos: la extraordinaria maleabilidad del organismo humano, de la humanidad. Es la característica más extraordinaria que tenemos. Casi extrema. Somos seres totalmente adaptativos, y este momento nos lo ha mostrado una vez más. Es impresionante. Podríamos concluir que aquellas personas que están saliendo a la calle a protestar por la cuarentena, están manifestando un trazo de deficiencia evolutiva con su baja adaptabilidad.

–¿Quedamos más desamparados los animales humanos transitando un presente que valora más las redes sociales que los abrazos?

–Habrá que ver… Yo creo en el enigma en que la pandemia nos coloca. También creo que las fuerzas conservadoras intentan cancelar ese enigma. En un texto mío antiguo, que no está en español, hablo de dos éticas que están presentes en el mundo, tanto en la aldea más pequeña como en la metrópoli más populosa: la ética insatisfecha y la conformista. Los que avalan la ética conformista van a querer, siempre, cancelar los enigmas que nos depara la vida. Y los habitados por una ética insatisfecha tendremos que amplificar la percepción de esa incógnita. ¿Habrá aumentado, por ejemplo, la capacidad poética o artística de las personas que quedaron solas en la cuarentena en sus casas? ¿Habrán vuelto a escribir, a pintar? Supongo que cuando la caricia del mundo y de los otros se ausenta, vamos en la búsqueda de otras caricias a través de la creación.

–En uno de sus últimos libros, La inteligencia artificial o el desafío del siglo, el filósofo francés Éric Sadin plantea la necesidad de defender nuestra libertad de juicio frente al avasallamiento de los discursos del algoritmo. ¿Qué pensás sobre la retórica de las tecnologías y la cultura de la cancelación?

–Sin duda, lo más urgente a ser dicho sobre las redes sociales es que estamos verificando la transformación de las mismas en una nueva forma de dictadura: persecución, silenciamiento, tortura psicológica y moral, que permiten la aparición de presencias que desde la sombra persiguen, injurian y destruyen las voces que molestan al control de la opinión. Las redes sociales permiten que emerjan nuevas formas de autoritarismo, a derecha y a  izquierda. En ellas se opera un golpe a la democracia que viene de otro lugar.Una nueva forma de “manija” se ha instalado y nuevas prácticas de censura, ya no personificadas por hombres de gorra militar o de sotana se dispersan en el espacio público para impedir la libertad de palabra. Pedimos socorro ante este nuevo tipo de régimen de excepción, esperando que este pedido no se convierta en un “sálvese quien pueda”, en el que personas aisladas e indefensas -insulares, como un día nos alertó Hannah Arendt al hablar de la gente en la Alemania prenazista- sean silenciadas y destruidas por los operadores de este nuevo poder dictatorial. Esto es lo que está sucediendo en la aparente y engañosa “democracia de las redes”: sin criterio de verdad, sin principio de autoridad, sin regla de  representación, sin formas de “justo proceso”. Pues el justo proceso en los juicios populares lleva tiempo de deliberación, derecho al contradictorio, escucha mutua… No son linchamientos sumarios, propios de los regímenes autoritarios.

–¿Qué cuestiones de la conducta humana creés que han aflorado con la pandemia, además del ánimo belicoso de tantísima gente?

–La pandemia es un gran escáner que está atravesando el mundo y dejando a la vista todas las fricciones. La palabra clave es “incerteza”. En el texto crítico que escribí al comienzo de la cuarentena criticaba a todos quienes se afanan por sacar conclusiones prematuras. Tenemos que  sentarnos en el borde de lo trágico. Lo trágico es el mundo en que dos verdades en conflicto, antagónicas, son igualmente verdaderas. Esa es la estructura de lo trágico, y es también la estructura de la experiencia humana que negamos, que nos molesta. ¡Qué gran intolerancia al tiempo que tenemos! Cómo no soportamos esperar que el tiempo muestre el camino; la época en que vivimos le  ha perdido el respeto. El tiempo está engayolado, lo digo en lunfardo y en portugués.

–¿Qué quiere decir “engayolado”?

–”Gaiola” en portugués es jaula. Vamos a desengayolar el tiempo. Vamos a liberarlo.

Escrito por
Ximena Pascutti
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