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PRESENTES, A PESAR DE LAS ADVERSIDADES

La radiofonía no podría haberse construido sin participación femenina. La tuvo desde siempre, aunque la mayoría de las veces en lugares secundarios, y después de mucha pelea. Aun así, grandes nombres se destacan en esta historia.

¿Qué tienen en común Elizabeth Vernaci y Rina Morán, Valeria Delgado y Betty Elizalde, Malena Pichot y Niní Marshall, Señorita Bimbo y Colomba, Liliana Daunes y Mecha Ortiz, Rosario Lufrano y Beba Vignola? Una voz propia. Esa potencia común que logró atravesar décadas de invisibilidad en uno de los medios de comunicación más emblemáticos de la Argentina: la radio nacional, popular y machista. En ese arco histórico de cien años trazado desde el 27 de agosto de 1920 hasta la fecha, apenas un 25 por ciento de las mujeres están al frente de los micrófonos, y sin embargo escribieron, o dijeron, gran parte de esta historia.

Con la mejor de las suertes, en la terraza del teatro Coliseo donde se realizó la primera transmisión radiofónica, la única voz femenina fue la de la soprano Sara César interpretando la ópera Parsifal, de Richard Wagner. También otra soprano, Hina Spani, inauguró en 1937 LRA Radio La Voz del Estado, hoy Radio Nacional. El relato, sin embargo, se construyó alrededor del piano de Raúl Spivak y la sinfónica que dirigió Bruno Bandini. “Hablar por la radio” era otra cosa, una especie de respiración demasiado cara, un arribo materializable sólo asomándose por bordes no siempre elegantes, con humildad y disposición femenina.

“Para la mujer, el hecho de protagonizar el espacio sonoro como enunciadora de una propia opinión representaba una conquista que abriría terreno para una representación social mayor”, remarca la investigadora peruana Jacqueline Oyarce Cruz. “Su protagonismo fue resultado de una lucha constante por participar y tener un lugar importante en la sociedad que le tocaba vivir. Y fue progresivo”. Y lento. Ocurrió durante todo el siglo XX, con coletazos en el XXI.

En la Argentina de 1931, el éxito del radioteatro Chispazos de tradición inició las décadas doradas. Hilda Bernard afirmaba que Chispazos… marcó camino. Tanto como la fascinación que ella supo ejercer. Hizo que los oyentes la imaginaran rubia, de ojos celestes, más alta, más baja, menos delgada, reina y mendiga. La voz de Hilda era un viaje revelador en sí mismo, pero un poquín asfixiada por las interpretaciones de su partenaire, Oscar Casco, con su “mamarrachito mío”. Imposible pensar a la gran Bernard, a Nora Cullen, Susy Kent, Chela Ruiz o Mabel Landó “a la sombra de”. Sin embargo, las compañías y los empresarios auspiciantes apostaban por los galanes varoniles y el discurso del amor romántico en todas sus variantes. “La magia” de la radio se construyó de traje y corbata con Eduardo Rudy, Pedro López Lagar, Jorge Salcedo, Juan José Míguez, Alfredo Suárez Serrano y siguen las firmas. La única transversalidad posible eran las sillas que juntaba Nené Cascallar para que galanes y heroínas se recostaran sobre ellas y sus parlamentos de alcoba sonaran más reales.

Ochenta años después, las cifras siguen hablando del déficit: según el monitoreo FaltamosEnLaRadio, que realizó el programa Nos quemaron por brujas, el 70 por ciento de los envíos de mayor audiencia son conducidos por varones. Sólo una de cada siete columnistas de política y economía es mujer, trans o travesti, mientras que la locución es cien por ciento femenina.

SIEMPRE REMANDO

A Niní Marshall le costó muchas discusiones y varias amarguras convencer a directores radiales de hacer programas cómicos con guiones propios. Ni siquiera la popularidad arrasadora de Niní en 1935 alcanzó para que Pablo Osvaldo Valle, el director de Radio El Mundo, aceptara su propuesta, porque “no era una actriz conocida y porque las mujeres no escribían libretos”. El hilo invisible de ese rechazo podría anudarse con los años que aún faltaban para el debate del voto femenino y para que las mujeres dejaran de estar sometidas a la tutela del marido. Por fortuna, había otros mundos posibles en esas ondas donde otras muchas como ellas reían, lloraban, cantaban y, a veces, decidían sobre sus vidas. A fines del 30, la joven promesa del radioteatro, María Eva Duarte, integraba los elencos que encendían esos sueños, hasta que en 1943 soltó el papel de damisela enamorada para protagonizar el premonitorio Mujeres de la historia, uno de los envíos de Radio Belgrano más populares de la época. Los guionaba el libretista Francisco Muñoz Azpiri, destinado a ser el autor de los primeros discursos políticos de la Evita imparable, que al año siguiente fundó y presidió la Asociación Radial Argentina, primer sindicato del rubro.

Cuenta Héctor Larrea que El relámpago, de Jaime Font Saravia, en Radio El Mundo, fue uno de los primeros sonidos que lograron arrancarle sonrisas a su madre tras enviudar. Agrega Rina Morán que su padre, el actor José Tresenza, protagonista de Peter Fox lo sabía, le abrió las puertas de esa emisora cuando ella tenía ocho años y quería ser actriz. La niña quedó en el elenco estable hasta los 14, cuando José le dijo que debía elegir entre la actuación y la locución. No sin cierto dolor, eligió el ISER (también fundado por sugerencia de Evita) y allí conoció a María Esther “Beba” Vignola. El resto es historia conocida de la dupla más potente de la radiofonía argentina, con centralidad legendaria en el Fontana Show y en Rapidísimo, junto a Larrea.

Cumbres borrascosas, La pandilla Marilyn, Del brazo con los Varela, Tarzán de la selva, Los Pérez García, escalaron una grilla histórica que empalideció con la llegada de la televisión y de Juan Carlos Onganía, “el dictador que se proponía gobernar la Argentina por cuarenta años”, escribe el historiador Felipe Pigna. Buena parte de aquella belleza la recuperan hoy las actrices y directoras Nora Massi, en Las dos carátulas –70 años ininterrumpidos de clásicos en Radio Nacional–, y Marina Glezer, en la AM 750, con el ciclo de obras originales Vuelve. “Poder hacer tu propia dramaturgia e inventar una ficción es un espacio lúdico hermoso”, celebra Glezer en una entrevista con Página/12. Quizá como nunca antes, el escenario distópico de la pandemia comprueba una vez más la potencia virtual y transformadora de la radio, de las manos de más mujeres y disidencias, y las infinitas formas de hacer arte sin tener que devorar como único destino posible el placebo visual. Entonces pensemos –e imaginemos a gusto– que cien años no es nada.

Escrito por
Roxana Sandá
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