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Diario de la peste

La nueva anormalidad

22 de mayo de 2020
DÍA SESENTA Y SEIS DE LA CUARENTENA.

Qué tiene de normal que en el mundo haya ya más de cinco millones de enfermos y más de 330 mil muertos en apenas cinco meses; que en la Argentina, el trozo de tierra que habitamos tenga ya casi 10 mil enfermos y 420 muertos que no pudieron ser abrazados por sus seres queridos en el momento final, que no vimos morir, que no se velaron, que no sabemos su nombre, que son apenas una estadística. Qué tiene de normal que en medio de la peor pandemia del siglo XX haya un fondo de inversión invisible que concentre, por ejemplo, 40 veces el PBI de la Argentina –y ocho veces el de Alemania– y pelee, a pesar de que campea la muerte, la caída brutal de la producción, el péndulo mortal de Edgar Allan Poe sobre la cabeza de millones de posibles desocupados en el mayor desplome del capitalismo de este siglo, unos puntos más, una tasa más alta de interés, unas lonjas más de carne para cobrar sus deudas de la Argentina. El gobierno de Alberto Fernández ya avisó –a través de su ministro de Economía, Martín Guzmán– que no pagará a costa del sudor y la sangre de los argentinos si no es con una quita de la impagable deuda del saqueo macrista que lleve el total a un igualmente lesivo 44 por ciento de lo que el país debe. ¿Qué tiene de nueva y de normal esta realidad de la humanidad replegada en sus pequeños mundos privados azotada por el miedo a morirse? Tal vez tenga de normal la extorsión del capitalismo feroz y cruel de la etapa neoliberal donde parecería anormal que el propio FMI capitaneara el salvataje de los Estados nacionales contra el hambre desmedida de los fondos buitre del mundo. O sea, tal como señaló Joseph Stiglitz, la Argentina tiene razón en negarse a pagar aquello que no podrá sostener a costa de la destrucción de su propia potencia laboral, social, su estabilidad política, es decir, su futuro. Porque la Covid-19 arrancó libras de carne del país. ¿Qué tiene de normal una cuarentena para los argentinos cuando la actividad económica marcó una caída del 11,5 por ciento en marzo respecto de igual mes del año pasado? Cuando el Indec registró bajas del 46,5 por ciento en construcción y del 30,8 en hotelería y restaurantes. Cuando la paralización de actividades produjo bajas en todos los rubros. Y cuando esta evolución está en línea con la casi totalidad de los países, que sufren contracciones incluso peores a la argentina en aquellos casos que no hicieron o demoraron la cuarentena. Y qué tuvo de normal que la ciudad de Buenos Aires, la más rica de la Argentina, dejara estallar la enfermedad en villas miseria –llamados barrios vulnerables, cuando en realidad habría que llamarlos barrios vulnerados por la desigualdad– o en los geriátricos y en los paradores de pobres errantes, como era obvio que así sería, a pesar de la cara de asombro permanente de su gobierno de derecha, muriera Ramona Medina, una líder popular, reclamando agua potable cuando el barrio está a mil metros de las plantas potabilizadoras de la ciudad. «La Argentina fue un país distinto cuando le dimos derechos a la gente. Y fue muy distinto cuando se los sacaron. Sé que tienen problemas y vamos a ayudar a resolverlos, quiero que los que están sufriendo no sufran más”, dijo AF ante los representantes sociales tan heridos de la Villa 31 donde murió Ramona.

DE BUITRES Y LOBIZONES.

Entonces, qué tiene de normal, se insiste, que los principales comunicadores que responden a las principales empresas militen la muerte, promoviendo la supremacía de la economía por sobre el cuidado de la vida. Qué tiene de normal que esas empresas (tal como detalló el periodista Horacio Verbitsky), como el Grupo Clarín, Techint, Arcor, Pampa Energía y Aceitera General Deheza, estén entre los mayores responsables de la fuga de capitales durante el gobierno del ex presidente Mauricio Macri. Que según el informe dado a conocer por el Banco Central argentino, que estima esa fuga en 86.000 millones de dólares, hay una notable concentración en unos pocos actores económicos: “Ellos son –los principales accionistas de Clarín, Techint, Arcor, Pampa Energía y Aceitera General Deheza– Héctor Magnetto, Paolo Rocca, Luis Pagani, Marcelo Mindlin y Miguel Acevedo, forman parte de la Asociación Empresarial AEA, participan de IDEA y de la Unión Industrial, las entidades de lobby patronal que presionan al gobierno para que mejore la oferta a los bonistas bajo ley de Nueva York, pague los salarios de sus trabajadores, permita despedirlos, suspenderlos y reducirles su retribución; elimine las retenciones a las exportaciones agropecuarias, reduzca el déficit fiscal y archive el proyecto de ley de contribución extraordinaria para las grandes fortunas”. ¿Qué tiene de normal que el Estado termine pagando a esas empresas el sueldo de sus gerentes para evitar que despidan en masa a trabajadores? El filósofo y asesor presidencial Alejandro Grimson tiene razón cuando asegura: “Hay que tener convicciones y trabajar para construir el futuro, que no está garantizado. Va a estar en disputa, va a haber narrativas distintas para explicar lo que está sucediendo. También puede haber procesos de fortalecimiento de movimientos que ya habían empezado, como los de ultraderecha que en los últimos años aparecieron en varios países. Si tenés un Estado y una salud pública débil, un país librado a los flujos del capital financiero internacional, si te orientás exclusivamente de acuerdo a los deseos de los países centrales, no solamente vas a generar más exclusión sino que vas a tener un país que no va a estar preparado para este tipo de situaciones que, de distintas formas, puede que se repitan en el futuro”. Tal como AF intenta conjurar en la conducción diaria de la Argentina a los heraldos negros de dar como normal la desigualdad, el destrato, la pobreza, sus pares latinoamericanos insisten con esa línea como si el capitalismo entrara en una etapa de deliberación. El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), aseguró que para hacer frente a la crisis económica que generó la Covid-19 se requiere un modelo del todo nuevo, que definió como Estado de bienestar igualitario y fraterno, basado en democracia, justicia, honestidad y austeridad, y destacó que el coronavirus precipitó el derrumbe del modelo neoliberal. Indicó que el nuevo modelo debe desechar las recetas de los organismos financieros internacionales, supuestamente orientados a revertir las crisis recurrentes, pero que provocan nuevos ciclos de concentración de la riqueza, nuevas espirales de corrupción, crecimiento de la desigualdad, ensanchamiento de los abismos sociales entre las regiones y entre lo urbano y lo rural. Pero el ex presidente José Pepe Mujica no comparte ese optimismo. Cree que el mundo después del coronavirus “va a cambiar para peor porque estos fenómenos críticos por un lado crean pobreza y, por otro, tienden a concentrar la riqueza. Quienes tienen liquidez van a comprar cosas muy valiosas por una ganga. En esta coyuntura desaparecen las pymes y se benefician solamente las empresas grandes. El mundo va a resurgir todavía más pobre y va a haber disputas. Los escalones más bajos de la clase media van a pagar los platos rotos”. El discurso del genocida Jair Bolsonaro, en Brasil, de que mueran todos los que tengan que morir está dirigido, según el intelectual Emir Sader, a los más ricos, que controlan la economía y quieren ganar dinero nuevamente, a cualquier precio. Pero también se dirige a los más pobres, que son la mayoría, y necesitan salir de casa para sobrevivir. “Bolsonaro es responsable por las desgracias que Brasil está experimentando hoy. Desde su aventura de llegar al gobierno a través de mentiras y manipulaciones de internet, pasando por la formación de un gobierno incompetente y ridículo hasta la irrupción de la tragedia de la pandemia.” El filósofo coreano Byung-Chul Han tiene razón cuando concluye que el principio de la globalización es maximizar las ganancias y que “el capital es enemigo del ser humano”. Han nos hace temblar ante la naturalización de esta certeza: “La muerte no es democrática y siempre depende del estatus social. Siempre lo fue y la pandemia no cambió nada al respecto”, como se dijo en el caso de la Villa 31 y la infame muerte de Ramona Medina. Porque, además, “el teletrabajo no se lo pueden permitir los cuidadores, los trabajadores de las fábricas, los que limpian, las vendedoras o los que recogen la basura. Los ricos, por su parte, se mudan a sus casas en el campo”. Un estudio realizado por la Universidad de Mar del Plata es revelador respecto de la marca clasista de la Covid-19. El gráfico dado a conocer muestra la curva de evolución de la pandemia en la Argentina de acuerdo a la clase social: baja, media y alta. Allí se ve que mientras al comienzo la clase alta tenía a principios de marzo cuando comenzó la cuarentena el 75 por ciento de los contagios, 25 por ciento la clase media, existía el 0 por ciento en la clase baja. Tres meses después –en este mayo– la curva se invirtió dramáticamente: los contagios en la clase alta eran del 4 por ciento; en la media del 19 y en la baja del 76. Claramente, la Covid-19 ha dejado latentes las diferencias sociales, así como que “el principio de la globalización es maximizar las ganancias” –por eso sus comunicadores militan la muerte, es decir, el fin de la cuarentena masiva– porque “el capital es enemigo del ser humano”. Y porque los que morirán primero son los pobres. Pero Grimson llama a no aceptar la normalidad de este capitalismo buitre favorecida por la pandemia. No puede haber una nueva normalidad, como la llaman ahora, donde se acepte lo que no debe ser normal. Y la explotación del hombre por el hombre no debe ser normal. Aunque se inste a aceptar que siglos de capitalismo dan pátina de normalidad al lobizón aterrador de Hobbes.

SOLOS, INCIERTOS Y VIGILADOS.

Se le llama, entonces, la nueva normalidad, a un mundo de soledad, de incertidumbre, de sentirnos espiados por el fantasma distópico del Gran Hermano. Es la pesadilla tenebrosa de George Orwell. ¿Se llama nueva normalidad a esa distopía? Como sostiene Naomi Klein, se le llama así a un futuro donde nos espera que cada uno de nuestros movimientos, nuestras palabras, nuestras relaciones puedan rastrearse y extraer datos mediante acuerdos sin precedentes entre un gobierno y los gigantes tecnológicos. Y algo más, estaremos más solos que nunca. El filósofo coreano Han está convencido de que la pandemia no sustenta a la democracia. “Como es bien sabido, del miedo se alimentan los autócratas. En la crisis, las personas vuelven a buscar líderes y con la pandemia nos dirigimos hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No sólo nuestras comunicaciones, sino incluso nuestro cuerpo, nuestro estado de salud se convierten en objetos de vigilancia digital.” Han cree que “sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente”. La pandemia no es sólo un problema médico, sino social. La supervivencia, el sacrificio del placer y pérdida del sentido de la buena vida es el mundo que vaticina. Una híper vigilancia, un híper consumo tecnológico, una híper sociedad del cansancio. La pérdida de libertad, el fin del buen vivir o una falta de humanidad generada por la histeria y el miedo colectivo. La preocupación, la incertidumbre y la ansiedad son los sentimientos predominantes entre los argentinos hoy. La mayoría defiende la extensión de la cuarentena si con eso se siente menos expuesto. La mayoría no está deprimida ni tiene miedo de morir. Una especie de estado vegetativo del placer, del sexo, del estar con el otro está suspendida en el tiempo. Las medidas de control por el incremento de contagios y muertes en la Argentina han detonado una serie de mecanismos de control de la población. Se estima que durante mucho tiempo este control y vigilancia estará entre nosotros por lo menos hasta que una vacuna convenza que el otro y la vida tal como la conocimos sean posibles. Mientras tanto, el peligro es aceptar que esta es una nueva normalidad. Se sabe que las palabras cargan, como armas, ideología que disparan sobre las creencias y vidas de la gente. Debemos empezar por saber desde ahora que convivir con el virus, con una pandemia, no es una nueva normalidad sino lo anormal para  la condición humana. Porque jamás habrá “normalidad” con la amenaza viral de la muerte, con la vigilancia extrema de los ciudadanos, con la disolución de los vínculos sociales, con el fin del placer por el cuerpo del otro. Ni con el fin del rito de la muerte. Ni con el teletrabajo o el telesexo. Como no es ni será nueva nunca “una nueva normalidad” la explotación del hombre por el hombre.


Humanadas

15 de mayo de 2020
DÍA CINCUENTA Y NUEVE DE LA CUARENTENA.

Un hombre se tiró desnudo al mar. Ocurrió en las playas desiertas de Mar del Plata, la ciudad donde los humanos retrocedieron y los lobos de mar avanzan por la escollera que mete su largo cuello desolado sobre el oleaje helado de otoño camino hacia el Atlántico Sur. “¡Rompió la cuarentena!”, gritaron en los medios, que difundieron un video de Whatsapp tomado por una vecina que espiaba la escena desde su balcón en la costanera. Maldito transgresor. Sí. ¿Es posible indignarse? Es posible sentir  envidia y tristeza. Tal vez, piedad. ¿Acaso hay un placer sensual igual al que se siente cuando el agua del mar golpea sobre el cuerpo? Cuando la espuma, el yodo, el frío sin igual del agua lame la piel. Más que indignarse campea la comprensión: fue una humanada. Un empecinamiento vital, como mirar durante veinte minutos la paciente trayectoria de una hormiga que lleva sobre sí el triple peso de una hoja minúscula en la terraza a la que se visita escapando de los cuartos hacia el sol. Porque las humanadas –no sólo la transgresión individual sino social más profunda, revolucionaria al fin– van del acto individual al colectivo. Una humanada va en busca de cierta pulsión de que todo, todo, está teñido por la amenaza de la parca a la que hay que conjurar como sea. Aun en los momentos más difíciles de un exilio, en los escondites precarios de los revolucionarios de mi generación que intentaban evitar su muerte o prisión a manos de los dictadores latinoamericanos que tenían su hora de chacales… Aun en esos momentos, lo cotidiano, cocinar unos espaguetis lentamente… Mirar la llama azulada de una estufa en ese invierno largo que impusieron. Esconder los libros prohibidos. Esperar. Esperar. El virus es definitivamente un dictador sangriento a eludir: en el cuerpo y en la cabeza. A veces, con el cansancio del bañista que corrió hacia el mar como si fuera el último acto de su humanidad apremiada. Entonces, se comprende, según contó maravillosamente el periodista Eduardo Febbro desde París, otra y otras humanadas. «Lo trascendente debe ser como el amor: si no lo andamos buscando llega solito y se ancla en el puerto de la vida. Así aparecieron ellos; solitarios, masivos, sembrados en los bancos y las veredas de París. Al principio no cabía una explicación racional para entender por qué había decenas y decenas de libros de todos los géneros que brotaban por la ciudad. Nunca estaban verdaderamente tirados sino prolijamente dispuestos sobre los bancos o en la calle, separados en pilas que hacían de improvisada clasificación por género: guías turísticas, novelas de ciencia ficción, ensayos, libros de poemas, obras técnicas, de arquitectura, varios clásicos, novelas, catálogos de exposiciones, piezas de teatro, libros en inglés y mangas». Los parisinos abandonan sus libros para que otros los recojan. El virus es como el fanático burócrata de Fahrenheit 451. Y tiene razón el sociólogo Claudio Veliz cuando va en defensa de las humanadas. «Los actuales desvaríos del mundo pos-humano y del control psicopolítico vienen a trastocar, de un modo decisivo, ese entramado erótico, complejo y contradictorio que insistimos en designar como ‘humano’. Más allá de las (veladas o explícitas) intenciones de técnicos, programadores y promotores telemáticos, lo que se proponen interrumpir los dispositivos del neoliberalismo –con el auxilio inestimable de las tecnologías digitales y de los trucos de la percepción artificial– es la posibilidad misma del encuentro, del juego, del asombro, de la seducción…, es decir, de todas aquellas pasiones alegres que no renunciamos a traducir como irremediablemente ‘humanas’, como ‘las huellas preciosas que la praxis nacional-popular forjó para prefigurar nuestros mejores sueños de justicia y de igualdad’. ¿Podremos hacer trizas aquel ‘espejo negro’? ¿Seremos capaces de sentir en lo más hondo de nuestra humanidad desgarrada, el grito que brota de las tripas, y hacerle justicia? ¿Estaremos a tiempo de ‘pulsar el freno de emergencia’ de esta locomotora suicida? Si aún somos capaces de oír ese alarido, de percibir el espanto organizado o de experimentar angustia frente a la amputación de nuestra amorosa sensibilidad palpitante, al menos tendremos motivos para ilusionarnos.»

LA CONDICIÓN HUMANA EN CUESTIÓN.

La transgresión del bañista solitario en Mar del Plata fue una humanada, un grito desesperado de libertad. La manera de apagar el incendio de la casa interior. El reto arriesgado y definitivo a la autoridad pero también la confesión de que el otro es ajeno. Que estamos juntos pero esencialmente solos. Y que ni todos obedecerán las reglas. Ni todos arriesgarán todo. Los porteños de Buenos Aires no se pueden tirar al río, contaminado desde hace décadas, ni pueden evitar morir en los asentamientos de la ciudad más rica de la Argentina, desde donde trepa la educada curva de contagios, tan tenida a raya por la sabia decisión del gobierno nacional de cuarentenear a rajatabla. Raya sobrepasada por la presión de los grandes burgueses, y de burgueses pequeños, que querían la apertura porque la economía lo demandaba y coso. Pero esta peste, como siempre ocurrió, lacera y discrimina por clases. No somos todos iguales. El “bichito” tiene atrincheradas, dice el joven biólogo Lucas Altman Levín, a siete mil millones de almas. Escribió, con el talante maldito de Arthur Rimbaud de su Temporada en el infierno (convengamos que el coronavirus es nuestro infierno): “Welcome to the real word: Se acabó la primavera. Se terminó el ‘estamos ganando’. Los métodos medievales para frenar la peste no logran su éxito. El virus es 10 millones de veces más chico que el poro más pequeño de sus tapabocas… Como siempre, se olvidaron del mayor grupo de riesgo, los pobres. Ahora los llaman ‘vulnerables’. Los entregaron. Como siempre el hilo se corta por lo más delgado. Si hubiese una explosión nuclear, también los más perjudicados serían los pobres, los viejos y los enfermos, no es una particularidad de COVI. Siempre imaginamos el apocalipsis como algo rápido y ruidoso. Como siempre, nos equivocamos… Parece que el fin del mundo es lento y silencioso. Nunca pensamos que la hecatombe nos iba a dar tiempo para pensar en ‘la economía’. No hay barbijo ni distanciamiento que pueda frenar a un agente infeccioso genómico, perfecto para contagiarse. Un virus respiratorio, el gran miedo de la humanidad. Los humanos necesitamos respirar y tarde o temprano respiraremos COVI. Finalmente, hagamos lo que hagamos, más tarde o más temprano, 7 de cada 10 personas nos pegaremos la peste. La nueva peste pero a la que combatimos con métodos de hace mil años. Metete en tu cueva, tratá de no pegártelo. Pero ahora está ahí, en todos lados. Mostrando su verdadera cara. Mostrándoles a los que ‘no creían’, qué clase de ‘bicho’ confina en sus cuevitas a 7 mil millones de monos. Una ‘gripe’, como si fuese algo leve, la gripe después de la viruela es el virus más mortal de este mundo. Para los que se ‘aburren’ o ‘no saben qué hacer’ hay una excelente opción, salir a mirar la cara a Godzilla, también pueden bailarle y reírsele, pero finalmente saciará su apetito insaciable de vidas humanas. Esperaban que fuese gigante, rápido y ruidoso, pero resultó que el monstruo es diminuto, paciente y silencioso ¿Qué esperaban? ¿Ganarle 10 a 0? Compañeros, agradezcan si ganamos 1 a 0, en el último minuto, con un gol con la mano. Pensamos que el mundo era nuestro. Hoy el mundo es de COVI. Nosotros volvimos a ser monitos temerosos escondidos en nuestras cuevitas. El panorama es oscuro. El futuro es incierto. Ya estamos en el baile… ¡Let’s go dancing!”.

La ira melancólica de Lucas, como sólo pueden serlo las distopías, coincide con  la voz veterana del filósofo: José Pablo Feinmann acierta cuando reafirma que el mal y el bien están en constante lucha, y el campo de batalla es el corazón del hombre, dijo, citando a otro maldito: Dostoievski. ¿Tanto como Lucas descree de la condición humana? No. Sólo de la estirpe de los carroñeros del capitalismo. Después de todo, el virus viajó en primera clase desde los aviones a los aeropuertos, y hacia los barrios populares, por ejemplo. En la villa de emergencia 31 de Buenos Aires –o miseria, como le llamó Bernardo Verbitsky, o “de población vulnerable”, como le gusta decir con elegancia obscena a la derecha que gobierna–, la paciente cero fue una empleada doméstica de una mujer que llegó de Alemania, se asegura en la crónica de los contagios que se dispararon allí. Y entonces, de repente, otra vez, los números que inundan las crónicas periodísticas –obsesivamente, casi morbosamente– ya no importan sino cuánto tardará la vacuna, y más específicamente interesa pensar (y pelear) qué mundo nos dejará la ola arrasadora de la pandemia. Porque los buitres del mundo planean sobre nuestros cadáveres, diría Rimbaud, y sobre nuestros destinos. Se trata del capitalismo financiero. Siempre se trata de ellos. El consultor Alfredo Mansilla, director de Celag, tuiteó: “No todos pierden en tiempos de pandemia. Los llamados milmillonarios de Estados Unidos aumentaron su riqueza en 282.000 millones de dólares en sólo 23 días (18/03 hasta 10/04)”. Ni que hablar de los gauchos de la Hiloux en esta patria: se fugaron, durante los poquísimos cuatro años que duró la presidencia de la increíble testa bruta Macri, la friolera de 86 mil millones de dólares, aseguró el Banco Central de la atribulada y acosada por los fondos buitre Argentina. Y algo más, los informes indican que junto con sus amigos del alma y funcionarios ad hoc se repartieron por millones de dólares las mejores tierras de la ciudad que gobiernan todavía y que asola la peste en sus barriadas populares a las que durante trece años fueron incapaces de dotar de infraestructura para que tuvieran, en estos días fatales, agua corriente. Porque, como dijo el periodista argentino Sergio Kiernan, para analizar la catástrofe del prócer macrista, mister Donald Trump en los Estados Unidos que lleva casi 90 mil muertes y un millón de infestados, “las vidas son negras, el dinero es blanco”. Y en la Argentina –con menos muertos (328) e infectados (7.190) al promediar mayo 2020– sigue el debate sobre qué hacer con el saqueo macrista, no sólo por la impunidad de sus jugadores, sino por la pesada herencia de una deuda externa impagable y la resistencia expresada por sus testaferros mediáticos y fondos de inversión buitre y el coro de idiotas cacerolos. Tal vez (otra vez) el filósofo Feinmann tiene razón cuando asegura que rumbo al Match Point del capitalismo no es la pandemia la que viene para crear un nuevo mundo, sino a destruir este que es injusto y se destruirá a sí mismo con pestes o una guerra nuclear en su empecinada carrera hacia la liquidación de lo humano. Y que en nuestro caso depende de la negociación sobre el pago de la deuda externa pero, sobre todo, de la potencia de la política para cambiar el curso del capitalismo argentino.

EL NUEVO GRAN PACTO.

Porque las cartas están sobre la mesa del tablero de la timba mundial y de la vida de los argentinos aplastados por la deuda externa. La caída del PBI de la Argentina para 2020, antes de la irrupción del coronavirus, estaba estimada en un 1 por ciento. Hay proyecciones que indican que la caída podría llegar al 7 por ciento. El ministro de Economía, Martín Guzmán, prevé un 3,1 por ciento de déficit fiscal primario para este año. La Argentina ofrece pagar el 2,33 por ciento, mientras que en los países centrales hablan de tasas del cero por ciento o incluso negativas. La Argentina no está proponiendo sólo correr los plazos sino crear las condiciones para crecer y generar los recursos para poder afrontar la deuda. Como contó Magdalena Rúa, entre lo fondos de inversión que dominan el mundo está BlackRock, “constituido como el actor más influyente en la integración de las redes globales de capital. Considerando las 205 empresas más grandes del mundo, BlackRock posee una participación significativa directa en casi un tercio de las empresas de la muestra y una participación significativa de forma indirecta en el 45 por ciento de estas. A junio de 2019, los activos bajo administración de BlackRock arrojaban 6,84 billones de dólares lo que duplica el PBI de Alemania de 2019 y equivale a alrededor de 19 veces el PBI argentino de ese mismo año (…) Como es sabido, los grandes fondos de inversión financiera (como BlackRock, Vanguard, Fidelity, Franklin Templeton, PIMCO, entre otros) poseen una proporción relevante de los títulos de deuda argentina con jurisdicción extranjera que están incluidos en la oferta de canje que realizó el gobierno argentino. De esa manera, conjuntamente, poseen el poder para evitar el cumplimiento de la cláusula de acción colectiva (CAC) que establece que si el 75 o el 66 por ciento de los acreedores, dependiendo del bono, aceptasen la propuesta argentina, el resto de los acreedores quedarían sujetos a ese mismo acuerdo”. La propuesta de Asociación Empresaria Argentina (AEA) es que hay que evitar el default como el objetivo principal de la negociación. ¿Qué es AEA? Es una de las asociaciones que reúne a las grandes corporaciones empresariales de la Argentina. Es claro: en lugar de apoyar la propuesta sostenible de reestructuración de la deuda, lo que proponen como prioridad es evitar el default poniendo en un lugar secundario el costo de esa decisión. Dos enfoques de la misma cuestión. Dos puntos de vista enfrentados. Y, por supuesto, como dijo el periodista Horacio Verbitsky: “Sin la menor inquietud por la congruencia lógica, AEA, IDEA, las cámaras menores que danzan a su alrededor como la UIA y los guacamayos mediáticos que les hacen eco, quieren al mismo tiempo que el gobierno mejore la oferta a los acreedores externos (muchos son ellos mismos, disfrazados con barbijo y farfullando en inglés), reduzca retenciones, pague los sueldos de sus trabajadores y detenga la emisión monetaria. Tal como ocurrió con la crisis de 2008, el capitalismo que suceda a esta terrible coyuntura tenga mayores niveles de concentración y sea aún más despiadado. Las grandes empresas argentinas han conseguido que el Estado se haga cargo de la mitad de su plantilla de trabajadores formales, un auxilio que al principio estaba reservado sólo a las pymes”. ¿Qué hacer, entonces para que la pandemia sea una oportunidad de fundar otro mundo, contrariando el pesimismo de la inteligencia, tan gramsciano del filósofo? Desde América latina, el Grupo Puebla definió, a través de  Aloizio Mercadante y Marco Enríquez-Ominami que “tan antiguo como contraer deudas es perdonarlas. Nuestros países latinoamericanos y del Caribe han sido modernizados, en cambio, a través de una historia continua de deudas, que nunca encuentran un momento de redención, y, por tanto, de libertad. Nuestra historia ha sido una de esclavitud por deuda. Hasta hoy. Porque ahora es urgente que nuestros países logren moverse libres de lastres, por la fangosa recesión que nos dejará la pandemia. Por eso proponemos, las y los miembros del Grupo de Puebla, se condonen las deudas de los países latinoamericanos, no sólo porque son deudas materialmente impagables, sino porque son también, en su mayoría, deudas contraídas de manera ilegítima. La deuda externa bruta de América latina al año 2019 es, según Cepal, de 2.071.274 millones de dólares, y el pago de intereses para esta deuda es en promedio el 2,6 por ciento del PBI, lo que equivale a que América latina adeuda el 43,2 por ciento de su PBI. Frente a esta deuda usurera, hacemos un llamado a priorizar moralmente otra deuda, aquella que mantienen nuestros Estados latinoamericanos con sus pueblos, que en su dimensión más urgente es esta: mientras el gasto público en salud recomendado por la OMS es del 6 por ciento, el de América latina es sólo del 2,2. Debemos invertir el orden de las prioridades, y colocar la deuda con la salud de nuestra gente, antes que cualquier otra”.  Y para eso, entonces, están los impuestos a las grandes fortunas que el gobierno de Alberto Fernández y CFK planteó, lanzó al aire, como una carta central, entre todas las medidas encaradas para mitigar la pobreza. Pero hay que “mitigar la riqueza” que reconcentró las fortunas de los tíos patilludos argentinos a niveles desconocidos. Otra vez Feinmann se asoma, con vox populi, a los dilemas del capitalismo en estas tierras. “Se reforzará la idea del Estado interventor y los fanáticos del mercado retrocederán. Pero, ¿alguien cree que la pandemia cambiará a los empresarios que (apoyados por los políticos del PRO y por los radicales) se oponen al necesario y justo impuesto a las grandes fortunas? ¿Que los caceroleros dejarán de ver en esa medida el “regreso del comunismo”? ¿Que los medios de comunicación no seguirán dueños del mercado y mintiendo o inventando la realidad?” No. Tal vez por eso, por esta certeza, los impulsores de la Internacional Progresista (IP), recientemente creada –una organización avalada por más de 40 intelectuales de todo el mundo, entre los que destacan Noam Chomsky, Berni Sanders, Naomi Klein, Yanis Varoufakis, Alicia Castro y Fernando Haddad–, afirman que la crisis sanitaria provocada por el coronavirus y la subsiguiente crisis económica “hacen obligatorio que las fuerzas progresistas del mundo se unan para defender y sostener un Estado de bienestar, los derechos laborales y la cooperación entre países, además de consolidar un mundo más democrático, igualitario, ecologista, pacífico y en el que prime la economía colaborativa”. Y el economista estadounidense Thomas Piketty los acompaña: “La pandemia actual podría acelerar la transición hacia otro modelo económico, hacia una organización más equitativa, más sustentable, de nuestro sistema económico internacional. Esta crisis económica global que tenemos ahora torna aún más relevante un plan de alivio de la deuda. A lo largo de la historia sabemos que cuando la deuda excede un cierto nivel no puedes construir un futuro sustentable”. En síntesis, o se marcha a un nuevo New Deal o se empecina el mundo en la ciénaga de su autodestrucción. Es curioso cómo vuelve a hablarse de los Estados de Bienestar que sostuvieron el desarrollo del capitalismo más pujante durante el siglo XX, luego de la gran crisis de 1929 y que se extendió como receta de reconstrucción de los países devastados por la Segunda Guerra Mundial. Tal como señaló el ex miembro de la Corte Suprema de Justicia argentina, el gran jurista Raúl Zaffaroni, “ante la evidencia de que los Estados –como repúblicas y democracias debilitadas– no podrán superar sanamente la conflictividad inevitable de la post pandemia, nos urge pensar en un nuevo modelo de Estado que tarde o temprano surgirá, así como lo hizo el New Deal de Roosevelt, o sea, en un modelo neoprovidente, con mínima equidad desconcentradora de riqueza, capaz de reconstruir las democracias y las repúblicas, asimilando las experiencias de nuestras accidentadas historias. Debemos pensar con urgencia qué Estado queremos, qué institucionalización es necesaria para reconstruir la democracia y la república, cómo recuperar el Estado para la política, cómo volver a una democracia plural con partidos políticos no mediáticos ni por acciones, cómo establecer cierto orden institucional que impida que cualquier virrey circunstancial ejerza la suma del poder público y, sobre todo, cómo revertir el modelo de sociedad con 30 por ciento de incluidos y el resto excluido, que nos intentó imponer el colonialismo del totalitarismo financiero. Frente a las respuestas demasiado pesimistas, nuestras historias nos enseñan que, con marchas y contramarchas, nuestros pueblos siempre toman conciencia y triunfan. Prueba de esto es que, de no ser por nuestros movimientos populares, quizá no hubiésemos podido escribir estas líneas ni el lector leerlas, porque es muy probable que hubiésemos sido analfabetos, que hubiésemos muerto en la infancia, que tuviésemos menos neuronas por carencia de proteínas en los primeros años o fuésemos desaparecidos por alguna dictadura genocida”. La batalla por un Nuevo Gran Pacto en el mundo y en la Argentina está en marcha, al parecer, y tapizada de resistencias y violencias. Pero vale la pena: es la convocatoria a una gran gesta. A una humanada a gran escala que alivie, como en el caso del bañista en Mar del Plata, el ardor del cuerpo y el destino apocalíptico de su mundo.


La mariposa, la tortuga y el orden nuevo

11 de mayo de 2020
DÍA CINCUENTA Y CUATRO DE LA CUARENTENA.

Cloé tiene cuatro años. Desde Zurich, le envió un mensaje de voz a su abuela en Buenos Aires: “Cuando se abran las fronteras, traeme los cuentos”. Distancia sobre distancia y la tremenda ausencia-presencia del otro que es ya una voz y no un cuerpo. Un sentimiento insondable de extrañeza del otro, de mancanza del otro. Un agujero de soledad desconocida, no previsible. Un hachazo certero sobre la completud del ser que ni Heidegger previó como la expresión más definitiva de la amputación de lo que conocimos, hasta ahora, como humanidad. Cloé sabe ya que hay fronteras infranqueables. Sabe que el confinamiento es una frontera cerrada. Para ella, algo grave pasó en el afuera. Sabe que no puede tocar ni ver a su abuela ni a otros amigos. No sabe aún –tal vez alguna vez lo sabrá– que acaba de ocurrir la peor tragedia en siglos. Pero nosotros sí sabemos. Sus adultos lo sabemos. Intentamos definirlo por todos los medios. Nos movemos entre la  ciencia y la desesperada búsqueda de una vacuna y la ficción. Entre el deseo y su límite en la realidad. Vamos de la ciencia a las fábulas. De las preguntas al balbuceo. De las certezas a imaginar un mundo nuevo. Un “ordine nuovo”, como describió Antonio Gramsci hace ya un siglo en Turín, al fin de la Gran Guerra, cuando el mundo quedó con millones de cadáveres insepultos y necesitado de pensar el futuro más allá de la muerte. Más allá de las cifras totales, los datos luctuosos de la pandemia tienden hacia las tinieblas: a cinco meses de comenzada la epidemia de Covid-19, el virus infectó a casi cuatro millones de almas y mató a más de 280 mil. Necesitamos explicarnos la conmoción. Y vamos del “efecto mariposa” a la sabiduría de la tortuga de Esopo y más allá a la búsqueda de un nuevo orden que contenga los restos que sobrevivan a la pandemia. Una reflexión del gran periodista Ignacio Ramonet, director del periódico Le Monde Diplomatique en español, definió mejor que nadie este momento en que la humanidad está arrasada, en repliegue hacia la privacidad y la privación del otro humano y en la caída en su vertiginoso ascenso de producción de bienes materiales. La pandemia causó el caos, “el efecto mariposa” (basado en el proverbio chino “el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”, o en la pregunta que el matemático y meteorólogo estadounidense Edward Lorenz formuló: “¿El aleteo de una mariposa en Brasil hace aparecer un tornado en Texas?”. Sí. Ramonet lo llamó “un hecho de efectos totales”. Dijo que “a estas alturas, ya nadie ignora que la pandemia no es sólo una crisis sanitaria. Es lo que las ciencias sociales califican de ‘hecho social total’, en el sentido de que convulsa el conjunto de las relaciones sociales, y conmociona a la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores. La humanidad está viviendo –con miedo, sufrimiento y perplejidad– una experiencia inaugural. Verificando concretamente que aquella teoría del ‘fin de la historia es una falacia’… Descubriendo que la historia es, en realidad, impredecible (…) Hace apenas unas semanas, decenas de protestas populares se habían generalizado a escala planetaria, de Hong Kong a Santiago de Chile, pasando por Teherán, Bagdad, Beirut, Argel, París, Barcelona y Bogotá. El nuevo coronavirus las ha ido apagando una a una a medida que se extendía por el mundo… A las escenas de masas festivas ocupando calles y plazas, suceden las insólitas imágenes de avenidas vacías, mudas, espectrales. Emblemas silenciosos que marcarán para siempre el recuerdo de este extraño momento. Estamos padeciendo en nuestra propia existencia el famoso ‘efecto mariposa’: alguien, al otro lado del mundo, se come un extraño animal y tres meses después, media humanidad se encuentra en cuarentena… Prueba de que el mundo es un sistema en el que todo elemento que lo compone, por insignificante que parezca, interactúa con otros y puede influenciar el conjunto”.

ELOGIO DE LA LENTITUD.

Y producida, decimos, la conmoción universal, el estremecimiento del mundo, entra a tallar la discusión fabular de Esopo: ¿quién llega antes en esta carrera contra la muerte, una tortuga o una liebre? Y luego, Gramsci: el orden viejo arrasado debe dejar lugar al nuevo orden. ¿Cuál es ese mundo? El capitalismo en su etapa más criminal, llamada neoliberalismo, no puede evitar la catástrofe. Es más, ayudó a producirla desarmando los sistemas de salud pública, endeudando a los Estados nacionales e induciéndolos a la reducción de las condiciones laborales y sociales de su gente, desfinanciando el desarrollo científico. La concentración de la riqueza en manos apenas del uno por ciento de la población mundial, donde impera la consigna brutal de que el mundo es sólo para los más poderosos y los más aptos. En los Estados Unidos, gobernados por el sociópata Donald Trump, en el estado de Washington, por ejemplo, se realizan fiestas para contagiarse de Covid-19: tienen la creencia de que así desarrollarán anticuerpos y se vuelven inmunes a la enfermedad. La OMS manifestó que esta premisa carece de evidencia científica. Pero Trump insiste en buscar lo que llaman pomposamente “inmunidad de rebaño”: si todos se contagian, todos se vuelven inmunes. Hipótesis de tan improbable valor científico como decir que todos los gatos son pardos. Su obsesión es flexibilizar la cuarentena para no desfondar la economía. Trump anunció que el grupo de trabajo sobre coronavirus se disolverá este mes para dar lugar a uno que tenga mayor presencia de asesores económicos. Lo anunció después de que el país superara 1.300.000 contagiados y 78 mil muertes. Al toque aparecieron nuevas proyecciones de los casos para el próximo mes y lo cierto es que no son nada alentadoras: el New York Times publicó un estudio que tenía el sello del Departamento de Salud y Servicios Humanos y el Departamento de Seguridad Nacional y proyectó para junio tres mil muertes por día (un aumento de 75 por ciento) y el número diario de casos llegaría a 200 mil (hoy hay 25 mil por día). La proyección es escalofriante: en un mes, los EE.UU. tendrían más de dos millones de infectados y cerca de 300 mil muertos. Cuando se pase en limpio esa tragedia estadounidense que les está costando más víctimas que la guerra de Vietnam, Trump cree simplonamente que lo salvará del odio social una guerra que intenta por todos los medios descargar con una invasión a Venezuela, desde Colombia. Otras voces, como la del traditore Lenin Moreno, presidente de Ecuador –con 30.298 contagios y 1.654 muertos– grita desde la pila de cadáveres frescos de Guayaquil: “Abran la economía, ábranla con responsabilidad”, les ordena a los alcaldes. “Apuntalen la reactivación, para no perder el tren de la historia”. Los bendice el padre de la panoplia muerte-neoliberalismo en Latinoamérica, Henry Kissinger, mentor de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que inundó de sangre dictatorial América latina en los años 70. Considera que “el mundo nunca será el mismo después del coronavirus” y propone estrategias para salvar al “mundo libre” ante el peligro de que “se incendie” y que la “agitación política y económica que ha desatado la pandemia pueda durar por generaciones”. Traducido significa que la salida no sea un capitalismo feroz y renovado en su versión neoliberal sino un estatismo desarrollista lesivo para los intereses del imperio. En esa línea, el elegido por los EE.UU. en Brasil, el déspota evangélico Jair Bolsonaro, baila en la cuerda floja de la demencia política y social cuando se pasea entre manifestaciones de partidarios lanzados en manada, pegoteándose en parques y calles. Desafía la curva de la desgracia del pueblo brasileño con más de 148 mil infectados y más de 10 mil muertos en apenas dos meses. La OMS, históricamente capturada por los intereses de los laboratorios más importantes del mundo, esta vez teme que Brasil sea una bomba epidemiológica. La Argentina también lo teme. El gobierno de Alberto Fernández reafirmó: “Prefiero una fábrica cerrada por la cuarentena y no una cerrada porque los obreros están todos muertos por la pandemia”. Extendió el aislamiento preventivo social y obligatorio (APSO) hasta el 24 de mayo, es decir, una cuarentena programada por etapas de manera científica con los consejos de los epidemiólogos más famosos –entre ellos el equipo de la viróloga Andrea Gamarnik, que en tiempo récord desarrolló un test nacional para medir los anticuerpos producidos por el coronavirus en el país– y en conjunto con los gobernadores de todo el país, propios y de la oposición. Con su paciencia, solvencia y firmeza política, Fernández llevó a la Argentina a ser el país donde el virus fue menos letal desde el inicio de la pandemia el 3 de marzo de 2020: apenas más de 6.000 infectados y, sobre todo, 305 muertos, un 30 por ciento menos que en otras latitudes cuando se compara, por ejemplo, con Suecia, ejemplo que dan los opositores a la cuarentena, a lentificar su apertura para evitar, precisamente la masividad de los contagios y la muerte. Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner resisten las presiones de los tíos patilludos locales que argumentan que Suecia debería ser el ejemplo. Suecia, explicó el Presidente, no es un ejemplo que la Argentina desea imitar, sí Noruega, sí Finlandia. Los suecos tienen 3.000 muertos; Noruega y Finlandia, menos de 300. Las políticas de lentificación de la apertura de la economía y relajamiento de la cuarentena reflejan que a más calma, más lentitud, menos muertos. Los empresarios más importantes del país presionan al gobierno para que flexibilice la cuarentena. “Deben alentarse acciones que posibiliten una vuelta ordenada al trabajo y la producción”, afirmaron a través de un comunicado difundido este miércoles por la Asociación Empresaria Argentina. La entidad está conformada por empresarios como Paolo Rocca (Techint), Marcos Galperín (Mercado Libre), Hector Magnetto (Clarín), Alfredo Coto, Alejandro Bulgheroni, Cristiano Rattazzi, Pablo Roemmers y Luis Pérez Companc, entre otros. Son los diez empresarios que encabezan la lista de los mayores millonarios argentinos. Un ex ministro de Economía de la catástrofe neoliberal del período de Mauricio Macri (apenas cuatro años de demolición fueron suficientes), Adolfo Prat-Gay, operador del capital financiero internacional, dijo suelto de cuerpo que “la cuarentena está destruyendo la economía”. Prat-Gay inauguró el ciclo brutal de endeudamiento de la Argentina durante el macrismo, el más importante de la historia nacional y de Occidente. Alberto Fernández contestó: “Los que dicen que hay que salir ya de la cuarentena sepan que sería llevar a la muerte a miles de argentinos”. Los medios de comunicación iniciaron una campaña de fake news promoviendo el miedo de la sociedad a cierta liberación de presos por el coronavirus. Promovieron cacerolazos raleados pero cuya función era romper la unidad social para debilitar la cuarentena. Una parte de la clase media urbana, identificada con el gobierno macrista, se embarca aun contra sí misma a debilitar al gobierno. El filósofo Ricardo Forster es certero en el análisis de ese sector social: “La clase media, una parte considerable de ella, odia a todos los que son pobres, migrantes, distintos”, mientras que los ricos, ese mundo admirado y soñado al que aspiran ilusoriamente alcanzar, los utiliza astutamente para seguir precarizando sus vidas mientras enriquecen las suyas. Lo admirable, como diría Etienne de La Boétie, es que la fascinación que sienten por quienes los mancillan les oculte su imbecilidad. La Boétie escribió allá por 1548 el Discurso de la servidumbre voluntaria o Contra uno. Muchos argentinos se encuadran en esta tendencia. Pueden romper la cuarentena por el entierro de un crac de fútbol (ocurrió en la peligrosa, por el nivel de contagios, ciudad de Rosario) tal vez porque la muerte, como dice Michel Houellebecq, fue esta vez más discreta que nunca ya que no se ven velorios, ni terapias intensiva desesperantes, ni entierro de los muertos, ni siquiera se escucha a los médicos en los momentos dramáticos en que deben decidir, ante la falta de respiradores, “este vive, este no”. Así, el economista Ricardo Aronskind centra la responsabilidad de responder a la derecha anticuarentena que promueve el comportamiento de miserables e idiotas. “De quien sí cabe esperar el esfuerzo de romper con los comportamientos irracionales, antisociales, es del Estado, acompañado por las organizaciones sociales y políticas que comprendan su rol en este momento histórico. En la pandemia, y en la pos-pandemia, lo mejor que nos puede pasar es que el Estado descubra que es capaz de “plantarse” frente a los intereses facciosos y movilizar el respaldo de la gran mayoría para defender lo público, lo colectivo, el interés general.” En tanto, el gobierno argentino se debate con otra pandemia: la de la deuda externa arrasadora dejada por el saqueo neoliberal del gobierno de Mauricio Macri, el perezoso. El ministro de Economía, Martín Guzmán, afirmó que la Argentina no cambiará la propuesta por el canje de deuda, ya que “forzar una mayor austeridad para pagar más no sólo sería desastroso en términos económicos, sino también inaceptable política y moralmente”. Guzmán también expresó: “No estamos pidiendo a nuestros acreedores que pierdan, sino que ganen menos”. En este camino, mientras evita que su pueblo muera de coronavirus, el gobierno de “los Fernández” también intenta evitar que muera de hambre. Y los antineoliberales del mundo lo acompañan. Joseph Stiglitz, Jeffrey Sachs, Thomas Piketty y más de 130 economistas respaldaron la oferta argentina. Con el título “Es esencial la reestructuración de la deuda privada argentina”, 135 académicos, incluyendo Premios Nobel, publicaron un texto solicitando a los acreedores que acepten la oferta argentina. Algunos fragmentos del documento: “La pandemia de Covid-19 ha empujado a la humanidad hacia la peor recesión mundial en los tiempos modernos. En el contexto de esta emergencia global, la Argentina encabeza su proceso de reestructuración de la deuda pública de manera constructiva, de buena fe y con el apoyo de todos los sectores políticos nacionales. En febrero, antes de que la crisis de Covid-19 se agudizara, el FMI concluyó que la deuda pública de la Argentina es ̔insostenible̕ Argentina ha presentado a sus acreedores privados una oferta responsable”.

EL ORDEN NUEVO O GREEN NEW DEAL.

Si bien la decisión sanitaria es que los argentinos no mueran en masa, lentificando la curva de infectados todo lo que se pueda, el debate abierto va más allá del horizonte del fin de la pandemia. Un horizonte que no está aún pero que es obligatorio pensar ya que como se sabe ya no hay certezas. Es inútil dejar que muera gente cuando nada impedirá la pérdida del más del 30 por ciento del PBI mundial. No existen estos antecedentes en la historia, tal vez porque no se tienen datos de la peste negra más brutal de la Edad Media en el 1300, que se llevó al 80 por ciento de la población de Europa entonces. Porque el derrumbe de la economía no obedece sólo a la peste sino al decurso criminal del capitalismo. Para los cientistas sociales argentinos Alcira Argumedo y Juan Pablo Olsson, la expansión de Covid-19 es aún más grave que el quiebre financiero de 1929-1930. En su texto “Green New Deal”, sostienen que la expansión de Covid-19 dio el golpe final a la hegemonía del neoliberalismo y de la globalización neoliberal en los países centrales y periféricos de Occidente. Apuntan que en la Argentina es preciso plantear un amplio y profundo debate para la definición de un proyecto nacional de democracia integral, que contemple respuestas capaces de revertir las duras consecuencias de la devastación neoliberal y los factores que alimentan el calentamiento global y la destrucción de la biodiversidad. Consideran necesario debatir algunos puntos básicos: consolidar el sistema de salud pública, recuperar la calidad del sistema público de educación y fortalecer el sistema científico-técnico; control estatal de las finanzas; control del comercio exterior; defensa del agua; reconversión energética y reorientación de producciones contaminantes; desarrollo de industrias públicas en el sector ferroviario y naviero; reducción de la jornada laboral y recalificación de trabajadores en áreas de avanzada con salarios dignos. A ellos se suman intelectuales de los Estados Unidos y Canadá, como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez (una de las creadoras de la idea en febrero de 2019), Noam Chomsky y Naomi Klein, junto a políticos e intelectuales europeos, entre quienes se destaca el economista griego Yanis Varoufakis, que lanzarán la convocatoria de consolidación de un movimiento progresista internacional y la propuesta de debatir el Green New Deal como alternativa global hacia la salida de la crisis internacional. A este proyecto también se refirió favorablemente Maristella Svampa en su texto en La fiebre.  Bernie Sanders señaló que “necesita atención médica si está trabajando o no, si tiene un trabajo que paga bien o mal, si es viejo o un niño. La atención médica debe ser un derecho humano. Si no aprendemos esta lección en este momento, nunca aprenderemos esa lección”. Ocasio Cortez: “El administrador de Trump ahora proyecta 3.000 muertes diarias para junio, y todavía están presionando para ̔reabrir̕. Ahora estamos avanzando hacia un evento de muerte a escala 9/11 pero por día. Todo esto fue evitable con pruebas, rastreo y políticas. En cambio, el Partido Republicano bañó a sus amigos con dinero de rescate”. En palabras de Alcira Argumedo, en los Estados Unidos Steve Bannon (ex jefe de estrategias de la Casa Blanca en la administración de Donald Trump) está llevando adelante la tarea de unir fuerzas entre movimientos políticos europeos de derecha y extrema derecha, con el fin de fortalecerse en conjunto para garantizar la orientación de los cambios. Cuenta para este objetivo con la experiencia en manipulación de conciencias a través de su empresa Cambridge Analytica, que utiliza una masa de datos personales obtenidos a partir de las redes informáticas, combinados con guerras informativas, difamaciones y falsas denuncias de corrupción, a fin de “construir modelos para explotar lo que sabemos de ellos y apuntar a sus demonios internos”. Piketty señaló en una entrevista realizada el 6 de mayo por Alejandro Bercovich en su programa Brotes verdes, que “va a hacer falta todo un set de nuevas políticas sociales, fiscales, de vivienda, de ingreso sostén. Si no tenés un ingreso sostén adecuado para los más pobres en un momento como este va a ser imposible sostener un aislamiento incluso en términos de posibilidades. Lo correcto para hacer frente al virus es acelerar el desarrollo del Estado de bienestar, incluso en la Argentina, Estados Unidos y Europa la seguridad social tienen muchos problemas y no llega a todos. Es mejor enfocarse primero en las transferencias sociales y el ingreso sostén, basado en la deuda o la impresión de dinero, y recién después modificar el sistema impositivo para pagar esa deuda. Seis meses o un año después, porque es algo para hacerlo con tiempo, pero si no está esa posibilidad lo importante es empezar a pensar en reformar los sistemas tributarios en sentido de agregarle mayor distribución con una tasa para que los billonarios paguen”. En ese mismo camino se expresó el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel: “Si hubiéramos globalizado la solidaridad como se globalizó el mercado, la historia sería otra. Falta solidaridad y cooperación. Esos son valores que no pueden ser sustituidos por la búsqueda de las ganancias, motivación exclusiva de quienes, rindiendo culto al mercado, se olvidan del valor de la vida humana. Cuando se repasan los hechos que han puesto en vilo a la humanidad en los últimos cuatro meses, es indispensable mencionar los costosos errores de las políticas neoliberales, que llevaron a la reducción de la gestión y las capacidades de los Estados a excesivas privatizaciones y al olvido de las mayorías. Esta pandemia ha demostrado la fragilidad de un mundo fracturado y excluyente. Ni los más afortunados y poderosos podrían sobrevivir en ausencia de quienes con su trabajo crean y sostienen las riquezas”. Total de casos en Cuba: 1.729 infectados y 73 muertes. En la Argentina, la discusión sobre qué tipo de sociedad y Estado se definirá comienza a vislumbrarse. El New Deal que protagonizó el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt en 1933 luego de la Gran Depresión del capitalismo en 1929 comprendió la puesta en marcha de la reconstrucción del poder del Estado como motor central del crecimiento económico, de la definición de reformas centrales en la salud, la educación, el poder financiero y agrario. En la Argentina, hubo dos momentos parecidos en la historia. Uno, en la fundación del peronismo por Juan Perón durante el Estado de Bienestar en 1945-1955. Otro, cuando Néstor Kirchner debió enfrentar el default y la gran crisis de 2001-2003. La discusión en la Argentina comienza a despuntar. Alberto Fernández se enfrenta en la necesidad de rediscutir, ante la magnitud de la deuda externa del país, un New Deal o nuevo pacto social que reformatee el Estado y la estructura económica y social.

MATCH POINT.

Lo cierto es que el destino del capitalismo es como ocurre en un match point y –como en la película de Woody Allen– no se sabe si el anillo que prueba el delito queda del lado en que no pueda dejar de ser encontrado. Sobre ese futuro no hay certeza. Unos son optimistas, otros no. Michel Houellebecq está lejos de ser optimista respecto de la llegada de un mundo mejor después de la pandemia. Dice que todas las tendencias las vemos ahora: que los adultos mayores (70, 80, 85) no valen mucho ya que incluso algunos piensan que es mejor dejarlos morir; lo mismo con las muertes “discretas, en solitario” como estadísticas. Y tampoco hay nada nuevo, subraya, en la evidencia de que Occidente no es la zona más rica y más desarrollada del mundo. “Todas estas tendencias, como he dicho, ya existían antes del coronavirus; sólo se han manifestado con nuevas pruebas. No despertaremos, después del encierro, en un nuevo mundo; será lo mismo, sólo que un poco peor”. El historiador italiano Enzo Traverso les teme a los monstruos de la híper explotación: “En la pos-crisis, se puede anticipar que se desarrollará la enseñanza a distancia, al igual que el trabajo a distancia y esto tendrá considerables implicaciones, tanto sobre nuestra sociabilidad como sobre nuestra percepción del tiempo. La articulación del biopoder y el liberalismo autoritario abre un escenario aterrador”. Para el sociólogo alemán Wolfgang Streeck, el problema del final del capitalismo es que no se sabe qué tipo de sociedad o sociedades lo reemplazarán siendo que una de las peores consecuencias de las políticas de los últimos 40 años ha sido la desocialización de la sociedad, es decir, la fragmentación y la ruptura de los vínculos de solidaridad en las clases populares junto con la pulverización de lo común y de lo público. Streeck piensa que ha sido tan brutal ese proceso que muy difícilmente se pueda imaginar un sujeto social a la altura del desafío allí donde no parece emerger un núcleo sólido y compacto en medio de la fragmentación de la clase trabajadora y el híper individualismo dominante. Noam Chomsky ya advirtió de la estrategia de los grupos de poder ante la crisis, agravada por la pandemia del coronavirus: “Nos podría llevar a Estados altamente autoritarios y represivos, que expandan el manual neoliberal incluso más que ahora. La clase capitalista no cede. Piden más financiación para los combustibles fósiles, destruyen las regulaciones que ofrecen algo de protección. Eso depende de la gente joven. Depende de cómo la población mundial reaccione”. Para evitar el caos, la catástrofe del mundo se llevará puesta a esta forma de capitalismo de manera luctuosa, sostiene el sociólogo francés Michel Wieviorka: “Estamos obligados a mirar lo inmediato, el corto plazo, el término medio y el largo plazo, y ello con una reflexión coherente donde cada momento requiere una reflexión distinta”. Y define que no son las ideas las que faltan, “sino las figuras, los líderes y los actores políticos con suficiente legitimidad y credibilidad como para llevarlas a cabo”, una opinión que el presidente Alberto Fernández aplica a rajatabla al asumir el liderazgo inédito de una Argentina en crisis por dos pandemias: las consecuencia del saqueo neoliberal y del coronavirus.


El día después de mañana

03 de mayo de 2020
DÍA CUARENTA Y SEIS DE LA CUARENTENA.

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo y cómo terminará la pandemia. Se esgrimen respuestas que suenan desde lógicas a distópicas. Lo que prevalece es el cansancio y el deseo de un límite que, por ahora, no aparece. Que por ahora no nos declare vencidos. En tanto, las cifras escalan: suman más de dos millones los infectados y más de 240 mil muertos en el mundo. Los Estados Unidos llevan la delantera en las cifras luctuosas. Mister Trump asiste a que bajo su gobierno de “sociópata”, como señaló Noam Chomsky, haya más del 50 por ciento de los infectados en el mundo –1.200.000 ya– y cerca de 68.000 muertos. Les costó a los estadounidenses más pérdidas en vidas que la maldita guerra de Vietnam, donde murieron cerca de 58 mil soldados. Claro que más les costó a Vietnam del Norte y del Sur, donde murieron más de dos millones de vietnamitas. ¿Acaso en la mente de esa especie de Nerón de la modernidad se trata de un Excel previsible y admisible? Su par de Brasil, Jair Mesías Bolsonaro, un “patotero y psicópata de opereta”, como lo definieron no pocos intelectuales, compite con él. En el mismo período, sumó cien mil contagiados y cerca de 6.500 muertos. Y, además, se mofó cuando le exigieron cordura en la conducción del gobierno: “¿Qué quieren que haga? Soy Mesías, pero no hago milagros”. Si las cifras pudieran marcar el triunfo del humanismo, como dijo la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Argentina, gobernada por la biopolítica del peronismo del presidente Alberto Fernández, se llevaría los elogios. En el mismo período, hubo poco más de 4.600 infectados y 237 muertos. Los EE.UU. tienen una población cuatro veces mayor a la de la Argentina. No deberían tener más de mil muertos. Porque si la asistencia en la Argentina por la pandemia es superior a la de varios países de mayor desarrollo, como señaló la OMS, ya que el paquete de ayuda comprometido por el Estado nacional, en torno al 5,6 por ciento del PBI durante el trimestre abril-junio, refleja que la respuesta argentina para enfrentar los efectos económicos de la pandemia de coronavirus se encuentra por encima de la de países como Brasil, China, Corea, Italia, España y Francia, si se tiene en cuenta la relación con la capacidad fiscal de cada uno. El jefe de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, destacó el “liderazgo” argentino contra la peste. Pero se sabe que la muerte es apenas el esbozo del drama. Que la economía es apenas la punta del iceberg de la sobrevivencia. La humanidad está en peligro no sólo por la pandemia sino por la locura de quienes tienen todo el poder económico y militar para defenderla. La idea del darwinismo social del capitalismo neoliberal rampante que define a esos dos personajes de esta historia en nuestra América es, definitivamente, que mueran todos los que sea necesario. Sobre todo pobres, viejos, hispanos, negros y enfermos.

QUEDATE EN CASA.

En tanto, mientras se asiste a esa película clase D sobre cómo ciertos líderes dejan caer a sus países en la muerte como si pudieran disfrazar sus pulsiones darwinianas amparados en una catástrofe natural, sobrevuelan, se esgrimen, todo tipo de teorías sobre las sociedades, la ciencia, y la economía para el hoy y el día después de la pandemia. El sociólogo y economista estadounidense Jeremy Rifkin trepa al podio de los se animan a sostener que la humanidad está en peligro de extinción. Sostiene que todo lo que nos está ocurriendo deriva del cambio climático; que hubo otras pandemias antes y también advertencias de que algo grave podía ocurrir; que los desastres naturales –pandemias, incendios, huracanes, inundaciones– van a continuar porque la temperatura en la Tierra sigue subiendo. “Ya nada volverá a ser normal. Esta es una llamada de alarma en todo el planeta. Lo que toca ahora es construir las infraestructuras que nos permitan vivir de una manera distinta. Debemos asumir que estamos en una nueva era. Si no lo hacemos, habrá más pandemias y desastres naturales. Estamos ante la amenaza de una extinción.”  Otros aventuran que la vacuna está cerca. Hay por lo menos cien investigaciones en el mundo para neutralizar el coronavirus con más dudas que certeza en cuanto a su poder de inmunización definitiva en los humanos. Lo cierto es que se nota cansancio y desesperación. ¿Se puede numerar, denominar, esa ecuación tremenda? Un hilo de Twitter de Claudia Cortés, una médica infectóloga de la Universidad de Chile, lo revela: “44 días desde que vi al primer paciente, 43 desde que veo a mis hijas por la ventana, 42 de trabajar casi 24/7, de llevar estadísticas y registrar cada detalle, 40 reuniones por zoom, 39 llamadas a medianoche, 38 lavados de mano cada mañana, 37 cada tarde; 36 veces me pongo y me saco el delantal desechable; que hago 35 recetas; 34 veces que digo ‘diga 33’; 32 mujeres en el equipo; 31 veces que subo a la Unidad de Cuidados Intensivos; 32 que bajo a urgencias; 32 que pido un escáner; 31 que converso con mi marido desde lejos… 30 días que trato de fantasear qué haré cuando todo esto se acabe (y no lo logro); 28 abrazos que quise dar y no pude; 27 sour que quise tomar y no pude; 26 panes triangulares de miga como pura comida que ya odio; 25 minutos que me demora la vuelta a mi casa en toque de queda; 24 horas eternas del día; 23 box de urgencia; 21% de oxígeno que no alcanza; 20 pares de guantes por lo menos cada día; 19 el paciente más joven; 18 teleconferencias; 17 recetas retenidas; 16 metros cuadrados donde habito; 15 guías clínicas a discutir; 14 licencias extendidas; 13 altas; 12 libros que me gustaría leer; 11 cumpleaños de amigos y familiares a los que no iré; 10 de la mañana todas las indicaciones listas; 9 series/películas que me gustaría ver; 8 amigos apoyando a full; 7 años cumplió mi hija chica hace poco; 6 veces que creo que ahora sí me contagié; 5 colegas infectólogas que apañan; 4 que queremos sentarnos en la misma mesa y dormir apretados en la misma cama; tres palabras: quedate en casa”. En esas tres palabras caben muchas preguntas: si el miedo a la muerte puede mantener a raya el deseo de estar con otros. Si el quedate en casa como mandato es cumplible, si la búsqueda de la inmunización es consciente, si se quiere proteger a los otros como a uno mismo o el miedo y la ideología arman la tremenda coartada de admitir las técnicas de darwinismo social bajo formas más domésticas. En esa duda se abre una grieta por donde se filtran los heraldos negros.

FEOS, SUCIOS Y MALOS.

Lo cierto es que la violencia asoma en la tensión de esa ecuación más allá del deseo de los ciudadanos. Y el miedo a los otros se despliega como una marea negra en los cuerpos de las sociedades. ¿Cómo entender, si no, lo que ocurrió en la Argentina? Otra vez, el Tánatos neoliberal campea en la crisis pandémica. Así ocurrió con el tratamiento sobre la libertad de los presos en las cárceles o en la constatación brutal de que en la villa o barrios de emergencia de Buenos Aires, la ciudad más rica de la Argentina, vive uno de cada diez infectados de coronavirus. Tal como en la película Brutti, sporchi e cattivi, del gran director italiano Ettore Scola, los habitantes de los márgenes de la ciudad sobran e incomodan para los burgueses pequeños, pequeños. El gobierno de la ciudad, en manos del macrista Horacio Rodríguez Larreta –sinónimo de afiliación neoliberal–, que prefiere poner canteros en las avenidas a construir escuela u hospitales, confirmó que al 30 de abril ya eran 124 los casos de Covid-19 en los barrios más vulnerables. Representaban el 11 por ciento de los 1.123 infectados de la ciudad. Un dirigente social, Ignacio “Nacho” Levy, editor de la famosa revista La Garganta Poderosa dijo que en la Villa 31 –la más grande de la ciudad, que tiene 49 villas, cinco asentamientos y dos barrios populares, es decir, un total de 56, atravesadas por serios problemas habitacionales– en una semana los contagios habían crecido en un 1.900 por ciento, saltando de tres a 57 casos en pocos días. Hecho agravado porque, en medio de la pandemia, faltaba el agua. Pero si los “villeros” revisten en la categoría de ciudadanos de segunda, los presos revisten en la de descartable para quienes el miedo al otro pobre, negro, sucio y feo enfría la piedad. El miedo al otro supera el miedo al virus. O tal vez, la pandemia hacer emerger una ideología del descarte que anida en los partidarios del neoliberalismo. Lo sepan o no. Todos los países del mundo, por ejemplo, tomaron medidas para descomprimir las cárceles de población sobrante. Todos. Al menos 125 países tienen poblaciones de prisioneros que superan las capacidades de sus sistemas correccionales, incluidos veinte que tienen más del doble de los reclusos que pueden albergar, según el Informe Mundial sobre Prisiones, una base de datos del Instituto de Investigación de Política Criminal de la Universidad de Londres. Brasil tiene la tercera población carcelaria más numerosa del mundo, después de Estados Unidos y China. En los últimos veinte días, a raíz de la pandemia, se produjo una oleada mundial de morigeración de las penas de los presos. En EE.UU. la cifra de liberados superaba los 16.000. En Irán, se liberó a 85.000 prisioneros, una cifra por cierto descomunal. Turquía mandó a sus casas a 45.000. Francia, hasta el 13 de abril, había liberado a 9.923 detenidos. Indonesia a 30.000. Brasil a 30.000 presos. México a 6.200 presos, para citar algunos casos. En la Argentina, menos del uno por ciento de la población carcelaria de la provincia de Buenos Aires recibió el beneficio de prisión domiciliaria ante el riesgo de contagio, ya que entre el 17 de marzo y el 17 de abril pasado 439 presos salieron de la cárcel por decisión judicial. Los grandes medios de comunicación cavaron una grieta social al difundir fake news como por ejemplo que un femicida liberado en octubre de 2019 y un hombre excarcelado por problemas mentales son lo que se espera como antecedente de liberación masiva de presos. Así que la clase media de la ciudad de Buenos Aires, la más afectada por la situación de precariedad de parte de su gente en las villas, se sumó a la manipulación mediática, que además contó con la manipulación de jueces adictos a la oposición. Lo cierto es que el Presidente debió explicar que las excarcelaciones son “responsabilidad” de la Justicia y que existe “una campaña mediática” que busca “acusar al Gobierno de querer facilitar la libertad” de personas detenidas con condenas. Fernández tuvo que recordarles a los argentinos que organismos internacionales y de derechos humanos formularon recomendaciones para “evitar el hacinamiento en las cárceles” ante el coronavirus. Ahora bien, son increíbles las fake news y también las teorías conspirativas más locas sobre la pandemia:

1- EE.UU. tiene un arma biológica y a China se le escapó el virus. Entre las primeras conspiraciones que aparecieron, una explicaba que EE.UU. estaba atacando a China con un arma biológica. Ahora que se propagó por el mundo los mensajes culpan a China de querer imponer su hegemonía mundial o de que se les “escapase” el virus de un laboratorio chino.

2- Bill Gates quiere controlar el mundo a través del 5G, que es la abreviatura que se refiere a la nueva tecnología que hace que los dispositivos inalámbricos sean más rápidos y estén más conectados. Las teorías pusieron un foco de atención en esta novedad de la tecnología, asegurando que es más poderosa que los anteriores tipos de internet móvil, y que por tanto es más peligrosa para el sistema inmunológico de las personas.

3- El coronavirus lo trajeron los extraterrestres. Una conspiración menos famosa pero que ya está propagándose por las redes sociales apunta que hay vida en planetas desconocidos y que podrían llegar a la Tierra por un meteorito. Por muy alocada que parezca esta teoría, el astrofísico británico Chandra Wickramasinghe afirmó a principio de año que una bola de fuego que cayó en el norte de China en octubre de 2019 es la fuente más probable de la enfermedad.

4- El virus puede transmitirse por correo. Otro mito sobre el SARS-CoV-2. Mucha gente piensa que recibir una carta o un paquete de China puede ser el causante de contraer el virus, pero la Organización Mundial de la Salud ya desmintió esta teoría. Los investigadores ya descubrieron que este virus no permanece vivo por mucho tiempo en objetos y superficies.

5- El virus es comunista. En Brasil, igual que en los EE.UU., los dirigentes restaron importancia al virus durante la pandemia. Una nueva teoría conspiratoria fue creada y difundida por uno de los ministros de Bolsonaro.

6- La covid-19 es la solución del cambio climático. Otra teoría es que el coronavirus fue creado por los gobiernos para acabar con el cambio climático.

7- En España el 8M es el causante de la propagación. La manifestación del 8M fue un acto multitudinario de las mujeres. El partido de la ultraderecha española VOX, desde el inicio de la pandemia, apoyó la teoría de que la manifestación feminista fue la causante de la propagación.

EL TSUNAMI NEOLIBERAL.

No son sucios o feos. Sólo neoliberales. Ergo, muy malos. Los grandes medios aprovecharon para avalar cacerolazos de protesta contra el gobierno de Alberto Fernández por el tema de saneamiento de cárceles en medio de la discusión sobre la necesidad del impuesto a los ricos. La oposición macrista y sus jueces amigos –un poder casi feudal– tienen el principal libretista de las fake news. Se sabe que la corporación Clarín, hegemónica en medios, tiene intereses directos –con dos mil millones de dólares como fortuna personal de sus dos principales dueños– en oponerse al impuesto a los ricos y al no pago de la desmesurada e impagable deuda externa ya que revista entre los acreedores privados y se identifica con las presiones del capital financiero buitre. Más allá de cómo o cuánto tarde el Congreso para establecer ese impuesto, más allá de que el gobierno de Fernández cuenta con el aval internacional de los países que tienen acreencias soberanas, nucleados en el FMI,  el lobby infernal criollo sobre el gobierno se lanzó y no se detendrá. Como no se detendrá el lobby para abrir rápidamente la economía y terminar con la cuarentena. Como quiso hacer una banda de supremacistas blancos al intentar tomar armas en mano la sede del gobierno en Michigan. Porque está en la naturaleza de rapiña del capital concentrado argentino y su corporación mediática, que es el estado mayor de la línea defensiva de esos intereses, edificando un sentido común de solidaridad ficticia entre el pobre y el rico sobre la cabeza de los ciudadanos: algunos son inocentes, otros partícipes del odio y la grieta donde nunca se salda la historia a favor de los que menos tienen. Es interesante ver el siguiente cuadro:

Impuesto a las riquezas en Europa y América latina

cuadro cycFuente: Cepa (Julia Strada, Magdalena Rua y Lucio Garriga Olmo). Publicado en El Cohete a la Luna.

Tal vez para neutralizar la ofensiva de los buitres y sus medios, el péndulo se movió al revés: avanzaba un pacto de la central sindical y la central industrial UIA-CGT para recortar un cuarto del salario de trabajadores suspendidos por la crisis. Como señaló Alfredo Zaiat, el mejor periodista económico de la Argentina: “En este contexto de crisis global y de reacción rápida e intensa del Gobierno para amortiguar los costos ineludibles de la pandemia, irrumpió un acuerdo UIA-CGT a contramano de lo construido en esta emergencia. Cuando empieza a girar el inmenso dispositivo de protección social, laboral y económica, se anuncia un inoportuno pacto, con el aval oficial, de reducción del 25 por ciento retroactivo a abril para miles de trabajadores y trabajadoras suspendidas. El Gobierno tiene la oportunidad de corregir ese desvío impropio del sendero colectivo que la sociedad está transitando”. Porque la crisis producida por la pandemia no es, como señala el economista paquistaní Umair Haque, de la Bussines School of London, sólo un aumento en el desempleo, “es un tsunami histórico. Nunca antes habíamos visto cifras tan veloces y catastróficas. Nunca antes. Ni durante las recientes crisis financieras, ni durante las guerras, ni siquiera durante la Gran Depresión. Estamos viviendo una catástrofe que no tiene precedentes y que no tiene paralelo. La razón por la cual esta catástrofe se está multiplicando y acelerando, arrasando la economía, es que la respuesta a la misma fue lamentablemente inadecuada. Al ver los efectos de una pandemia (encierro, cuarentena, una sociedad entera que se queda efectivamente en casa), cualquier buena economía (y no hay muchas de esas alrededor) exigía un estímulo a la misma escala que la catástrofe: histórica, masiva, sin precedentes. Esto es lo único que tiene sentido: si la crisis no tiene paralelo en la historia, entonces la respuesta también debe ser así. Pero lo que el gobierno estadounidense, bajo Trump, produjo, fue algo tan débil e inadecuado como para se le pueda creer. No digo eso para causar un efecto determinado. El estímulo que se aprobó fue el equivalente a apoyar tanto a las empresas como a los hogares durante solo una semana. Y sin embargo, ya ha pasado un mes. El estímulo fue como tratar de detener un tsunami con un muro de un solo ladrillo, o un incendio con una pistola de agua”. Se trata, entonces, de apostar al pleno de la producción. Se trata de ver que el mundo ya no será igual luego de la pandemia. Se trata de que el megacapital o el tecnocapital como el de Jeff Bezos, el más rico del mundo, dueño de Amazon, esté viviendo su momento de gloria. Y es posible que el trabajo y la producción como lo conocemos desaparezcan. Se trata, al final, de si una nueva era de hielo sobrevendrá –como muestra la película The Day after Tomorow (2004) de Roland Emmerich– que la historia termina bien. Que no baste con salvar del incendio con que se calientan los personajes a la Biblia de Gutenberg, el primer libro impreso de la humanidad, sino los vínculos de amor social y de solidaridad internacional para no someterse al coronavirus ni al ogro depredador del mundo. Porque, como dice Haque: “El futuro arde en llamas todos los días, minutos y segundos ahora. A medida que la onda expansiva de esta catástrofe se acelera, a los desastres se les agregan líderes incompetentes, ideologías fallidas, políticos débiles y demagogos sociópatas. Hay una lección en eso. Tal vez no para los estadounidenses, para quienes creo que ya es demasiado tarde, sino para el mundo”.


Civilización o neoliberalismo

26 de abril de 2020
Día 39 de la cuarentena.

La vida cotidiana, la única que tenemos, se despliega entre la incertidumbre y la noia, que es algo más que el aburrimiento tal como lo describió el italiano Alberto Moravia, y la increíble fatiga a pesar del repliegue a la intimidad que siempre supuso el repliegue sereno a lo privado. La noia es la condición metafísica del tiempo sin límite con que transcurre nuestra vida en la cuarentena pero también la desaparición de las fronteras entre lo real y lo virtual, entre el trabajo y el descanso. La abrumadora sensación de soledad golpea no por no estar acompañados –hay una humanidad con la misma malatía–, no por no sentirse parte de un sinnúmero de seres que cada noche, desde las ventanas, aplaude a quienes nos protegen. Es la ausencia de los amigos, los abrazos que faltan, el cansancio de las videoconferencias, los wasap. La virtualidad que agota, que es una solución al confinamiento pero también su trampa. Puede ser la conexión con el otro pero al mismo tiempo la confirmación de la soledad y la incomunicación. Es la trasformación del cuerpo en una abstracción. Sólo funciona la cabeza, y algún músculo en las obligatorias y a veces ridículas clases de gimnasia virtuales. El gran poeta italiano Cesare Pavese tenía razón: lavorare stanca. Puertas adentro, agota la superposición del disfrute y los deberes maternales; la escuela invadiendo cada rincón de la familia; el teletrabajo que despunta como solución y como amenaza y el grito que alguien se anima a predecir como reclamo: “¡Quiero volver a las ocho horas! Quiero volver a viajar en el horario pico sin miedo, en un colectivo atestado de otros argentinos (porque acá estamos escribiendo estas crónicas). Quiero volver al siglo XX de los contactos piel con piel. De los abrazos, de los besos sin tapabocas. Del sexo cuerpo a cuerpo de quienes aún no viven juntos pero se aman”. Ser civilizados cansa. Hubo que pelar para que se declarara inconstitucional que los mayores de 70 años fueran recluidos en sus casas por el gobierno neoliberal de la ciudad de Buenos Aires. Y sí, cansa guardar las normas, ser fiel a quedarse en casa cansa. Pero más cansaría la ausencia de posibilidad de sentirse libre. Más cansa la ausencia del cuerpo sin miedo. Más cansa que la muerte amenace como un hecho sobrenatural. Y cansa, definitivamente, que haya miserables de todo pelaje que, a pesar del esfuerzo sobrehumano que se hace en todo el planeta para conjurar la peste, para protegernos del virus, existan heraldos de la muerte, tíos patilludos que se empeñan en convocarla, día tras día, transpirando petróleo que, además, se derrumbó a valores negativos, por primera vez en dos siglos, como valor supremo de sus angurrias y avaricias. Y, a pesar de tanta ambición por la bolsa y no por la vida, no en todas las latitudes existen estos miserables. Si la razón sirviera para contar la muerte (se duda siempre de la racionalidad de semejante tarea), si las matemáticas sirvieran para cuantificar la vida (también se duda de esto), se podría decir que los irresponsables y los patanes, los heraldos negros del capitalismo estallado, ya cargan sobre sus espaldas miles de muertes por el coronavirus.

LA MUERTE LES SIENTA BIEN.

Podría hacerse una reflexión sobre la película  Death becomes her, de Robert Zemeckis, cuando un cirujano plástico, un tal doctor Ernest Menville, vende la posibilidad de la eterna juventud, o sea, la inmortalidad. Ahora no se trata de la eternidad de mujeres que igual se degradan hasta la nada. Se trata de la desesperación del capitalismo por ser eterno. En ese camino, el mundo se topa con los Estados Unidos, que tienen a Donald Trump de jefe y más de 53 mil muertos, además de casi un millón de afectados por la peste. Se sabe que a Trump le gusta ser primero en todo, y lo consiguió al llegar a ser el presidente del país que tiene sobre su dolida gente más de la mitad de todos los casos infectados hasta ahora, y la tercera parte de todos los muertos ocurridos en esa primavera boreal. No hay inocencia en esa cifra. Nunca la muerte de otros que puede ser prevenida y, más, frenada, es inocente. Se presumía que la mayoría de las víctimas serían los pobres, los negros y los hispanos. Un forma de darwinismo oportunista ya que en vez de echarlos con leyes migratorias se deja que el virus haga lo suyo en poblaciones de riesgo. Ante el escándalo de las muertes, Trump propuso –a su manera, como el patán brasileño Jair Bolsonaro (en la cuerda floja por la renuncia de su ministro de Justicia, Sergio Moro, hombre apto para todo servicio en el golpe blando contra Dilma Rousseff y la persecución del gran Lula Da Silva) o como el recuperado pero tardío arrepentido, el primer ministro inglés Boris Johnson– que se les inyectara lavandina o detergente a los estadounidenses, o tal vez rayos solares, como vacuna contra el virus. Unos días antes, la alcaldesa de Las Vegas, Carolyn Goodman, había propuesto reabrir los casinos, restaurantes, hoteles y centros de convenciones, con el único objetivo de reactivar la economía en la ciudad que recibe en condiciones normales a 42 millones de turistas por año. Al defender esa cuestionada iniciativa en un programa televisivo, la alcaldesa redobló la apuesta y propuso a su ciudad como un laboratorio experimental para que científicos evalúen si es cierto que morirían más personas sin medidas de distanciamiento social. Increíble: trató de convertir en una contribución a la humanidad que murieran todos los millones necesarios –recuerda a la frase del dictador Jorge Videla en la Argentina– siempre que eso sirviera para que la “apuesta” en el reino de las apuestas no detuviera la rueda de la fortuna. Money, money, money, otra vez, en el centro y horizonte de los que el gran filósofo y lingüista estadounidense Noam Chomsky llama “bufones sociópatas”, como expresión de lo que considera una “falla masiva y colosal de la versión neoliberal del capitalismo”. O de “filósofos de la muerte”, como los llama el escritor Ariel Dorfman, cuando comparó a Trump con el ideólogo y propagandista del dictador Francisco Franco, heraldo negro del fascismo español, José Millán-Astray. Dorfman recuerda, implícitamente, el enfrentamiento del filósofo republicano Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca en pleno ascenso del fascismo y en vísperas de la Guerra Civil Española. “Venceréis, pero no convenceréis”, dijo Unamuno. Y Millán-Astray le gritó: “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!”. Dorfman señaló que Trump es una figura más aterradora que Millán-Astray. Que “es la personificación de uno de los jinetes del Apocalipsis, el que cabalga en el caballo blanco de la pestilencia”.

LO HERALDOS NEGROS Y LA GUILLOTINA.

No es una poesía del gran César Vallejo ni un cuento del gran inventor de la literatura del terror, Edgar Alan Poe, pero bien podría ser de ambos en su mensaje aterrador. Esta semana que pasó se conoció una carta de lo que se autodenominó Fundación Libertad, pero podría ser llamada nueva internacional negra, con un posible lema: “Muera ahora, pague después”. En línea con ese pensamiento, obsesionados por el avance de los Estados nacionales, que son los que garantizan masivamente la salud, el avance de la ciencia en la producción de vacunas y el cuestionamiento a los valores supremos del mercado (Europa se prepara, de hecho, para una nacionalización masiva de empresas), los varios millonarios del mundo, ex dirigentes de la derecha más cerval, y varios de su intelectuales y voceros y escribas hicieron un llamamiento, muy parecido al que Macri hizo una vez al afirmar que “el populismo es más peligroso que el coronavirus”. Macri, que sigue conspirando con cara de “yo no fui” tanto en la Argentina como dentro del fútbol, que lava fortunas clandestinas, le puso su firma en un texto elaborado por la fundación que preside el neoliberal Mario Vargas Llosa. El documento cuestiona la respuesta del gobierno argentino frente a la Covid-19, se preocupa por un resurgimiento del “estatismo y el intervencionismo” y dice que las cuarentenas “restringen las libertades y derechos básicos”. La peste ya mató 200 mil personas en el mundo. Pero estas almas inquietas –entre ellos los capos de la derecha internacional, como José María Aznar y Sebastián Piñera– están más preocupadas por sus millones de dólares en paraísos fiscales bajo la lupa de los Estados que deben aplicar un impuesto a las grandes fortunas para soportar el peso del crac económico que produce la pandemia. Saben, sin embargo, que el daño que promueven, la inestabilidad política que promueven al convencer a no pocos idiotas (siempre en el sentido griego, al hablar de ciudadanos ignorantes) de que uno se salva solo, puede tener un castigo y le temen. Ejemplo. El híper millonario estadounidense Bill Duker, dedicado a la industria de la tecnología, tiene, entre otras cosas, el mejor velero del mundo. Un yate que bautizó Sibaris –obviamente en alusión a que se considera un sibarita–, que le costó 100 millones de dólares, y atraca en el puerto de Miami Beach. En un video que puede verse en YouTube sobre multimillonarios con yates famosos, Duker confesó que equipar la cocina le costó un millón de dólares, que entre otros lujos tiene cajones forrados con piel de iguana. Y luego confesó: “Si la gente supiera cómo vivimos acá dentro, seguramente volverían a poner en marcha la guillotina”. La frase indica muchas cosas. La tremenda conciencia del despilfarro; la existencia de un mundo de necesidades fuera de ese mundo y la culpa: el derroche debería ser castigado con la guillotina. O, tal vez, evoca y teme la proximidad del terror que desplegó la Revolución Francesa sobre el que se edificó el poder de la burguesía. Porque el magnate de esta historia sabe que ahora él revista en las huestes de la oligarquía financiera, más parecida a la edad media del capitalismo que a la modernidad que impregnó el nacimiento de los Estados modernos en el Renacimiento.

BIOPOLÍTICA PERONISTA.

En este otoño austral, en la Argentina, con la jefatura de Alberto Fernández y todo el gobierno integrado por científicos y militantes políticos que creen en el Estado nacional como arma central para combatir la pandemia, la distancia con los heraldos de la muerte es tremenda. Porque, como señaló Dorfman, “la misma ciencia que Trump ha ridiculizado y que ignora en forma antojadiza sigue su lento avance, progresando paso a paso, en forma rigurosa y medida, proponiendo modelos y soluciones que recuerdan las grandes victorias humanas en nuestra lucha perenne contra la muerte. Lo que nos permitirá salir de esta crisis y de las que todavía han de sobrevenir es la gracia de nuestra razón y la luz de nuestro conocimiento y, por cierto, la constancia de la solidaridad y la colaboración que siempre, pese al desvarío criminal de Trump, ha caracterizado a nuestra especie”. Lo cierto es que el primer caso importado se detectó el 3 de marzo. A cincuenta y cinco días de ese momento, los infectados totales ascienden a 3.600 y los muertos a 179. Y no sólo eso, en medio de las consecuencias del desmembramiento de la ciencia y de la salud de cuatro años de gobierno del patético neoliberal –Macri, indeed–, los científicos argentinos del hospital Malbrán que planificaban destruir y demoler pudieron lograr la secuenciación del genoma completo del SARS COV-2 que circula en estas pampas. Y que constituye el primer paso para determinar cómo son las cepas de circulación autóctona, asegurar la calidad del diagnóstico y contribuir a una vacuna contra el virus. Por eso, la gran deudora del sur, decidió –y la comunicación la realizó el ministro de Economía, Martín Guzmán, el impasible– reestructurar su deuda externa con los bonistas privados así: con la emisión de los nuevos títulos en dólares, con una quita del 62 por ciento sobre los intereses y de 5,4 por ciento sobre el capital para comenzar a pagar en 2023. Los acreedores pusieron el grito en el cielo. No lo aceptaron y era previsible. Gerardo Rodríguez, director ejecutivo de Mercados Emergentes de Black Rock, quizá el fondo buitre más grande del planeta, amenazó a Guzmán: “Yo no sé si ustedes tienen claro con quiénes se están metiendo. Nosotros tenemos espalda y podemos sentarnos a esperar a negociar con otro gobierno que entienda a los mercados. Como los entendía el gobierno anterior, por ejemplo”. Guzmán contraatacó: no descartó que también se deba modificar la ley de entidades financieras, sancionada por el dictador Videla y su ministro José Martínez de Hoz en febrero de 1977. Esa ley fue la base del proceso de apertura, desregulación, endeudamiento masivo y valorización financiera del capital. Es decir, la entrada decisiva de la Argentina en el ciclo neoliberal. Esos acreedores que saquearon con tasas usureras permitidas por cómplices como Macri quieren cobrar –como el Shylock de El mercader de Venecia, de Shakespeare– a costa de la vida de los argentinos. Pero el planteo del gobierno de Alberto Fernández fue bancado por buena parte de quienes tensan la cuerda a favor de los Estados nacionales representados en el FMI y los fondos buitre que, como Black Rock, tienen una cartera que supera el PBI de Francia, por ejemplo. La Cepal, voceros del G20 y de la ONU consideran que la oferta del gobierno de AF “es una propuesta pragmática y de buena fe”. Pero claro, la batalla más dura está no sólo en el frente externo sino también en el interno. Como analizó el gran periodista especializado en economía Alfredo Zaiat, “existen intereses políticos del establishment local que confluyen con los de los acreedores. El canal de expresión que tienen son los medios de comunicación con mayor capacidad de penetración en el mercado. Esas grandes empresas de medios que comercializan contenidos, como uno de sus negocios principales, son parte activa del poder económico. Esas firmas mediáticas, como sus principales accionistas y la mayoría de las compañías líderes, han destinado una parte de sus excedentes financieros a comprar títulos públicos. En los balances de cada una de ellas están registradas tenencias de bonos”. Se despliega entonces una coincidencia objetiva entre miembros del establishment local y los grandes fondos acreedores, en relación a cuestiones financieras. Una investigación del periodista Ari Lijalad señaló, por ejemplo, que el Grupo Clarín, el principal grupo de medios de la Argentina, tiene 1.700 millones de pesos en bonos de la deuda. De cualquier manera, la pandemia puso a la Argentina en el centro del debate. Acepten o no, “eso es lo que hay para ustedes” es la frase perfecta para los acreedores buitres o estatales. Y es entendible. La masa de dinero puesta para cuidar la vida, el trabajo y la salud de los argentinos sumó en apenas dos meses casi 850 mil millones de pesos, una cifra que equivale al 3 por ciento del PBI.

LOS MISERABLES.

Lo tuvo que decir la canciller alemana Ángela Merkel: “Nunca entendí por qué en la Argentina los ricos no pagan más impuestos”. Alemania instauró un impuesto a la riqueza ante la crisis posterior a la Segunda Guerra Mundial, que recién eliminó en 1997. Y si la lucha contra la pandemia no es una guerra cabal, por lo menos se le parece en las consecuencias económicas. Por eso, el gobierno de AF y Cristina Fernández de Kirchner impulsaron la necesidad de aplicar un impuesto cercano al uno o dos por ciento de las grandes fortunas. Hubo, primero, un pase de baile judicial. CFK, como presidenta del Senado, y consciente de la resistencia de las no más de 12 mil grandes fortunas de la Argentina, a las que hace de vocero y libretista el poder mediático, tal como se dijo más arriba, pidió a la Corte Suprema que permitiera sesionar virtualmente al Congreso. Los cortesanos se tomaron su tiempo –tiempo que no tienen los millones de pobres de la Argentina y su necesidad de asistencia del Estado, que debe llegar a casi 8 millones de ciudadanos con problemas laborales o desocupados– y finalmente dijeron que ellos no debían autorizar las sesiones virtuales del Legislativo pero que daban el visto bueno para que los legisladores establecieran el reglamento de funcionamiento durante la pandemia. Así que “Listo”, festejó en tuiter CFK. Nadie podrá decir, ahora, agregó, que sesionar virtualmente sea pretexto para declarar inconstitucional el impuesto a las grandes fortunas, que la derecha macrista y sus aliados diz que radicales, es decir, neoliberales a la violeta –porque el Estado es para hacer negocios y no para repartir la plata de los más ricos– resisten con uñas, dientes, tretas y pauteros y corporación mediática al ataque. Lo cierto es que es obscena la resistencia. La lista de los más ricos de la Argentina, publicada por Forbes, en 2019 la encabezan Paolo Rocca (Techint) con más de 9 mil millones dólares, seguido por el petrolero Alejandro Bulgheroni, con cerca de 8 mil millones, y tiene entre sus miembros a los dueños del Grupo Clarín, con dos mil millones entre Héctor Magnetto y los hermanos Noble. Forbes revela que el grupo de no más de 50 ricos tiene cerca de 70.000 millones de dólares. Un impuesto del 1 por ciento sería no más de 700 millones de dólares. Si se piensa que el impuesto lo pagarían unos 12 o 13 mil millonarios, el Estado argentino piensa recaudar entre 2.300 y 3.800 millones de dólares, calculados sobre lo declarado, y cuando se sabe que el 80 por ciento de esos millonarios fugan a las grandes cuevas de evasión del mundo su fortuna. El relevamiento del Estado para pagar el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) reveló algo increíble: se supuso que accederían al IFE un millón y medio de trabajadores informales o no registrados. Pero quedaron en condiciones de percibirlo más del triple. Cerca de 4,8 millones de argentinos necesitan ayuda estatal para sobrevivir. El más del 10 por ciento de la población.

ATTENTI A LA TECNOPLUTOCRACIA.

Con el teletrabajo impuesto por la pandemia, se retrocede en derechos laborales conquistados. Los repartidores o delivery por apps se declararon en estado de alerta por la híper precarización. Además, el teletrabajo no es para todos. De un total de 11 millones de trabajadores, sólo 3 millones podrían realizar el home-office. Los efectos negativos de la pandemia serán mayores en los estratos de menores recursos. Por la caída de los ingresos ante la imposibilidad del uso del home-office, la pobreza podría aumentar cinco puntos. Los 4,8 millones de trabajadores, que representan el 40 por ciento de los ocupados, tienen nulo potencial de migrar al teletrabajo. En este grupo se destacan el personal doméstico, construcción, agricultura, transporte, servicios de comida, servicios de apoyo edificios y atención a la salud. El potencial de trabajo asciende a 34 por ciento en hombres y desciende a 24 por ciento en mujeres. Pero además, las estadísticas sirven para las radiografías pero no para definir el curso de los acontecimientos. La desigualdad tecnológica sumada a la precarización laboral es un tema de la materialidad de la vida. Además de las condiciones subjetivas de eliminación de la diferencia entre jornada laboral de la del descanso; que el teletrabajador financie los costos operativos de las empresas –luz, servicios, transporte– que redunde en una reducción del salario real y de hecho lo empobrezca. Una nueva mano de obra para un gobierno al que le teme Chomsky cuando habla de que el capitalismo puede reinventarse después de la pandemia con un nuevo sistema, con Estados altamente autoritarios y represivos que expandan el manual neoliberal incluso más que ahora. Una tecnoplutocracia donde los súper ricos usen la tecnología y las consecuencias de la pandemia para un nuevo ciclo de explotación y un retroceso a las primeras etapas de la brutal era de acumulación del capitalismo industrial, donde las jornadas de trabajo eran mayores a doce horas. Y el trabajador no tenía acceso a derechos de protección social. Los sindicatos parecen prevenidos, pero nada está escrito. Transformar en normal la vida pandémica en el trabajo y la producción costará otra vez sangre, sudor y lágrimas. El economista y escritor italiano Christian Marazzi, autor, entre otros libros, de El sitio de los calcetines, señaló la necesidad política de un nuevo Estado social que promueva un modelo antropogenético, basado en las actividades humanas para el hombre, que se apoye en la salud, lo comunitario, la cultura y el medioambiente en vez de en las mercancías. Para él, el coronavirus es “un virus de clase”. Es obvio que produce efectos diferenciados sobre las clases sociales. Y también entre los países. Porque el temor de no pocos intelectuales es que, como señaló Slavoj Zizek, ante el desmoronamiento pandémico de nuestro mundo no haya un final a la vista. ¿O sí lo hay? Por las dudas, Zizek propone la reasignación de recursos. “Tenemos suficientes. La tarea es reasignarlos fuera de la lógica del mercado (…) No importa cómo llamemos al nuevo orden que necesitamos, comunismo o coinmunismo, como lo hace Peter Sloterdijk (una inmunidad colectiva organizada contra ataques virales), el punto es el mismo”. El filósofo esloveno pide a gritos “nuevos guiones”. Se necesita “un horizonte de esperanza. Necesitamos un nuevo Hollywood pospandémico”. Claro que no se trata de vivir una ilusión. Se trata de que el capitalismo se reinvente para la vida y no para la muerte. Y esa batalla, por lo menos en la Argentina, está en pleno desarrollo con el regreso del Estado nacional y la política imponiéndose sobre la voracidad de los tecnoplutócras del gobierno neoliberal que gobernó hasta hace apenas cuatro meses. Hasta hace muy poco, pero que se siente como una eternidad.


El confinamiento del capitalismo

18 de abril de 2020
Día 32 de la cuarentena.

La orden llegó, como se temía: todos deben salir a la calle con barbijos o tapabocas. En la Argentina y en el resto del mundo. Es más, mientras se abren ciertas actividades para no morir de economía cesante, se aumenta la vigilancia y el control y el confinamiento, no sólo de los adultos mayores. Se castiga a los transgresores. Se dictan decretos para controlar los movimientos de personas y coches. Se regula el tiempo de estar o guardarse. El cibercontrol se despliega como nunca antes. Millones de datos de usos, costumbres, consumos, deseos se vuelcan al único medio de contacto en las redes. Alguien sabrá al final de la pandemia lo que miles de millones de seres del mundo quieran, crean, coman, piensen y odien. Y deseen: porque, además, se aconseja el sexo virtual. Vigilar y controlar: si los mayores de setenta años se enferman en masa, saturan los sistemas sanitarios que el capitalismo destrozó con enjundia sistémica. Porque, se sabe, el sistema económico mundial atacado por el ejército de coronavirus entró en una fase agónica, impredecible y de default. La deuda externa de cada país; la avaricia de los fondos de inversión; el poder ilimitado del imperio estadounidense; la manía de China de disputarle el poder; el temblor humanitario de la vieja Europa; el estallido de la filosofía y la ciencia ante el retroceso de lo humano frente a la selva, como señaló el filósofo italiano Giorgio Agamben: “El umbral que separa a la humanidad de la barbarie ha sido cruzado”. Pero también, el francés Michel Foucault y el coreano Byung Chul Han cuando describen la exacerbación del control estatal inevitable que no retrocederá; o del filósofo Bifo Beraldi cuando vaticina que el sueño húmedo de la sociedad de control llegó para quedarse echándole un balde de agua fría al entusiasmo y optimismo del croata Zizek sobre la potencia refundadora de virus sobre el capitalismo.

TAPABOCAS, GUERRA DEL CERDO Y CIBERSEXO.

En tanto, en el mundo y en esta aldea llamada la Argentina, estas consideraciones se dan con matices propios.  En el caso de las restricciones extremas sobre los mayores de setenta años, parece atacarse la consecuencia, mientras se corre contra la causa. La culpa es entonces haber llegado a vivir tanto. El gobierno de la ciudad de Buenos Aires mezcla tilinguearía con beato presunto. Los mayores deben pedir permiso para respirar puertas afuera. Es una pesadilla en la que La guerra del cerdo, la novela de Bioy Casares, se cumple: los más jóvenes (sobre)viven y se cargan a los más viejos. La resistencia a esta decisión fue estruendosa. Retrocederán por el oprobio pero el control no cederá. Agamben tiene razón: “Una norma que establece que hay que renunciar al bien para salvar el bien es tan falsa y contradictoria como una que, para proteger la libertad, requiere que se renuncie a ella”. La universalización del tapabocas sigue ese curso, aunque más leve: taparse la boca viene a ser la exteriorización del vigilar y castigar foucaultiano. No se sabe si sirven los tapabocas, pero dan la impresión de que el virus puede retroceder; la parca puede retroceder en su tesón diario. Las masas de sobrevivientes que la cultura salvó de morir en el mundo de la selva deben sentirse soldados de un dique humano que detenga la caída del capitalismo. Es una ilusión detener ese ciclo pero como toda ilusión, tiene la contundencia de la esperanza. Sólo se trata de que, como escribieron hace ya muchos años (1965) Borges y Piazzolla en el tango “El títere”, sobre un compadrito porteño, “ni la guardiana ni el grito/ lo salvan al candidato/ la muerte sabe señores/ llegar con sumo recato”. ¿Se trata de aceptar morir con recato? Es decir, que se controle el ritmo, que la curva de enfermos y muertes “se aplane”. Desde la política y la economía parece sensato. Desde la vida es la inauguración de una nueva era de hielo. No puedo dejar de pensar en esa imagen de una amiga en Roma. Parada en una esquina, con tapabocas y guantes negros, levanta un cartel que dice “Auguri Nicola”, saludando el cumpleaños de su nieto que la mira desde una ventana. O de mis amigos que no pueden abrazar a su nieto recién nacido. O imaginar a los amantes haciendo sexo virtual: alguien, en la noche, se desnuda frente a una cámara; del otro lado está el otro amante, que también se desnuda, y recomienza el ciclo masturbatorio que, según las encuestas, es el ciclo más frecuente durante la cuarentena. Aunque el sexo se empecina en ir por sus fueros: la mayoría confesó en una encuesta que tuvo fantasías sexuales con más frecuencia que antes del confinamiento. Por supuesto, nada es más placentero que el sexo cuerpo a cuerpo, tal como lo sabemos hacer cuando amamos. O, cuando deseamos. Pero los argentinos, en general, han demostrado aceptar –no la guerra del cerdo– pero sí las medidas que el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner ha tomado para combatir esta tragedia humanitaria.

DEL NUNCA MÁS AL NADIE SE SALVA SOLO.

La Justicia argentina aceptó flexibilizar la cárcel en muchos casos por la emergencia de la peste, pero les negó la prisión domiciliaria a los condenados por delitos de lesa humanidad. No se cede allí. No. Como si se hubiera comprendido cabalmente que el Estado que sobrevivió al neoliberalismo rampante en manos de la victoria del peronismo tiene allí su baldón fundamental. En tanto, en el mundo parece comprenderse que la Argentina, junto con Nueva Zelanda y Grecia, son los países donde la conducción política del peronismo priorizó la vida con obsesión estatal. La solidaridad con esta idea es conmovedora: llegó desde China un avión con donaciones para combatir el coronavirus. Los insumos médicos estaban en cajas que tenían las banderas de ambos países y un mensaje: “Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea”, tal como escribió José Hernández en el Martín Fierro. Así, también fue conmovedor que la aerolínea de bandera, Aerolíneas Argentinas, despachara a China en un viaje de 55 horas sin descenso de la tripulación para traer trece toneladas de insumos médicos. Pero el frente de tormenta más grave es sin duda el económico, mientras la Corte Suprema se toma su tiempo para decidir si habilita que el Senado argentino sesione por videoconferencia para avanzar, por ejemplo, en la propuesta del gobierno de establecer un impuesto a las grandes fortunas como, dijo AF, “una herramienta útil para afrontar la lucha contra el coronavirus y las dificultades del presente con la solidaridad de los que más tienen”. Tanto él como CFK saben que hay una fuerte especulación con los precios de productos esenciales. La inflación es un monstruo grande y pisa fuerte en la sociedad castigada por esa epidemia económica de los grandes formadores de precios, ya que la estructura económica argentina está reconcentrada. El FMI habla de una crisis mundial, que bautiza como el “Gran Confinamiento”, en una analogía con la Gran Depresión de 1929. El PBI global bajaría un 3 por ciento, un derrumbe casi tres veces mayor al registrado en 2009. La economía argentina retrocederá entre 4,5 y 7,5 por ciento: cada semana de cuarentena implica una baja de medio punto, pronostican. Por eso, no sorprendió –aunque alarmó a los grandes buitres de las finanzas argentinas y mundiales, entre los que se cuenta Clarín, la principal corporación mediática, que alineó a sus periodistas en la defensa de los bonistas, que según una investigación del periodista Ari Lijalad tiene en su poder más de mil millones de pesos en títulos de la deuda externa argentina– que el ministro de Economía, Martín Guzmán, llamado “el impasible”, definiera en la negociación por la insostenible deuda externa argentina contraída por el gobierno neoliberal de Mauricio Macri: “No habrá desembolsos en los próximos tres años”. Habrá una quita del 5,4 por ciento del capital y del 63 por ciento de los intereses de la deuda, les dijo a los bonistas privados. Además, Guzmán aseguró que la Argentina tiene “una situación de deuda que no podemos enfrentar con el FMI” y que el gobierno argentino trabaja en “un nuevo programa que implique no hacer ningún desembolso de capital adeudado en los próximos tres años” a costa de los argentinos. Alberto Fernández ratificó: “Tal vez esta sea la oportunidad para construir otro país, más justo, más solidario”. Por supuesto, el rechazo a las políticas de ajuste fue el punto de ruptura en las negociaciones con los bonistas. La propuesta argentina, pensada en función de hacer posible un plan de recuperación y desarrollo, fue tomada como una puñalada por los fondos buitre, que amenazaron con esperar un cambio de gobierno, como “el anterior”, es decir, el sueño también húmedo de que la historia vuelva a repetirse con un modelo neoliberal de saqueo y destrucción. Parece difícil que se logre socavar la fuerza política del gobierno de “Los Fernández”. No sólo porque AF es culto, a diferencia de su antecesor, sino porque las políticas empleadas cuentan con un altísimo e inédito consenso entre los suyos. Unas encuestas realizadas entre abril y esta semana de cuarentena anticipan una radiografía concreta de la sociedad: los argentinos no sienten miedo, pero sí mucha preocupación e incertidumbre frente a la pandemia; la mayoría, en un abrumador 88 por ciento, dice que AF “hace las cosas bien y muy bien”; tienen una altísima valoración del rol del personal de la salud –médicos, enfermeros, personal sanitario, etc.– en un 68,8 por ciento, seguida por una confianza fuerte en el rol del Estado (61,6%) y en la comunidad científica (50,6%), y dicen que extrañan sobre todo la ausencia de restaurantes, los dentistas y las peluquerías. Algo más, algo importante: definieron ya, al parecer, quién debe sostener el peso de la crisis. La gran mayoría defiende un impuesto a las grandes fortunas del país y que se debe marchar a que el Estado dé nacimiento a un Ingreso Básico Universal (IBU).

EL EJE VIRAL DEL MUNDO.

Así que, porque la peste hace sus tareas en ese tiempo sobre un capitalismo agónico con cada vez peor prensa, la estatura del presidente AF crece no sólo entre los argentinos. También ocurre a nivel mundial. En diálogo con su par francés, Emmanuel Macron, para agradecerle el apoyo en las negociaciones por la deuda externa con el Club de París y el FMI, AF eligió una frase de La peste, de Albert Camus, para avanzar en la necesidad de que el mundo pospandemia se base en la solidaridad y no en el saqueo financiero. “Las pestes matan personas y dejan el alma al descubierto”. Quien mejor lo expresó fue el psicoanalista y pensador argentino Jorge Alemán cuando afirmó que el capitalismo enfrenta una nueva cuestión que promueve la idea de una tormenta perfecta y señaló algunos puntos al respecto. Dijo que es la primera vez en la historia que no hay un organismo mundial ni pacto entre Estados que sea eficaz frente a la pandemia; no hay categorías para pensar el mundo que vendrá y surge la pregunta de si la humanidad es capaz de aprender algo de las situaciones límite y, en ese caso, si es capaz de transmitir ese conocimiento colectivamente. Además consideró que está en silencio la disputa de quiénes pagarán las consecuencias del desastre. “En estos diferentes puntos encontramos algunos de los argumentos que constituyen el interrogante del siglo XXI: el valor de la vida humana en la civilización construida en la modernidad. Pero esta vez, como nunca ha ocurrido antes, depende de una elección forzada, emancipación o barbarie”. Le asiste la razón. Esta semana, Trump ordenó dejar de aportar 400 millones de dólares a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Intentó culparla del desastre humanitario con miles de muertos en los EE.UU. Jair Bolsonaro, en Brasil, echó a su ministro de Salud. Ambos presidentes oscilan entre el mundo de las caricaturas y el terror. Tal como definió el periodista Eduardo Febbro desde París, “patoteros opacos, bufones brillantes e irresponsables sin redención. Varios movimientos políticos y líderes nacionales y mundiales de las derechas duras han fracturado todas las fronteras de la indecencia y la ineptitud en su gestión de la pandemia. Constituyen hoy lo que bien puede llamarse el eje viral del mundo cuya nocividad se contrapone a los mandatos ejemplares protagonizados en la Argentina por el presidente Alberto Fernández y otros jefes de Estado y de gobierno a través del planeta. Con un Estado descuartizado por la administración macrista, había que tener coraje político para decretar el confinamiento del país y las demás medidas que, a no dudarlo un segundo, salvaron miles y miles de vidas humanas”. Al debate sobre el destino del capitalismo se sumaron muchos intelectuales. El economista estadounidense Douglas Rushkoff cree que el mensaje de Trump es claro: la economía no está aquí para servir a los seres humanos; los seres humanos están aquí para servir a la economía. Rushkoff dice que los multimillonarios ya se están preparando para escapar. Están reservando jets privados, listos para partir hacia sus lugares aislados del fin del mundo una vez que sientan que ellos mismos están en riesgo genuino y desde ahí piden y piden que no se pare la economía. Este empuje no viene de los economistas, planteó Paul Krugman esta semana en su newsletter en el New York Times: “Viene de los cranks and cronies, que podemos traducir como ‘maniáticos y compinches’ de Trump”. A quienes Krugman también se refirió como “los que padecen la enfermedad del multimillonario: la tendencia a asumir que sólo porque eres rico también eres más inteligente que nadie, incluso en áreas como la epidemiología”. Sabiendo lo que se describe aquí, Henry Kissinger tiene miedo, como señaló la periodista argentina Telma Luzzani. Porque el gran mentor intelectual del imperio “reconoció el fin de la hegemonía estadounidense” en su último artículo “La pandemia del coronavirus va a alterar para siempre el orden mundial”, publicado el pasado 3 de abril en The Wall Street Journal.

LA DECADENCIA DEL IMPERIO AMERICANO.

Kissinger expresa abiertamente sus dos grandes temores. Después de la Covid-19, ¿se podrá “salvaguardar los principios del orden mundial liberal”? “Un país dividido como Estados Unidos, ¿será capaz de liderar la transición al orden posterior al coronavirus?” Desde Inglaterra, el filósofo y politólogo John Gray apunta que “el capitalismo liberal está en quiebra”. Sostiene que “la crisis por la que estamos pasando es un punto de inflexión en la historia. La era del apogeo de la globalización ha llegado a su fin. Nuestra vida va a estar más limitada físicamente y a ser más virtual que antes. Esto no significa pasar a un localismo a pequeña escala. Pero la hiperglobalización de las últimas décadas tampoco va a volver. La creencia de que la crisis se puede resolver con un estallido sin precedentes de cooperación internacional es pensamiento mágico en su forma más pura. Si la Unión Europea sobrevive, puede que se parezca al Sacro Imperio Romano en sus años finales, un fantasma que subsiste durante generaciones mientras el poder se ejerce en otro lugar.  Las decisiones perentorias ya las están tomando los Estados nacionales. Dado que el centro político ha dejado de ser una fuerza de liderazgo, y con gran parte de la izquierda aferrada al fallido proyecto europeo, muchos gobiernos estarán dominados por la extrema derecha. Rusia ejercerá una influencia creciente sobre la Unión Europea. Tanto si Trump conserva su poder como si no, la posición de los Estados Unidos en el mundo ha cambiado de manera irreversible. Lo que se está desmoronando a toda velocidad no es sólo la hiperglobalización de las últimas décadas, sino el orden mundial implantado tras el final de la Segunda Guerra Mundial”. Así, mientras España, Francia y la misma China mantienen con distinto rigor el confinamiento, los EE.UU. es el país donde más infectados y muertos hubo ya. Brasil es una “bomba epidemiológica” en el centro de Latinoamérica. Y el Banco Mundial proyectó una caída del 4,6 por ciento en el PBI de América latina, la mayor desde que hay registros. México y Ecuador serán los más afectados. Tal vez por eso, el mayor intelectual político boliviano, Álvaro García Linera, se mostró escéptico de las definiciones de Gray: “La ilusión de regresar al Estado de bienestar como se manifestó en las décadas siguientes a la segunda posguerra chocan de frente con los cambios estructurales y tecnológicos que se vienen desplegando en los últimos tiempos, cambios que han reconfigurado gran parte de las prácticas sociales, económicas y culturales. Resulta ingenuo suponer que se trata de reconstruir el funcionamiento sin más del Estado social sin tomar en cuenta el estadio actual de la valorización capitalista y de las profundas mutaciones que han disparado la agudización de la virtualidad y de la digitalización”. García Linera no ve un escenario equivalente por problemas estructurales del propio sistema de la economía-mundo. “¿Cómo compatibilizar el núcleo esencialmente egoísta del capital con la trama de solidaridad que supone el acceso gratuito y universal a la salud? El virus, a su paso, deja desnudo al sistema. Pero eso no significa que esté muerto. Seremos testigos de su esfuerzo denodado por mantener el statu quo, por intentar salir más poderoso de esta crisis, como ya lo hizo en otras ocasiones. El capitalismo se alimenta y se expande aprovechando las crisis que genera. Veremos hasta dónde nos lleva la Covid-19, qué murallas rompe y qué posibilidades abre para ir más allá de la globalización”.

A pesar de todo, aún queda la esperanza. Como dijo un internauta luego de escuchar a René Pérez y un grupo de músicos cantar “Latinoamérica”  (https://youtu.be/crXjkY1QBck)  para conjurar la pandemia: “Yo decreto que Latinoamérica resistirá porque somos el futuro del mundo. El corazón y los pulmones de la tierra están en América. El nuevo continente una vez más mostrará sus maravillas. Si naciste en Latinoamérica viste el Edén”.

Que así sea.


Elogio del encierro

12 de abril 2020
Día veinticinco de la cuarentena

Los argentinos levantamos la apuesta a que lo único seguro contra la peste es el encierro doméstico. El presidente Alberto Fernández ordenó extenderla hasta el 26 de abril. Por lo menos. Como un profesor, explicó en detalle por qué y cómo es el único camino. El país es admirado –y Fernández logra un altísimo nivel de adhesión– porque su curva de contagios y muertes va en cámara lenta. Más allá de los idiotas (siempre en el sentido griego, claro) que son capaces de eludir los controles, como una ragazza que se metió en el baúl de su coche para ir a ver al novio porque extrañaba –lógicamente– el sexo. A propósito, es difícil compartir la idea de Franco “Bifo” Berardi de que aceptar la realidad del caos en curso es también aceptar la idea de la muerte. Pero qué cierto es que lo único que se opone al caos es el erotismo. Claro que sexo no es lo mismo que erotismo. Aunque es un instante vital que alimenta lo erótico. Bifo aconseja, en su vibrante italiano, vibrar a la misma velocidad del caos, del universo que se hizo demasiado doloroso. Respirar, conspirar, inspirar. El erotismo versus la muerte. Pero, ¡el erotismo no es aceptar la muerte! Es combatirla. Por ahora, con la cuarentena. Insisto, a pesar de los idiotas. Es notable que en los barrios más pobres y populares la velocidad de expansión del virus es la más baja. Y sólo es alta en los barrios de la ciudad de Buenos Aires de clase media o de clase alta. Los burgueses pequeños o grandes se preocupan –expresados por los medios– en poder salir a correr. El footing contra la cuarentena expresa, en verdad, otra cosa: los grandes medios quieren que termine rápido porque el capitalismo cruje. Para el capital financiero que los inspira el encierro, el orden progresivo de las actividades económicas que pueden realizarse con permiso estatal es un cepo. Un nuevo bozal a su furia de aceptar la muerte pero no dejar de ganar money, money, money. No importa la contundencia del dolor. Un tuit de una escritora conocida conmueve. Su primo vivía desde hacía mucho en Nueva York. Murió, como se murió siempre pero más ahora, solo. Un camión frigorífico reconoció su cuerpo y lo llevó sin destino cierto. Porque el virus es doblemente mortal: la soledad final y la soledad previa. Tal vez lo llevaron a esa isla cercana donde cavan fosas comunes sin cesar. Porque los Estados Unidos, con Trump al mando, son la meca de la peste. Nadie asegura que Trump será reelecto. El demócrata Bernie Sanders se bajó de la candidatura presidencial, dejando al ex vicepresidente de Barack Obama, Joe Biden, como adversario de Trump en las elecciones. Pero noviembre es, peste mediante, un viaje a la eternidad.

LA BOLSA O LA VIDA.

El mundo está de duelo. Esta semana terminó con más de 1.200.000 infectados y 108.000 muertos. Se inició con la hospitalización del primer ministro inglés, Boris Johnson, un negacionista como Trump. Sólo en los EE.UU., que lideran las estadísticas de la pandemia, hubo 480.000 infectados y más de 20 mil muertos. La Argentina acusó el dolor de 90 muertos y 2.192 casos activos. A pesar de la diferencia de población, la decisión de que es más importante la vida que la bolsa define el tipo de capitalismo al que apuesta la mayoría de los argentinos. Insisto, a pesar de los idiotas. A pesar de las presiones para reabrir el mercado. Otro tuit impresiona: “En Nueva York, el sonido incesante de las ambulancias es la banda de sonido de una película que nunca hubiera querido vivir”. Finalmente, allí se anunció que van, como los argentinos, hasta el 26 de abril con el confinamiento, como hizo España. “Esta será la más dura y triste semana. Este va a ser nuestro momento Pearl Harbor o nuestro momento 11S, francamente”, dijo Jerome Adams, cirujano general de Estados Unidos. Y allí, en el ombligo del neoliberalismo, están los diez más ricos del mundo. Desde Jeff Bezos, de Amazon, hasta Bill Gates o los dueños de Oracle, Zara y Walmart, según la revista Forbes. Todas sus fortunas juntas superan el PBI de la Argentina, por caso. En Brasil, Bolsonaro emula a Trump. Acotan su poder los militares pero resiste con los neopentecostales en su locura de no proteger la vida de su gente. Luiz Henrique Mandetta, un médico y funcionario que ganó visibilidad a raíz de la pandemia, a diferencia de Bolsonaro, defiende el distanciamiento social como manera de reducir la propagación del virus. Los medio bautizaron a Bolsonaro como “La reina loca” porque trató de echar a Mandetta, que se quedó por apoyo militar, que allí son los que gobiernan. Nunca tuvieron un Nunca Más como en la Argentina que retirara a los militares definitivamente hacia los cuarteles, bien lejos del poder político. Pero Bolsonaro aprovecha en su aparente demencia el tono feroz del capitalismo: loco o no, estimó que 24,5 millones de personas tendrán su contrato reducido o suspendido en Brasil. Tan dramático el quiebre del poder del Estado bajo el mando de Bolsonaro que en las favelas, hasta los narcos decretaron el toque de queda para proteger el negocio pero, de paso, la vida de sus consumidores. En el Ecuador de Lenin Moreno, un Tribunal de la Corte Nacional de Justicia encontró una forma de correr el eje de atención sobre los cadáveres desparramados en las calles de Guayaquil luego de que la pandemia del coronavirus saturara el sistema sanitario. Condenaron al ex presidente Rafael Correa a ocho años de prisión, proscribiéndolo además por 25 años por el supuesto delito de “cohecho agravado”. Correa no se equivoca cuando asegura que los jueces lo sentenciaron sin haber probado nada porque necesitaban otro show que tapara el hedor de los cadáveres.

¿Pero es posible tapar la verdad con tapas y miles de serviciales noticias a favor de un traidor cuando sus ciudadanos muertos se acumulan en las canaletas de una ciudad fantasma? Como hace una semana lo fueron los cuerpos tirados en las calles de Guayaquil, las imágenes que circularon en redes y mostraron a Nueva York desde los aires con grandes fosas comunes y cajones que de a poco iban quedando bajo tierra. La principal potencia mundial, que prohibió tomar y difundir imágenes de las víctimas del 11S, se muestra vulnerable. Porque la peste allí y en el mundo provocará “la peor caída económica desde la Gran Depresión” de 1929. Lo dijo Kristalina Georgieva, directora del FMI: 170 países de los 189 miembros del FMI van a registrar una contracción de su ingreso per cápita en 2020. Hubo un pequeño milagro en la obscena billetera de los financistas around the world: después de dos intensas semanas de discusiones y reuniones frustradas, la Unión Europea acordó desbloquear las ayudas de medio billón de euros después de que España e Italia lograran que el acceso a esos fondos no estén condicionados a ningún programa de ajustes o reformas, como querían los Países Bajos. Y en medio de tanto caos y multilateralismo en crisis, antes de que expirara esta semana se reunió el Grupo de Puebla, integrado por 14 países de la región. En la cumbre virtual los líderes políticos subrayaron la máxima de “nadie se salva solo”, de la que Alberto es uno de los principales portavoces, y aprovecharon para rechazar la condena a Correa. Por eso, también están discutiendo cómo organizarse para pedir la condonación de la deuda externa.

Así, a la afirmación de que nadie se salva solo sobreviene la pregunta de oro de cómo salvarse en el reino del neoliberalismo. Hay datos estremecedores: más de un tercio de la población mundial carece de instalaciones básicas para el lavado de manos: se trata de 3.000 millones de personas, según datos de Unicef. En América latina y el Caribe las cifras son un poco mejores (menos del 15 por ciento) pero dispares: en Bolivia más de un 25 por ciento está excluido de las tuberías de agua corriente; en Haití la cifra supera el 75 por ciento. La desigualdad interna también es notable: en República Dominicana, la brecha en el acceso al servicio entre zonas urbanas y rurales es mayor al 70 por ciento, en Perú es del 30 y en Brasil del 20. Y todos estos datos corresponden al acceso al agua en general: cuando se trata de agua potable las cifras son peores. En Francia y el Reino Unido, dos casos que han estado en boga esta semana por el número de muertes, gastan anualmente 4.000 dólares per cápita, según datos de la OMS. Bolivia, para poner un caso de la región, gasta poco más de 200 dólares; Perú, Colombia y Paraguay no superan los 400. En América latina sólo tres países –Cuba, la Argentina y Uruguay– superan el promedio global de camas hospitalarias de 27 por cada 10.000 habitantes. En la Argentina, a pesar de la pandemia neoliberal, los científicos y técnicos de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud Dr. Carlos Malbrán –que el gobierno de Macri desfinanció y desguazó– lograron secuenciar los genomas completos de tres pacientes argentinos con coronavirus SARS-COV-2. Pudieron establecer  la procedencia de los virus: uno de ellos es de Estados Unidos, otro de Europa y otro de Asia. Un primer escalón para empezar a ver cómo son las cepas de circulación autóctona, que son las que infectan a los argentinos que deben ser salvados antes de la emergencia de una vacuna.

MUTATIS MUTANDI

(o cambiar lo que debería ser cambiado).

No es casual que la Argentina esté entre los países que apostaron a la vida más que a la bolsa. Las partidas de dinero gubernamental bajo el rubro de “políticas alimentarias”, para villas y barrios de emergencia, treparon 132 por ciento durante la cuarentena. También crecieron las partidas de salud. El gobierno de la provincia de Buenos Aires dio luz verde a la incorporación de médicos jubilados y retirados para el sistema sanitario estatal, con el objetivo de aumentar la planta de profesionales de la salud que eventualmente se necesitará ante un aumento de la demanda de atención por la pandemia de coronavirus. Hubo, además, medidas humanitarias –como el envío a sus casas de numerosos presos–, siempre que no estén condenados por violencia contra las mujeres o por delitos de lesa humanidad. Parte del ajuste político de la Justicia, en receso, fue enviar a arresto domiciliario al ex vicepresidente Amado Boudou. Un grupo de mujeres de distintos partidos políticos difundió su primer documento contra la violencia patriarcal y machista, ya que una de las consecuencias dramáticas de la cuarentena es que hayan aumentado los femicidios. En tanto, la gran tensión del descalabro que produce la pandemia es quién pagará las consecuencias de la crisis tremenda que se despliega al mismo ritmo de un crack que todos referencian en la gran crisis de 1929 o en las consecuencias de las guerras mundiales. Mientras, las cadenas McDonald’s y Burger King, transnacionales grasosas como las hamburguesas que fabrican, pagaron menos de la mitad de los salarios a sus empleados en la Argentina, además de incumplir las normas sanitarias, en medio de la pandemia. La velocidad del contagio del coronavirus contagia también a los monopolios y empresas que tienden a trasladar el costo de la crisis al eslabón más débil. Por tradición e historia, la reacción política y sindical no se hizo esperar. El secretario general de la CTA y diputado nacional Hugo Yasky propuso la creación de un fondo de emergencia contra la pandemia que se basaría en un aporte del 1,5 por ciento de las fortunas personales de las personas más adineradas del país. Por única vez. No fue inocente esta propuesta. La agencia federal de impuestos, AFIP, descubrió, según informó su titular Mercedes Marcó del Pont, que organismos oficiales extranjeros les comunicaron que existen 950 cuentas de cerca de 2.600 millones de dólares de gente que evadió el pago de impuestos. Son cuentas en el exterior que, en todos los casos, presentan saldos de más de un millón de dólares, lo que indica que se trata de individuos o familias de grandes fortunas. Así que la idea de imponer que los más ricos paguen más parece ser una de las grandes decisiones a tomar por el gobierno. Tan dura, como fue, luego de la crisis bancaria que amenazó con romper la cuarentena por la afluencia de jubilados a cobrar en los bancos, definir cronogramas que fueran respetados por los bancos extranjeros, grandes ganadores del saqueo neoliberal durante el gobierno macrista, a encargarse de pagar a los más vulnerables ante el virus.

“Que pague el que más tiene” es un lema tan potente como “nadie se salva solo”. Que los ricos no entiendan esta ecuación forma parte de los males de la condición humana del homini neoliberal u homini lupus (hombre lobo del hombre). Porque crece la certeza de que al virus del neoliberalismo se lo combate con más Estado y no con más mercado. Como señaló el periodista Marco Teruggi, la propuesta de la salud privatizada, el achicamiento del Estado o la resolución a través de las bondades del mercado evidencian su incapacidad de construir respuestas ante la crisis. Son, de hecho, parte del problema, como se ve por doquier en las calles de Manhattan o de Guayaquil. Como queda de manifiesto con el impacto de los recortes en salud pública en Europa o la inviabilidad del modelo norteamericano. “Aparece así, para amplios sectores, la necesidad de Estados fuertes con poderosos sistemas de salud pública, la posibilidad de nacionalizar sectores estratégicos de la economía, la intervención en el orden desigual de las cosas para equilibrar entre las minorías que acaparan cuentas y propiedades millonarias, y las mayorías trabajadoras, de clases medias, populares.” Como gran rezo laico y esperanza gramsciana se comparte. Pero el capitalismo ha demostrado que muta como mutó el coronavirus para infectarnos. Por ejemplo, se diseminó durante días el mensaje imperativo de la productividad: la cuarentena no es para hacer fiaca, versión criolla de relax, pasando por alto la angustia del encierro. Pero el imperativo calvinista del trabajo se extiende a la forma del teletrabajo, una manera de impulsar nuevos modelos de explotación laboral, de borrar la jornada de ocho horas que tanto costó en la humanización de la producción. Porque el derecho a la desconexión laboral es tan vital como el agua y el aire. Tan vital y extraño como ver pingüinos paseando por las playas más cálidas o la presencia de ciervos de los pantanos del delta del río Paraná. O a osos, ciervos, jabalíes, coyotes y cisnes en distintas ciudades del mundo. Y, para bandera de lucha de los ecologistas de todos los tiempos, que se vean por primera vez en un siglo las cumbres límpidas del Himalaya.

Así, mientras la naturaleza cambia, la geopolítica cambia y el capitalismo cambia, la vigencia del coronavirus nos deja el mandato que bien sintetizó el filósofo camerunés Achille Mbembe: que la pandemia democratiza el poder de matar. Nuestro cuerpo se convirtió en un arma. Todos tenemos el poder de matar. Y una forma de regular ese poder es el aislamiento. Por tanto, malgré tout, hasta no vencer la peste corresponde el elogio del encierro.


En busca de lo humano perdido

05 de abril de 2020
DÍA DIECISIETE DE LA CUARENTENA.

Así son las pestes: a pesar de la resistencia a computar la vida o la muerte en cifras, se citan porque no son cifras sino precisamente vidas. Nos negamos a que las estadísticas pierdan el latido de un corazón que aún resiste. En apenas una semana se duplicó el número de infectados: la humanidad llegó al millón con 70 mil muertos, pero hubo 260 mil recuperados, inmunizados en rebaño; y la Argentina, invicta en su curva de contagios menor a 45 grados por decisión política, trepó a unos 1.500 quinientos casos con 44 muertos. Impresiona la numeración de la vida y de la muerte. Como impresiona que se debata a escala global, y por supuesto nacional, qué es más importante, si salvar la vida o salvar al capitalismo. Tal vez Albert Camus se equivocó en su novela La peste cuando elogió la solidaridad humana en la ciudad argelina de Orán, invadida por el mal de los protagonistas, el médico Rieux y su compañero Tarrou. Le hizo decir: “En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”. ¿Las hay? Somos cíclopes ciegos ante la pandemia del coronavirus, todavía, y las fobias nacionales parecen desmentir el espíritu elevado de no pocos para aferrarse a la solidaridad como una vara mitológica que nos salve del naufragio. Jamás deberíamos acordar con el filósofo rumano Emile Ciorán cuando afirmó que lo que el griego Diógenes buscaba con su linterna era a un indiferente. No. Buscaba a un ciudadano. El griego buscaba al protagonista de la polis, que pudiera elevarse por sobre las miserias de los idiotas, devenidos miserables. Allí, en el fondo de la Grecia fundadora, como en esas latitudes cuando ciudadanos y miserables se enfrentan ante las consecuencias materiales de la peste. Cuando la Argentina de masas, multitudinaria en la costumbre de defender sus derechos de todo tipo –a la vida, la libertad, el trabajo, la salud– deviene en estos días un pueblo de barbijos, hangouts y wasap, obligado a la cuarentena intramuros. Por algo se leyó en Twitter esta semana: “Según la ONU, el coronavirus ya le costó 50 mil millones de dólares a la economía mundial. Cuatro años de macrismo le costaron a la Argentina una deuda de 100 mil millones de dólares”. Los daños autoinfligidos por el neoliberalismo produjeron el costo de dos pandemias para los argentinos: deuda externa y pobreza. Y sí se expresó en el resumen de esta semana cuarentenados: en la tensión entre los indiferentes y los ciudadanos; entre los miserables y los ciudadanos; entre los que tensan la cuerda para abrir la curva de 45 grados a que la epidemia trepe a los 90 grados, como en los EE.UU. de mister Trump o en el Brasil del del indescifrable energúmeno Jair Bolsonaro. Imaginamos por un momento la parca en vuelo rasante sobre las favelas. Imaginamos el Harlem en silencio.

LOS MISERABLES Y LOS IDIOTAS.

Y acá nomás, en esta aldea llamada la Argentina, la derecha imbuida con la sarna del capitalismo financiero feroz, abre sus fauces, avanza con prejuicios y miedos. Remueve el estiércol de los miedos: si no se relaja la cuarentena, nos morimos de pobres y de hambre. Y busca chivos expiatorios falsos: que los políticos donen sus sueldos pero que no se toquen las cuevas financieras de ultramar. Porque estos días fueron alborotados. Cada noche, hubo aplausos para el personal sanitario y de servicios, pero también cacerolazos para exigir que los conductores del Estado en esta crisis, los políticos –en su mayoría militantes, técnicos, científicos, que no tienen acciones como CEO de multiempresas o dólares fugados al exterior– se bajen los sueldos. La Argentina idiota de la antipolítica, desciudadanizada (según los griegos), respondía batiendo cacerolas e impulsada por la derecha de las dos pandemias infligidas, como dice el tuit citado, al intento del gobierno de Alberto Fernández de llamar “miserables” a los empresarios que, como Paolo Rocca –el segundo hombre más rico del país, con una fortuna de más de 9 mil millones de dólares y jefe de la transnacional Techint–, iniciaron la blitzkrieg de echar a 1.400 obreros. El martes, Grupo Mirgor, propiedad de Nicolás Caputo, “el amigo del alma de Macri”, siguiendo los pasos de Techint, despidió a 700 trabajadores. La derecha pandémica de CEO, financistas y ruralistas, PROmovió (siglas del partido de Macri), el estruendo de los balcones para limar la popularidad del Presidente –cercana al 92 por ciento– y avisar: nada de que el Estado avance sobre el derecho sacrosanto de la propiedad. Nada de Estado de bienestar. Nada. Y no sirvió que gobernadores, intendentes, legisladores y funcionarios y jueces aceptaran donar parte de su sueldo para atenuar la furia mediática. Los grandes medios, que insisten que defender a los pandémicos y a los grandes bancos, sobre todo porque tienen en su poder títulos de la deuda argentina, exigieron renuncias varias y enfocaron sus cañones de aire y tinta sobre el ministro de Economía, Martín Guzmán, pieza clave (o hueso duro de roer) en la negociación con los acreedores externos. Los grandes medios o corporaciones mediáticas son accionistas de los fondos de inversión extranjeros que pujan por una quita miserable de una deuda externa ruinosa para los argentinos. Fernández respondió con un DNU: prohibió los despidos por 60 días y presentó el plan de ayuda a las pymes. El jueves 2 de abril, no sólo se recordó virtualmente el aniversario 38 de la infame guerra de Malvinas. Fue, además, el cumpleaños del Presidente, que duerme apenas un par de horas por día. Los argentinos oscilan entre el amor y el odio con facilidad. Sobre todo, cuando el gobierno dio su primer traspié en la lucha contra la pandemia: miles de jubilados se lanzaron a hacer cola en los bancos, que abrían sus puertas luego de un cierre de diez días, para cobrar jubilaciones y el bono especial de asistencia: una la sociedad de romerías surrealistas, con las procesiones de miles de ancianos hacia los templos del capitalismo. Dos días después, el gobierno decretó que el funcionamiento de los bancos era una actividad esencial y no cerrarían. Los fariseos, los que crucificaron a Jesús, usaron ese desfile de los jubilados por necesidad e impericia de un gobierno desesperado por evitar hambrunas y saqueos de los más necesitados, para iniciar su guerrita política con un ejército de trolls. Los periodistas entrevistaron a funcionarios del gobierno y sindicalistas bancarios. A ningún dueño de banco. Pero a la derecha criolla no le interesa la salud ni los salarios de los políticos. Hacía semanas, nomás, se habían opuesto a bajar las jubilaciones de privilegio. Buscan quebrar el espíritu comunitario que generó en gran parte de la sociedad la lucha contra la pandemia. Así las cosas en la aldea argentina, no faltó entre los miserables el gobernador de Jujuy, que echó a 62 inmigrantes al vacío de recorrer juntos en un micro sin protección cientos de kilómetros; o cuando un consorcio de uno de los barrios más ricos de Buenos Aires, llamado por caso Belgrano (el prócer nacional de la Independencia, amado por su inteligencia, su valor, su austeridad y su honestidad), intimó a una médica de un edificio a que no circule ni permanezca en espacios comunes, bajo amenaza de perseguirla penalmente sólo por temor a que trajera del hospital donde atendía el bicho de la muerte. Porque hubo sí un brutal fuego mediático e instalación de prejuicios y miedos: el otro es un enemigo que porta un virus. Como señaló la médica argentina Mónica Müller en su libro Pandemia. Los secretos de una relación peligros. Humanos, virus y laboratorios. “La realidad es que el virus existe y su evolución futura por ahora es un enigma, pero ya está claro que el verdadero brote ha provocado tres síntomas graves: discriminación, xenofobia y racismo. El reflejo primitivo de depositar la responsabilidad en algo o en alguien cuando el temor apremia no es algo novedoso ni exclusivo de la cultura argentina. Desde la aparición de las primeras enfermedades infecciosas todas las sociedades humanas han reaccionado culpando a un grupo étnico o social y aislando o sencillamente dejando morir en soledad a los enfermos”. Son grandes encrucijadas de la condición humana, en que, además, el dolor campea. Porque una de las consecuencias más dramáticas de la peste es que no hay velatorios; a los sepelios pueden asistir apenas tres personas. Y si la muerte fue por la peste, habrá cremación en soledad. Y una fosa común. Sin nombre. Sin más memoria que las que trasmitan, en su finitud, quienes amaron a las víctimas.

GUERRA O CATÁSTROFE.

Insistir con los griegos se impone. Después de todo, fundaron nuestra civilización occidental, que de ella hablamos; que ella padecemos. Porque el mundo se sacude en un mar de eufemismos. Se ha impuesto con inquietante espontaneidad la metáfora de la “guerra” como imagen y justificación de las radicales medidas tomadas contra el virus. Conte en Italia, Macron en Francia, Sánchez e Iglesias en España han declarado la “guerra” al virus o han hablado sin cesar de una “situación de guerra”. Llamar a las cosas por otro nombre, si no estamos haciendo poesía, si estamos hablando, además, de cuidar, curar, repartir y proteger, puede resultar una pésima política sanitaria; una pésima política. Para esta batalla no se necesitan soldados sino ciudadanos; y esos aún se están por hacer. La catástrofe es una oportunidad para “fabricarlos”, escriben los periodistas europeos alarmados por la inmoralidad imperial de aplicar sanciones económicas en medio de la catástrofe, a los países díscolos como Cuba, Irán y Venezuela. Desde Naciones Unidas se ha hecho un llamamiento a suspender temporalmente buena parte de estas medidas que hasta la fecha Estados Unidos, su principal promotor, ha ignorado. Rusia tiene sanciones por la anexión de Crimea; Irán carga con sanciones de Estados Unidos; Cuba sufre las sanciones de Washington desde hace 60 años; también Corea del Norte; y Venezuela, a la que además Trump amenaza con una invasión. Al respecto, el sociólogo brasileño Boaventura de Sousa Santos advierte: “Parece inminente una invasión a Venezuela por parte de los EE.UU. Es un acontecimiento gravísimo, violento, ilegal, cruel, que puede matar muchas más vidas que el virus. Y ocurre en un momento trágico del continente, cuando la opinión pública está concentrada en la lucha contra la pandemia”. El catedrático señala que la razón esgrimida por Trump (narcotráfico) es un pretexto. “La razón real es que los EE.UU. están con una crisis interna enorme, no solamente por el manejo muy desequilibrado de la pandemia, sino también por el declive de la economía frente a una China cada vez más poderosa. Debido a la guerra del petróleo entre Rusia y Arabia Saudita, en este momento el precio del petróleo se vino abajo. Y de tal manera que los EE.UU. necesitan urgentemente tener acceso al petróleo y los recursos naturales de Venezuela, y por eso es la invasión. Lo hacen también en año de elecciones. Esto será una tragedia para el continente.”

México declaró la emergencia sanitaria. En Ecuador y particularmente en Guayaquil los muertos inundan las calles mientras hay dudas respecto de dónde está el presidente Lenin Moreno, supuestamente refugiado en Islas Galápagos. En EE.UU. casi 10 millones de trabajadores y trabajadoras solicitaron beneficios de desempleo en las últimas dos semanas. Es entendible, según señaló la agencia de noticias Bloomberg, que los norteamericanos hayan aumentado el consumo de marihuana y alcohol. Pero será inútil doparse ante la catástrofe. Como señaló Müller en su libro: los virus son eternos, inevitables e impredecibles. Tiene razón cuando cita a Gilles Deleuze: “El secreto del eterno retorno consiste en que no expresa de ninguna manera un orden que se oponga al caos y que lo someta. Por el contrario, no es otra cosa que el caos, la potencia de afirmar el caos”.

LA REINVENCIÓN DEL MUNDO.

Y porque el mundo que conocimos antes de la peste ya no volverá, porque el caos está desatado, no sólo es el turno de la ciencia sino de la filosofía y la política para repensarlo. Esta semana de la cuarentena se conocieron cientos de textos que analizan ese devenir. Para el filósofo esloveno Slavoj Zizek, la peste desencadenó otra gran epidemia de virus ideológicos que estaban latentes en nuestras sociedades: noticias falsas, teorías de conspiración paranoicas, explosiones de racismo, y más preocupación por el destino de las grandes fortunas que por la vida, pero al mismo tiempo cree en la oportunidad creada por la pandemia, “que también desató otro virus ideológico, y mucho más beneficioso, se propagará y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del Estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global”. De alguna manera, coincide con el psicoanalista y ensayista argentino Marcelo Percia, cuando en su texto “Esquirlas del miedo” hace un profundo alegato para deconstruir el capitalismo como modo de vida y producción del mundo. “Al daño que sí sabe que está dañando se lo llama crueldad, odio, insensibilidad, blindaje de la cercanía. Tal vez, capitalismo. El capitalismo está destruyendo la vida; entonces, la vida se defiende del capitalismo autodestruyéndose (…) La vida en común no está amenazada por el miedo, sino por la desigualdad. Cuidar la vida supone todavía algo más difícil: la común decisión de cambiar lo que la está dañando”. Y el italiano Franco “Bifo” Beraldi le da la razón en “Más allá del colapso”, cuando acierta: “Después de cuarenta años de aceleración neoliberal, la carrera del capitalismo financiero se detuvo de repente. Uno, dos, tres meses de bloqueo global, una larga interrupción del proceso de producción y de la circulación global de personas y bienes, un largo período de aislamiento, la tragedia de la pandemia… Todo esto va a quebrar la dinámica capitalista en una manera que puede ser irremediable, irreversible. Los poderes que administran el capital global a nivel político y financiero están tratando desesperadamente de salvar la economía, inyectando enormes cantidades de dinero en ella. Miles de millones, miles de millones… Cifras, números que ahora tienden a significar cero. De repente, el dinero no significa nada, o muy poco. ¿Por qué le están dando dinero a un cadáver? (…) Así el dinero es impotente ahora. Sólo la solidaridad social y la inteligencia científica están vivas, y pueden volverse políticamente poderosas (…) Por eso creo que al final de la cuarentena global, no volveremos a la normalidad. Lo normal nunca volverá. Lo que sucederá después aún no se ha determinado, y no es predecible”. Pero esta historia continuará.


Coronavirus, ¿y después?

30 de marzo de 2020
DÍA ONCE DE LA CUARENTENA

Días sin escribir y los muertos trepan. Las cifras son inestables, se computan ya más de medio millón en el mundo, con más de 35 mil muertes y poco más de 150 mil recuperados. Dar el número exacto de víctimas y salvados en una página estática que no se detiene en el minuto a minuto no es real. Lo real es dar cifras que globalizan la tendencia que crece, por ahora. La Argentina llegó, hoy, a los 820 enfermos y tiene ya 23 muertos. Los Estados Unidos son ya el país más enfermo. Hubiera sido necesario que comenzaran antes a protegerse, pero míster Trump vaciló. Tardó en darse cuenta de que si dejaba correr el virus sin decretar la cuarentena iban a morir bajo su mandato más de dos millones de personas. Días sin escribir y los muertos trepan, dije. La escritura no suspende la muerte, sólo la señala pero también la acordona, la trasciende. Es posible la ensoñación: al final de la pila de cadáveres que no veremos como en los campos de exterminio de los nazis, campos de concentración o en valles y montañas durante la Segunda Guerra Mundial, o en los deltas napalmeados de Vietnam, o en las llanuras arenosas y calurosas de hambrunas en África, la humanidad termine declarando que la salud, la educación y los derechos humanos –como se hizo en 1948 luego de los horrores del nazismo, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos– sean patrimonio intangible de la humanidad y sólo gestionados por los Estados post pandemia. La defensa de la naturaleza se impone: en Buenos Aires, por ejemplo, el cielo está más diáfano, con un 50 por ciento menos de producción de gases; en Venecia se ve el fondo de los canales sin góndolas. El aire se purifica; desde los satélites tripulados se ve la silueta nítida de los continentes. ¿Esto podemos esperar de poner en regla al capitalismo salvaje cuando hayamos terminado de llorar a nuestros muertos? Nadie aventura una respuesta definitiva.

¿EL FIN DEL CAPITALISMO?

En todo caso, es interesante la polémica entre los filósofos, el italiano Giorgio Agamben y el surcoreano Byung Chul Han y el esloveno Slavoj Zizek. El italiano teme un avance del estado de excepción, es decir, que las mayorías aplasten en definitiva el ansia de libertad (de mercado y de posesión de bienes y de conciencia) con la excusa de la crisis: lo llamó “la invención de un virus”. Teme que el miedo de los ciudadanos pudiera ser aprovechado por los gobiernos para reducir libertades. En la Argentina, los grandes medios pedían indisimuladamente estado de sitio. El surcoreano, experto en la biopolítica, no cree que el virus pueda ser la causa de un cambio cerval del capitalismo, y el filósofo argentino José Pablo Feinmann tampoco cree que el virus sea el vector del fin del capitalismo. Sus miradas no coinciden con la de Zizek. Es ya evidente que la pandemia está haciendo temblar los mercados. Pero, a largo plazo, ¿el coronavirus podría derribar al capitalismo? Zizek dijo: “El virus puso en evidencia que vivíamos con otro virus naturalizado: el capitalismo. Es una oportunidad para liberarse de la tiranía del mercado”. No cree que el conflicto haga crecer la “solidaridad de los pueblos”. Por estos días la solidaridad es más bien “instinto de supervivencia” y, como tal, “racional y egoísta”. “El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. Obliga a guardar distancias mutuas, no es que permita soñar con una sociedad distinta. China pudo exhibir la superioridad disciplinaria de su sistema con más orgullo por su formación socialista.” El siempre rápido de reflejos Zizek publicó el que seguramente sea el primer ensayo sobre coronavirus. La tesis de Pandemic! Covid-19 shakes the world (¡Pandemia! Covid-19 sacude el mundo) es que la actual crisis sanitaria desnudó las debilidades de las democracias liberales y que el mundo se encamina, entonces, hacia un efecto político positivo. “Barbarie o alguna forma de comunismo reinventado”: tal es la dicotomía que encuentra el esloveno en este crudo y complejo escenario histórico, también inédito.

Chul Han, en cambio, al comparar las medidas de las naciones asiáticas con las europeas, llegó a la conclusión de que la “mentalidad autoritaria” de las primeras genera más obediencia y que Europa “está fracasando” en la batalla: “Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Pero es una de soberanía en vano”. Chul Han cuestionó, además, el modelo de control policial basado en la vigilancia digital que Beijing utilizó para encarar exitosamente la pandemia y que permitirá a China exhibir “la superioridad de su sistema con más orgullo” e incluso exportarlo. Zizek reapareció y contestó: “El comunismo que debería prevalecer ahora no es un sueño oscuro sino lo que ya está ocurriendo. El Estado debe asumir un papel mucho más activo”. Otros filósofos aportan lo suyo al debate: el italiano Ricardo “Bifo” Berardi sostiene: “El capitalismo se encuentra en un estado de estancamiento irremediable. Nos fustigaba como a animales de carga, para obligarnos a seguir corriendo, aunque el crecimiento se había convertido en un espejismo imposible”. Y la estadounidense y feminista Judith Butler reafirma que “el virus quita el velo a aquello que ya estaba –y estaba mal– o lo acentúa de manera radical. La igualdad ha vuelto al centro de la escena como una necesidad”.

VIRALIZAR LA REVOLUCIÓN.

Lo cierto es que no se puede dotar a un virus de una determinación revolucionaria. Pero si Hobbes construyó en Leviatán la teoría de la necesidad del Estado como resultado del miedo de los humanos a los otros humanos, la producción “positiva” del coronavirus ¿puede ser la generación de nuevas formas de Estado? Vale la pena citar la nota de Feinmann publicada en Página/12 el domingo 29 de marzo (https://www.pagina12.com.ar/256018-pandemia-muerte-y-capitalismo): “Si algo hace grande a la condición humana es que el hombre muere y sabe que muere. Vivir pese a la certeza de la finitud es heroico. De aquí que nos pasemos la vida soterrándonos en uno y mil problemas cotidianos, inmediatos, a la mano, con tal de no pensar nuestra finitud. El virus termina obligándonos a una introspección que hemos buscado eludir siempre, ya aturdiéndonos con las mercancías, la tevé, internet, el sexo, las drogas. Cada uno averiguará a dónde lo conduce esto. Algunos se calman pensando que el virus nos va a llevar a un mejor horizonte, un mundo distinto. Puede ser, pero no es seguro. Nada de esto es seguro y es arduo de creer. El capitalismo ha superado muchas pestes desde su primera globalización en el siglo XV. Ha castigado a la humanidad con el colonialismo, con las guerras y con el egoísmo teórico y práctico. Porque el egoísmo, la codicia, son los conceptos fundantes del capitalismo. El socialismo buscó basarse en otros valores, pero se extravió con la teoría de la dictadura del proletariado y la violencia del Estado del partido único. Como sea, tiene mejores conceptos que el capitalismo para enfrentar una peste como la que hoy sufrimos. El papa Francisco, cuyas raíces están en el peronismo, dijo ‘Nadie se salva solo’. Y lo dijo porque es un populista de izquierda en un mundo entregado al endiosamiento del mercado y el juego infinito y sin límites de las finanzas de los poderosos. Ese mundo quizás salga debilitado de la pandemia. Pero se va a rearmar para volver. De los sujetos libres de este mundo en peligro dependerá que eso no ocurra. No de una pandemia”.

Vale la pena citar, también, parte de un largo texto del filósofo Ricardo Forster, asesor del presidente Alberto Fernández, sobre la encrucijada del capitalismo, cuando como el gran Walter Benjamin cree que la historia de la cultura se devela pasando un cepillo a contramano de la barbarie que esta vez –por qué no– corporiza la desesperación humana por la invasión del Covid-19: “Mis inclinaciones benjaminianas me ayudan: siento que estamos en el interior de una ruptura, que el giro de los tiempos es inevitable y que lo nuevo está allí muy cerca y muy lejos. Aunque muchos repitan, casi al unísono, que la consumación de esta pandemia terminará favoreciendo la exponencial concentración de la riqueza y la solidificación de Estados más autoritarios y vigilantes. Sospecho de esas lecturas fatalistas y lineales pese a que guardan, como no podría ser de otro modo, una posibilidad más que cierta y desmoralizante. ‘Que todo siga igual, a eso llamo el infierno’, escribía Benjamin en otra encrucijada histórica. Que el Covid-19 sólo deje a su paso una estela de muerte, miedo y ampliación de los poderes reales resulta espantoso. Intento vislumbrar un giro de los tiempos, un cruce del Rubicón, tal vez una toma de conciencia que atraviese al planeta y ponga en entredicho la continuidad sin más de lo mismo, que puede tener su rostro estadounidense o su rostro chino. Algo nuevo y distinto, pero también arcaico y conocido se mueve en el interior de sociedades en cuarentena. El temor que está a flor de piel, listo para mutar en terror y acabar como aceptación pasiva de lo peor. Pero también la apertura de algo otro, revulsivo, crítico y novedoso que sólo puede emerger en los momentos de dislocación y ruptura, cuando lo inesperado hace su aparición y desarma certezas y realidades naturalizadas. No sé, apenas si lo puedo intuir, cuánto de oportunidad trae aparejada la vivencia del virus y de su expansión aparentemente indetenible. Lo único que parece estar garantizado en la historia es la repetición de lo peor; lo demás carece de toda garantía y es apenas una débil posibilidad que dependerá de nosotros que, eso también lo sabemos, no somos ejemplo de rebeldía en un mundo domesticado por el llamado al goce consumista y al hedonismo individualista. Ir, una vez más, contracorriente para romper el decurso lineal de los acontecimientos”.

LA BOLSA O LA VIDA.

Así es. ¿Qué nos salvará? No es la creencia en lo divino, claro. En cada noticia que buscamos en los diarios desearíamos encontrar los avances en la producción de una vacuna contra el virus. Es más, saludamos cada experimento en la aplicación de placebos. Igual, difícil no recordar la imagen tremenda y desoladora del papa Francisco –un jugador de la liga mundial antineoliberal– la noche de la misa en el Vaticano, monumentalmente desierto, por primera vez en la historia contemporánea. Porque el virus suspende muchas cosas y no sólo la vida cotidiana. Suspende el presente. Pero no el pasado. Reconfigura el futuro, incluso de las creencias más antiguas. Porque la batalla –como San Agustín sabía– entre la ciencia y la religión reflota. Recuerdo el final de El nombre de la rosa, extraordinario libro de Umberto Eco. Y su final en latín: “Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos”. O “De la primitiva rosa nos queda únicamente el nombre”. ¿Así será con el coronavirus cuando su secreto se nos haya revelado?

En tanto, en el alerta profundo del pensamiento crítico, se anuncia un desastre en la economía mundial. Y eso implica hambre y desorganización de la vida tal como la conocimos. Frente a esto, los Estados contestan con sus dirigencias de distinta manera. En la Argentina, hasta ahora, dice un cronista, el Estado da respuestas, el Gobierno se muestra activo, trabajando día y noche, transmitiendo sensatez y calma. Las organizaciones sociales y religiosas cooperan. La sociedad civil se conduce con templanza y dosis altas de cuidado recíproco. Para hacer el conteo de infractores versus cumplidores tiene que entenderse que hay 45 millones de habitantes. Los violadores de reglas o leyes son un porcentaje mínimo.

¿El virus es de izquierda o de derecha?, cabe preguntarse vanamente. Lo cierto es que la derecha política, los rezagos de neoliberalismo doméstico en la Argentina, a juzgar por el comportamiento furioso de muchos empresarios que cesantean a obreros, o quienes hacen escalar el precio de frutas, verduras, servicios y bienes indispensables, parece no temer que millones de pobres se mueran sino que se rebelen por hambre. El CEO de Techint, Paolo Rocca –uno de los empresarios más ricos, cultos y poderosos de la Argentina–, se ubicó a la vanguardia de la repudiable minoría cuando cesanteó a más de 1.400 obreros y a quienes el presidente Alberto Fernández denominó “los miserables”.

Porque la barbarie está a la vuelta de la esquina: “La peste azuza la codicia empresaria, la urgencia irracional de remarcar artículos estratégicos de primera necesidad”, dijo Alberto Fernández. Y también dijo que no lo permitirá. Por eso, el gobierno argentino fuerza la máquina de la economía por la demanda y no por el fortalecimiento de la oferta de bienes. Por eso envía señales de que se tirará plata de los aviones si fuera necesario para ello; que haya una renta universal para sostener la demanda agregada de bienes. Se tiene la certeza de que en la Argentina nadie se morirá de hambre. Si la gran burguesía agraria y financiera se retobara, queda el poder del Estado para avanzar en expropiaciones y nacionalizaciones. O, también, para socorrerlas con paquetazos de rebaja de impuestos y contribuciones. Es una vía abierta, claro. Pero los muy ricos, los poderosos empresarios de la timba financiera y la fuga de capitales ¿acaso temen más a expropiaciones y nacionalizaciones que a la rebelión de millones de hambrientos? No hay lógica en el capitalismo tal como lo conocemos, porque les temen a las dos con la misma intensidad. La deuda mundial suma 253,2 billones (millones de millones) de dólares en 2019, equivalente a 322 por ciento del Producto Global. Con más de la mitad de la economía mundial paralizada, y más de un tercio de la población mundial en cuarentena, los deudores no podrán pagar ni intereses ni capital de los créditos. Los paquetes de rescate anunciados son insuficientes si los motores de la economía no vuelven a funcionar, dicen. Por ahora, la respuesta de cada gobierno en el mundo es distinta. La Argentina está señalada como el país más humanista hoy (en eso se baja cierta épica nacional). El gobierno argentino figura en lo más alto de la evaluación sobre el manejo de la crisis, y por eso la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo eligió como uno de los diez países para realizar las pruebas que aceleren el registro de avances en los experimentos para curar la pandemia. Y, también, así es la evaluación realizada por la Confederación Sindical Internacional, la mayor organización laboral del mundo. De su evaluación se desprende que la Argentina, Canadá, Noruega y el Reino Unido, en este orden, son los únicos del mundo que cumplen en cuidar la vida, los alimentos, la salud y la contención de sus habitantes. No es la primera vez que la Argentina se destaca en sus pasiones y posiciones humanitarias: ya lo hizo en el siglo pasado cuando juzgó y ahora, en este siglo, cuando levantó el monumento civilizatorio del Nunca Más a los crímenes de Estado, superando en profundidad al Tribunal de Nüremberg. La Argentina sumó a la doctrina internacional la figura de “genocidio político” como su contribución más profunda al humanismo universal.

En la vida cotidiana, las comunicaciones siguen intensas entre los cuarentenados. Cada día se siente cómo baja la potencia y velocidad en el servicio de internet por la gigantesca demanda. Pasar de la comunicación personal de millones a la virtual es inesperado y allí, como en el sistema sanitario, la humanidad tampoco estaba preparada para una pandemia. La humanidad, y nosotros dentro de ella, somos unos entenados voluntarios. Las derivaciones psíquicas-sociales del aislamiento comienzan a agobiarnos. El decurso del tiempo diario pierde precisión. También al presidente Alberto Fernández lo afecta, se dice, ya que duerme sólo un par de horas. Pierde precisión pero incuba cierta violencia intramuros. Se producen alteraciones domésticas o intrahogar preocupantes. El presidente de Italia, Giuseppe Conte, le contó a Fernández que en su país –el más afectado luego de China y los EE.UU. por lo menos con 10 mil muertos–, escalaron la violencia familiar, los homicidios y los suicidios. Hay preocupación en el movimiento de mujeres en la Argentina. Hay un llamado a la protesta en los balcones porque hubo once femicidios en apenas diez días de encierro. La violencia interna por el encierro se torna hacia otro cuerpo en conflicto: el enemigo interno, la fuente de angustia se redirige. Se escuchan las recomendaciones de psicólogos: hacer una rutina propia y mantener los ritmos familiares conjuntos. Una recomendación para las clases medias, claro. De cualquier manera, comienza a sentirse esa vaga sensación de depresión que se mantiene a raya –una sublimación del miedo que desorganiza la vida– pautando horarios de lectura, escritura, gimnasia. Hay una cita colectiva diaria en los balcones: la gente aplaude con emoción el trabajo solidario de los médicos y de todo el personal de servicios denominados esenciales que no se detuvieron. Emociona, también, que hayan regresado voluntariamente para sumarse a la tarea ciento veinte médicos argentinos que estaban en el exterior.

TAMBIÉN ESTO PASARÁ.

Hoy comenzó la prolongación de la cuarentena social obligatoria hasta después de la Semana Santa, a mediados de abril. Ayer, domingo, AF dejó algunas definiciones de lo que hará: más subsidios, más dinero como maná sobre pequeñas y medianas empresas, más sanciones al agio que aparece como mantra en los precios de verduras y frutas. Comienza una lenta escasez de productos industriales. El Presidente tiene altos niveles de aprobación en cómo lleva adelante la crisis, incluso de los votantes de su competidor anterior, Mauricio Macri. Millones consideran una suerte no ser gobernados por esa especie de gerente inculto con ideas neoliberales muy elementales, por cierto, e iguales a las del nefasto presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, a quien se le rebelaron casi todos los gobernadores para salvar a la población del darwinismo pedestre de un violento. Fernández seduce con su equilibrio y bonhomía. Se dirige a los argentinos como un profesor paternal. Mientras promete duros castigos a quienes lucren con las necesidades de la gente. Está preocupado por el curso de la crisis en el conurbano, donde se concentra el 30 por ciento de la población argentina. Allí los pobres deben hacer colas y tienen trabajos temporarios. La batería económica del Estado ayudará. Pero el devenir es un pasadizo secreto. En lo que depende de la voluntad política, además de la medidas económicas y sociales en curso, el Presidente de los argentinos dijo: “Una economía que cae la podemos levantar, pero una vida que perdemos no la recuperamos más”. Este sentimiento profundamente solidario resistirá la prueba de las pasiones feroces del capitalismo. Porque, debe saber el Presidente, los grandes empresarios siempre están dispuestos a defender con furia sus ganancias extraordinarias. La historia argentina lo demuestra, de los golpes militares al Estado terrorista que impulsaron.

Otra vez, sin embargo, la gran deudora del sur, como definió Sarmiento cuando la Argentina aparecía ya en el siglo XIX con una impagable deuda externa producto del colonialismo vernáculo, se transforma en una acreedora moral del mundo como con el Nunca Más. “El Estado va a estar más presente que nunca para que nadie sea desamparado y para que a nadie le sea permitida la miserabilidad de especular, de subir precios, de dejar a los argentinos sin trabajo. Por eso, esta pandemia tiene que servirnos como enseñanza. Nuestra subsistencia depende de confiar en los demás. Depende de cuidarnos para así, cuidar a la comunidad a la que pertenecemos. Depende de apartarnos del egoísmo para seguir la regla de la solidaridad. Nadie se salva solo. Y la Argentina es nuestra casa común.” La intemperie viral será la economía, pero la política puede ir por sus fueros: es el mundo de la cultura y del trabajo el que debe tallar. Hay que defender sus valores con uñas y dientes, y una enorme pasión por lo que nos hizo humanos. Y, entonces, es bueno recordar. Escribí en Twitter: “La inspiración de Cristina Fernández de Kirchner al elegir a Alberto Fernández es la demostración cabal de que ella ama a su pueblo más que a sí misma”.

Algo más, algo importante. Los adolescentes ya arman en sus celulares y en sus computadoras “la coronafiesta” virtual con la aplicación Zoom. Es un alivio saber que la vida continúa, que la vida se abre paso, siempre, aunque a veces me sienta como el personaje del científico de la película El núcleo, que a punto de morir encerrado en una cápsula que va a estallar, sigue dictándole a un pequeño grabador de mano sus conclusiones de por qué aunque él muera el mundo podrá salvarse. Eso es, sin duda, este diario.


Las miserias humanas

26 de marzo de 2020
DÍA SIETE DE LA CUARENTENA

Escuchamos al Presidente AF. Vimos las estadísticas del mundo de la pandemia: 383.791 enfermos; 24.073 muertos; 12.3942 recuperados. La Argentina, todavía rankea bajo: 589 casos, 12 muertos y 72 recuperados. Las cifras del séptimo día conmueven porque la curva no desciende. Y los Estados Unidos superaron a China en enfermos. Y en un solo día tuvieron un 30 por ciento más de muertos.

Hay una dirección donde seguir el saldo de esta batalla en tiempo real: https: //www.covidvisualizer.com. Duelen nuestros muertos y duelen todos los muertos. Duele la querida Europa. Imposible no transcribir la cartawasap de una querida amiga, periodista de la RAI, ya jubilada, en una comunicación desde Pratti, cerca del Vaticano. “Situazione brutta. Stiamo chiusi in casa, uscendo due volte a settimana per fare la spesa, con mascherina e guanti. Non si può’ fare nulla. La prima settimana e’ passata con disinvoltura, grandi letture, lavori dimestici, cucina. La seconda con un calo fisico e psicologico. La terza con sottile depressione. Certo, a casa si può scrivere, studiare, comunicare con internet, ma e’ la reclusione che pesa sul cervello…. qui si esce solo per buttare l’immondizia davanti a casa. Poi si rientra precipitosamente. Se vedi uno passeggiare, attraversi la strada per non incrociarlo… i contagi aumentano, le città’ vuote sono fantasmi, come in tutto il mondo. Gli ospedali del nord Italia sono al limite, medici e infermieri lavorano ininterrottamente da settimane. Sono cose che sai certamente. Quello che e’ difficile da spiegare e’ la sensazione di “assedio” e le paure interiori… ti abbraccio forte.” La vida cotidiana es común en su descripción, en cualquier parte del mundo. La reclusión, la crisis sanitaria… Pero adelanta aquello que culpabiliza: eludir el contacto con el otro, presunto portador del virus. Y las formas que toma el miedo a la muerte: la sensación de asedio, de estar rodeados por un enemigo que viene a matar y del cual aún no podemos defendernos más que dejándonos caer en una especie de vida latente. Es un temor impreciso a todo lo ajeno a nuestro cuerpo, un cansancio existencial ni siquiera limitado, combatido, por la rutina de la vida cotidiana. Porque para sentirnos vivos, debemos tener la certeza del futuro. No poder planear, mirar hacia adelante, aterra. Un temor, dice, que es difícil de explicar. ¿Sólo lo pueden hacer, minutos antes de morir, los condenados a muerte? No, sólo se puede sentir. Y punto. Freud lo dijo: imposible pensar en la propia muerte.

Pocas veces los humanos estaremos más convencidos de que si por algo nos elevamos del mundo animal fue por la ciencia y la técnica para sanar y para comunicarnos. Primero, fue la palabra. Pero ¿qué haríamos ahora sin los biólogos, los médicos, los respiradores y la medicina? ¿Qué haríamos sin internet, sin la fibra óptica, la comunicación a distancia? Sin Skype, Zoom e Instagram, por ejemplo, y cualquier aplicación que rompa el aislamiento. Virtualmente juntos, pero juntos al fin. Lentamente, la humanidad toma conciencia de su vulnerabilidad filogenética. Porque esta es una guerra sin armisticio. Se gana o se pierde. Hay vacuna o se muere en cada ataque masivo del virus. Y la teoría de Darwin se actualiza día a día: vive el más fuerte. Pero digamos que los humanos deben reinar, como sea, en especial en el mundo de la palabra donde se tiene la hegemonía universal. Ese parece ser el caso de la RAE que, en medio de la pagura mundial, necesitó precisar que la forma correcta de hablar sobre el virus es en femenino. Es “la” y no “el” COVID-19. Argumenta que «si se sobrentiende el sustantivo tácito de enfermedad, lo más adecuado sería el uso en femenino: la COVID-19». Amén. Pero nuestro movimiento de mujeres tal vez tenga algo que decir de empardar el género femenino al agente mortal de la peste.

En la Argentina, en tanto, el Presidente AF parece ser elegido como el líder del equipo mundial de quienes eligen no sacrificar la vida de su pueblo antes que defender a rajatabla la intangibilidad de las leyes económicas. Hubo una reunión virtual del G20. “La urgencia que marcan las muertes, nos obliga a crear un Fondo Mundial de Emergencia Humanitaria que sirva para enfrentar, mejor equipados de insumos, el contexto que vivimos”, dijo AF a los otros líderes. “Enfrentamos el dilema de preservar la economía o la salud de nuestra gente. Nosotros no dudamos en proteger integralmente la vida de los nuestros”, resaltó y agregó que «el tiempo de los codiciosos ha llegado a su fin. Como enseña el Papa Francisco, tenemos que abrir nuestros ojos y nuestros corazones para actuar con una nueva sensibilidad”. Tal vez por esto, un sondeo de opinión reveló que Alberto Fernández tiene el porcentaje de adhesión más alto de la historia de los argentinos. El 92 por cierto cree que está manejando bien la crisis. En cuanto al paquete de medidas oficiales, más allá de la cuarentena, incluye suspensión de clases, restricción del transporte público y cierre de comercios, entre otras, el apoyo llega al 94,7 por ciento con apenas cuatro por ciento de rechazo. La consultora Analogía apunta al debate más profundo que se da en todo Occidente. Esto opina la mayoría de los argentinos: “En un marco de excepción aparecen de manera nítida las opiniones mayoritarias acerca de la centralidad del rol del Estado, y la necesidad de que intervenga directamente en el control de actividades estratégicas para la población. Asimismo hay gran acuerdo sobre implementar políticas novedosas y arriesgadas, como también posponer todos los pagos de deuda externa. Coincide esta visión con una preocupación muy pragmática acerca de las consecuencias grandemente gravosas que tendrá la pandemia por el parate de la actividad económica. La reciente medida de subsidio para los trabajadores informales tiene un importante apoyo.” No es esto en lo que creen ni Trump, ni muchos de los célebres economistas y teóricos estadounidenses e ingleses, padres dilectos del viejo Friedrich von Hayek, para del neoliberalismo salvaje de postguerra, que odian al teórico económico del Estado de Bienestar, John Maynard Keynes, a quien los argentinos adoptamos como oráculo- durante los gobiernos peronistas- y ahora, en estos tiempos pandémicos: más Estado, más protección social, más salud y educación pública. Más inversión del Estado para sostener la ciencia, la tecnología y sobre todo la producción dado que el 75 por ciento de la producción interna lo producen las pequeñas y medianas empresas. Claro, no es lo que opinan algunos periodistas argentinos columnistas de los principales medios o corporaciones de medios de la Argentina, tan preocupados por el curso errático del capitalismo financiero al que tributan desde sus páginas y desde sus negocios vinculados a la renta agroexportadora y bancaria.

Una defensa que la marcha de la pandemia demostrará como inútil. El economista y periodista Thomas L. Friedman, una de las voces más escuchadas de los Estados Unidos y tres veces Premio Pulitzer, escribió en The New York Time sobre las consecuencias que sobrevendrían de continuar con la economía cerrada absolutamente por la pandemia del coronavirus. Llega a preguntarse lo siguiente: “(…) Si podemos minimizar quirúrgicamente la amenaza de este virus para las personas más vulnerables mientras maximizamos las posibilidades de que la mayor cantidad de estadounidenses posible vuelvan a trabajar de manera segura lo antes posible. Un experto con el que hablo a continuación cree que eso podría suceder en unas pocas semanas, si nos detenemos un momento y pensamos de nuevo sobre el desafío del coronavirus.” Habla del epidemiólogo John P.A. Ioannidis, de Stanford, que sostiene que la tasa de mortalidad del coronavirus puede ser apenas del 1 por ciento, es decir, de unas siete millones de personas. “Si esa es la tasa real”, escribió Ioannidis, “cerrar el mundo con consecuencias sociales y financieras potencialmente tremendas puede ser totalmente irracional. Es como un elefante atacado por un gato doméstico. Frustrado y tratando de evitar al gato, el elefante salta accidentalmente de un acantilado y muere». Entonces, el buenos de Friedman concluye: “O bien dejamos que muchos de nosotros recibamos el coronavirus, nos recuperemos y volvamos al trabajo, mientras hacemos todo lo posible para proteger a los más vulnerables a ser asesinados por él. O cerramos durante meses para tratar de salvar a todos en todo el mundo de este virus, sin importar su perfil de riesgo, y matar a muchas personas por otros medios, matar nuestra economía y quizás matar nuestro futuro.” Brutal. Mortal. Que mueran siete millones de personas -entre las que podemos encontrarnos- es el precio para que no se detenga la máquina de producir y ganar dinero. ¡It’s all, my Friends! No es eso lo que piensa una gran parte del FMI que habilitó la fortuna de ocho billones de dólares para sostener la economía mundial. E Irlanda decidió estatizar hospitales privados. ¿Mientras en los EE. UU se especula con apaciguar los costos brutales de la pandemia con una gesta militar: invadir Venezuela? Acusan al presidente Nicolás Maduro de narcoterrorista. Y fijaron un rescate de 15 millones de dolares para quien lo entregue, al estilo de lo que hicieron con Sadam. El petróleo, creen, les pertenece.Para no ser menos, ¿no nos asalta cierto espíritu rebelde tan conocido en cientos de argentinos que resistieron el neoliberalismo en todas sus formas y etapas? Por ejemplo, en la Argentina hay cincuenta grandes millonarios según la lista de la revista Forbes, que tienen una fortuna que va desde 10 mil millones de dólares a 500 millones declarados, claro. Hay sólo dos mujeres en la lista. Se los escucha temer por las medidas económicas. No se los escuchó decir que estaban dispuestos a donar dinero. Uno de los más ricos, dueño de farmacias y de fondos de inversión, guardó silencio cuando descubrieron que en sus depósitos había nueve mil frascos de alcohol en gel ocultos, pero negaban stock para aumentar el precio. El virus tiene la virtud letal también de revelar las miserias humanas.Entonces, en este cono del mundo, nos serena una certeza. Mientras Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner dirijan los destinos de la Argentina, jamás será para nosotros una disyuntiva la economía o la muerte.


La normalidad después del virus

25 de marzo de 2020
DÍA SEIS DE LA CUARENTENA

La estupidez humana coexiste con la avaricia. Pero finalmente, todos somos víctimas. Un surfer viola las normas al volver de Brasil, no se sabe cómo, lo detienen en la autopista, lo obligan a ir a su casa que dice, según el documento, que vive en la Ciudad de Buenos Aires. La policía lo acompaña hasta su casa y cuando parten, el surfer se va en su camioneta hasta el mar, en Ostende, a unos 300 kilómetros. Lo detienen, lo procesan, no se sabe si desparramó el virus por doquier. Un hombre mayor huyó de Madrid en un vuelo especial de Aerolíneas Argentinas. Disimuló su malestar y su fiebre para poder volver a casa. Pero se descompuso en el avión. Infectó a pasajeros y tripulantes, entre ellos a dos médicos que trataron de atenderlo. No sobrevivió al llegar. Hoy hubo 302 infestados y 8 muertos. Hubo más de 41.000 notificados por violar la ley de reclusión voluntaria pero obligatoria y unos 2200 detenidos. ¿Idiotas o desesperados? Mezcla fatal. Es comprensible, se dirá, la desesperación de volver a casa. Tantas películas hablan de esos éxodos durante la guerra, cuando llegan las tropas de ocupación. Y el coronavirus es un soldado enemigo. No sé por qué, entre tantas historias, recordé la del extraordinario filósofo alemán Walter Benjamin: él sabía bien que la historia de la cultura es también la historia de la barbarie. Imposible no pensar en el carácter fascista del COVID-19 que obliga a la humanidad a la prisión voluntaria y a la desolación. Quiero recordarlo: Benjamin huyó de Francia en el verano de 1940 cuando las tropas nazis invadieron París. Era judío y marxista, amigo de Bertold Brecht y de los intelectuales de izquierda europeos. Su cabeza era una de las más lúcidas de ese tiempo. Pudo alcanzar Portbou, en la frontera con España. Allí llegó en compañía de otros exiliados, muy cansado, en atardecer del 25 de setiembre de 1940. Pero la policía española lo interceptó porque Benjamin no tenía la visa requerida por ellos. Su amigo, el filósofo Theodor Adorno, a obtener las visas de tránsito en España y de entrada en Estados Unidos, donde le esperaba, pero la visa de Marsella para salir del país no le sirvió. Antes que tener que volver a Francia y caer en manos de la Gestapo, se suicidó el 26 de setiembre de 1940 con una dosis letal de morfina en el Hotel Francia de Portbou.

Benjamin y la banalidad del riesgo país, estos días, de pandemia. Los marcadores hablan de que la Argentina tiene un puntaje envidiable: 4300 de riesgo país. La deuda del macrismo y el virus dicen que los bonos argentinos no valen nada. (Juro que me dio un ataque de risa…) La economía de papelitos y dólares ocultos intenta marcar el paso todavía desde Wall Street y las bolsas del mundo que no duermen. Si nos faltaba algo era la locura de una ex funcionaria macrista que escribió este tuit “¡lo que nos faltaba era que vinieran estos médicos/espías/comisarios cubanos! Y agregó un hashtag así: #NoALosMedicosCubanos. Hay que tener un espíritu de espía de décimo rango de Fort Laureldale, para militar contra el honroso y generoso pueblo de Cuba y sus brigadas sanitarias. El gobernador de Buenos Aires Axel Kicillof y su ministro de Salud Daniel Gollan quieren a esos 500 médicos formados en la moral, la ciencia y la fuerza humanista de Fidel y el Che. Los quieren porque arreciará la peste en las próximas semanas sobre más de los diez millones de bonaerenses. En tanto, el gobierno de AF trabaja contrarreloj para legislar para la pandemia y la crisis económica. El Presidente dijo una vez más: lo que más le importa es salvar la vida de los argentinos. La salud, está primero. No importa ahora el costo. Lo urgente es salvar vidas, estar equipados para la ola de contagios que se viene en abril 2020 y tener la estructura sanitaria suficiente para que no se muera la gente que no debe morir. Su gobierno, increíblemente, aún no terminaba de formarse cuando estalló la pandemia. Apenas si el Ejecutivo, parte de las autoridades del Congreso pero el cuerpo diplomático no llegó asumir. La mayoría de los embajadores políticos, cruciales en esta etapa de renegociación de la deuda para defender la idea de que la Argentina no pagará a costa de la pobreza y miseria de su gente, no están aún en sus destinos. La cotidianeidad se mezcla con las grandes decisiones. La inquietud no cede. Por ejemplo, hoy trajeron el agua mineral en botellones a casa. Se suponía que la empresa daba barbijos y guantes a los trabajadores. No. Y no termina de entenderse la necesidad de protección. Cuesta plata, para ellos, pero más cuesta para cada uno entender que nos debemos proteger. Que no es del otro humano sino del portador del virus. Es difícil. No hay psiquis que aguante a largo plazo. ¿O sí? La vida se impone siempre, pero van a ser necesarios muchos libros, muchas sesiones de terapia, mucha trabajo en todas sus formas materiales y virtuales para reponer la idea de lo que siempre consideramos normal. ¿Cómo fue la normalidad después de Hiroshima?


Nunca Más a la peste de las dictaduras

24 de marzo de 2020

DÍA QUINTO DE LA CUARENTENA.

Este 24 de marzo de 2020, Día nacional de la Memoria, como dije en la crónica que lo anunciaba, ocurrirá en los balcones… Ocurrirá en las redes, en las pantallas de los televisores, en las confesiones de los amantes, en las conversaciones telefónicas, en cuanto cartel y pared se alcance a pegar o a escribir con la consigna: Nunca Más a la peste de las dictaduras. Extrañaremos tanto esa multitud que año tras año se reúne para memorizar y pedir justicia por los 30.000 argentinos asesinados y desaparecidos por el estado terrorista de 1976, que el coronavirus se revelará como una venganza de los criminales. Es una fantasía, lo sé. Pero el peso de la historia es así: circula entre lo simbólico y lo real.

El colega Luis Bruschtein lo dijo mejor que nadie: “Esta sociedad supo parir lo monstruoso. Y para derrotar a la monstruosidad que había parido, hizo nacer a lo más virtuoso. Y así asistimos a ese duelo mítico entre colosos desalmados y almas sublimes. Ya no son los represores y las Madres, sino lo que ellos y ellas significan. Se descarnaron como en los mitos griegos y se convirtieron en paradigma, valores éticos y morales, emociones básicas y duras. Constituyen la personificación argentina de una batalla que comenzó con la humanidad.” Desde la potencia de su pañuelo blanco, Hebe de Bonafini habló de este 24 de marzo atravesado por la cuarentena de la peste. Miró al futuro: “Yo creo que luego de esta pandemia otra vez hay que pensar en crear un mundo nuevo”.

Sí. Seguramente ella tendrá razón, otra vez, porque les asiste la razón absoluta del Espíritu, como Hegel hubiera definido. Pero hoy, además, extrañaremos los miles de cuerpos de cuatro generaciones encolumnándose hacia la Plaza de Mayo, detrás de la vanguardia histórica: Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y todos y cada uno de los organismos defensores de los derechos humanos. Extrañaremos el calor intenso, cuerpo a cuerpo, de esa multitud que se desplaza en medio de cánticos y consignas, desbordada de colores y tamboriles, parlantes, multitudes de toda proveniencia: obreros, estudiantes, maestros, actores y músicos, murgas y orquestas, empleados de todo oficio, clasemedieros sueltos, solitarios y parvenus, familias enteras, cochecitos de bebés, carteles de sindicatos, escuelas, dirigentes políticos, funcionarios, y el ruido de tamboriles y las consignas queridas, y los rostros jóvenes en los carteles que preguntan por ellos dónde están, dónde están. Extrañaremos a los turistas que miran con curiosidad, que desean entender el gran teatro de los miles de argentinos en su procesión laica por la memoria y la justicia. Extrañaremos la multitud rodeada del humo entrañable, reconocible como olor de la patria, de los choripanes y hamburguesas y churrasquitos que ofrecen los vendedores ambulantes y que se animan a comer los más jóvenes. Extrañaremos, como una mutación producida por la peste del coronavirus que nos obliga a la reclusión forzosa en nuestras casas, la demostración colectiva más unánime de nuestra gente de que Nunca Más aquella peste de los dictadores, que perseguían a los militantes populares y los asesinaban como un virus a extirpar, ocurra en nuestra patria. Porque para eso marchamos año tras año, desde abril de 1977 hasta ahora, cuando las Madres de Plaza de Mayo comenzaron a buscar a sus hijos. Han pasado 43 años de aquella ronda inicial que creció como un río indetenible. Memoria, Verdad y Justicia fue lo que los argentinos construyeron como un monumento civilizatorio desde el juicio a las junta militares hasta la identificación de los muertos, desaparecidos y niños robados, que el mundo mira con respeto. Es lo que muchos consideran como la llave para que el neoliberalismo rampante del macrismo no hiciera pie de manera definitiva. Es, en verdad, la vacuna que nos salvó de esa prolongación de la peste de los dictadores: creer que hay ciudadanos descartables, presas de la peste de la angurria de fondos de inversión y ajustes y destrucción de la ciencia, asalto al Estado para que no cuide a su gente, robando hasta el último peso de su esfuerzo en fuga de capitales y meritócratas idiotas que elogian la pandemia como un ajuste natural de la selva darwiniana donde los pobres deben morir. Porque estamos orgullosos de nuestra lucha por el Nunca Más de aquella peste de los dictadores, también lo estamos por haber logrado abatir en las urnas la versión reposera y gauchesca del neoliberalismo vernáculo. Porque la peste neoliberal se inauguró aquel 1976 que hoy recordamos. Porque se reeditó en el neoliberalismo a lo largo de la historia. Y porque el coronavirus nos recuerda que nadie se salvará solo. Y que el Estado que refundamos en base a la justicia y la memoria de aquella peste del 76 es la llave que asegura este otro Nunca Más al neoliberalismo. Lo decimos en cuarentena, pero unidos y firmes para salvarnos de esta peste con más ciencia y Estado cuidándonos, como nos salvamos de aquella del 76 con más democracia. Cuando el día 24 de marzo terminó, alguien abrió sus ventanas de par en par e hizo sonar el himno nacional, que retumbó en casas y calles y muchos lo entonaron y gritaron: “fuerza argentinos, fuerza”. Alguien gritó y muchos aplaudieron: “Presentes, ahora y siempre”, hablándole a los pañuelos que colgaban de los balcones. Porque este 24 de marzo de 2020, asustados pero unidos, desplegamos pañuelos blancos, colgados como flores de la memoria nacional, que es nuestra fatalidad y también nuestro privilegio.


La peste como mutilación

23 de marzo de 2020
DIA CUATRO DE LA CUARENTENA

Nada reemplaza los abrazos. Buenos Aires, la ciudad está más desnuda que nunca. Y silenciosa. Ni las redes activas- piden limitar su uso por la sobrecarga de consumo-, ni las llamadas por wasap, ni los memes, ni la cotidianeidad organizada en torno a los ritmos del hambre, a las rutinas de los deberes escolares a distancia, a la gimnasia improvisada para combatir la rigidez física…Nada reemplaza la rigidez del alma porque falta tocar, desear el cuerpo del otro. La peste es una mutilación porque el pasajero coronavirus es una amenaza invisible cuando el otro se aproxima. Y sin embargo, no es un enemigo del amor. No puede. Los sentimientos son tan intangibles como él. Persisten más que él. Entonces, es posible soñar que el instinto de sobrevivir es como el instinto de amar: lo venceremos. Por ahora, afuera, en las cimas de la conducción del mundo asustado y paralizado, científicos e intelectuales corren detrás de conocer su ADN para herirlo de muerte con una vacuna. Los chinos, siguen con la delantera. Pero los líderes políticos y capos de la economía mundial discuten qué es mejor. Sí. Si, increíblemente discuten si hay que hacerle caso a Darwin o no. Si hay que dejar que se infeste la mayor cantidad de gente para lograr la inmunidad y volver a poner en marcha la economía. Narayana Kocherlakota es un economista estadounidense, ex presidente de la Reserva Federal de Minneapolis y elegido como uno de los 100 pensadores globales por la revista Foreign Policy, que analizó qué sería mejor. Concluyó que matar a 200 millones de personas si se deja que el virus se contagie no es una buena solución. Lo dice así: “Hay una forma mucho más probable –pero profundamente indeseable– de lograr una recuperación económica sólida: que los gobiernos relajen los mandatos de distanciamiento social porque suficientes estadounidenses se han infectado para que la sociedad logre la inmunidad colectiva. Este resultado, desafortunadamente, está lejos de ser imposible. Oficialmente, alrededor de 15.000 personas en EE.UU. han sido infectadas. Los epidemiólogos estiman que alcanzaríamos la inmunidad colectiva si aproximadamente el 60% de la población, o un poco más de 200 millones de personas, se infectan. Incluso si el número de casos aumenta solo un 10% por día, que es mucho más lento que lo que hemos visto hasta ahora en Europa y en Estados Unidos, los 15.000 casos crecerían a 200 millones antes de finales de junio. En este escenario, no habría razón para mayores restricciones de distanciamiento social. Y es cierto que la economía comenzaría a crecer nuevamente en el segundo semestre del año, según lo previsto por muchos pronosticadores. Pero los costos de ese escenario serían enormes. Cerca del 20% de esos 200 millones de casos requerirían cuidados intensivos. Literalmente, millones morirían, tanto por COVID-19 como por otras dolencias que un sistema de salud saturado no podría atender. Soy optimista. Por eso creo que no veremos una recuperación económica rápida en el segundo semestre. En cambio, seguiremos experimentando cierto tipo de restricciones de distanciamiento social –tal vez relajadas de vez en cuando– durante muchos meses. Estas restricciones serán una carga enorme para la actividad económica, pero solo podemos esperar que mantengan con vida nuestro sistema de atención médica y a nuestros conciudadanos.” Tremendo. Tremendo que lo piensen siquiera. Pero tal vez Noam Chomsky tiene razón cuando cree que los EE.UU. buscan a través de la peste la implementación de un nuevo orden mundial. Que apunta, según el intelectual norteamericano, a la desaparición de la Unión Europea, que es la vía pactada con China del nuevo camino de la seda para su influencia en el mundo; a la consolidación absoluta en Latinoamérica a través del quiebre total del eje Brasil (que sigue sus pasos) y Argentina, que no los sigue; el debilitamiento de China y Rusia y, finalmente, la hegemonía total de EEUU ya sin miedo a la peste. Sin embargo, ante este escenario extremo, ante la locura de dictadores de nuevo tipo, creo que la vida se impondrá. En estas tierras, nuestro gobierno hará exactamente lo contrario: como dijo el presidente Alberto Fernández, y ratificó magistralmente su ministro de Economía, Martín Guzman “el hombre impasible”, que para nosotros no se trata de economía sino de defender la vida de la gente. Nuestro único capital son los argentinos. ¿Lo haremos hasta la inanición si la economía no se pone en marcha? ¿Seremos capaces de carnear todo el ganado y machacar todos nuestros cereales hasta defender esta idea? La peste nos hace limitados, pero puede tentar a lo ilimitado: morir de hambre o morir de peste. Imposible pensar hoy en esa disyuntiva. Vuelvo a la idea de que si sobrevivimos manteniéndonos en esa tesitura inicial, la idea del Estado compasivo e inclusivo y guardián de la gente se genetizará. Y ese es el golpe mortal al neoliberalismo tal vez para siempre, porque el mundo y nosotros no seremos iguales cuando la peste termine. Se contaran las pérdidas en vidas y en bienes, pero la idea loca de dejar en manos de las grandes corporaciones financieras el destino de la humanidad estará herida de muerte. La polémica sobre si repatriar en aviones de Aerolíneas a los argentinos que se fueron después que el Presidente dictó la cuarentena obligatoria es inútil. Unos dicen que no hay que traerlos: creen que son “chetos” a quienes nunca les importó el otro. Bueno: un meme dice: “No les mandes aviones para traerlos. Enseñales a volar”. Bien, la medida que se tomó es que primero se repatriará a quienes quedaron varados desde antes del dictado oficial de la cuarentena. Y al resto, se los repatriará después. Bien. Por más bronca de muchos, nuestro Estado en manos del peronismo nunca debe dejar un solo argentino a la intemperie. Nunca. Pero qué hacer con un caso así: “El empresario Gustavo Cardinale intentó ingresar ayer al country Sierras del Tandil con la mucama escondida en el baúl de su coche. Una denuncia anónima al 101 alertó sobre el ardid con el que pensaba violar la cuarentena por el coronavirus y asegurarse la limpieza. Como las normas del barrio cerrado prevén que los guardias de seguridad sólo revisen los autos de los visitantes, el propietario no imaginó que la policía lo estaba esperando.” Juzgarlo y condenarlo. Pero no ceder en nuestra idea de cuál es el papel del Estado por la violencia de patanes degradados.

Ahora, entre tanto, queda esta sensación de soledad corporal. Se extrañan los abrazos. Los besos. El cuerpo cercano del otro. Es la primera mutilación que nos produce la peste. Nada reemplaza los abrazos. Nada. Y esta sensación, aunque duela, es el comienzo del triunfo contra la peste.


La droga del odio

22 de marzo 2020
DÍA TRES DE LA CUARENTENA

Es domingo y el ritual es el del domingo. Planificación de las comidas: se come más encerrados pero al mismo tiempo esa planificación da idea de la continuidad de la vida cotidiana que de hecho saltó en pedazos. Trabajar no es trabajar. Es pautar los entretiempos. Lectura de portales, con el Cohete a la Luna como insignia y P12 para información permanente. La nota de Marcelo Figueras Todo virus es político, en el Cohete, es un milagro de la cultura. El presidente AF dio una entrevista en la tele para insistir con que los argentinos, tan afectos al desmadre, respeten la cuarentena. La información de evolución del virus en el mundo, cansa. Pero nadie se sustrae del embrujo colectivo de ser parte de los soldados en la trinchera de una guerra que nos tiene a todos en el mismo bando. Aunque el periodismo tiene aún el empecinamiento de trincheras de guerra. Me espantó por la droga del odio que desparrama un título de la revista Noticias. “Cristina y Florencia K : dejan atrás Cuba y a 900 argentinos varados”. El odio necesita de una droga que lo provoque. Ellas venían en un vuelo regular con su pasaje pago. No usaron los fondos del estado que piden los argentinos varados, muchos de ellos se fueron dos días después afuera de que AF anunciara el comienzo de la cuarentena. “¡Y ahora exigen la repatriación!” se enojó el Presidente. Además, CFK trae interferón de la isla para nuestros científicos para hacer pruebas inmunológicas donados por la Grecia de nuestra Latinoamérica. Cada día creo más en la sentencia de José Martí: Cuba es nuestra Grecia, cuna de la civilización de América en muchos sentidos. Y además, en ese avión venían médicos cubanos. El odio necesita una droga. Y los adictos de los medios decidieron que deben consumir mucha CFK. Caníbales y drogadictos. Los veo mal. Ahora Clarín y La Nación insisten que por fin AF es un presidente sin la sombra de CFK. Lo elogian por eso. En realidad, le avisan que si se llegara a juntar mucho, si ella asomara la cabeza, se lo cobrarían con mil y una notas infestadas de ponzoña recurrente. La sensación que prevalece, sin embargo, es que estamos atrapados en un tiempo sine die. Hubo muchos patanes que violaron la cuarentena. Entonces, los leviatanes de la prensa nativa aprovechan: quieren estado de sitio. No, dijo AF, no. El sabe lo que le piden: que sea el primer presidente democrático con esa mancha que no se quitará nunca y que, a dos días del 24 de marzo, día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, su decisión pueda alguna vez empardarse con la de la dictadura de 1976, el nacimiento del estado terrorista que también consideraba un virus a los opositores que se encargaron de asesinar, desaparecer, robar bebés y luego, para completar, declarar una guerra maldita por Las Malvinas. La excitación de las corporaciones mediáticas con la posibilidad de que AF declare el estado de sitio tiene ese origen espurio en la historia donde ellas hicieron negocios definitivos. La sangre es indeleble, lo sabemos. El 24 de marzo será en los balcones… Extrañaremos tanto esa multitud que el coronavirus se revelará como una venganza de los criminales. Es una fantasía, lo sé. Pero el peso de la historia es así: circula entre lo simbólico y lo real. En tanto, pude leer una nota del sur coreano Byung Chul Han, que mandó a mi grupo de wasap Cecilia B. , sobre “La emergencia viral y el mundo del mañana”. Un filósofo surcoreano, dice el subtítulo en el diario El País. “que piensa desde Berlín”. Digamos que para pensar no es necesario estar en el mismo lugar donde se nació. Es más, tal vez la distancia aguza el ojo del cíclope de la mitología. Chul Han se inquieta con la pérdida de libertad por el enorme big data con el que China logró controlar, se dice, el virus al controlar a cada ciudadano. La descripción del registro es escalofriante. No lo sé. Tal vez tranquiliza no estar solo en la circulación del mundo porque ya se está ontológicamente solo. El ser y la nada. Eso. Por qué se inquieta Chul Han, me pregunté. ¿Porque el big data lo maneja el estado chino, entrañablemente enemigo de su raíz? ¿Cuánto hay de biografía en la filosofía de Chul Han? Pensé en nosotros. Nuestro problema es que ese big data lo maneja Google desde los servers de los EE.UU. y en la Argentina, la base de datos está en manos privadas si es que se concibe internet como la pista de ese mar de información personal. No hay forma de sustraerse al gran ojo, a la interrelación. Para él eso no nos salvará del virus, sólo propondrá un nuevo virus que condicione nuestra libertad. Y bien. ¿Entonces? Otra vez, el regreso a la isla de Robinson es imposible. Señalar que nos espían por el ojo de la cerradura no modifica la inexorable sensación de desamparo que tenemos frente a la pandemia, día tras día. Porque la verdadera pregunta es si podremos o no sobrevivirla. Ser parte de la red, es un alivio. Varias provincias se sumaron ahora a la realización de testeos. Comenzaron a entrar los reactivos. Ojalá, reza el Presidente, que la curva no estalle antes que el sistema sanitario pueda contenernos. Por ahora, aumentan los casos en la ciudad y el conurbano. Ser pobre siempre fue una maldición. Hoy es mortal. Hay aplausos en los balcones para felicitar a los trabajadores que ponen el cuerpo estos días. Los argentinos somos así: agradecemos o maldecimos con estruendo. Es nuestra mejor tradición. El problema es la mayoría silenciosa que deglute una y otra vez la droga del odio en tabloide. Ni siquiera estoy indignada con los profanadores de mi oficio. Me siento afortunada por ser periodista. De poder escribir contra la muerte, que es para lo único que sirve poder escribir porque nada vive más allá de la escritura. Ni el virus.


El Leviatán de la naturaleza

21 de marzo de 2020
DÍA DOS DE LA CUARENTENA

El espíritu está inquieto. Los casos siguen. Se pronostica un futuro distópico donde los gestos se repliegan al propio cuerpo o a un cuerpo querido que se sabe sano. El virus no se detiene en el mundo. Acumula, según la OMS, casi 300 mil infectados y cerca de diez mil muertos. Los idiotas tratan de escapar de la cuarentena con tretas inútiles. La represión no alcanza. El Presidente AF sobrevuela en helicóptero para controlar el cumplimiento como si hubiera una medida del vacío en las calles y rutas. Llegó CFK con su hija Florencia desde La Habana, dicen con un cargamento de interferón entregado por el gobierno cubano, que sabe de bloqueos de otras pestes imperiales anticipadamente a los bloqueos del coronavirus. Igual, ellos dan, siempre dan. Es su destino: dar salud, orgullosamente. CFK comenzó su cuarentena de 14 días por venir del exterior: dicen que no quería estar lejos de casa, de su pueblo, en esta crisis que promete intensificarse con el correr de los días. Algunos periodistas cantaban victoria de su lejanía ya que suponen que ella puede eclipsar la estrella ascendente de estadista del Presidente. No pueden aceptar que ese liderazgo no es bifronte en el ejercicio del poder del Estado sino bifronte en la potencia política simbólica. Millones de argentinos se sienten mejor si ambos están juntos piloteando la tormenta. Si conducen la reconstrucción del Estado arrasado por el neoliberalismo gauchesco. Se les cree cuando dicen que están reconstruyendo el sistema de salud. Cómo no creerle a CFK que dejó 19 vacunas en el vademécum y el país con plagas como el sarampión y el dengue erradicadas. Que dejó en marcha hospitales que paró el macrismo en 2016, y que en plena pandemia se deben terminar. ¿Llegaremos a tiempo con las camas, los respiradores, los reactivos, los barbijos? Esto desvela a AF más que nada en la vida. Se le nota el cansancio. Se le nota la pregunta: habrá un tiempo mejor para mi presidencia. No puede desmadrarse, no. Se repite una y otra vez en las reuniones de gabinete. Un gobierno hecho de militantes y científicos y técnicos, la mayoría peronistas. Porque, parece ser, el destino del peronismo: reconstruir lo destruido por las oleadas neoliberales. Peronismo en su versión original: es decir, redistribución del ingreso y altos niveles de salud y educación y trabajo para todos. En cuanto al mundo, es estremecedor: la vieja Europa es la más afectada. Alemania, teme una hecatombe. La economía se derrumba porque, en definitiva, se necesita del trabajo humano y del consumo humano para que sobreviva. La invención de las máquinas queda en discusión, otra vez. Pero respecto a que el capitalismo en su etapa financiera pueda dar marcha atrás como se ilusionan los catastrofistas, se verá: se conoció que muchos fondos de inversión compran empresas cuyas acciones valen cada vez menos. La concentración del capital no cede. El tema es para qué servirá en un mundo herido de muerte. La peste es maldita…Algunos comentan que por lo menos en la guerra la gente corría a los refugios y se abrazaba. Los amantes de Hiroshima tenían sexo en medio del hongo mortal. No es lo mismo las series de Netflix y las plataformas para pasar el tiempo. Además, internet puede colapsar, dijeron. La soledad es una sombra que no se disipa aunque se comparta la crisis. El miedo a la muerte es una película en cámara lenta. Cada tanto, una se toma la fiebre. No. Hoy no. Hay una espera de que algo inexorable ocurrirá pero puede no ocurrir. El día de la victoria, el tiempo libre de virus como festejaron en Wuham no es una postal que se avizore aún. Miles están enfermos, algunos mueren, otros quedan inmunizados. Una maldad: sólo mueren los más viejos. ¿Muchos fondos de seguridad social festejan en la sombra? La vacuna no llega: eso sí, el imperio no deja de competir por la hegemonía. Dice desde los EE.UU. que tienen dos remedios y están cerca de la vacuna. Ojalá. De Alemania contestan lo mismo, que aislaron una enzima del bicho…Desde China, llevan la delantera. Empezaron antes con las pruebas clínicas. El coronavirus es el Leviatán del mundo de la naturaleza sobre la condición humana. La barbarie de la selva contra la cultura. Mañana, en Buenos Aires, será un día espléndido, lindísimo para hacer el primer asado del comienzo del otoño que, en realidad, no queremos que comience nunca porque habilitará el invierno. Y entonces… Entonces. Como citó Umberto Eco en Apocalípticos e Integrados: Dios no existe, Marx ha muerto, y yo tampoco me siento demasiado bien.


La humanidad interpelada

20 de marzo de 2020
DÍA UNO DE LA CUARENTENA

obligatoria por edad a pesar de que la profesión de periodista me permitiría circular. Hubo chat con amigos, el descubrir nuevas técnicas de wasap para comunicarnos en grupo, noticias al por mayor, lectura de portales, tuits varios para opinar sobre la conducción política de la pandemia. El sentimiento que prevalece no es de soledad. Hay millones que son de la partida del auto encierro. Hubo cientos en un aplauso cerrado desde las calles para el personal sanitario, que emociona como un gesto de reconstrucción de lo humano. No, no hay sentimiento de soledad. Sí de sospecha de que el mundo que conocimos cambiará para siempre aunque no se sabe el signo del cambio si para bien o para mal. La sensación del tiempo por delante, sin claridad de un límite, es un sentimiento nuevo. Sin embargo, no es tan así. Porque se corrió demasiado cerca el horizonte impreciso e indeterminado de la posibilidad de morir. O, en todo caso, no es el miedo a la enfermedad el que acecha sino el no saber cuándo terminará. Y ni siquiera parece ser el tiempo desbocado que se inaugura con la rotura de la cotidianeidad. Es otra cosa nunca vivida o, tal vez, que recuerdo vagamente de mi infancia, allá por 1956, cuando mis padres me colgaban una inútil bolsita de alcanfor contra la epidemia de poliomielitis. Y se hablaba de una vacuna pero se le temía. Día uno de la cuarentena: leí todo, en el entretiempo de la siesta que ya no es necesaria, sobre la historia de las plagas. Bajé dos libros en PDF gratis que me interesaban. Recorrí algunos museos del mundo. De repente, me reí, el capitalismo está dispuesto a abrir sus alacenas cuando su naturaleza es cerrarlas sino las negocia. El todo tiene precio parece sucumbir a una instintiva sensación de que lo humano anida en la cultura compartida en cualquier idioma, en cualquier geografía. Y que el único negocio posible es que estemos todos vivos. Recordé- mientras escribo- lo que el rumano Elías Canetti dijo en su libro La lengua absuelta: los humanos nos peleamos, nos explotamos, pero finalmente sólo tenemos miedo al mismo enemigo: la muerte. Terminé un artículo para la revista Caras y Caretas. Volví a sentir el límite necesario, el dead line que agrega adrenalina, esa droga natural de los periodistas que nos impulsa a sentirnos vivos.. Día uno de la cuarentena. En el chat de la tarde Jorge me explicó, porque es economista, que entramos en una decadencia sine die del imperio americano. Y que la situación general ayuda a que la Argentina pueda renegociar su deuda externa en marcos de ¿piedad? por la crisis mundial. Vamos a terminar más pobres, dijo, pero eso hará imposible que nos cobren lo que quieren porque, dijo, el FMI y en general los desaforados fondos de inversión- acreedores privados- tendrán su día de San Bartolomé. Sin cuchillos, claro. No sé. Dudo de todo lo terminante en estos días. Sólo coincidimos en que la Argentina y el gobierno de Alberto Fernandez, y la maravillosa inspiración de CFK en elegirlo, nos salvaron de otra peste. El macrismo, la versión reposera, gauchesca, pero depredadora y colonial del neoliberalismo. Es raro, dijimos, sentir que será injusto que el arrasamiento doloroso que provoque esta peste coronavirus pueda hacer olvidar ésa anterior que no depende del juicio de dios sino de Comodoro Py. Porque nada será igual pero también permanecerán los daños anteriores sobre nuestro cuerpo y nuestra subjetividad a los que agrega la pandemia. Sometidos al mundo de la naturaleza, los argentinos somos tan frágiles. Veníamos de estar sometidos a las reglas del mercado versión macrista, palizeados (me permito el neologismo) en la orgía de bonos y fugas y saqueos y endeudados. Peste tras peste, dijimos con mi amigo periodista económico. Pero una depende del mundo de la selva- a esa la superamos con ciencia y cultura. A esa la superamos si somos más humanos que nunca. Pero a la criolla, a la que fue una elección de modelo económico, político y social digno de Terminators la superamos- nos reímos con mi amigo- si somos más peronistas que nunca.

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Maria Seoane
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