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“Ojalá construyamos una sociedad en la que por nuestros ideales no haya que dejar la vida”

Dice que ser abuela le cambió la mirada. Victoria Montenegro acaba de publicar su libro “Hasta ser Victoria” en el que repasa la historia que la llevó a recuperar su identidad.

Se llama Victoria Montenegro, pero se llamaba María Sol Tetzlaff. Fue construyendo su historia con retazos de recuerdos y la ayuda de otros nietos y nietas que recuperaron parte de su identidad. Hoy es una joven legisladora porteña, y también es abuela. La maternidad -y la abuelidad- joven la separó del camino prescrito para una adolescente que quiso encajar en la familia de sus apropiadores y nunca pudo. Ahora su historia es un libro y está destinado a aquellos que quieran conocer el delito más cruel, el robo de bebés. Pero también está pensado para aquellos adultos que rondan los 40 años que también fueron apropiados y ni siquiera lo sospechan.

-El libro intenta dar cuenta de uno de los más atroces delitos de lesa humanidad: el robo de bebés. ¿Cómo analizas desde tu experiencia política semejante hecho?

-Es el botín de guerra, lo más tremendo que te puede pasar en la vida, que te arrebaten a tu hijo y además los críen aquellos contra los que vos luchas, es la identidad de todo un pueblo. Como me pasaba a mi cuando era María Sol y quería parecerme a Herman que era alemán. Mis viejos eran salteños y eso jamás iba a suceder, vos pasas buscando mucho tiempo de tu vida un reflejo que nunca vuelve. Eso lo vimos con el Gobierno de Macri, la idea de volver a perder tu identidad como pueblo, para tratar de verte la identidad de un pueblo que no es ni mejor ni peor que vos, pero que evidentemente no sos vos.

-¿Por qué elegiste contar tu historia de manera cronológica?

-Tiene que ver con lo que me costó transitar sobre cómo fue mi nacimiento, es muy difícil pararse en este presente si no se repasa y se comparte con otro todo lo que significó la apropiación y la construcción de una identidad. Es una pesadilla, son cosas que quedan muy marcadas y es necesario poder transitarlas desde otro lugar. Di testimonio mil veces en las escuelas, en charlas, pero una cosa es dar testimonio y otra es sentarte a repensar esa vida. Lo pude hacer ahora, cuando nació mi nieto, ya en un rol de abuela. Lo que me pasó no era sólo mío, tenía que compartirlo con otros. La identidad y particularmente la historia de los nietos interpela. Obvio que el nacimiento de Noha fue un antes y un después en la vida. Porque cuando nacieron mis hijos mis hijos yo todavía era María Sol, y con mi nieto no, soy Victoria. Tuve que repasar una infancia como María Sol, mi infancia con recuerdos mínimos en forma de sueños o de sensaciones, porque era una beba cuando me secuestraron. Después, la adolescencia con el inicio de la causa y después mi vida como Victoria. Me ponía a repensar y me decía a mí misma ‘¿cómo me pasó todo esto?’.

-Fue una infancia marcada por la violencia que se imprimía ya sobre el delito de la apropiación.

-Sí, de parte de mi apropiadora particularmente. La violencia está en muchos casos, de hecho, hay padres biológicos que hacen mucho daño a sus hijos. Pero pienso cómo hubiera sido mi infancia, tan distinta a la que me impusieron. Si ahora no hay nada que pueda cambiar, sí puedo dar testimonio para evitar el negacionismo, es una pelea permanente que uno tiene que dar más en el caso nuestro en la búsqueda de los hermanos que faltan.

-¿Pensaste el libro en clave política?

-Hay algo que tengo muy presente y es que cuando yo hablaba de mi apropiador con otros hijos y nietos que seguramente su familia fueron víctimas de la patota de él, había una cuestión -que la entiendo-, cuando te dicen ‘ese milico asesino’. Hay que procesar y entender, mientras vas acomodando la historia que te duele mucho, que no es que te lo dicen a vos, sino que dicen lo que sienten. Y es lógico, es un asesino, pero a la vez es la persona con la que te criaste. Yo traté de ser piadosa para que otros posibles nietos o nietas que tengan cariño por lo que nos crían, tengan menos contradicciones, que sientan que el libro los puede acercar a un montón de preguntas que seguramente tienen y que se animen a dar el paso de acercarse a Abuelas.

-Esos nietos y nietas son personas que ya superan los 40 años, ¿es una experiencia distinta de quienes han encontrado a sus familias a los veinte y pico o treinta y pico?

-Sí, es distinto. La mayoría de nosotros, no todos, somos padres, madres y algunos de hijos ya adolecentes. También hay una realidad que es muy cruel y es que muchos de los apropiadores son personas mayores. Entonces quizás no es ciento por ciento o políticamente correcto, pero muchas veces se pretende que se entienda que eso está mal y que hay que cortar inmediatamente con todo vínculo. Y la verdad es que las personas no somos así, el ser humano no funciona así, se identifica la violencia, pero no es fácil salir de un hecho así. Hay cuestiones donde juegan los afectos y una tiene que ver cómo rompe los vínculos que son malos. Intento dejar en claro que hay un delito de lesa humanidad, que hay responsabilidades claras y concretas, que hay una violencia que nos impuso el terrorismo de Estado y que la llevaron adelante estas personas. Pero después hay una construcción que hay que romper pero sin romperte vos. ¿Cómo hacer para romper sin romperte vos por dentro? Porque hay que seguir viviendo, hay que reconstruir, hay un montón de verdades absolutas que tenías y no tenés más. Por eso hay nietos que tardan muchísimo tiempo en acercase. Son las contradicciones, la vida, los hijos y los afectos, y hay que ser respetuosos de eso. Hay un amor incondicional a nuestros desaparecidos y .queda clarísimo cual es la perversión de la apropiación, pero después los que llevamos ese proceso somos personas. Algunos nietos aparecieron e inmediatamente resolvieron su situación, agarraron su bolso y dieron un portazo, lo van llevando de otra manera. A otros nos costó muchísimo más.

-¿Tu intención fue marcar esas contradicciones y mostrar que el proceso no es lineal?

-Claro, no es lineal. Son historias que no tienen antecedentes reconocidos en ningún lugar en el mundo, de cómo se reconstruye una identidad, cómo te diferencias de tus papás cuando sólo tenés una foto en blanco y negro de cuando eran muy chiquitos y hay una carga histórica sobre su lucha, cómo sos hija de esos padres. Primero hay que trabajar para identificarte y después para poder diferenciarte. Es una historia es muy compleja en la que fue fundamental el rol de las Abuelas particularmente, y de todos los organismos de derechos humanos, de no aflojar nunca en la búsqueda nuestra, en estar siempre presentes, en abrir todos los caminos que fueron necesarios, en tenernos paciencia también en el tiempo que cada uno necesita. Una construye una vida, un nombre, una identidad, una forma de pensar, y eso se derrumba todo, porque no sos esa persona, porque no son tus papás. Y esa persona a la que más amaba -aparte de mi marido y mis hijos-, el hombre que tenía idealizado siendo chiquita, que siempre estaba del lado del bien en todos esos relatos que hablaban de armas, de conducir operativos que parecían de película cuando entran los buenos y salvan la situación, es una persona que hay entender que no era bueno, que cometía crímenes, que secuestraba a tus papás. Todo eso hay que depurarlo.

-¿Cómo es el vínculo con esos papás tan jóvenes que no conociste?

-Mi mamá tenía 18 años y 20 mi papá, y van a quedar así. Mis tres nenes son más grandes que sus abuelos. Son tus papás y a la vez son nenes, te da mucha ternura y hay algo que es muy absurdo como te  juega la mente cuando pensás en fechas especiales, en marzo, o en los cumpleaños de ellos, en aniversario de nuestro secuestro. Te afecta, te moviliza mucho. Sé cuál fue el destino de papá, puedo imaginarme muchas cosas y otras no me las quiero imaginar. Hay una sensación de ganas de protegerlos como uno protege a los hijos, como no los protegí cuando tenía 13 días, sé que no había mucho que podía hacer. Hoy tengo 44 años, son mis viejos, pero también son mis nenes. También impresiona la claridad política que tenían por ser tan jóvenes, la entrega. Y a la vez te da mucha tristeza porque eran muy chicos con toda una vida por delante que decidieron arrebatarles.

-¿El libro es una forma de traerlos de vuelta a la vida, de contar sus vidas a través tuyo?

-Todos los días tienen un rol importantísimo en mi vida y en el rol actual de mi militancia. Hay una madurez en la democracia, en nuestras organizaciones, que se ve particularmente en estos días de crisis en esta pandemia, trabajando codo a codo, es otra realidad totalmente distinta. Pero cada vez que uno se enreda -porque todos alguna vez nos enredamos con algunas instituciones- ellos vuelven inmediatamente. La presencia de esa entrega te obliga todo el tiempo a superar cualquier situación menor pensando siempre en el bien colectivo, en el bien de la gente, del pueblo. Ése es el lugar que tienen en mi vida, que es muy fuerte. Es algo que nunca voy a alcanzar, ellos estaban dispuestos a dejar la vida, de hecho, lo hicieron. Yo quiero vivir. Ojalá podamos construir una sociedad en la que por nuestros ideales no sea necesario dejar la vida, sino que podamos vivir para ir construyendo todo lo que entendemos que falta. Hay una vara que por supuesto es altísima por la que siento que todos los días tengo que trabajar para estar a la altura, no solo del sueño de mi mamá y mi papá, sino el de toda una generación.

-¿También es un legado?

-Pasaron 43 años y las Abuelas siguen trabajando. ¿cómo yo no voy a trabajar para encontrar a los hermanos que me faltan? Todo lo que hago en la política está atravesado con este ejemplo de humanidad que nos dieron las Madres y las Abuelas. Tratamos de ser un puente para las generaciones que vienen, para los más jóvenes, hay un legado. Cuando vos hablas con los chicos para explicarles lo que era la búsqueda en aquellos años, cuando no había teléfonos, cartas que tardaban meses. Y había una sociedad que no miraba, había un estado de sitio, había violencia. Los chicos tienen que saber de la importancia de nuestra historia para que ellos a su vez la tomen y la pongan en valor. Los jóvenes por suerte tienen muchas más herramientas que nosotros, pero es muy importante tener en claro que somos la continuidad de una gran lucha, porque si no parece que todo empieza desde cero y no es así. Hoy somos un ejemplo en el mundo por nuestros derechos humanos por la política de memoria verdad y justicia, por el compromiso que tenemos para que esta historia no se repita, de la búsqueda permanente de los desaparecidos, de los nietos y nietas que faltan, por la construcción de una sociedad que respete la vida, y esta pandemia lo deja en evidencia.

Escrito por
Gimena Fuertes
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