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Negacionismo y darwinismo social

La economía antes que la salud. Muchos gobiernos priorizaron la marcha de la producción y apostaron a la inmunización de la población. Los grupos de riesgo quedaron, así a la merced de la selección natural.

Boris Johnson, el premier británico, creía en la “inmunidad del rebaño”. Con su excentricismo característico, explicó su teoría en el prime-time de la televisión británica cuando ya se veía el espectáculo dantesco en Italia y España se adentraba en la pesadilla: la Covid-19 es imparable y, ante esa realidad, la mejor apuesta es dejar  circular el virus hasta generar una barrera natural con aquellos sectores de la población capaces de soportarlo y producir los anticuerpos necesarios que detengan su propagación. Más de doscientos científicos británicos firmaron una carta advirtiéndole que era un planteo errado, conllevaba mucho tiempo y pondría “en peligro más vidas de lo necesario”. Igual siguió adelante.

En las semanas contiguas, la infección se extendió por el Reino Unido de a cientos y luego miles de casos diarios. También las muertes. Para cuando Johnson dio marcha atrás, ya era muy tarde. Él mismo dio positivo de coronavirus y debió ser ingresado a terapia intensiva porque los “síntomas persistentes” de la enfermedad dificultaban su oxigenación. Y el premier negador, paradójicamente, forma parte de la población que debería haber compuesto esa barrera natural al virus acorde a su teoría, con diez años por debajo de la edad en la que arranca el riesgo mayor –los 65– y sin mal preexistente alguno en su salud.

Por supuesto, el británico no fue el único gobernante que apostó su suerte y la de su nación a esta especie de darwinismo social pese a las advertencias de la propia Organización Mundial de la Salud sobre la veloz capacidad de propagación de la Covid-19. En Estados Unidos, Donald Trump subestimó en público los efectos del coronavirus, hasta desdijo a los infectólogos de su país frente al periodismo. También Jair Bolsonaro, en Brasil, lo redujo a una “gripecita” y se abrazó con sus seguidores en una manifestación que no desalentó cuando él mismo se había sometido a un test, unos días antes, tras su retorno de Florida, en donde algunos de sus funcionarios contrajeron la enfermedad.

Si el negacionismo se hubiera detenido en estos dos personajes americanos a los que se suele asociar en ideas y estilo, habría sido más simple explicarlo en términos de ideología o liderazgos disruptivos. Pero la lista es mucho más extensa y cruza a la vereda opuesta: Andrés Manuel López Obrador seguía exhortando a los mexicanos a salir “a las fondas” y el nicaragüense Daniel Ortega reunió a sus seguidores en una multitudinaria marcha del “Amor en tiempos de Covid-19” –a la que no asistió– cuando la pandemia ya había alcanzado su tierra o la vecindad.

En Europa, Suecia apostó con su socialdemocracia a postergar todo lo posible las restricciones hasta que los números le dieron una bofetada. Y en Asia, el conservador Shinzo Abe confió en el distanciamiento social propio de la cultura nipona mientras pujaba por no postergar los Juegos Olímpicos para mediados de año. Lo acusaron de esconder los positivos porque al costo político de esa cancelación sólo lo superarían los miles de millones que se esfumarían. De forma sospechosa, los casos se dispararon una vez que se confirmó que el evento pasaría para 2021.

Todos, más allá de sus diferencias ideológicas, coincidían en vestir su planteo con un falaz pragmatismo: se trataba de la salud o la economía.

LA  FALSA DISYUNTIVA

“La carta de Donald Trump iba a ser siempre la economía. Si no era el mercado laboral, era el financiero. Se podía leer, cada día, en sus infinitos y delirantes tuits o en las declaraciones presumidas de sus asesores en la campaña –escribió el editorialista Richard Wolffe en el diario británico The Guardian, trazando un paralelismo entre las dos naciones atlánticas y citando el famoso slogan de Bill Clinton, en los 90–. Noviembre (las presidenciales estadunidenses) iba a ser todo sobre ‘la economía, estúpido’.”

Para Johnson, no había un horizonte electoral por delante sino que lo había cruzado en diciembre pasado y se trataba, más bien, de consolidar el reciente Brexit unilateral con una economía que no colapse mientras se redefine su lugar en el mundo, fuera de la Unión Europea. En el caso de Brasil, los pronósticos económicos también le daban índices alentadores en vísperas del primer examen electoral del bolsonarismo, en las municipales de octubre y con partido propio. Para México, un aislamiento como el que finalmente se impuso ponía en riesgo a todo el sector informal, en manos de los más pobres y los ancianos, hasta un 40 por ciento de su economía.

¿Hay una disyuntiva en curso entre economía y salud que divide a los gobiernos a la hora de adoptar una estrategia contra la pandemia? Puesto en esos términos, todos dirían que están tratando de salvar vidas y proteger a los más vulnerables. Los mata el virus o una recesión. Economistas y sanitaristas coinciden, no obstante, en que no es más que una falacia, salvo que se opine que unas vidas valen más que otras y entonces todo se remita a un debate moral respecto de a quién se debe sacrificar.

“Los modelos de los epidemiólogos nos dicen que no hay que decidir entre la economía y la salud: una estrategia de supresión para detener el contagio de la pandemia lo más pronto posible resultará en una abrupta caída de la producción y el consumo, sí, sin duda, pero una que podría ser de duración relativamente corta, de algunas semanas y con una rápida recuperación. En cambio, las estrategias de mitigación resultarían en caídas económicas no tan abruptas, pero de mucha mayor duración, posiblemente más de un año en lo que se pueda lograr una vacuna. El costo económico sería mayor con la mitigación que con la supresión”, opinó Carlos Serrano, economista jefe de BBVA México y doctor en Economía por la Universidad de California en Berkeley, en una columna en el diario El País.

El impacto económico ya es inevitable. Los organismos internacionales reprogramaron todos los pronósticos a la baja y, en el caso de los emergentes, se añade la fuga de miles de millones de dólares. Acorde al Instituto de Finanzas Internacionales, unos 29.300 millones de dólares desde que los contagios desbordaron las fronteras chinas a mediados de enero, una cifra superior a la que huyó con la crisis de 2008 y las turbulencias chinas en 2015. La guerra del petróleo entre Rusia y Arabia Saudita también contribuyó a complejizar el horizonte.

Pese a todo, según Serrano, allí es donde entran los estados que “pueden y deben mitigar estos costos económicos”. Como reconoció el presidente francés Emmanuel Macrón, “mañana tendremos tiempo de sacar lecciones, de interrogarnos sobre el modelo de desarrollo que aplica nuestro mundo desde hace décadas y que ha revelado sus fallos (…) pero lo que ya ha revelado esta pandemia es que la sanidad gratuita, sin condiciones de ingresos, de profesión, nuestro Estado del bienestar, no son costes o cargas, sino bienes preciosos, unas ventajas indispensables”.

Hasta que no se compruebe la efectividad de un medicamento o surja una vacuna contra la Covid-19, el consenso científico es que la única barrera para mitigar la pandemia es el distanciamiento social, capaz de cortar la cadena de contagios. En el camino, la batalla es por salvar el mayor número de vidas. Y eso es una tarea que no se puede confiar al mercado.

Escrito por
Mariano Beldyk
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