La ideología de la domesticidad, que como sabemos estaba en boga en el siglo XIX, postulaba que el espacio de la mujer era el mundo doméstico, el mundo público pertenecía a los varones. Las mujeres debían permanecer en el hogar para llevar adelante la que se consideraba su principal función social y aquella que la naturaleza les había asignado: la de ser madres. La bibliografía ha englobado esta visión con el nombre de maternidad republicana. En la Argentina estos reparos no significaron la puesta en duda de la conveniencia de educar a la mujer. Por el contrario, la educación de la mujer fue asociada a ideales civilizatorios, pero esta ideología sí vedó por mucho tiempo el acceso de las mujeres a la educación universitaria, ya que se creía que esta formación interferiría en el rol materno. Esta situación recién comenzó a revertirse a fines del siglo XIX de la mano de un conjunto de pioneras entre las que sobresale el nombre de Cecilia Grierson, quien se convirtió en la primera mujer en obtener un título universitario en la Argentina.
Grierson nació en 1859 en la ciudad de Buenos Aires, donde también falleció en 1934. Hija de inmigrantes de origen escocés e irlandés, dominaba el inglés como el español. Este dato –ser bilingüe– tuvo efectos a la hora de construir su trayectoria porque le facilitó el contacto y la participación en esferas, redes e iniciativas transnacionales. Provenía de una familia propietaria de tierras pero que se había empobrecido al punto que debió trabajar desde muy temprana edad. Ejerció de maestra sin título desde los 13 años en una escuela rural y luego, con una beca de estudios, ingresó a la primera Escuela Normal de Maestras, donde se recibió de profesora normal en 1878. En ese mismo año comenzó a trabajar en una escuela en el barrio de San Cristóbal, en la ciudad de Buenos Aires. En 1883 Grierson comenzó a cursar la carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires y se recibió en 1889 con una tesis sobre las histeroovariotomías ejecutadas en el Hospital de Mujeres, es decir, se graduó con una investigación vinculada a la medicina de la mujer, y así logró lo que en ese entonces era una hazaña para una mujer: terminar una carrera universitaria. Habían pasado casi setenta años entre la fundación de la Universidad de Buenos Aires (1821) y el egreso de una mujer de sus aulas.
A FAVOR Y EN CONTRA
En la trayectoria de Grierson como médica se conjugan logros y límites de un modo muy revelador. Todavía estudiante, en 1886, fundó la Escuela de Enfermeras y trabajó desde ese momento como profesora y directora de la escuela. Su aporte a la profesionalización de esa ocupación es hoy rescatado por toda la literatura sobre el tema. Grierson publicó además varios libros y artículos relacionados con la medicina, entre los que se destacan Guía de la enfermera, Cuidado de enfermos, Masaje práctico y Primeros auxilios en los casos de accidentes. En 1899 viajó a Europa por un año y visitó distintos establecimientos educativos y médicos. Durante seis meses realizó cursos en la Universidad de París con los doctores Samuel Jean Pozzi, Tayle, Théodore Tuffier, Doyn, especialistas todos en ginecología y obstetricia. Visitó las clínicas de Adolphe Pinard y Pierre Constant Budin. El primero fue una figura prominente dentro de la obstetricia y el segundo se destacó sobre todo en la medicina del niño. En 1901 Grierson abrió un consultorio “psicológico pedagógico”, según se anunciaba en el N° 344 de El Monitor de la Educación Común, del 31 de octubre de ese año, dedicado al tratamiento de afecciones nerviosas de los niños. Sin duda, la condición de primera doctora del país le creaba una situación de excepción. No obstante, cuando quiso acceder a la cátedra universitaria y al trabajo en el hospital, sus colegas varones le impidieron desarrollarse en esos ámbitos. En su propio relato estos dos impedimentos fueron dos de las mayores frustraciones de su carrera. Cuando completó su foja de servicios para jubilarse, Grierson no adjuntó a su legajo ningún cargo como médica. Todos los cargos remunerados, por fuera de su consultorio, los llevó adelante en el campo educativo, con el que siguió vinculada durante toda su vida laboral. Este dato no es menor, sino que revela las enormes dificultades que tuvo esta figura para desarrollar su carrera profesional, aquella para la que había concurrido a la universidad. Grierson no tuvo otra posibilidad que ejercer la medicina dentro de determinados parámetros: escribió su tesis sobre problemas femeninos, se dedicó a la educación de enfermeras, masajistas y parteras, actores considerados menores en el ámbito de la salud, y abrió un consultorio para niños. A la distancia el papel pionero de Grierson es evidente. La determinación con la que encaró aspiraciones que no estaban en el horizonte de valores de la época contribuyó a abrir nuevos caminos labores y profesionales para el género. Esta no alcanzó sin embargo para que pudiera ejercer con plenitud su profesión. Podemos pensar que su compromiso con el feminismo que empezaba a asomar en el Río de la Plata en esos años se explica a la luz de esas frustraciones.
