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LA INQUISICIÓN DEL INQUISIDOR

Belgrano estudiaba en Salamanca cuando un querido maestro fue acusado de hereje, al tiempo que se le imputó la autoría de una serie de crímenes. Nuestro futuro prócer encabezaría su defensa, sin éxito, aunque la verdad finalmente se conoció.

Los nombres de pila de aquel joven no combinaban con su visión del mundo. Porque ya a los 22 años, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano se consideraba jacobino.

Tanto es así que seguía con gran interés el desarrollo de la Revolución Francesa desde la ciudad de Salamanca, en cuya universidad cursaba el doctorado en Derecho. Corría la primavera de 1792.

Allí, en ese foco de la Ilustración española, era formado por prestigiosos catedráticos, como Juan Meléndez Valdés (en Humanidades) y Toribio Núñez Sessé (en Latinidad). Pero nadie supo ejercer más influencia en él que Ramón de Salas y Cortés, quien enseñaba Filosofía Moral y Jurídica. Fue el hombre que lo inició en los escritos de Rousseau y Montesquieu, entre otros autores clandestinos de la época. Lo cierto es que ambos, además, entablaron amistad. Y solían encontrarse en el Café de la Conejera, aledaño a la Catedral Nueva.

A tal fin el discípulo acudió a dicho salón en el atardecer del 2 de junio. Y se dispuso a esperar al maestro.

No hay registros históricos que especifiquen la duración de tal espera. Sin embargo, es de suponer que la demora de Salas y Cortés haya alarmado al futuro prócer argentino, dada la estricta puntualidad del profesor.

Porque Salas y Cortés, a los 39 años, era un ser metódico y obsesivo. Para probarlo basta con apreciar la minuciosidad que irradian sus traducciones de filósofos franceses o la elocuencia de las Lecciones de Derecho Público Constitucional, basadas en la obra del marqués de Beccaria. De modo que por su rigor intelectual y la audacia de su pensamiento se congregaron alrededor de él no pocos estudiantes y docentes. Pero al mismo tiempo se granjeó la animosidad del sector conservador que anidaba en esas aulas. Y entre sus enemigos se sumaba la jerarquía local de los dominicos, que –no en vano– se consideraban los “perros guardianes” de la Iglesia.

Ya caía la noche cuando Belgrano se retiró del Café de la Conejera sin que Salas y Cortés diera señales de vida.

UN ASESINO SERIAL

Por esas horas la ciudad estaba alborotada por el hallazgo de una mujer despanzurrada a puñaladas al costado del Convento de San Esteban. Se trataba de la hija de don Estanislao Rejón, un próspero comerciante salmantino.

Era el cuarto cadáver femenino hallado en aquella urbe durante los últimos tres meses. En esta ocasión alguien había visto huir de la escena del crimen a una sombra con hábitos de fraile dominico.

Ya entonces actuaban partidas de pobladores para capturar al asesino. Tales patotas fueron organizadas por Juan de Soler Perdomo, un alguacil del Santo Oficio. Aquel sujeto enjuto, con mirada ruin y una cicatriz en el mentón, era en Salamanca temido y odiado por igual. Para colmo de males, su afán por esclarecer esos crímenes no presagiaba nada bueno.

Quizás eso haya percibido Belgrano al saber del asunto.

Al día siguiente, los pregoneros en la ciudad no voceaban otro tema. Y dicho sea de paso, Salas y Cortés tampoco acudió a su clase. Es probable que ello inquietara aún más a Belgrano.

No sabía que en aquel preciso momento el afamado profesor viajaba, con las manos atadas por la espalda, hacia Madrid en un carruaje escoltado por guardias a caballo. En otro carruaje, el alguacil Soler Perdomo encabezaba la comitiva. A la tarde fue ingresado a las mazmorras de la Inquisición. Allí supo que había sido denunciado por “conducta viciosa y libertina”, por “leer libros prohibidos” y proferir “muchas proposiciones mal sonantes e injuriosas”, además de mantener “doctrinas contrarias al dogma católico”.

Pero Soler Perdomo le tenía en reserva una sorpresa: tras la lectura de esos cargos le arrojó una blusa ensangrentada. Era la que vestía la malograda hija del comerciante Rejón. Estaba todo dicho.

La noticia corrió en Salamanca como por un reguero de pólvora.

Si bien las acusaciones religiosas en contra del catedrático estaban en el orden de las cosas, la imputación por ese crimen (y la sospecha de su autoría en los otros tres) parecían ser fruto de un complot.

EL FIN DEL MISTERIO

Así lo entendió Belgrano, quien viajó con suma premura a Madrid para asumir su defensa. Fue una iniciativa infructuosa. Entonces, al menos, pidió ver al reo. Pero este se encontraba incomunicado.

Los meses pasaban sin que se revirtiera el cautiverio de Salas y Cortés, a pesar de que repetidas veces los médicos certificaron su pésimo estado de salud. Y el asesinato de la muchacha lo podía llevar a la horca.

Apesadumbrado por esta situación, Belgrano regresó a Buenos Aires en 1793 con el cargo de secretario del Consulado de Comercio.

Desde el Río de la Plata recurrió a sus relaciones más encumbradas para mejorar la situación procesal de su viejo maestro. Pero sin éxito.

Recién al año siguiente llegó a sus manos una epístola fechada cuatro meses antes. Allí el propio Salas y Cortés relataba el fin de su infortunio.

En resumen, este pasó quince meses incomunicado en una celda de la cárcel del Santo Oficio. Pero poco antes, el juzgamiento por sus presuntos delitos de sangre dio un vuelco

inesperado; o mejor dicho, dos: primero, la aparición de una nueva víctima con el mismo tipo de lesiones que las anteriores, mientras él estaba tras las rejas. No contento con eso, su matador –siempre de sotana con capucha– atacó a otra mujer, pero encontrándose con una férrea resistencia de su parte. Y huyó. Aunque sin evitar que la agredida viera en él a un sujeto enjuto, de mirada ruin y una cicatriz en el mentón.

Según la misiva, el cuerpo del alguacil Soler Perdomo quedó colgado de un árbol luego de que una turba de vecinos lo ajusticiara.

Por las supuestas herejías, Salas y Cortés terminó con una condena leve: dos años de destierro en Madrid y Salamanca. Pero al poco tiempo el tribunal superior del Santo Oficio también reconoció la falsedad de tales acusaciones. Y fue definitivamente absuelto. Entonces volvió con todos los honores a la vida académica. Y en 1812 integró las Cortes de Cádiz que elaboraron la Constitución.

Ese mismo año, en la lejana ciudad de Rosario, el general Belgrano izó por primera vez la bandera nacional.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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