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EL ELEGIDO

Quiere que la Argentina se ponga de pie. Que pueda volver al futuro que se quebró en diciembre de 2015, cuando el neoliberalismo rampante, el macrismo, llegó a la Casa Rosada para hacer retroceder al pasado de 2003 a miles de argentinos: y siente que es también un déjà vu, una repetición de los desafíos de entonces. Quiere demostrar que Néstor Kirchner, su amigo y dirigente excepcional, tenía razón cuando encaró el pago de la deuda externa heredada y la negociación con el FMI porque “los muertos no pagan” y porque sin encender la economía, la producción y el trabajo de millones de argentinos, la patria de todos no tiene destino. Quiere demostrar, como decía Raúl Alfonsín, que con la democracia se come, se cura, se educa. Piensa lo mismo que Perón y Jauretche: la única grieta posible existe cuando las mayorías adquieren derechos y las minorías se resisten a perder privilegios. Por eso, para terminar con la grieta inoculada repite una y otra vez que una sociedad sin grieta es aquella que da derechos y sólo las grandes tareas, como terminar con el hambre, involucran a todos los argentinos. No deja de sentir, y lo dice una y otra vez, que el hambre que llegó a niveles inmorales, en un país que produce alimentos para 400 millones de almas, con el último experimento depredador de la derecha, es lo intolerable. Y que pensar en volver a la gesta que lo unió con Kirchner –como ahora con Cristina– es construir el único modelo posible de vida y futuro para los argentinos: de producción y trabajo. El 10 de diciembre de 2019, Alberto Ángel Fernández se transforma en el séptimo presidente constitucional de la democracia posdictadura. Tiene las maneras de un profesor: enseña, fundamenta, exige. Es paciente ante el disenso, pero firme en sus convicciones. Prefiere los acuerdos a los enfrentamientos, pero odia las discusiones estériles y prefiere llegar a puntos de acuerdo para avanzar. Y algo fundamental, algo importante, quienes lo conocen saben que es un hacedor; que ante un problema su impulso es resolverlo. Así lo demostró, por ejemplo, cuando cargó sobre sus espaldas salvar las vidas de Evo Morales y Álvaro García Linera en medio del brutal golpe de Estado en Bolivia y tramitar el camino ríspido de sus exilios en México. No hay nada en su biografía que no corresponda a un intelectual orgánico de la política, al estilo gramsciano: el poder sirve para transformar la realidad. O a un hombre de ley, que ama lo popular y se educó como millones de argentinos en la escuela y la universidad públicas. Es un porteño de nacimiento y de estirpe, pero cree profundamente en el federalismo que promete ampliar. Nació el 2 de abril de 1959 y creció en el barrio de La Paternal, a pocas cuadras de la cancha de Argentinos Juniors, el club de sus amores. Hizo su primaria en la escuela República de México y el secundario en el Colegio Mariano Moreno, en donde también comenzó su militancia, a los 14 años, en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), agrupación de la que fue delegado. También a los 14 empezó a estudiar guitarra y conoció a su profesor, ídolo y luego amigo, Litto Nebbia. En 1981, participó de la conformación del Frente de Orientación Nacional, que tras la guerra de Malvinas, en 1982, se unió al Frente del Pueblo. Se recibió de abogado en la Facultad de Derecho de la UBA en 1983, a la que sigue vinculado como docente en la cátedra de Derecho Penal y Procesal Penal. En 1989, ya bajo la presidencia de Carlos Menem, fue designado superintendente de Seguros de la Nación, cargo que ejerció hasta 1995, seis meses antes de la renuncia del ministro de Economía Domingo Cavallo. Pero en 1996 cambió su vida: conoció a Néstor Kirchner, que entonces era gobernador de Santa Cruz y ya se había distanciado del gobierno de Menem. Eduardo Valdés recordó que se armó allí un vínculo inmediato. Pasarían poco más de dos años hasta que en octubre de 1998 se concretara la primera reunión del Grupo Calafate, en Santa Cruz, que gobernaba Kirchner. Allí se comenzó a construir el proyecto que cinco años más tarde, el 25 de mayo de 2003, llegó con el triunfo de Kirchner a la presidencia con apenas el 22 por ciento de los votos. Alberto fue su mano derecha, su jefe de Gabinete, el gran armador político clave en la trinidad que definieron Néstor-Cristina-Alberto. Un cargo que ocupó hasta julio de 2008 –ya en la primera presidencia de Cristina–, durante el clímax del conflicto con las patronales rurales. Un conflicto que terminó con su renuncia y críticas sostenidas luego a las políticas de CFK. Lo demás es historia conocida: su vínculo con Sergio Massa, que terminaría siendo clave para la unión del peronismo de cara a las elecciones de 2019. O, en 2017, el fugaz derrotero con Florencio Randazzo. Días después de aquellas elecciones, en las que Cambiemos resultó ganador, Alberto convocó a los integrantes del Grupo Callao al clásico café porteño Los Galgos. Allí, intentó recuperar el espíritu del Grupo Calafate, con un mensaje tan claro como sus objetivos: unir al campo nacional y popular para derrotar al gobierno de Mauricio Macri y recuperar el futuro. El encuentro clave en 2018 que terminaría de marcar el sendero para la unidad tuvo como gestor al diputado Juan Cabandié: el nieto recuperado organizó una reunión entre Alberto Fernández y Cristina Fernández, el germen de la fórmula Fernández-Fernández. A partir de ese momento, AF se dedicó a recorrer el país para rearmar el peronismo y sumar aliados frente a un “neoliberalismo depredador”, a pedido de CFK. Entonces, acuñó la frase: “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede”. Durante la presentación del libro Sinceramente en La Rural, el 9 de mayo de 2019, Cristina agradeció especialmente a Alberto, “quien me dio la idea de escribir un libro”. Aquella mención cobró otro significado el sábado 12 de mayo de 2019, cuando en un video de 12 minutos y 52 segundos Cristina anunció la candidatura de Alberto. La principal líder política del peronismo, “mi amiga”, como él la considera, lo había elegido para liderar la fórmula en la que ella lo acompañó como vice. Ese día comenzó el triunfo del Frente de Todos sellado en las urnas el 27 de octubre cuando, a los 60 años, Alberto Fernández se convirtió en presidente con el 48,24 por ciento de los votos y se transformó en el elegido de la mayoría de los argentinos.

Escrito por
Maria Seoane
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