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LOS SALIERIS DE BONNIE Y CLYDE

Nélida Herrera Thompson y Saúl Lipsitz encarnaron la versión local de la famosa pareja delictiva. Participaron de uno de los asaltos más espectaculares de la historia policial argentina y tuvieron un largo derrotero en el mundo del hampa.

Durante el otoño de 1968 la cartelera porteña incluía tres grandes películas: El bebé de Rosemary, de Roman Polansky; 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, y Bonnie and Clyde, de Arthur Penn.

Esta última (donde Faye Dunaway y Warren Beatty se ponen en la piel de Bonnie Parker y Clyde Barrow, la célebre pareja de atracadores que asoló el medio oeste norteamericano en la época de la Gran Depresión) se exhibía en el cine Gran Rex.  A esa sala acudió el matrimonio compuesto por Marcelo y Graciela. Él tenía aspecto de empresario y ella pasaba por una agraciada ama de casa. Tras la función, fueron a cenar a La Central, un restaurante situado en la esquina de Esmeralda y Lavalle. Allí, el tema excluyente fue el film que acababan de ver. Lo cierto es que sus dos personajes les habían causado una grata impresión. Y sentían cierta pesadumbre por su trágico final.

Dos años después –exactamente en la madrugada del 16 de septiembre de 1970– dos patrulleros y cinco vehículos sin identificación se internaron en las calles de San Isidro.

El objetivo de sus ocupantes –nueve uniformados y 22 policías de civil– fue rodear el chalet de la calle Necochea 2564.

Desde allí partió una ráfaga de fuego disparada desde una ventana.

–¡Un médico, carajo, un médico!  –gritaba un cabo primero que sostenía a otro suboficial con un balazo en la nalga.

A metros, un comisario dirigía una mirada incómoda hacia un sargento que yacía con parte de su masa encefálica esparcida en la vereda.

Otra ráfaga partió desde esa ventana.

Los destellos de la pólvora permitían entrever la silueta de una mujer abrazada a una ametralladora. La señora Graciela seguía gatillando.

Y desde otro ángulo, don Marcelo –quien prefería las armas de puño– disparaba a dos manos.

Sus nombres reales: Nélida Herrera Thompson y Saúl Lipsitz, a quienes la Justicia buscaba por un sinfín de asaltos.

He aquí un amor que marcó a sangre y fuego la década en curso.

SE HA FORMADO UNA PAREJA

Era el 19 de abril de 1959. “Estoy por ir a una reunión. Te llamo después”, le dijo Lipsitz a su esposa, antes de cortar la llamada. Y se acomodó en el lecho, junto al cuerpo desnudo de Nélida. La escena transcurría en una suite del hotel Hermitage, de Mar del Plata. Se habían conocido la noche anterior por obra del azar: él apostaba fuerte en la ruleta; ella no le sacaba los ojos de encima. Y los acontecimientos se precipitaron.

Ahora Saúl le susurraba palabras cargadas de pasión. En ese instante la mujer entornó los párpados, y dijo:

–Soy hija natural. No he conocido a mis padres. Él entonces intuyó que ella era una de esas personas proclives a exponer su alma después de la actividad sexual.

En resumen: nacida en Santa Fe, hija de padre desconocido, criada con esmero por una tía en Río de Janeiro y azafata de profesión, arrastraba ya dos matrimonios. El primero con un aviador norteamericano que falleció en un accidente a cuatro días de la boda; el otro, con un hacendado del sur de Brasil, de quien huyó por su hábito de golpearla. En tales circunstancias, esa mujer de 27 años regresó al país.

A su vez, Lipsitz, fue muy cauto en el relato de su propia existencia. Al respecto, ese hombre de 31 años mencionó que tenía una tienda de ropa en el barrio de Once. Asimismo aludió a su conflictivo vínculo matrimonial. Pero sin mencionar su condición de ludópata ni las deudas de juego que arrastraba.

Ellos prosiguieron con su relación. Pero las amenazas y los escándalos que la esposa de Saúl les prodigaba los obligó a no verse por un tiempo. En tal lapso, él acrecentó las deudas y ella viajó a Brasil para tramitar su divorcio.

Al regresar a Buenos Aires, Nélida sedujo al empleado de aduana que le revisó las valijas. Su nombre: José Quevedo. En paralelo, siguió viéndose con Saúl. En dicho juego a dos bandas lograría una memorable carambola.

Porque José supo contarle sobre los valores –oro y divisas– que pasaban por el depósito donde él prestaba servicios. Esos datos llegaron puntualmente a los oídos de Saúl. Sería el comienzo de un notable emprendimiento.

EL ORO Y EL BARRO

Durante la madrugada del 15 de enero de 1961, cuatro pistoleros disfrazados con mamelucos de una compañía aérea desvalijaron aquel depósito. El botín: 400 kilos de oro en lingotes. Y se replegaron en una camioneta ploteada con el logotipo de una empresa de cargas. Fue uno de los golpes más espectaculares de la historia policial argentina.

El asunto fue planeado hasta sus más mínimos detalles. La inteligencia del robo estuvo en manos de Gabriel Kreda (primo de Lipsitz). Y el robo fue consumado por Saúl y tres hampones profesionales: Ramón Toscano, Luciano Spataro y Francisco Muraciole.

Pero el legendario comisario Evaristo Meneses no tardó en detectar a un sujeto que intentaba vender unas láminas de oro en una joyería de la calle Libertad. También reparó en un comerciante ajeno a la orfebrería que había adquirido una máquina laminadora. El primero era Kreda; el otro, Lipsitz.

Ambos fueron detenidos el 14 de marzo.

Nélida, unos días después.

Al ser interrogada, inició su declaración con la siguiente frase:

–Soy hija natural. No he conocido a mis padres.

Ambos recuperaron la libertad (bajo fianza) en 1964. Y no tardaron en pasar a la clandestinidad. Desde entonces se les atribuyó una nada modesta cantidad de asaltos a bancos y empresas de Buenos Aires, La Pampa, Córdoba y Rosario.

Ya a fines de esa década, Nélida anotó la primera muesca en la culata de su pistola al despenar a un policía en la localidad santafesina de Las Colonias. Su segunda víctima fue otro policía, esta vez en Rosario. A raíz de ello eran intensamente buscados.

En medio de tal situación, recalaron en la casa de la calle Necochea.

Ahora, durante la madrugada del 16 de septiembre de 1970, la mujer seguía jalando del gatillo de su ametralladora.

Las dos pistolas de Saúl la secundaban, hasta quedar sin proyectiles. El silencio entonces fue definitivo. Y el asalto policial, un juego de niños.

Saúl Lipsitz yacía en el patio con los brazos abiertos en cruz y la mirada inmóvil. El cuerpo de Nélida Herrera Thompson estaba en el baño. Ella misma se había volado la tapa de los sesos.

Sus leyendas han quedado olvidadas por el paso del tiempo. En cambio, Bonnie and Clyde la pasan a veces por TV.

 

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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