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Caras y Caretas

           

“La tele argentina creció desde 1963 en adelante”

Omar Romay reconstruye el período que considera más creativo de la televisión argentina y recuerda a figuras como Héctor García y Goar Mestre. También cuenta cómo el incremento de los espectadores transformó la producción de contenidos.

Era un domingo de 1963. Omar Romay tenía siete años, pero recuerda esa charla a la perfección. Fue cuando su papá, Alejandro Romay, contó que iba a comprar un canal de televisión. Avisó también que la vida cotidiana iba a cambiar. Y así fue. Aquel anuncio marcó un antes y un después en la familia de quien se consagraría como el Zar de la Televisión, a partir de la adquisición de Canal 9.

“Hasta ese momento papá estaba en la radio. Era una experiencia compartida, donde la familia participaba. La tele cambió la vida familiar. La tele se llevó a papá de alguna manera, porque le requirió una presencia y una ocupación constante. La radio era pura imaginación y la tele era una tarea muy grande, muy desafiante”, relata Omar, uno de los cuatro hijos de Alejandro. Pese al recuerdo del impacto brusco que produjo la tele en sus vidas, todos se dedicaron a tareas relacionadas con la pantalla chica o el espectáculo.

Desde Miami, donde vive hace tiempo, Omar casi no mira programación argentina. Lo poco que ve no le gusta demasiado: “Se limita a programas de conversación que son utilizados para llenar espacios. Muchas veces con un valor de entretenimiento bajo y que no agrega valor al discurso cultural”. Por el contrario, destaca los programas con los que creció y en los que trabajó desde su juventud. “Papá pensaba que el entretenimiento era muy importante a nivel de la catarsis que podía producir en la gente, que necesitaba la tele como herramienta para desahogar sus enojos y frustraciones. Y también había una tele que te hacía pensar, con programas periodísticos importantes. Había oferta cultural que hacía reflexionar. Hoy casi no existe”, lamenta.

–¿Cuál fue su primera participación en la televisión que comandaba Alejandro Romay? –Fue con Jacinta Pichimahuida. Un verano él me preguntó si quería integrarme al grupo de chicos. Tenía 11 años y actué como el alumno Florentino. Lo hice por unos meses. No me gustó. Después fui ayudante en la redacción del noticiero. Mi integración seria con el 9 empezó cuando me hice cargo de la producción de Música en Libertad, en 1972.

–¿Después llegó la etapa de Sábados continuados? –En 1973 mi papá me pidió que me ocupara de Sábados continuados. Hacía Música en Libertad de lunes a viernes y desde 1973, sábados también, de 13 a 21. Mientras, iba al colegio Carlos Pellegrini. Arranqué a los 17 y me sumaron los sábados a los 18. No dormía. La televisión me tenía absolutamente excitado, con una adrenalina que no me dejaba dormir.

–¿En algún momento la familia pensó en correrse de este ámbito? –En 1974 el gobierno de Isabel Perón decidió quedarse con los canales y lo hizo a través de una toma física del espacio. En ese momento nos alejamos a la fuerza, no fue una elección de la familia. Papá regresó en 1984. Y no pensó en salir de la televisión hasta 1997, cuando la vende. En 1995 había empezado con un problema de salud que lo llevó a pensar en la salida. La tele se lo había comido. Él no podía salir de la tele hasta que no le quedó más remedio.

–¿Cuál considera que fue la mejor etapa de la televisión argentina? –Desde 1968-69 hasta 1972-73. Fue una etapa muy creativa. No solo de papá: de Héctor García en el 11, Goar Mestre en el 13. La tele argentina creció desde 1963 en adelante como consecuencia de que los hogares empezaron a incorporar el televisor. La tele fue creciendo en ingresos por la publicidad, que tenía más sentido cuanta más gente tenía tele. La exigencia de la competencia de esa época hizo que la creatividad y los contenidos fueran extraordinarios. Tanto a nivel de comedia como de entretenimiento, de programas serios, periodísticos, de ficción. Argentina llegó a producir en 1969 casi 10 telenovelas por día, generando trabajo para cinco mil actores. Eran tres fábricas maravillosas de producir contenido. El 9 tenía mil empleados.

–¿Cuál fue el programa que más disfrutó su papá? ¿Y el suyo? –Creo que para papá lo más importante fue Alta comedia. Era un lujo que él se permitía los sábados a la noche, trayendo los mejores directores, autores, actores. Al principio haciendo libros o creando contenido de libros famosos. Desde Víctor Hugo, con Los miserables; hizo las obras más importantes de la literatura mundial. Con grandes elencos. Si le dieran a elegir creo que hubiera elegido eso. En lo personal, lo mejor que hice en la tele fue La extraña dama, en 1989. Fue la novela más exitosa en Argentina en la historia de la tele, y fue la que le dio una oportunidad al país de trascender en el exterior y de crear una necesidad por el producto argentino.

–En enero Romay cumpliría 100 años. ¿Cree que le quedó algún proyecto pendiente? –Él era pesimista sobre el final de la televisión. Un proyecto, por ejemplo, que no funcionó creo que se llamaba Buenos Aires Cable, en sociedad con La Nación. Cuando se dio cuenta de que había que frenar el monopolio de Clarín y Atlántida. Parecía que el cable se iba a llevar puesta a la tele. Papá intentó llegar, pero ya era tarde. Y Buenos Aires Cable fue una frustración porque no pudo hacer suficiente.

–Alguna vez definió a la televisión como “un virus que se lleva en la sangre”. ¿Sigue ahí? ¿Cómo se vive con ese virus? –El virus lo tiene cada persona que haya trabajado en la televisión alguna vez en su vida. Te generaba una adrenalina que primero te llenaba de entusiasmo, era como una droga, como un virus que cuando se te inoculaba querías seguir. Me agarró a los 17 años. Digo un virus porque la televisión tenía algo bueno y algo malo. Lo bueno era esta irrealidad: contra la gráfica, que era un texto y un papel, la tele estaba hecha de aire. Lo que construías estaba en el aire y nadie podía bajarlo a la realidad. Siempre fue una fantasía, pero esa fantasía movía muchísimo: tenía un valor emocional, informativo, publicitario. La tele podía ser muy buena, pero podía ser muy dañina también. Dependía de quién la usara y con qué propósito. Cuando se creó Telefe se definió ‘pum para arriba’. Quería decir que había un medio de televisión que se había relacionado con el poder político. En aquel momento estaba (Carlos) Menem, que había dado origen a Telefe y Canal 13, dándole acceso a Atlántida y Clarín. Cuando eso ocurrió (a partir de la modificación del artículo 45 de la Ley de Radiodifusión N° 22.285) se terminó la tele, porque posibilitó la consolidación de entes con tanto poder que podían exigir las concesiones que quisieran y era imposible competir. Papá lo entendió esto en 1995. El poder de turno le dio al 11, con Constancio Vigil, el dinero para llevarse todas las estrellas de todos los canales y concentrar en un canal una programación tan alegre y divertida que le hiciera a la gente olvidar lo que estaba pasando en el país. Eso fue el Telefe de las tres pelotitas.

Escrito por
Luciana Rosende
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